lunes, 1 de junio de 2015

Del Diablo a Dios (Adolphe Retté)

Por Jesús Amado

Adolphe Retté (1863-1930), gran escritor, poeta y periodista francés. Llegué a ser ateo convencido, un materialista militante. Me uní a los enemigos de la religión y tomé parte en todas sus acciones abominables. Así se define él mismo en su relato autobiográfico Del diablo a Dios que escribió tras su conversión.

Una infancia marcada por la influencia anticlerical de su abuelo (Rector de la universidad de Lieja) que se opone a cualquier tipo de enseñanza religiosa.

Una juventud en la que predominan las pasiones, el libertinaje y sobre todo una idea fija: mofarse de la Iglesia y de su doctrina. La anarquía parece ser su ideal. Escribe: Echémoslo todo por la borda: Dios, la familia, la propiedad, las leyes y las tradiciones. Entonces los hombres se abrazarán unos a otros y, al compartir según las necesidades de cada uno todos los bienes de la tierra, vivirán en una fiesta perpetua, completamente libres y solidarios.

Un día de junio de 1905, al leer entre los versos de Dante la alegría de los fieles del Purgatorio, seguros de poder entrar en el Paraíso después de una expiación justa, es deslumbrado por una luz interior: sus vicios se le presentan como sapos en el fango de su corazón; un remordimiento y, al mismo tiempo un gozo indecible, le invaden por completo. ¿Cómo? —se dice a sí mismo—, ¿la religión católica tendría razón al afirmar que un pecador arrepentido y que acepta con alegría la penitencia por sus pecados llega a ser digno del Cielo? ¿Podría lavar mis pecados y salvarme? Pero entonces... ¡Eso significa que Dios existiría!... ¡Oh! Si Dios existiera, ¡qué suerte la mía!

Al día siguiente, durante un paseo, pasa revista a todos los errores en los que había creído. Éstos se desploman unos detrás de otros, y exclama: ¿Qué me queda ahora? Una voz interior le responde: Dios. Se apoya en el tronco de un roble y prosigue su reflexión: ¿Por qué estamos en el mundo? Cien religiones han intentado resolver ese enigma, cambiando según las circunstancias y, sobre todo, según los caprichos del espíritu humano. La Iglesia Católica, sin embargo, permanece inmutable entre esa perpetua versatilidad, y dura ya diecinueve siglos... Así pues, si la Iglesia nunca ha cambiado, su unidad y su constancia deben obedecer a una causa más que humana, puesto que la humanidad, abandonada a sí misma, no es sino cambio. Por añadidura, los preceptos de su moral son saludables, y es verdad que si los aplicáramos seríamos mucho mejores. Seguramente la Iglesia debe detentar la verdad consoladora y salvífica... ¡por lo tanto Dios existe! Cayendo entonces de rodillas Adolphe suplica: ¡Dios mío, puesto que existes acude en mi auxilio!

Si a los cristianos les resulta a veces difícil conservar el estado de gracia y rechazar las tentaciones, ¡qué decir del hombre que se encamina a la conversión, al no disponer ni del sacramento de la Penitencia ni de la Sagrada Eucaristía! Adolphe lo experimenta con un combate espiritual que se va intensificando.

Otro día, en el transcurso de un nuevo paseo por el bosque de Fontainebleau, Adolphe vislumbra, en lo alto del peñasco de Cornebiche, un pequeño oratorio rematado por una estatua de la Virgen de Gracia. Emprende sin dudarlo la escalada del peñasco y suplica a María: A ti que todavía no te he invocado, ruega a tu divino Hijo que me inspire lo que debo hacer. Y una dulcísima voz le responde en el fondo de su corazón: «Busca un sacerdote. Confiésate, entra en la Iglesia». Ante esa perspectiva, se altera: «No puedo, tengo miedo de entregarme de esa manera».

El momento de la conversión

El recuerdo de tantos artículos y libros en los que había sembrado la blasfemia a manos llenas le lleva a la desconfianza y a la desesperación. Una noche, agotado por los asaltos del mal espíritu, Adolphe se acuesta, pero no puede conciliar el sueño. Un nuevo y encarnizado combate contra el demonio le deja empapado de sudor. De repente —escribirá—, oí, sí, oí —lo juro por mi salvación eterna—, oí la voz celestial que tan bien conozco que me gritaba: «¡Dios! ¡Dios está ahí!». Fulminado por la gracia, caí de rodillas y, en ese mismo instante, me pareció ver en mi interior la imagen de Nuestro Señor Jesucristo crucificado que me sonreía con una expresión de misericordia inenarrable. Una gran paz penetró en mi alma... Me quedé quieto, radiante, estupefacto, pletórico de agradecimiento, sin dejar de repetir: «¡Gracias, Dios mío, me has salvado!». Al alba del día siguiente, Adolphe regresa junto a la estatua de la Virgen para darle las gracias.

