miércoles, 1 de abril de 2015

Nuestra savia carmelitana: El amor a la Virgen

Por P. Rafael Delgado

“Tronco ignaciano, pero savia carmelitana”. Con estas palabras remitía el P. Tomás Morales a la fuente que alimentaba la espiritualidad de su obra apostólica. Fácilmente identificamos la raíz ignaciana, los Ejercicios Espirituales, auténtica escuela de vida para formar contemplativos en la acción. Más difícil parece, porque la savia está oculta, explicar en qué se manifiesta el espíritu carmelitano. Pero hay un fruto en el que aparece esa savia que lo vivifica todo y es el intenso amor a la Virgen que queremos, no solo profesar, sino irradiar.

El Carmelo es todo de María

A la hora de definirnos, el P. Morales escribió: La Cruzada, la Milicia, es María. María a todas las almas y nosotros santos por María. Curiosamente, una de las frases típicas de la tradición carmelitana asegura: “El Carmelo es todo de María”1. En efecto, la Orden del Carmen es conocida en la historia de la Iglesia como mariana por antonomasia, consagrada por entero a María desde que nació a finales del siglo XII en el Monte Carmelo, en Palestina. El fin que se proponían aquellos primeros carmelitas era vivir “en obsequio de Jesucristo” imitando las virtudes de la Virgen María2. Su Regla quiere ser una copia de la vida de María.

A Ella se consagran y le prometen sus votos, con detalles de la vida cotidiana que no nos resultan ajenos, como dedicarle los sábados y prepararse para las fiestas de la Virgen con el ayuno. En el siglo XVII dos venerables carmelitas belgas, Miguel de San Agustín y María de Santa Teresa Petyt, explican el modo de vivir “en unión con María”: hacerlo todo “por María, con María, en María y para María” a fin de ser por entero de Jesucristo. San Luis María Grignon de Montfort populariza estas expresiones en su Tratado de la verdadera devoción a la Virgen María, inspirando el “todo tuyo soy, María” de san Juan Pablo II.

La certeza que impulsa a vivir en unión con María es que Ella es la inspiradora de los santos. Como Madre y Maestra espiritual conduce a la santidad, con su dulce y poderosa intercesión, a quien la ama e imita. Hay un signo que expresa visiblemente en el Carmelo la consagración a la Virgen María y es el Escapulario del Carmen. Su simbolismo lo ha explicado san Juan Pablo II, que llevaba el escapulario desde que tenía diez años: La Virgen del Carmen, Madre del santo Escapulario, nos habla de este cuidado materno, de esta preocupación suya para vestirnos con la gracia de Dios y ayudarnos a llevar siempre blanco este vestido3.

Santa Teresa de Jesús, la gran reformadora del Carmelo, se inserta en esta tradición mariana y la expresa con su vivacidad insuperable. Como cuando sienta a la Virgen de la Clemencia en la presidencia de la sala capitular del Monasterio de la Encarnación, con las llaves del convento en sus manos, para decirles a las monjas quién es su verdadera “Priora”. De Ella dirá: “Mi Priora hace maravillas”4, y es que “es costumbre de Dios favorecer a los que de Ella se quieren amparar”5. Por ello, exhorta a las carmelitas: “Hagamos la vida como verdaderas hijas de la Virgen”6. Cada convento carmelitano es una Casa de la Virgen María.

María a todas las almas y nosotros santos por María

Al Siervo de Dios Tomás Morales S.J. le gustaba repetir con santa Teresa: Gran cosa es lo que le agrada a nuestro Señor cualquier servicio que se haga a su Madre7. Para nuestro fundador, el amor a la Virgen está revestido de fuego apostólico, pues amarla es colaborar con Ella en su misión de llevar a Dios a la humanidad: ¿Qué se aprende en la escuela de la Virgen? Dos cosas: poseer a Jesucristo y dar a Jesucristo8. Quienes hemos sido llamados a vivir este carisma hemos de amar con locura a la Virgen hasta convertirnos en sus “manos visibles” entre quienes nos rodean. El apostolado alma a alma, esencial en nuestro quehacer apostólico, solo puede realizarse “con el dulce nombre de María siempre en el corazón”.


Esto supone vivir el camino de la santidad en medio del mundo “bajo su mirada maternal”. Hazte tan pequeño que puedas caber en el Corazón de la Virgen, aconsejaba el P. Morales. Aquí tocamos el secreto de nuestro estilo de vida. Cada día nos consagrarnos al Corazón de Jesús por medio del Inmaculado de María, unidos a las almas contemplativas y al Carmelo, viviendo la realidad de la comunión de los santos. En esta fuente recibimos las gracias necesarias para aspirar a la perfección del Evangelio en medio del mundo. Este es nuestro ideal: la Virgen nos moldea en el Hágase y Estar de su Corazón para ser sus manos, sus instrumentos, en la nueva evangelización. Nuestra savia carmelitana reside en esto: un gran amor a María convertido en entrega, como Ella, al plan de salvación de Dios sobre los hombres.


Notas

1 La expresión es del Venerable Arnoldo Bostio (1445-1499).
2 Nos inspiramos en Rafael Mª López Melús, Nuestra Dulcísima Madre. La Virgen María en la vida y escritos de la Beata Maravillas de Jesús (Madrid 2001). Capítulo introductorio: El Carmelo, orden de María.
3 15 de enero de 1989.
4 Carta a Doña María de Mendoza.
5Fundaciones, 23, 4.
6Ibid., 16, 7.
7Ibid., 10, 5.
8Laicos en Marcha, 269.