lunes, 1 de junio de 2015

Una providencial estela de educación y responsabilidad

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Cristo es modelo por antonomasia de maestros, “camino, verdad y vida” para el hombre. Los Santos Padres aunaron la doctrina de Cristo y el legado greco-latino.
Se supera con esfuerzo el abismo cultural tras la caída de Roma y la llegada de bárbaros y musulmanes, de manera especial a través de la vida monástica. Va fraguando una síntesis que culmina en la fundación de las Universidades. Es el tiempo de la Escolástica.
El Renacimiento, hijo de la Cristiandad, ve surgir una visión del hombre como “autor de su propia grandeza” (P. Mirandola), el individualismo y el pragmatismo (Lutero, Maquiavelo...), y el distanciamiento de las ciencias respecto de la visión teológica del mundo. Se afirma que el saber es la llave del poder y hará al hombre dominador de la naturaleza. Pero este individualismo genera masas de personas sin recursos ni cultura. Aparecen entonces valientes iniciativas educativas para los más pobres (J. Calasanz) sin olvidar la “formación de selectos”.
La preocupación de La Salle (s. XVII) por la formación de maestros y el socorro de los desfavorecidos, es coetánea de pedagogos como Comenius. Con la Ilustración se extiende el laicismo. Rousseau aboga por un “naturalismo pedagógico” que desafía a la autoridad como referente educativo. En línea más matizada aparecen Pestalozzi, Froebel o Herbart.
En el s. XIX, brota una catarata de iniciativas lideradas por hombres y mujeres excepcionales: maristas, salesianos, claretianos... Juan Bosco será espejo de esta vitalidad, con su método preventivo. Hasta estos momentos los estados ofrecen una inoperancia educativa digna de reflexión. Tal vez tenga algo que ver que “sólo educa el que ama”, y el Estado, lo que se dice amar... más bien poco.
La “escuela nueva” inspirada en Rousseau toma al alumno como referencia, y pugna con una educación positivista y pragmática (Stuart Mill, Ardigó, Spencer...), con una orientación profundamente laicista. Y emerge, providencial, el P. Manjón y sus Escuelas del Ave-María: educación integral y centrada en el alumno, contacto con la naturaleza, libertad, alegría...
En el siglo XX se confrontan diferentes modelos educativos: tecnológico, critico-liberador,... La educación personalizada, con Stefanini y García Hoz, se opone a la deshumanización. En este marco de humanismo cristiano podríamos situar la inspiración que mueve, entre otros, a nuestro P. Tomás Morales y a Abelardo de Armas, que dedicaron sus vidas a la formación de los jóvenes mirando con realismo práctico y apostólico a su destino y vocación, a un tiempo humana y divina. Hoy nos toca tomar el testigo para educar en este tiempo de crisis.

Educar, modo supremo de mostrar el amor

Por Santiago Arellano

El romanticismo transformó el amor en suspiros y en merengues, desconoció lo mejor. Pero tampoco el amor es un diosecillo ciego, como lo imaginaban los antiguos. La cuestión es ser o no ser. Leed el famoso monólogo de Hamlet atentamente. El tema aparente es elegir entre dos alternativas opuestas: pasividad resignada o acción vengativa. Digo aparente porque la elección es tener conciencia o no tenerla: La conciencia nos hace cobardes a todos. En definitiva, renunciar al conocimiento del bien y del mal y a un santo temor a Dios nos hará capaces de atrevernos a todo, incluso a lo más sagrado, y en consecuencia a despreciar el amor como sustento y vocación de toda persona.

San Juan Pablo II en un discurso pronunciado el martes 14 de noviembre de 1995 ante la Asamblea Plenaria de la Congregación para la Educación Católica nos recordó:

Sólo educa quien ama, porque sólo quien ama sabe decir la verdad, que es el amor. Dios es el verdadero educador porque «Dios es amor». Aquí está el núcleo, el centro fundamental de toda actividad educativa: colaborar en el descubrimiento de la verdadera imagen que el amor de Dios ha imprimido indeleblemente en toda persona y que se conserva en el misterio de su amor. Educar significa reconocer en toda persona y pronunciar sobre toda persona la verdad que es Jesús, para que toda persona pueda llegar a ser libre. Libre de las esclavitudes que se le imponen, libre de las esclavitudes, aún más claras y tremendas, que ella misma se impone. Esta es la cuestión: ser o no ser. Nada se nos da hecho.

En un párrafo anterior nos había precisado el Santo Pontífice: Sólo quien nos ama posee y conserva el misterio de nuestra verdadera imagen, incluso cuando se nos ha escapado de nuestras propias manos. Es que el amor sigue siendo velle bonum alicui (“querer bien a alguien”).

Sin entrar en la polémica de la autoría atribuida por unos a Velázquez y negada por otros, os traigo la obra “La educación de la Virgen”, recientemente hallada en un sótano de la Universidad de Yale. Se trataría de una obra primeriza de su etapa sevillana. Que la Virgen María recibió la educación prescrita por los maestros de la Ley para los niños y niñas de Israel no es discutible. Lógicamente la lectura de las Escrituras era el ejercicio prioritario.


A mí me emociona que estén en ello al mismo tiempo San Joaquín y Santa Ana, los padres. Me emociona la presencia de la vida diaria en esa mesa, esa vajilla blanca o rojiza y la verdura de las sopas y condimentos y el cestillo de huevos que sostiene la fuerte mano izquierda de Joaquín, mientras la mano derecha se apoya sobre la mesa. La educación se realiza en medio de la cotidianidad. No vacila el dedo índice de la mano derecha de Santa Ana, de mirada pensativa, no menos que la de Joaquín. María señala con su dedito unas líneas anteriores y se abstrae pensativa. Aprende la vocación a la que Dios la tiene destinada. La actitud y la mirada de Joaquín y Ana son sobrecogedoras. ¿Qué citas le reserva Santa Ana con su dedo corazón y con el anular? Joaquín no las tiene todas consigo. Santa Ana no vacila. La carita de María presagia que en su momento sabrá pronunciar el fiat con todas sus consecuencias. La amaban, luego la educaron.

Avanzar un Año-Luz

La ONU ha proclamado 2015 como el Año Internacional de la Luz. Un año para reconocer el valor de la luz en la vida cotidiana como fuente de energía y como fundamento de la vida y de la visión, que ejerce además un fuerte impacto en áreas como la salud, la agricultura o la comunicación. Basta con cerrar los ojos y pensar, ¿qué sería de nuestras vidas sin la luz?

Pero como cristianos podemos profundizar más. Reconocemos que la luz es un don de Dios, desde el primer día de la creación: Dijo Dios: “Exista la luz.” Y la luz existió. Y vio Dios que la luz era buena (Gén 1, 3).

Y un don tan esencial y cercano que el mismo Jesús ha querido identificarse con él: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida (Jn 8, 12).

Este mundo nuestro, oscuro y tenebroso, desde la Encarnación ha quedado traspasado por la Luz de Cristo. Y la luz de Cristo muerto y resucitado brilla de tal manera que las tinieblas solo subsisten si se esconden y se cierran a la luz. Así como basta abrir una rendija en una habitación muy cerrada para que la luz penetre en ella, así ocurre con Jesucristo: en cuanto un alma —o una ciudad, un estado o una cultura— abren un resquicio al Verbo —la luz verdadera que alumbra a todo hombre (cf. Jn 1, 9)—, su esplendor se proyecta a toda la realidad, de modo que se distinguen las formas y los colores, se ve con perspectiva y se camina con seguridad…

Pero Jesús ha ido más lejos: nos ha llamado a ser prolongadores de su Luz. Vosotros sois la luz del mundo (Mt 5, 14), nos ha dicho. Cuentan que un niño visitaba con su padre una catedral gótica y, sorprendido por las figuras de las vidrieras, preguntó: —¡Papá! ¿Quiénes son? El padre le respondió: —Son santos. Al llegar a casa el niño contó a su madre que había conocido a los santos. Ella le preguntó: —¿y quiénes son?Los santos son los que dejan pasar la luz, respondió el niño. El cristiano, el santo, es el testigo de la luz, el que deja pasar la luz de Cristo por su vida. La Iglesia es polícroma, porque cada uno, como en una vidriera, transparentamos principalmente uno de los colores. Y el conjunto es una sinfonía de color, en la que hasta los reflejos de color negro cobran su sentido…

¿Cómo seremos luz del mundo? Jesús lo concreta así: Brille vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre (Mt 5, 16). Cuentan que el ciego de un pueblo transitaba una noche las calles oscuras llevando una lámpara encendida. Un caminante, sorprendido por la luz, se acercó, y al reconocer al invidente le preguntó: —¿Qué haces tú con una lámpara? ¡Si no puedes ver! Entonces respondió el ciego: —No llevo la lámpara para iluminar mi camino —lo conozco a oscuras de tanto recorrerlo— sino para que otros encuentren su camino cuando vean mi luz.