Poco tiempo después, viaja a París y le pide a su amigo y poeta François Coppée que le indique un sacerdote, pues ya no puedo caminar solo —le dice. Necesito un apoyo... Lleno de alegría, Coppée le dirige a un vicario de la parroquia de Saint-Sulpice, quien le recibe ese mismo día: La sencillez de su acogida me infundió completa confianza —escribe Adolphe—, de tal suerte que no experimenté dificultad alguna en relatarle mi vida... Luego, lleno de ansiedad, le pregunté: Padre, ¿cree usted que ahora puedo salvarme? Una hermosa sonrisa le iluminó el rostro: Querido amigo —me dijo—, se puede decir que eso está hecho. Se ha arrepentido usted, incluso ha llorado con lágrimas de sangre por sus pecados. Puede estar seguro de que en lo alto le han escuchado. Por mi parte, no me queda sino instruirle en las verdades esenciales de nuestra santa Religión. Dentro de unos días hará usted una confesión general y comulgará. Y ya verá cómo todo saldrá bien. Me quedé muy sorprendido, pues se me había metido en la cabeza que eran necesarios muchos meses antes de que fuera digno de los sacramentos. Y el cura concluyó: Dé gracias a la Virgen.

El sacerdote le entrega un catecismo, pidiéndole que se aprenda en primer lugar los actos de fe, de esperanza y de caridad, el «Padre Nuestro», el «Ave María» y el «Credo», y luego añade: «¿Sabe usted hacer la señal de la Cruz? —Pues no. —Se la voy a enseñar...». Una vez terminada la entrevista, el cura despide al penitente: «Puede ir en paz, hijo mío. Confianza y oración, eso es todo». Adolphe se queda pensativo y feliz de haber tomado esa acertada decisión: ¿Quién me habría dicho —pensé— que iba a ser tan fácil? Después me sentí fascinado por la bondad de la Providencia, que me ha conducido, como llevado de la mano, hasta el sacerdote que yo necesitaba.

Durante los días siguientes, Adolphe se dedica a estudiar el catecismo y a hacer el inventario de sus pecados, aterrorizado por su número y gravedad, aunque tranquilizado ante la idea de que muy pronto podrá desembarazarse de aquellas manchas. Lee con asiduidad los capítulos del Evangelio donde se relata la Pasión de Jesucristo, dirigiendo a Éste actos de amor. Me sentía impregnado de una contrición del todo saludable. Era una mezcla de vergüenza a causa de mis pecados y de remordimiento conmovedor, porque, durante muchos años, yo mismo había contribuido a crucificar al Cordero redentor.

Dios estaba allí en persona

El día previsto para la confesión, Adolphe se presenta al cura que le había instruido. A medida que confesaba mis pecados —escribe— me parecía que Dios estaba allí en persona. Era como si, con mano cariñosa e imperiosa a la vez, cosechara los pecados de mi alma y los desparramara en forma de polvo ante sus adorables pies. Al mismo tiempo sentía cómo mi pobre alma, doblegada por completo por el lastre del mal, se enderezaba poco a poco y recuperaba por fin su rectitud, alcanzando a continuación la plenitud entre oleadas de amor y de agradecimiento. Cuando terminé, cuando el cura pronunció sobre mi cabeza la sublime fórmula de la absolución, me levanté. Me tendió los brazos y yo me abalancé sobre él en un mar de lágrimas. En verdad que estábamos muy emocionados, tanto él como yo... Después hablamos unos minutos y, finalmente, me marché... Ya en la calle, empecé a caminar lleno de alegría. Me decía a mí mismo: «Estoy perdonado, ¡qué felicidad!». Era como si hubiera rejuvenecido diez años... A la mañana siguiente me preparé para la comunión... Experimenté un gozo apacible y me quedé admirado al comprobar hasta qué punto se habían allanado todos los obstáculos... A medida que se acercaba el momento de la comunión, me sentía elevado por impulsos de adoración... Ni los más refinados placeres de los sentidos, ni siquiera las ebriedades cerebrales que proporcionan el arte y la poesía pueden compararse a ese éxtasis, en el que el alma, que se une a Dios, se derrite por entero. Durante el transcurso de mi acción de gracias, saboreaba plenamente la radiante paz que reinaba en mí.

Era el año 1906, y Adolphe tiene 43 años. Poco tiempo después de su primera comunión, redacta su libro Del diablo a Dios, punto de partida de una nueva actividad que él define del siguiente modo: Mostrar a Dios a mis contemporáneos. Desde 1907 hasta 1930, año de su muerte, llega a escribir una veintena de libros en los cuales invita a sus lectores a vivir bajo la mirada de Dios, en generosa unión con Cristo en su Pasión.


Muere en Beaune el 8 de diciembre de 1930, en la festividad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María. Su lápida funeraria lleva la siguiente inscripción: In te Domine speravi... En ti, Señor, deposité mi esperanza... Y aquella esperanza no se vio defraudada.