miércoles, 1 de abril de 2015

Cruzada de honor

Una de sus últimas fotografías
Por Antonio Rojas

Fue en el verano de 1976, pero lo recuerdo como si fuese ayer mismo. Yo andaba con graves problemas de nariz, garganta y oídos. Tenía serias dificultades de poder desarrollar mi labor de profesor; en esta situación un tanto dramática, Abelardo me dio un consejo:

Antonio, cuando estemos en Villagarcía de Campos, acércate al convento de las Carmelitas y habla con la Hna. Anunciación. Estoy convencido que alcanza milagros.

Vi a una monja menudita, sonriente y con ojos brillantes, profundos y acogedores. Le hablé de mis problemas de salud y de mis proyectos apostólicos y profesionales. Hubo “feeling” y ahí nació una amistad que sólo ha roto la muerte.

La gran identificación que tenía con Abelardo, la fue convirtiendo en la entusiasta carmelita-cruzada que vivía y hacía vivir la simbiosis Cruzada-Carmelo que pedía el P. Morales: La Cruzada es tronco ignaciano y savia carmelitana.

Amo muchísimo a la Cruzada, Antonio, cada día más. Algunas Hermanas me dicen que si soy Carmelita o Cruzada y yo les digo que las dos cosas. Todos los cruzados sois mis hijos, especialmente Abelardo y, luego, tú.

Puedo dar fe de la cantidad de permisos que pidió a sus superioras para hacer oración y sacrificios extras por la Cruzada. Todos mis proyectos apostólicos y profesionales pasaron por sus manos. Quizás por eso cuando, como consecuencia del intento de división de nuestro Instituto, tuve que abandonar el colegio de Valladolid (“su colegio”) y marchar a Pamplona, me dijo:

Estoy sufriendo muchísimo con lo que está pasando en la Cruzada y con lo que te han hecho a ti. No sabes lo que estoy rezando y ofreciendo; por eso te puedo asegurar que se cumplirá lo del evangelio (Romanos 8,28) y todo será para bien de la Cruzada y de los cruzados. Tened confianza.

El último año coincidimos los dos en Salamanca. Yo en el hogar de los Cruzados y ella en el Carmelo de Cabrerizos. Nos veíamos con frecuencia y seguíamos haciendo planes de futuro, por eso cuando de viaje de mi pueblo a Salamanca, el 7 de enero, me llama la Madre, Luz María, y me dice que se nos ha ido Anuncia, no me lo podía creer. Llegué a Salamanca y fui al Carmelo. Estaba en el ataúd, rodeada de sus Hermanas, en el coro donde tantas veces alabó a Dios.

Al verla experimenté un doble sentimiento como dije al día siguiente en el funeral: pena y alegría. Pena, porque es humano dolerse por la desaparición de un ser querido; alegría, porque estoy convencido que ella ya llegó y tenemos una intercesora en el cielo.

El 13 de febrero iba a celebrar el 50 aniversario de su profesión religiosa y los cruzados teníamos previsto hacerle un regalo muy especial, pero no pudo ser porque murió el 7 de enero.


Hoy, aquí, desde la revista Estar, tu revista, querida Rosa, queridísima Hna. Anunciación, queremos que quede constancia que siempre serás para nosotros Cruzada de Honor.