Iluminar para que otros vean. Más vale encender una luz que maldecir de las tinieblas, nos recordaba Abelardo. Podemos preguntarnos: ¿Por qué parece adensarse la oscuridad en nuestro tiempo (tanta injusticia, violencia, pobreza, confusión…)? ¿No será que nuestras obras no brillan como deberían? Dice el P. Morales que el hombre de valer no es el que razona, sino el que irradia. Las almas se iluminan unas a otras como las antorchas. Una sonrisa irradiante es más barata que la luz eléctrica. No cuesta nada, pero ilumina mejor.

 Un año para dejarnos iluminar por la Luz de Cristo, para dejarla pasar, de modo que irradie en nuestras oscuridades. En lugar de maldecir, seamos sonrisas irradiantes… y habremos avanzado ¡un año-Luz!

Sólo educa quien ama

Por Andrés Jiménez


Juan Bosco: Educar y evangelizar en el amor, en la alegría, en la exigencia


Celebramos el 200 aniversario del nacimiento de San Juan Bosco, cuya figura es evocada universalmente como la del santo educador por excelencia. El siglo XIX fue escenario de una floración asombrosa de fundadores y de iniciativas a favor de la educación de los niños y jóvenes; una floración de santidad educadora. Pero el talante humano de Don Bosco y la frescura de su vida y de su obra le hacen destacar entre esa legión de gigantes.

Don Bosco escribió poco de educación, pero creó pedagogía. No dejó de escribir a lo largo de su vida, pero siempre prefirió los hechos a los libros. En la desbocada carrera del proceso industrialista, sembrador de desigualdades y de abandono social y moral para los jóvenes, lo que hacía falta era, ante todo, actuar. El joven sacerdote turinés estaba convencido de haber sido llamado por Dios para abrazar y dar su vida a los jóvenes. La obra educativa, y los métodos, los edificios y las iniciativas escolares y de formación profesional fueron el cauce de su apostolado y de su entrega, de algún modo la consecuencia de su amor efectivo.

Amaba a los niños y a los jóvenes, y sabía amarlos. Frente a mezquinas caricaturas del verdadero amor, afirmaba ya Aristóteles que “amar es querer el bien para el otro” (Retórica, II, c. 4, n. 2). Y Jesús iba aún más lejos, aportando la más revolucionaria de las sentencias que jamás se haya pronunciado: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Juan Bosco es un volcán de amor y de alegría, de vida entregada. Pero ese volcán no es arranque ocasional, flor de un día. Es una energía constante, tenaz, creadora, consecuente hasta el final y que mira a la vida eterna. Su vida y sus trabajos serán amor del bueno hecho pedagogía. Porque obras son amores.

Su intuición, su formación y su experiencia le llevan a sistematizar un método, el “método preventivo”, que viene a ser su manera concreta de dar su vida y aportar dignidad a los niños y a los jóvenes “descartados” por la sociedad de su tiempo.

En la estela de la educación y la espiritualidad católicas

En su tiempo no faltaban los teóricos de la educación, siguiendo la estela de Rousseau, de Comenius o de Pestalozzi. Unas veces para bien, otras para mal, pero casi siempre ubicados en el limbo de las teorías. Juan Bosco sabía leer libros aún más elocuentes y luminosos: sabía leer en el corazón de los jóvenes y ver donde otros no eran capaces de ver. Era un “lector de almas”, y por eso no se quedaba en las meras presunciones, y menos aún en los juegos florales: se complicó la vida para resolver los problemas concretos de personas concretas a las que amaba con un amor operante.

No obstante, no le faltaron inspiradores: en los tiempos modernos ya habían aparecido grandes educadores católicos como José de Calasanz o Juan Bautista de la Salle, y su estela era bien palpable. Halló además una singular inspiración en Francisco de Sales, el santo que animaba a confiar en el Dios de la misericordia en medio de la propia limitación y que predicaba aquello de que “se hace más bien con una cucharada de miel que con un barril de vinagre”. Don Bosco estaba convencido de que todo ser humano está hecho para amar y ser amado. Y la educación, en el fondo era eso, amor. Amor auténtico, más de voluntad que de sentimiento.

Educar en positivo

Para Juan Bosco, la educación consiste en la formación y elevación de todo el ser humano, del hombre completo, en su doble índole natural y sobrenatural, mediante el servicio de un amor que impulsa hacia lo más noble y santo. Un amor que infunde alegría, que es benigno y paciente, que sufre todo porque todo lo espera (I Cor 13).

Su acción educativa, llena de iluminadores principios, se plasma en afirmaciones como ésta, nuclear: “Que los muchachos no sólo sean amados, sino que conozcan que lo son”. Para ello hay que acercarse a sus expectativas. Los golfillos del Trastévere quedan cautivados por ese sacerdote al que aún le gusta jugar con ellos, que guarda sencillos trucos de magia con los que robarles la sonrisa y que sabe ganárselos con gestos de confianza: “¿Sabes silbar?...”

El amor, afirma, es fuente de confianza; y en ella los jóvenes crecen, abren sus corazones, se afirman a sí mismos, se vuelven sencillos y animosos. Y “cuando abren el corazón es cuando se les conoce y se les educa”. “Reconozcamos el valor de sus inclinaciones”, “démosles pronto algún encargo”, “echémoslos al agua para que aprendan a nadar”… “A los jóvenes les gusta la actividad alegre… proporcionémosela”. “La fuerza castiga el vicio, pero no cura al vicioso”. “No usen la palabra ‘quiero’; sustitúyanla por expresiones más eficaces, como: ‘¿Podrías hacerme este favor…?’ ‘¿Querrías hacer tal cosa…?’.” “No cargarles con largos discursos sino con anécdotas, reflexiones breves, muchos ejemplos…” Es en el fondo una exigencia suavizada por el terciopelo de la amabilidad de quien se ha sabido ganar antes el corazón del muchacho.

Hay que empezar, tras ese primer asalto de la simpatía, dando conocer las normas de comportamiento, y luego estar atentos, observar permanentemente, anticiparse guiando, dando ejemplo, sonriendo siempre, alentando, aconsejando… e intentar en todo momento ponerles en la imposibilidad de cometer faltas. A eso ayudará el cultivar siempre un cálido ambiente de alegría. Y cuando se corrige, que se haga siempre con amor. Pueden ser ya un castigo o un premio eficaces una mirada entristecida o alegre por parte del educador. No hay que castigar nunca en público sino en privado, y sin humillar. Es preciso saber amar a cada uno, pero huyendo como de la peste de las “amistades y afectos particulares”.

Se tratará de formar en el joven un espíritu clarividente: que sepa distinguir lo bueno de lo malo; y fuerte: que sepa resistir y dominarse, que se atreva a metas difíciles pero entusiasmantes, que saboree el éxito del propio vencimiento, y sienta sobre sí la mirada complacida del educador que se alegra sinceramente con sus logros… Pocas palabras y mucho ejemplo. Es el método preventivo, al servicio de la educación del carácter.

