lunes, 1 de junio de 2015

Avanzar un Año-Luz

La ONU ha proclamado 2015 como el Año Internacional de la Luz. Un año para reconocer el valor de la luz en la vida cotidiana como fuente de energía y como fundamento de la vida y de la visión, que ejerce además un fuerte impacto en áreas como la salud, la agricultura o la comunicación. Basta con cerrar los ojos y pensar, ¿qué sería de nuestras vidas sin la luz?

Pero como cristianos podemos profundizar más. Reconocemos que la luz es un don de Dios, desde el primer día de la creación: Dijo Dios: “Exista la luz.” Y la luz existió. Y vio Dios que la luz era buena (Gén 1, 3).

Y un don tan esencial y cercano que el mismo Jesús ha querido identificarse con él: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida (Jn 8, 12).

Este mundo nuestro, oscuro y tenebroso, desde la Encarnación ha quedado traspasado por la Luz de Cristo. Y la luz de Cristo muerto y resucitado brilla de tal manera que las tinieblas solo subsisten si se esconden y se cierran a la luz. Así como basta abrir una rendija en una habitación muy cerrada para que la luz penetre en ella, así ocurre con Jesucristo: en cuanto un alma —o una ciudad, un estado o una cultura— abren un resquicio al Verbo —la luz verdadera que alumbra a todo hombre (cf. Jn 1, 9)—, su esplendor se proyecta a toda la realidad, de modo que se distinguen las formas y los colores, se ve con perspectiva y se camina con seguridad…

Pero Jesús ha ido más lejos: nos ha llamado a ser prolongadores de su Luz. Vosotros sois la luz del mundo (Mt 5, 14), nos ha dicho. Cuentan que un niño visitaba con su padre una catedral gótica y, sorprendido por las figuras de las vidrieras, preguntó: —¡Papá! ¿Quiénes son? El padre le respondió: —Son santos. Al llegar a casa el niño contó a su madre que había conocido a los santos. Ella le preguntó: —¿y quiénes son?Los santos son los que dejan pasar la luz, respondió el niño. El cristiano, el santo, es el testigo de la luz, el que deja pasar la luz de Cristo por su vida. La Iglesia es polícroma, porque cada uno, como en una vidriera, transparentamos principalmente uno de los colores. Y el conjunto es una sinfonía de color, en la que hasta los reflejos de color negro cobran su sentido…

¿Cómo seremos luz del mundo? Jesús lo concreta así: Brille vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre (Mt 5, 16). Cuentan que el ciego de un pueblo transitaba una noche las calles oscuras llevando una lámpara encendida. Un caminante, sorprendido por la luz, se acercó, y al reconocer al invidente le preguntó: —¿Qué haces tú con una lámpara? ¡Si no puedes ver! Entonces respondió el ciego: —No llevo la lámpara para iluminar mi camino —lo conozco a oscuras de tanto recorrerlo— sino para que otros encuentren su camino cuando vean mi luz.

Iluminar para que otros vean. Más vale encender una luz que maldecir de las tinieblas, nos recordaba Abelardo. Podemos preguntarnos: ¿Por qué parece adensarse la oscuridad en nuestro tiempo (tanta injusticia, violencia, pobreza, confusión…)? ¿No será que nuestras obras no brillan como deberían? Dice el P. Morales que el hombre de valer no es el que razona, sino el que irradia. Las almas se iluminan unas a otras como las antorchas. Una sonrisa irradiante es más barata que la luz eléctrica. No cuesta nada, pero ilumina mejor.

 Un año para dejarnos iluminar por la Luz de Cristo, para dejarla pasar, de modo que irradie en nuestras oscuridades. En lugar de maldecir, seamos sonrisas irradiantes… y habremos avanzado ¡un año-Luz!