lunes, 1 de junio de 2015

Educar, modo supremo de mostrar el amor

Por Santiago Arellano

El romanticismo transformó el amor en suspiros y en merengues, desconoció lo mejor. Pero tampoco el amor es un diosecillo ciego, como lo imaginaban los antiguos. La cuestión es ser o no ser. Leed el famoso monólogo de Hamlet atentamente. El tema aparente es elegir entre dos alternativas opuestas: pasividad resignada o acción vengativa. Digo aparente porque la elección es tener conciencia o no tenerla: La conciencia nos hace cobardes a todos. En definitiva, renunciar al conocimiento del bien y del mal y a un santo temor a Dios nos hará capaces de atrevernos a todo, incluso a lo más sagrado, y en consecuencia a despreciar el amor como sustento y vocación de toda persona.

San Juan Pablo II en un discurso pronunciado el martes 14 de noviembre de 1995 ante la Asamblea Plenaria de la Congregación para la Educación Católica nos recordó:

Sólo educa quien ama, porque sólo quien ama sabe decir la verdad, que es el amor. Dios es el verdadero educador porque «Dios es amor». Aquí está el núcleo, el centro fundamental de toda actividad educativa: colaborar en el descubrimiento de la verdadera imagen que el amor de Dios ha imprimido indeleblemente en toda persona y que se conserva en el misterio de su amor. Educar significa reconocer en toda persona y pronunciar sobre toda persona la verdad que es Jesús, para que toda persona pueda llegar a ser libre. Libre de las esclavitudes que se le imponen, libre de las esclavitudes, aún más claras y tremendas, que ella misma se impone. Esta es la cuestión: ser o no ser. Nada se nos da hecho.

En un párrafo anterior nos había precisado el Santo Pontífice: Sólo quien nos ama posee y conserva el misterio de nuestra verdadera imagen, incluso cuando se nos ha escapado de nuestras propias manos. Es que el amor sigue siendo velle bonum alicui (“querer bien a alguien”).

Sin entrar en la polémica de la autoría atribuida por unos a Velázquez y negada por otros, os traigo la obra “La educación de la Virgen”, recientemente hallada en un sótano de la Universidad de Yale. Se trataría de una obra primeriza de su etapa sevillana. Que la Virgen María recibió la educación prescrita por los maestros de la Ley para los niños y niñas de Israel no es discutible. Lógicamente la lectura de las Escrituras era el ejercicio prioritario.


A mí me emociona que estén en ello al mismo tiempo San Joaquín y Santa Ana, los padres. Me emociona la presencia de la vida diaria en esa mesa, esa vajilla blanca o rojiza y la verdura de las sopas y condimentos y el cestillo de huevos que sostiene la fuerte mano izquierda de Joaquín, mientras la mano derecha se apoya sobre la mesa. La educación se realiza en medio de la cotidianidad. No vacila el dedo índice de la mano derecha de Santa Ana, de mirada pensativa, no menos que la de Joaquín. María señala con su dedito unas líneas anteriores y se abstrae pensativa. Aprende la vocación a la que Dios la tiene destinada. La actitud y la mirada de Joaquín y Ana son sobrecogedoras. ¿Qué citas le reserva Santa Ana con su dedo corazón y con el anular? Joaquín no las tiene todas consigo. Santa Ana no vacila. La carita de María presagia que en su momento sabrá pronunciar el fiat con todas sus consecuencias. La amaban, luego la educaron.