Le gustaba contar pequeñas historias con una enseñanza positiva, como aquella del viajero que criticaba la sabiduría divina porque las encinas, tan fuertes y gigantescas, daban esas pequeñas bellotas, mientras que las calabazas salían de unas plantas tan raquíticas. Pero sucedió que, habiéndose dormido debajo de la encina, se despertó sobresaltado cuando, por efecto de la brisa, una bellota le cayó encima de la nariz. Entonces —y Don Bosco ponía entonces esa mirada brillante y pícara, entonando la voz como si fuese el actor ante la última frase de su drama— comprendió la sabiduría de la Providencia, porque ¿qué hubiera sido de él si le cae en la cara una calabaza?

La centralidad de la persona exige recuperar la importancia del educador

Para que los jóvenes aprendices se den cuenta de que son amados es preciso que haya un educador que sepa quererles y acertar a comunicarles hasta qué punto son tan importantes para él. El ‘educador made in Don Bosco’ debe destacar por su amabilidad y su vida de virtud —por sus valores y cualidades, diríamos hoy— y por la “ciencia de enseñar”; es decir, por su ejemplo y preparación. Ha de saberse educador en todo tiempo y circunstancia, consciente de que su misma presencia, como la de María en la Visitación, ya es educadora. Está “consagrado al bien de sus alumnos” y ha de saber quererlos y tratarlos “de uno en uno”.

Es fundamental para Don Bosco que el educador observe al joven hasta descubrir en él los gérmenes de sus buenas disposiciones y trabajar para desarrollarlas; porque experimentar la satisfacción por lo que se hace bien y con agrado impulsa espontáneamente a seguir superándose, “de modo que cada uno haga con placer aquello que sabe que puede hacer”. En palabras de Abilio de Gregorio: “No se trata tanto de satisfacer las necesidades manifiestas del educando, cuanto de activar sus potencialidades para que emerjan necesidades de rango superior.” Cuando se considera a una persona, a un joven, tal como debe ser, mostrándole que la meta es posible y apasionante, entonces la educación se convierte en elevación.

El educador es concebido como un guía que, olvidado de sí mismo, es capaz de percibir las vibraciones de cada alma y de ajustar así el paso de la ascensión espiritual al ritmo de cada corazón. Esto es lo que le hace ser atractivo para los jóvenes.

Como escribe Abilio de Gregorio al analizar el pensamiento y el estilo educativo de Abelardo de Armas, “los verdaderos maestros cristianos hacen de los tratados de espiritualidad cristiana tratados de pedagogía, al estilo de Clemente de Alejandría, Juan Bautista de la Salle, Don Bosco…” Por eso, la educación propugnada por el santo sacerdote turinés no es más que el Evangelio vivido y dispensado con amor, alegría, firmeza y abnegación. Y eso sólo puede realizarse “alma a alma”. “En esa relación alma a alma —afirma de Gregorio— se da una suerte de amor de amistad por el que se convierte al educando en único, en irrepetible, en insustituible.”

Concluyendo: Don Bosco nos ha dejado herederos…

Don Bosco, en realidad, no inventó nada. Desde niño, cuando el Evangelio entró en su vida y le impulsó a sembrar alegría y atención a los más pobres —sus birichini—, lo que hizo fue poner su vida y sus talentos al servicio del Amor de Dios hacia cada uno de sus hijos. Y enseñarnos a acoger ese Amor y servirle de eco. Es la suya, en la estela de los grandes santos educadores (Clemente de Alejandría, Agustín, Casiodoro, Benito, Francisco, Domingo, Tomás de Aquino, Ignacio, Calasanz, Francisco de Sales…), una catequesis del amor cristiano. Y por eso mismo, por la autenticidad y el valor de su experiencia personal, al convertirla en don y en legado, se encontró siendo el mejor de los educadores.

Os propongo un afectuoso desafío. Si habéis llegado hasta aquí, leed despacio esa maravilla que es el encuentro de dos aventajados discípulos de la pasión evangelizadora de San Juan Bosco: me refiero al libro que sobre Abelardo de Armas ha escrito Abilio de Gregorio: “Abelardo de Armas: pasión educadora. Evangelizar educando” (Ed. Encuentro, Madrid, 2014).


La crisis de valores y de sentido que asola a la educación en nuestros días es en el fondo una crisis (una ausencia) de maestros. Pues bien, si, entre otros, en el padre Tomás Morales y en Abelardo de Armas —como ha sabido mostrar Abilio de Gregorio de manera tan magnífica— somos capaces de encontrar la huella profunda y luminosa de Don Bosco y de experimentar el bien que puede también aportarnos a nosotros… tal vez nos asalte al corazón aquella pregunta comprometedora y providencial que una vez se hizo San Ignacio: “Si ellos lo hicieron… también yo lo tengo de hacer”.

En el bicentenario del nacimiento de Don Bosco. Un nuevo estilo educativo: Prevenir

Por Abilio de Gregorio

Conmemorar el bicentenario del nacimiento de Don Bosco me da ocasión para reflexionar acerca de lo que representa la presencia de la escuela cristiana en el mundo de la educación. Desde los mismos orígenes del cristianismo hay una pulsión natural docente, toda vez que la Iglesia se siente depositaria de un mensaje que ha de mostrar —enseñar— a todos los hombres por mandato del mismo Jesucristo.

Ese imperativo docente-evangelizador estimulará la preocupación por la búsqueda de los recursos más eficaces que garanticen el encuentro del discente con el Mensaje. Lo que dará lugar a una pléyade de educadores —educadores, que no siempre pedagogos— dispuestos a poner la educación en perspectiva trascendente.

Es cierto que el hecho de apuntar a una “metaenseñanza” no aparta a la educación cristiana del rebufo de los movimientos que se han ido sucediendo en la historia de la pedagogía. Durante largo tiempo, la escuela que hemos denominado tradicional colocó el centro de gravedad de su organización en el depósito de conocimientos y valores que, sedimentados con el tiempo en una determinada comunidad, se pretende transmitir a los jóvenes educandos para que los reproduzcan.

El arte educativo consistirá en usar las mejores estrategias para asegurar la transmisión y la reproducción echando mano habitualmente de los refuerzos operantes positivos o negativos de conducta.

La Reforma luterana pone en cuestión el depósito de verdades religiosas de la comunidad cristiana, lo que motiva reactivamente una acción educativa que se centrará en los contenidos conceptuales cuestionados. Ello da lugar a ese perfil de escuela de fuerte rigor y disciplina intelectual que caracteriza durante largo tiempo a los centros de enseñanza católicos, de los que serán un claro ejemplo las “ratio studiorum” de jesuitas y escolapios.

A raíz del eudemonismo de Rousseau la educación dará un giro en el siglo XIX, poniendo el eje de la acción docente no ya en los conocimientos y el esfuerzo por alcanzarlos, sino en el niño-educando y la adaptación a las demandas de sus hechuras psíquicas. El magistrocentrismo tradicional será sustituido por un paidocentrismo próximo, en ocasiones, al libertarismo.

Bajo la vigencia de los fundamentos científicos y tecnológicos de la nueva sociedad nace una “escuela nueva” que pretende perfilar sus señas de identidad por oposición a la escuela tradicional. El niño ya no es sólo memoria y entendimiento, sino que se toman en cuenta otras dimensiones de la personalidad de las que se debe ocupar la educación.

La escuela pasará a ser fuente de experiencias, no sólo ámbito de adquisición de conocimientos factuales y conceptuales; adquiere una especial relevancia el contacto con la naturaleza y el aprendizaje a través de la actividad, integrando en ocasiones el formato del trabajo productivo a sus métodos formales para vincular teoría y práctica: para acercar la escuela a la vida y la vida a la escuela.

Frente a la vigencia del orden y de la disciplina que presidía la organización de la escuela tradicional, la escuela nueva hará de la libertad del niño su enseña, libertad que muy frecuentemente se asimila a un “esponteneismo” sin rumbo. Y coherentemente con la idea eje de que el niño, bueno por naturaleza, es pervertido por la sociedad, se pretenderá mantenerlo aislado de toda doctrina y enseñanza que no sea la pretendida razón universal.

