lunes, 1 de junio de 2015

Devoción al Corazón de Jesús

Entrar en intimidad con el mismo Dios.

Por P. Miguel Ángel Íñiguez

Santuario de la Gran Promesa en Valladolid
Foto: Ángel Cantero.
La devoción al corazón de Cristo debe centrar todas nuestras devociones. Es el origen y fuente de toda nuestra vida espiritual.

1. El Señor nos dirige estas palabras: «ya no os llamo siervos..., sino que os llamo amigos» (Jn 15, 15). El Señor nos llama amigos, nos hace amigos suyos, nos da su amistad. No existen secretos entre amigos: Cristo nos dice todo lo que escucha del Padre; nos da toda su confianza y, con la confianza, también el conocimiento. Nos revela su rostro, su corazón. Nos muestra su ternura por nosotros, su amor apasionado, que llega hasta la locura de la Cruz. Confía en nosotros, nos da el poder de hablar con su yo: «Esto es mi cuerpo...», «yo te absuelvo...». Nos encomienda su cuerpo, la Iglesia. Encomienda a nuestras mentes débiles, a nuestras manos débiles, su verdad, el misterio de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; el misterio de Dios que «tanto amó al mundo que le dio a su Hijo único» (cf. Jn 3, 16). Nos ha hecho amigos suyos.

Esta realidad nos introduce de lleno en esta corriente de amor entre Dios y el hombre, que nos ayuda a vivir en una confianza segura. Dios nos ha dado todo en su Hijo. Y este amor del Hijo se manifiesta en su Corazón.

2. Es en la Eucaristía donde conocemos el misterio de su Corazón que se abre en la Cruz para ofrecernos ser sus amigos, no sólo entregándose a nosotros, sino reclamando en su abajamiento nuestra respuesta de amor.

Esta acción gozosa se expresa en lo que la Iglesia ha denominado culto al Corazón Eucarístico de Jesús.

Es propio de la amistad que uno revele sus secretos al amigo. Porque, como la amistad une los afectos y de dos corazones hace como uno solo, no parece que descubra fuera de su corazón lo que revela al amigo; de aquí que el Señor diga a los discípulos: Ya no os llamaré siervos, sino amigos míos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer. Lo más propio de la amistad parece ser el conversar en compañía del amigo. Y también es propio de la amistad que uno se deleite en presencia del amigo, y se goce en sus palabras y obras”. (Santo Tomás de Aquino).

Comunión y contemplación no se pueden separar, van juntas. Para comunicarme verdaderamente con otra persona debo conocerla, saber estar en silencio, próximo a ella, escucharla, mirarla con amor. El verdadero amor y la verdadera amistad viven siempre de esta reciprocidad de miradas, de silencios intensos, elocuentes. (Benedicto XVI, Homilía del Corpus Christi, 2012).

3. Dios desea comunicarse con el hombre. El hombre anhela contemplar a Dios.

Ambas cosas se realizan en el Corazón de Jesús, por eso mismo esta devoción debe ser siempre central en la vida del cristiano. Y el camino para adentrarnos en ella ha de ser recorrido de la mano de la Virgen María.