miércoles, 1 de abril de 2015

Hermana Anunciación, ruega por nosotros

Por Abilio de Gregorio

Hace unas semanas que el director de Estar me llamó para comunicarme la muerte en el convento de Cabrerizos (Salamanca) de la anciana carmelita Hna. Anunciación. Desde la precariedad de mi propia salud en ese momento, el primer sentimiento fue de contrariedad al parecerme que se me sustraía a alguien que, desde no hace mucho, yo percibía que estaba ahí como reserva de oración para mis apreturas vitales y espirituales.

El primer encuentro con ella lo hice conducido por el siempre solícito Juan Luis Benito. Acudí a su convento para que me hablase de Abelardo, a quien había conocido cuando ella contemplaba en el “palomarcito” de Villagarcía de Campos, lugar donde Abelardo reparaba fuerzas, acendraba amores santos y brindaba confidencias a sus muchachos en la casa de los padres jesuitas al finalizar las campañas de verano. Y me habló de lo mucho que admiraba a Abelardo y de lo mucho que quería a los cruzados de Santa María.

Su trabajo le habían dado a lo largo de los años en horas de sagrario, unas veces para clarificar una vocación a la Cruzada; otras, para salvar una vocación en zozobra; en ocasiones, para apaciguar un conflicto; en ocasiones, para lograr una empresa institucional o privada; siempre para que sus cruzados tuvieran el coraje del fiat. Me parecía una de esas “almas pequeñitas” con las que Abelardo soñaba que se configurase la Cruzada. Porque en Hna. Anunciación todo era así, sencillo y pequeñito: en su lenguaje no había graves conceptos, sino sencillas narraciones; se advertían hondas resonancias espirituales en sus ingenuas alusiones a la vida interior.

No creo excesivo afirmar que, de esa manera callada y oculta, Hna. Anunciación forma parte de la historia “en escondido” de los Cruzados de Santa María. Ella, por ejemplo, fue testigo de los muchos y callados sufrimientos de Abelardo, de esos que, quizás nadie nota, pero que se empozan en lo más profundo y sólo afloran en la más callada confidencia. Abelardo es un santo —me decía— y por eso al diablo le estorbaba y ha buscado mil maneras para apartarlo. Y ella, según su testimonio, se hacía cargo y acompañaba como ella sabía en la carga del dolor al bueno de Abelardo con finura de alma contemplativa.

Volví a visitarla acompañado por Antonio Rojas para confiar a sus oraciones algún propósito que nos traíamos entre manos. La acogida fue tan cálida y entusiasta que me atreví a aprovecharme y encomendarle encarecidamente un asunto familiar de importancia para mí.

Cuando, publicado el pequeño trabajo sobre Abelardo, acudí de nuevo al convento de Cabrerizos para entregarle un ejemplar, su primera intervención tras el saludo fue preguntarme por la persona encomendada llamándola por su nombre, con la solicitud y el afectivo interés de quien parecía haberla convertido en alguien de su entorno cotidiano. Nunca me duermo —me decía— sin haber rogado al Señor por ella.

Por eso, al recibir la noticia de su muerte, no puedo evitar la sensación de que se me desprende un asidero donde tenía previsto apoyarme.


Hermana Anunciación, ruega por nosotros.