En estas inquietudes anda la escuela del XIX cuando Don Bosco, bastante ajeno seguramente a los afanes metodológicos de los pedagogos de oficio, percibe la misma urgencia de poner en el centro a los muchachos, no a las verdades académicas; de prepararlos para la vida mediante la forja del trabajo; de entender que más que luz, necesitan el calor de la presencia amiga preventiva del maestro; que más allá de la aulas hay espacios en los que puede germinar una educación sólida. Y sobre todo, que en cada uno de ellos hay un alma a salvar: Dame las almas; y quítame lo demás. Es esto lo que representa la casa-hogar de Valdocco y el oratorio festivo. Se vierte un nuevo estilo de evangelizar educando en el torrente de la tradición educativa cristiana.

Rastreando el “genoma” pedagógico del modelo de educación de la Cruzada-Milicia, quizás podamos advertir una suerte de injerto de ese modelo flexible y cálido de Don Bosco sobre el sólido y riguroso pie o patrón jesuítico. Y ese modelo es, sin duda, producto del encuentro germinal de dos personalidades —el P. Morales y Abelardo— compartiendo los mismos afanes desde talantes tan distintos.


El espíritu de exigencia y superación, imprescindible en todo acto educativo, en clima de libertad comprometida, de comunión con la naturaleza más pura, de cercanía de hogar, de compromiso con la brega de la secularidad. Y todo ello bajo la presencia preventiva y cálida de maestros —de maestros sin escuela—, maestros a la intemperie. En la Cruzada-Milicia de Santa María el método preventivo se llamará “pedagogía campamental”.

Educar amando en ocho claves

Por José Luis Acebes

El secreto de la pedagogía de Abelardo de Armas



Abelardo, de joven, no se planteaba ser educador. Pero a sus veinte años en unos Ejercicios Espirituales con el P. Tomás Morales se encontró con Jesucristo vivo, y su vida cambió. Este encuentro trastocó sus horizontes: vocación, profesión, actividades, alegrías y penas. Y fue en este nuevo rumbo donde descubrió a los jóvenes, mejor, a “sus” jóvenes. Y se desvivió por elevar sus miras humanas y espirituales, y por llevarlos a Jesucristo. Y así se volvió educador por amor a ellos. Y muchos vivimos ahora de ese cambio.

Abelardo es probablemente la encarnación más completa del planteamiento educativo del P. Morales, que afirma: educar amando es la clave del éxito de cualquier pedagogía (…) El maestro tiene que darlo todo: ciencia, tiempo y, sobre todo, corazón. No amará al educando si no le da todo lo mejor que hay en él1.

Sea cual sea nuestra dedicación a los jóvenes (como padres, madres, profesores, animadores, etc.) podemos imitar a Abelardo en este modo de abordar la educación, porque amar está al alcance de todas las fortunas. Vamos a adentrarnos en este estilo educativo basado en el amor, siguiendo el planteamiento que Abelardo hizo en un escrito de madurez2.

El amor, fuente de la experiencia educadora

Educar y amar son las dos caras de una misma moneda. Educará mejor el que mejor ame. Y el amor auténtico buscará dar todo lo mejor de sí, particularmente en la tarea educadora.

¿Y quién es el que ama más y mejor? ¡Jesucristo! Y Él es el que me enseña a amar más y mejor. Y todavía más: si le presto todo mi ser como educador, será Él quien amará en mí, y el que transformará al joven que entre en mi radio de acción formativa.

Él en mí

Este fue el descubrimiento vital de Abelardo. Descubrió en la oración que Jesucristo ama a los jóvenes muchísimo más de lo que nunca podría amarles él. Y por eso dejó que Jesucristo se adueñara de su persona, y que fuera Él quien educara. Así lo refleja en su correspondencia. Contesta a un joven: Muchas gracias por todas las alusiones que haces al beneficio de tus ratos de charla conmigo. Ya sabes que es Jesús en mí y no yo (12.8.1976). Y en otra ocasión: Sigue fomentando la confianza conmigo, pues ya sabes que te recibo a lo Jesús, aunque indigno (5.8.1978).

Partiendo de esta experiencia invita a los educadores a seguirle, educando desde la unión a Jesucristo. Así aconseja a un joven monitor en una colonia de verano: Aprovecha bien estos días en los que tienes que estar a Jesús muy unido para que sea Él quien actúe en ti, y pueda a través de ti hacerse visible a los chavales. Si es así guardarás un gran equilibrio en todo, y tendrás gran paz en el corazón. Querrás a los chicos y te querrán ellos no por ti sino por Él. Pídeselo a la Virgen y verás cómo Ella lo logra. No te desalientes si tienes algunos fracasos a los principios. Luego se va corrigiendo todo (14.8.1978).

La educación en ocho claves

Yendo más lejos Abelardo se plantea: ¿y cómo es el amor que Dios nos regala? Porque amando como Él, conseguiremos que el proceso educativo sea eficaz. Resalta ocho notas:

1. Amor que se adelanta. Él ama el primero

Si Dios me ama sin que yo haya hecho nada por amarle, ¿cómo no voy a entregarme a los demás, especialmente cuando es Cristo el que quiere amarles desde mí? El educador no puede esperar a que se acerquen primero a él, ni quejarse porque no se aproximan. Ha de salir, adelantarse, como hace Dios con nosotros. Nosotros amamos porque Él nos amó primero (1 Jn 4, 19).

2. Amor gratuito, que no espera recompensa

Una de las mayores compensaciones del educador es ver los progresos del niño o joven. ¡Y cuánto más escuchar algún reconocimiento por su parte! Sin embargo el amor puro es gratuito. Como el amor de Dios, que hace salir su sol sobre malos y buenos (Mt 5, 45).

Comenta Abelardo: Amar no consiste en sentir. No es suficiente. El amor es más bien una disposición de la voluntad que desea. Quiere el bien exclusivamente para el amado. Y cuanto menos busque el amor para sí, más puro es3.

3. Amor que acepta la realidad del amado

El amor es realista. Conoce bien al que ama. No lo idealiza. Sabe bien su modo de ser, sus cualidades, sus limitaciones. Y por ello el educador debe esforzarse por conocer también el entorno familiar, escolar y social del educando.

Para Abelardo la educación es personalizada (cada joven es diferente y ha de ser aceptado y valorado tal como es), y es personalizadora, destinada a desarrollar las capacidades que alientan en cada uno. Abelardo buscaba construir la persona, proponiendo metas conforme a su madurez y a su modo de ser.

4. Amor que perdona

¡Pobre de aquél que lleva listas negras en las que tacha a quienes “se la juegan”! Nunca educará, pero además vivirá en la amargura, agraviado y agriado sin remedio. El amor de Dios no es así. Comenta Abelardo: Dios nos ama tales cuales somos. Nos acepta, nos perdona, nos busca y nos prueba4. Como consecuencia del perdón del Padre viviremos lo que rezamos en el padrenuestro: perdonaremos a los que nos ofenden.

5. Amor en el que al corregir no hay venganza ni queja

El amor no es un afecto edulcorado. El amor auténtico es exigente. Escribe Abelardo: La exigencia sin amor es insoportable, pero el amor sin exigencia es rechazable, porque no educa. La exigencia exige el amor. Y el amor exige generosidad hasta la donación total. El que ama pide heroísmo en sus educandos, y lo alcanza. Pero porque ama, nunca exige un heroísmo por encima de las fuerzas del otro5. Así lo vivía él. Y así lo sentíamos “sus” jóvenes.

6. Amor que sólo busca el bien del que ama, y no busca provecho propio

Comenta Abelardo: ¡Amad en el mundo! ¡Dad un testimonio de amor! Y comenzaréis a hacer un mundo mejor6. ¡Cuántas veces nos quejamos de la falta de frutos en la tarea educativa! Escribe Abelardo a propósito de ello: Se ama cuando uno se da del todo. Y se ama cuando se busca el bien del amado sin siquiera esperar nada para sí mismo. Se ama cuando se acepta sin una queja7.

7. Amor hasta dar la vida

Jesús así lo vivió: Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas (Jn 10, 11). Y así nos lo dijo: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos (Jn 15, 13). Se puede dar la vida de una vez, o minuto a minuto. Abelardo vivió y enseñó a vivir este segundo modo: El “amaos unos a otros como Yo os he amado” hasta dar la vida por los demás, lo culminará Él en mí. Un dar la vida que será más gota a gota, día a día, que de una sola vez8.

8. Amor que va más lejos que dar la propia vida, y que es dar aquello mismo por lo que daría la vida

Abelardo solía comentar que una madre daría mil veces su vida por su hijo, y que cada uno estimamos algo por encima de todo lo demás, y por lo cual seríamos capaces de dar nuestra vida. Pues bien, la respuesta al amor de Dios, el amor auténtico, pide entregar eso que más amamos.

La paciencia con uno mismo

Abelardo termina su exposición sobre las notas del amor de Dios volviendo al realismo. Escribe: Todas estas notas del amor de Dios para conmigo, es preciso tenerlas con los demás. Pero también con uno mismo. Y se apoya en san Francisco de Sales que señala: los que aspiran al puro amor de Dios, no tienen tanta necesidad de paciencia con los demás como con ellos mismos, pues tenemos que sufrir nuestras imperfecciones para alcanzar la perfección9.

Advirtió cómo se desalentaban muchos educadores y educandos a los que orientaba, vencidos por la escasez de los resultados, el peso de las propias imperfecciones, y la enorme distancia entre la sublimidad del ideal y la pobreza personal. Por ello, siguiendo la consigna del P. Morales, exhortaba a todos a no cansarse nunca de estar empezando siempre. Aconseja a un joven educador: En cuanto a ti, ama tus miserias. Tus queridas miserias. Ellas te dan el conocimiento propio y el amor que Dios te tiene. Te hacen humilde y paciente con los demás, que son de la misma madera que tú. No te deprimas jamás por los fracasos (18.3.81).

Así lo vivía Abelardo. Comenta en una conferencia: Yo amo a mis muchachos con toda el alma ¡Tremendamente! Me hacen llorar. Me hacen llevarme unos disgustos inmensos, pero me dan unos consuelos fabulosos. Es importantísimo amarles ¡Y cómo no vamos a amarles si para eso encontramos a Cristo en la oración, y los jóvenes son otros Cristos que sufren! Un Cristo que desde mi corazón me lo pide prestado, porque Dios no tiene otra boca para hablar que la mía, ni otros brazos para abrazar que los míos, ni otras piernas para caminar que las mías, ni otros ojos para mirar con dulzura que los míos. Esto lo podemos hacer todos. Yo amo a los chicos y la doctrina del amor resuelve conflictos generacionales10.

¡Esto lo podemos hacer todos! Es la invitación final que nos hace Abelardo. Si lo practicamos, descubriremos lo que vivía S. Juan de la Cruz: Donde no hay amor ponga amor y sacará amor.

(Notas)

1Tomás Morales. Hora de los laicos (1985), pp. 424-425.

2 Abelardo de Armas. Santidad educadora (2010), pp. 205-206. (12.6.1988).

3 Abelardo de Armas. Pensamientos, nº 400 —inédito—.

4 Abelardo de Armas. Aguaviva (2003), p. 119 (Estar, junio 1991).

5Santidad educadora, p. 77 (15.6.1980).

6 Abelardo de Armas. Luces en la noche (1982), p. 239.

7Pensamientos nº 399.

8Aguaviva, p. 134 (Estar, octubre 1994).

9Santidad educadora, p. 206.


10Abelardo de Armas. Rocas en el oleaje (1980), p. 90.

Del Diablo a Dios (Adolphe Retté)

Por Jesús Amado

Adolphe Retté (1863-1930), gran escritor, poeta y periodista francés. Llegué a ser ateo convencido, un materialista militante. Me uní a los enemigos de la religión y tomé parte en todas sus acciones abominables. Así se define él mismo en su relato autobiográfico Del diablo a Dios que escribió tras su conversión.

Una infancia marcada por la influencia anticlerical de su abuelo (Rector de la universidad de Lieja) que se opone a cualquier tipo de enseñanza religiosa.

Una juventud en la que predominan las pasiones, el libertinaje y sobre todo una idea fija: mofarse de la Iglesia y de su doctrina. La anarquía parece ser su ideal. Escribe: Echémoslo todo por la borda: Dios, la familia, la propiedad, las leyes y las tradiciones. Entonces los hombres se abrazarán unos a otros y, al compartir según las necesidades de cada uno todos los bienes de la tierra, vivirán en una fiesta perpetua, completamente libres y solidarios.

Un día de junio de 1905, al leer entre los versos de Dante la alegría de los fieles del Purgatorio, seguros de poder entrar en el Paraíso después de una expiación justa, es deslumbrado por una luz interior: sus vicios se le presentan como sapos en el fango de su corazón; un remordimiento y, al mismo tiempo un gozo indecible, le invaden por completo. ¿Cómo? —se dice a sí mismo—, ¿la religión católica tendría razón al afirmar que un pecador arrepentido y que acepta con alegría la penitencia por sus pecados llega a ser digno del Cielo? ¿Podría lavar mis pecados y salvarme? Pero entonces... ¡Eso significa que Dios existiría!... ¡Oh! Si Dios existiera, ¡qué suerte la mía!

Al día siguiente, durante un paseo, pasa revista a todos los errores en los que había creído. Éstos se desploman unos detrás de otros, y exclama: ¿Qué me queda ahora? Una voz interior le responde: Dios. Se apoya en el tronco de un roble y prosigue su reflexión: ¿Por qué estamos en el mundo? Cien religiones han intentado resolver ese enigma, cambiando según las circunstancias y, sobre todo, según los caprichos del espíritu humano. La Iglesia Católica, sin embargo, permanece inmutable entre esa perpetua versatilidad, y dura ya diecinueve siglos... Así pues, si la Iglesia nunca ha cambiado, su unidad y su constancia deben obedecer a una causa más que humana, puesto que la humanidad, abandonada a sí misma, no es sino cambio. Por añadidura, los preceptos de su moral son saludables, y es verdad que si los aplicáramos seríamos mucho mejores. Seguramente la Iglesia debe detentar la verdad consoladora y salvífica... ¡por lo tanto Dios existe! Cayendo entonces de rodillas Adolphe suplica: ¡Dios mío, puesto que existes acude en mi auxilio!

Si a los cristianos les resulta a veces difícil conservar el estado de gracia y rechazar las tentaciones, ¡qué decir del hombre que se encamina a la conversión, al no disponer ni del sacramento de la Penitencia ni de la Sagrada Eucaristía! Adolphe lo experimenta con un combate espiritual que se va intensificando.

Otro día, en el transcurso de un nuevo paseo por el bosque de Fontainebleau, Adolphe vislumbra, en lo alto del peñasco de Cornebiche, un pequeño oratorio rematado por una estatua de la Virgen de Gracia. Emprende sin dudarlo la escalada del peñasco y suplica a María: A ti que todavía no te he invocado, ruega a tu divino Hijo que me inspire lo que debo hacer. Y una dulcísima voz le responde en el fondo de su corazón: «Busca un sacerdote. Confiésate, entra en la Iglesia». Ante esa perspectiva, se altera: «No puedo, tengo miedo de entregarme de esa manera».

El momento de la conversión

El recuerdo de tantos artículos y libros en los que había sembrado la blasfemia a manos llenas le lleva a la desconfianza y a la desesperación. Una noche, agotado por los asaltos del mal espíritu, Adolphe se acuesta, pero no puede conciliar el sueño. Un nuevo y encarnizado combate contra el demonio le deja empapado de sudor. De repente —escribirá—, oí, sí, oí —lo juro por mi salvación eterna—, oí la voz celestial que tan bien conozco que me gritaba: «¡Dios! ¡Dios está ahí!». Fulminado por la gracia, caí de rodillas y, en ese mismo instante, me pareció ver en mi interior la imagen de Nuestro Señor Jesucristo crucificado que me sonreía con una expresión de misericordia inenarrable. Una gran paz penetró en mi alma... Me quedé quieto, radiante, estupefacto, pletórico de agradecimiento, sin dejar de repetir: «¡Gracias, Dios mío, me has salvado!». Al alba del día siguiente, Adolphe regresa junto a la estatua de la Virgen para darle las gracias.

Poco tiempo después, viaja a París y le pide a su amigo y poeta François Coppée que le indique un sacerdote, pues ya no puedo caminar solo —le dice. Necesito un apoyo... Lleno de alegría, Coppée le dirige a un vicario de la parroquia de Saint-Sulpice, quien le recibe ese mismo día: La sencillez de su acogida me infundió completa confianza —escribe Adolphe—, de tal suerte que no experimenté dificultad alguna en relatarle mi vida... Luego, lleno de ansiedad, le pregunté: Padre, ¿cree usted que ahora puedo salvarme? Una hermosa sonrisa le iluminó el rostro: Querido amigo —me dijo—, se puede decir que eso está hecho. Se ha arrepentido usted, incluso ha llorado con lágrimas de sangre por sus pecados. Puede estar seguro de que en lo alto le han escuchado. Por mi parte, no me queda sino instruirle en las verdades esenciales de nuestra santa Religión. Dentro de unos días hará usted una confesión general y comulgará. Y ya verá cómo todo saldrá bien. Me quedé muy sorprendido, pues se me había metido en la cabeza que eran necesarios muchos meses antes de que fuera digno de los sacramentos. Y el cura concluyó: Dé gracias a la Virgen.

El sacerdote le entrega un catecismo, pidiéndole que se aprenda en primer lugar los actos de fe, de esperanza y de caridad, el «Padre Nuestro», el «Ave María» y el «Credo», y luego añade: «¿Sabe usted hacer la señal de la Cruz? —Pues no. —Se la voy a enseñar...». Una vez terminada la entrevista, el cura despide al penitente: «Puede ir en paz, hijo mío. Confianza y oración, eso es todo». Adolphe se queda pensativo y feliz de haber tomado esa acertada decisión: ¿Quién me habría dicho —pensé— que iba a ser tan fácil? Después me sentí fascinado por la bondad de la Providencia, que me ha conducido, como llevado de la mano, hasta el sacerdote que yo necesitaba.

Durante los días siguientes, Adolphe se dedica a estudiar el catecismo y a hacer el inventario de sus pecados, aterrorizado por su número y gravedad, aunque tranquilizado ante la idea de que muy pronto podrá desembarazarse de aquellas manchas. Lee con asiduidad los capítulos del Evangelio donde se relata la Pasión de Jesucristo, dirigiendo a Éste actos de amor. Me sentía impregnado de una contrición del todo saludable. Era una mezcla de vergüenza a causa de mis pecados y de remordimiento conmovedor, porque, durante muchos años, yo mismo había contribuido a crucificar al Cordero redentor.

Dios estaba allí en persona

El día previsto para la confesión, Adolphe se presenta al cura que le había instruido. A medida que confesaba mis pecados —escribe— me parecía que Dios estaba allí en persona. Era como si, con mano cariñosa e imperiosa a la vez, cosechara los pecados de mi alma y los desparramara en forma de polvo ante sus adorables pies. Al mismo tiempo sentía cómo mi pobre alma, doblegada por completo por el lastre del mal, se enderezaba poco a poco y recuperaba por fin su rectitud, alcanzando a continuación la plenitud entre oleadas de amor y de agradecimiento. Cuando terminé, cuando el cura pronunció sobre mi cabeza la sublime fórmula de la absolución, me levanté. Me tendió los brazos y yo me abalancé sobre él en un mar de lágrimas. En verdad que estábamos muy emocionados, tanto él como yo... Después hablamos unos minutos y, finalmente, me marché... Ya en la calle, empecé a caminar lleno de alegría. Me decía a mí mismo: «Estoy perdonado, ¡qué felicidad!». Era como si hubiera rejuvenecido diez años... A la mañana siguiente me preparé para la comunión... Experimenté un gozo apacible y me quedé admirado al comprobar hasta qué punto se habían allanado todos los obstáculos... A medida que se acercaba el momento de la comunión, me sentía elevado por impulsos de adoración... Ni los más refinados placeres de los sentidos, ni siquiera las ebriedades cerebrales que proporcionan el arte y la poesía pueden compararse a ese éxtasis, en el que el alma, que se une a Dios, se derrite por entero. Durante el transcurso de mi acción de gracias, saboreaba plenamente la radiante paz que reinaba en mí.

Era el año 1906, y Adolphe tiene 43 años. Poco tiempo después de su primera comunión, redacta su libro Del diablo a Dios, punto de partida de una nueva actividad que él define del siguiente modo: Mostrar a Dios a mis contemporáneos. Desde 1907 hasta 1930, año de su muerte, llega a escribir una veintena de libros en los cuales invita a sus lectores a vivir bajo la mirada de Dios, en generosa unión con Cristo en su Pasión.


Muere en Beaune el 8 de diciembre de 1930, en la festividad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María. Su lápida funeraria lleva la siguiente inscripción: In te Domine speravi... En ti, Señor, deposité mi esperanza... Y aquella esperanza no se vio defraudada.

Realidad... y orientaciones (I)

Por Javier del Hoyo

Siguiendo la publicación de escritos inéditos del P. Tomás Morales, la revista Estar saca a la luz en este número la primera parte de un ensayo redactado en noviembre de 1961, recién llegado a Badajoz, que tiene dos partes casi del mismo tamaño. Por ello, y dada su extensión, saldrá en dos números, siguiendo la división natural del contenido.

Se trata de uno de los escritos más interesantes que escribió y que, inexplicablemente, ha permanecido inédito hasta ahora. Revela al apóstol clarividente que yendo contra­corriente es capaz de decir, frente al común sentir de la Iglesia, que las cosas no iban tan bien como parecía y que España no era tan católica como se decía, en contra de las apariencias. A pesar del contenido, no hay ni una sombra de pesimismo, sino más bien de realismo, como corresponde al título. Hay datos, hay anécdotas, hay constataciones, hay mucho sentido común.

El escrito no se cierra con un mero diagnóstico de la situación de la Iglesia en España (primera parte), sino que propone unas orientaciones para la acción, basadas en toda su experiencia apostólica (segunda parte, que veremos en el siguiente número). Ahí es donde desarrolla toda su visión de movilización del laicado, prescindiendo de la acción de cada grupo y asociación. Es bueno que haya multitud de movimientos, pero coordinados y organizados desde la jerarquía, o desde una cabeza que ella marque.

En todo el escrito aparece el hombre de profunda oración, pero con los pies en la tierra, que aprende de la realidad y no se deja influir por lo que ve. Se percibe al apóstol no teórico, sino con muchos años de rodaje. Abre los ojos a tantos apóstoles que se dejan llevar de las apariencias.

Enclave histórico

Situémonos históricamente. Estamos a fines de 1961. España, bajo el régimen de Franco, ha salido del aislamiento internacional, y está comenzando un importante momento de ascenso y recuperación económica. Hay un catolicismo oficial; España es un país confesional; hay muchos grupos emergentes; hay congregaciones que tienen llenos sus noviciados, aunque no sepan que por muy poco tiempo. El español es católico por la gracia de Dios y porque, si no, no puede acceder a muchos sitios donde lo primero que se le pide es la partida de bautismo. Hay un sector católico convencido, cierto, pero la mayoría de los varones y jóvenes no frecuentan los sacramentos.

En el mundo hay señales de apertura. La elección en Estados Unidos del primer presidente católico, John F. Kennedy, y en Iglesia de Juan XIII marcan nueva ruta internacional. Hay aires de cambio en la Iglesia universal, la primera sesión del Concilio Vaticano II está a punto de comenzar1.

Él, por su parte, acaba de ser apartado de la obra que ha fundado, el Hogar del Empleado, y de ser enviado a Badajoz por su provincial, octubre de 1961. Habiéndole dado a elegir entre las dos casas más distantes de Madrid, Murcia y Badajoz, el P. Morales eligió Badajoz. Alejado de su misión, hace un parón obligado en su frenética actividad apostólica, y tiene ahora tiempo para reflexionar y dar forma a tantas ideas como ha ido acumulando durante estos últimos años. Apenas había escrito nada durante los años de actividad del Hogar (1946-1960). Saca ahora conclusiones de sus múltiples vivencias, que va hilvanando al hilo del discurso.

Redacta, pues, un ensayo sobre el estado del laicado en España a la luz de su riquísima experiencia pastoral en los últimos quince años, y del conocimiento de la vida empresarial de primera mano, no por lo que le han contado o ha leído, sino por lo que él mismo ha vivido. El resultado es este informe de quince holandesas mecanografiadas que titula «Realidad... y orientaciones». Poco más tarde (febrero de 1962) saldrá publicado parcialmente —recortado a la mitad, no sabemos si por él mismo o por la propia revista— con el título de «Una triste realidad de España y su remedio» y bajo el pseudónimo de José Rodríguez, en la revista Hechos y dichos, XXXIX, nº 315, pp. 102-107. El pseudónimo, correspondiente al de su cuñado, lo utiliza por prudencia y por la situación delicada en la que se encontraba en esos momentos.

El documento es muy interesante no sólo por el contenido, sino por aportar algunos datos biográficos únicos, de los que no dudamos que sean ciertos, aunque en algunos casos haya podido camuflar lugares y fechas. «Viajaba en tren hace pocos meses. Salía de Barcelona para dar una misión en un pueblo de Aragón». Lástima que no sepamos ni el nombre del pueblo ni la época ni los días que estuvo en ese pueblo2. «Cuando me lo contaron, me acordé de lo que hacía unos años, dando una misión por un pueblo de Andalucía [...]». Es probable que esta misión por Andalucía se encuadre en el período inmediatamente posterior a la salida del Hogar del Empleado (abril - junio 1960), cuando estuvo en Cádiz y San Fernando, y se encontraba liberado de toda labor pastoral ligada a una obra concreta.


Nos ha llegado con algunas correcciones de su puño y letra, hechas a pluma, con huecos para completar algunas citas que ha ido rellenando posteriormente a mano, si bien una ha quedado en blanco, quizás por no dar con el pasaje exacto. Hemos respetado en la medida de lo posible las grafías y el estilo. Las notas explicativas son nuestras.


* * *

Realidad... y orientaciones (I)

Una descristianización lenta pero progresiva va trabajando imperceptiblemente, a primera vista, en la sociedad española, sobre todo en las grandes ciudades. Decimos de una manera imperceptible, a primera vista, porque la apariencia es una y la realidad, por desgracia, es otra. La apariencia es que nuestras ciudades se mantienen a cierta altura religiosa, a juzgar por síntomas externos: iglesias abarrotadas los domingos, concurrencia de fieles en la Semana Santa, colegios religiosos hasta los topes... La realidad, sin embargo, es que la gran mayoría de la población —supera quizás a un 70%— se mantiene al margen de este movimiento. Sólo un tanto por ciento muy bajo, sobre todo de jóvenes y hombres, cumple con el precepto dominical y recibe Sacramentos en Pascua. El ambiente pagano de la ciudad lo envuelve todo: diversiones, trabajo, negocios, etc.

Adentrarse en fábricas y oficinas, donde se hacinan miles de hombres y mujeres, produce verdadero pánico al considerar la degradación moral y el estado religioso en que se encuentran.

Sin querer vienen a la memoria aquellas frases de Pío XI en una de sus encíclicas: «La materia sale de las fábricas ennoblecida, pero los hombres se degradan y envilecen»3. Un obrero de 17 años me decía: «Ustedes, Padre, los sacerdotes, no pueden imaginarse lo que es aquello: conversaciones, gestos, fotografías, folletos...». He recibido muchas confidencias de trabajadores jóvenes de oficinas y talleres. Gracias a mi contacto con ellos he podido captar algo que yo ignoraba: la impresionante descristianización de nuestros trabajadores desde muy jóvenes.

Paseaba un día por la ciudad Universitaria de Madrid a última hora de la mañana. Miles de jóvenes abandonaban sus facultades. He hablado mucho con ellos y algo con ellas. ¡Impresionante! Muchos, la mayoría, casi sin fe. No es que hayan abjurado del Catolicismo para hacerse mahometanos, budistas o protestantes —algunos casos también he conocido—. Es que ya no creen más que en el dinero, en el placer, en la manera de trabajar y estudiar lo indispensable para acabar una carrera y disfrutar de la vida. Y disfrutar no de lo espiritual del hombre: del entendimiento cultivado, de la voluntad desarrollada, sino de lo material, del goce de los sentidos. ¿Verdaderos deseos de estudiar y formarse sin interés crematístico exclusivo? Hay muy pocos. No brilla el ideal de engrandecer una Patria con el estudio primero y por la profesión después. No aletea el anhelo de servir a Dios en el cumplimiento del deber, proyectándose generosamente hacia los demás. Un egoísmo demoledor destruye las últimas reservas de generosidad. Ahí está, un estudiante de Derecho en el segundo año de Facultad ya está asegurándose un puesto antes de acabar su carrera, embotellándose los temas de un programa de oposiciones lucrativas.

Juventud universitaria y trabajadora alejada ya de Dios en un grado impresionante. Conozco un universitario de veinticuatro años. Ha coronado brillantemente sus estudios de ingeniería. Durante varios años ha estado en contacto con sus compañeros de escuela y con estudiantes de otras facultades, muchos de ellos condiscípulos suyos en el mismo colegio religioso donde se educó. Me dice quiere ser sacerdote, aunque le atrae mucho el matrimonio. Al preguntarle la razón me indica: «Veo a la juventud sin fe, el mundo desquiciado, la vida materializada, los pueblos sin Dios. Y pienso que sería un pecado gordo si me desentendiese de todo esto, refugiándome en mi ingeniería, haciendo de la fe heredada huerto cerrado; mi mujer, mis hijos».

Hablaba hace cuatro años en una ciudad del norte de España con un muchacho de 19 años. Desde hacía cuatro trabajaba en una fábrica rodeado de miles de obreros. «Son unos doscientos compañeros los que me rodean en el taller donde trabajo. Después de unos años de convivencia continua los conozco a casi todos. ¿Quiere usted creer que de todos ellos sólo tres frecuentamos semanalmente la iglesia? Y de esos doscientos, la mayoría son menores de treinta años».

Viajaba en tren hace pocos meses. Salía de Barcelona para dar una misión en un pueblo de Aragón. En mi departamento un hombre de treinta años. Oficinista de una importante empresa de Madrid, cuyas filiales se extienden por toda España. Como fuimos solos hasta Zaragoza pudimos hablar a nuestras anchas. Inteligente, de buen juicio, con muy poca formación religiosa, pero con gran inquietud de descubrir y vivir la verdad. Al principio hablamos un poco de todo. Muy pronto la conversación se centró en la empresa en que trabajaba desde hacía diez años y de la cual era ya jefe de contabilidad. La conversación, larga, sin prisas, interesantísima. Confieso que me hizo aterrizar en la realidad. Yo desconocía, a pesar de mis treinta y cinco años4, la manera de vivir y de pensar de ese mundo de hombres y mujeres que se amontonan en las empresas de nuestras ciudades. ¡Cuánto tenemos que aprender los sacerdotes escuchando a seglares, que por no pertenecer a ninguna cofradía o asociación religiosa, viven más inmersos en la misa y nos trasmiten con más fidelidad el estado real en que se encuentra, en punto a fe y moral, la mayoría de los españoles!

Me decía mi interlocutor: «Trabajo en una empresa cuyas oficinas centrales radican en Madrid, con sucursales en casi toda España. La nómina de personal se eleva a unos seis mil trabajadores. Sólo en Madrid, entre hombres y mujeres, unos quinientos, oficinistas en su mayoría. Estoy muy en contacto con ellos, por razón de mi cargo. Entre los chicos, la casi totalidad viven al margen de toda preocupación religiosa. Al llegar a la oficina como botones, a los catorce años, tienen algo de fe, pero la pierden antes de pasar a auxiliares». Le interrumpí. «¿Qué porcentaje cree usted que frecuenta la Iglesia, por ejemplo, los domingos?» Rápido, pero con segura precisión, respondió: «Padre, entre ellos casi el tres por ciento; entre ellas algo más», y me añadió otros datos escalofriantes acerca de la moralidad de ellos y ellas incluso de los que están ya casados, que no reproduzco por razón de brevedad.

Podría citar muchos casos más que he ido captando en mis viajes continuos con toda clase de personas de distintas edades. Estos contactos con la realidad me han dado mucho que pensar. Antes de tenerlos había leído una frase de Pío XI: «Nos encontramos con un mundo que ha recaído casi en el paganismo». Cuando esta frase, de la Quadragesimo Anno5, me hirió, tuve que hacer un acto de fe para creerla. Hoy, después de vivir varios años en contacto con nuestro pueblo, no necesito creerla, palpo su exactitud.

Y así, al releer la Summi Pontificatus, puedo asentir plenamente a las palabras de Pío XII: «El laicismo ha hecho aparecer, cada vez más claras, las señales de un paganismo corrompido y corruptor»6.

La situación real de la inmensa mayoría de nuestros conciudadanos es alarmante. El virus materialista, la concepción pagana de la vida, invade, no sólo a las grandes masas alejadas de la Iglesia, sino en buena parte a las que frecuentan dominicalmente los templos, es decir, aquellos que han reducido su catolicismo a la misa del domingo, mejor, a la media hora de ese día, pero que en el resto de la semana piensan y viven como esa gran masa ausente.

Pero hay algo más grave que la enfermedad misma. El ignorar que existe. Por aguda que sea la dolencia, si el enfermo cree que está muy sano, entonces sí que no queda flotando ninguna esperanza.

Algo parecido sucede en el fenómeno de la descristianización progresiva que venimos comentando. Lo peor no es la enfermedad misma, por grave que sea. Lo peor es que no nos damos cuenta de que existe. Nos contentamos diciendo que se está haciendo mucho en estos veinte años de postguerra. Esto es certísimo, gracias a la abnegada labor de ambos cleros, el celo de los Obispos y Superiores religiosos, a la colaboración cada vez más entusiasta de los laicos. Pero también es certísimo que las fuerzas del mal, adueñadas casi exclusivamente de la calle, del cine, de la moda, etc., desvirtúan en gran parte ese benemérito esfuerzo. También lo es, que algunas ciudades, creciendo a ritmo veloz, se escapan a la acción de los buenos, impotentes para hacer llegar su influjo a las populosas barriadas que surgen. Todo ello demuestra que no basta con lo hecho, con ser muchísimo. Hay que hacer más y, sobre todo, mejor.

Lo que sucede es que los mejores, los que más abnegadamente trabajan por la difusión del Evangelio, se ven de tal manera bloqueados por las almas, que no tienen ni tiempo ni tranquilidad para contemplar el panorama real y pensar un plan eficaz de conquista. En la parroquia, párroco y coadjutores entregados febrilmente a su santo ministerio. Administran sacramentos, celebran misas, organizan y llevan el peso de la Acción Católica, visitan enfermos... y como se entregan a todos, les acosan unos cuantos feligreses que llenan quizás la iglesia en las misas dominicales. Tan acosados están que pueden padecer una especie de espejismo: creer que la gran masa frecuenta la iglesia, cuando en realidad está ausente. Algo parecido le sucede a un religioso. En la iglesia de su residencia se celebran cultos con frecuencia y gran afluencia de gente. Los confesonarios rodeados de penitentes. Los comulgatorios, en ciertas misas, bastante nutridos. Las novenas son lucidas. Múltiples cofradías florecen... y aquí se produce el espejismo: no darse cuenta de que la gran masa, sobre todo de hombres y jóvenes, ni se acerca siquiera.

Con un ejemplo lo comprenderemos mejor: El jefe de un partido político se encarama en el edificio de más altura de la ciudad. Desde allí contempla, apiñándose en las cuatro calles que lo encuadran, una multitud de correligionarios que lo aclaman con frenesí. Se llena de satisfacción y exclama: la ciudad está conmigo. El espejismo se produce por no mirar más que a la masa que se congrega a sus pies, por no extender su vista en derredor, abarcando con ella toda la demografía de la ciudad. Parecido espejismo es el que padecen esas religiosas que en un suburbio educan dos centenares de niños y niñas. Abarrotadas sus clases, insuficientes los patios de recreo, llena la capilla a distintas horas del día. Veinte religiosas abnegadas, bloqueadas por un quehacer continuo. Influyen eficazmente en su formación. Pero al margen quedan varios millares. Ese espejismo toca también en las alturas. Obispos y superiores religiosos están absorbidos por las grandes responsabilidades anejas a sus difíciles cargos. Velan por sacerdotes y religiosos con abnegación paternal. Esta tarea apenas les deja tiempo, máxime si problemas económicos inaplazables les acosan. El esfuerzo de reconstrucción económica de diócesis y provincias, después de una guerra, consume casi en su totalidad las energías todavía disponibles.

Todo ello hace que estén a veces muy al margen de la realidad que venimos comentando. Careciendo de tiempo para convivir largas temporadas con las distintas clases sociales, disponen de una zona de observación muy limitada para poder apreciar el grado de descristianización real de nuestra sociedad. Es verdad que indirectamente, a través de sus súbditos, conocen algo. Pero aparte de que los conocimientos indirectos se prestan a equívocos, ya hemos visto que aun estos súbditos, sin que se den ellos del todo cuenta, tienen un tanto deformada la visión de la realidad. Así se explica que cuando uno de ellos que está más en contacto con la masa, les transmita sus impresiones, no le crean del todo, le juzguen, sin pretenderlo, como extremoso, acostumbrados como están a no oír generalmente más que apreciaciones agradables.

Es verdad que estos superiores eclesiásticos tratan con algunos laicos que les pueden suministrar datos que les aproximan a la realidad. Pero no se debe olvidar que estos laicos que ellos conocen y estiman, son sólo esos cristianos destacados que con limosnas o consejos les favorecen. Y a estos, que muchas veces también por sus negocios u ocupaciones, están desvinculados de la masa, tampoco les interesa mucho informar con datos precisos de una realidad incómoda para todos.

Para acabar, apuntamos una de las posibles causas de esa ilusión: a nadie le interesa ver las cosas tal como la realidad nos las presenta, si el verlas así supone un cambio de postura, un romper con la cómoda rutina de unos moldes ya hechos, un exponerse a fracasos al iniciar y continuar por una senda nueva fuera de los caminos trillados. Es cómodo seguir como hasta el presente. Por tanto, es mejor seguir imaginándose que España sigue siendo católica y renunciar a adoptar tácticas misioneras.

Badajoz, 21 noviembre de 1961.

Notas del documento

1El Vaticano II tuvo cuatro sesiones. La primera comenzó el 11 de octubre de 1962. En los momentos en que el P. Morales escribe este documento, ya había sido convocado (25 de enero de 1959), aunque no se había iniciado.
 2No sabemos cuándo pudo ocurrir esta vivencia ni si esconde tras estas ciudades otras reales. La anécdota no tiene por qué ser ficticia. Aun perteneciendo Barcelona a otra provincia jesuítica (Aragón), sabemos que a finales de septiembre de 1962 estuvo en Barcelona y quedó muy impresionado con la trágica riada que arrasó la ciudad (ocurrió el 25 de septiembre y murieron más de mil personas). Él salió en tren hacia Madrid el 26. En la tanda de ejercicios dirigida a jóvenes, que comenzó el 11 de octubre de 1962 en Yuste, hace cuatro referencias a la misma. Nunca más hablaría de ello. Es posible, pues, que haya estado más veces.
 3Quadragesimo anno (15-V-1931) nº 135.
 4Puede referirse a treinta y cinco años de labor pastoral, ya que su conversión y toma de conciencia de un catolicismo activo se produjo en 1926. O bien es una cifra ficticia, para camuflar su persona.
 5Quad. Anno (15-V-1931), nº 141.
 6Sum. Pont. (20-X-1939), nº 23.