miércoles, 1 de abril de 2015

El Carmelo en las conversiones

Por Jesús Amado

En este año, V centenario del nacimiento de santa Teresa de Jesús, y en este número de Estar dedicado a El Carmelo y la Cruzada, parece oportuno dedicar esta sección Uno de los nuestros de la revista a la influencia de la espiritualidad carmelitana en algunos conversos.

El caso más conocido es el de Edith Stein, judía convertida al catolicismo. La lectura a lo largo de una noche, en el verano de 1921, del Libro de la vida de santa Teresa de Jesús, supuso —en palabras de la propia Edith— el fin de mi búsqueda de la verdadera fe.

Merece la pena volver a leer su propio testimonio: El peso definitivo que inclinó la balanza hacia el lado del catolicismo ha sido la lectura de un libro. Su autora es una gran mujer de espíritu universal: Teresa de Jesús. Sus páginas me cautivaron ya desde la primera, de tal manera que me resistí a interrumpir la lectura, por más que avanzaba la noche. En lo redactado hallaba respuestas a muchas de mis inquietudes; además expresadas con una frescura y lucidez femeninas como no he encontrado en ninguna otra obra. Ese libro es ‘Vida’. Por entre sus líneas he sentido fluir en todo su vigor la vida de una mujer inquieta también por saciar su sed de verdad. Nadie como esta santa carmelita me ha mostrado un Dios tan cercano, tan familiar, con el cual entablar una relación de verdadera amistad; un Dios al que trata de tú a tú —algo inconcebible para la piedad judía—. Este es el Dios en el que quiero creer, en el Dios experimentado por Teresa. ¡Aquí está la verdad!

Hoy la veneramos como santa Teresa Benedicta de la Cruz.

Tres años después, en marzo de 1924, una joven francesa de apenas 20 años, Madeleine Delbrêl, se encuentra también con santa Teresa de Jesús. Esta joven, que años antes se declaraba atea —no aceptaba la incoherencia del mundo que la rodeaba afirmando con mucha seguridad: Dios ha muerto, viva la muerte— escribía posteriormente: Reflexioné durante meses. La hipótesis Dios me parecía posible. Tomé la decisión de rezar algunos minutos. Con ocasión de un encuentro, oí hablar de Teresa de Jesús, la Santa de Ávila. Ella recomendaba rezar cada día, pensar silenciosamente en Dios durante cinco minutos. Así pues, por primera vez me puse a rezar de rodillas para evitar todo idealismo. Y fui deslumbrada por Dios.

Así fue su conversión. Que le llevó a dedicar el resto de su vida a vivir como laica en las periferias comunistas de París proclamando a Cristo con su palabra y escritos. Está introducida su causa de beatificación.

Pero miremos a otro gigante de la familia carmelitana: san Juan de la Cruz. Deseo finalizar plasmando un pasaje de la narración que en el libro De la kipá a la cruz realiza autobiográficamente Jean-Marie Élie Setbon, un judío que se convirtió al catolicismo en el año 2008 después de un proceso de búsqueda de la Verdad largo, complicado, casi agotador. Sin duda un camino de pura coherencia.

En su inquietud por la Verdad dice literalmente: Septiembre de 2007, estoy ante la televisión con mis hijos, ‘zappeando’ de canal en canal para encontrar una buena emisión, cuando caigo ‘por azar’ en una película que cuenta la vida de Karol Wojtyla. No conocía gran cosa de él, aparte de lo que dicen las noticias y, desde luego, nunca tuve un interés particular por Juan Pablo II. Sin embargo, por loco que pueda parecer, una escena de ese telefilm me conmueve y me interpela. Cuando el futuro Juan Pablo II es joven y hace teatro, un hombre le da un libro de san Juan de la Cruz. Más tarde, él lo regala a su vez a uno de sus amigos judíos. En el momento preciso en que oigo la palabra ‘cruz’ y el nombre de ‘Juan’, me sobresalto y me digo: ‘¡Ese libro es para mí, lo necesito!’. Enseguida, decido ir a comprarlo en cuanto sea posible. Así es como el Señor me puso en camino.

Algunos días más tarde, puedo por fin ir a La Procure. Para no perder el tiempo, me dirijo enseguida a una librera, al azar, y le pregunto si tiene libros de san Juan de la Cruz. Ella me mira, sorprendida, como si fuese algo evidente. Estoy confortado, pero también impaciente. ‘En la sección de santos’, me responde. Eso no me sirve de mucho. Ella me acompaña. Saco un libro al azar. Se trata de Llama de amor viva, un libro que escribió para una laica. Es su última obra, la que resume todas las demás. La abro allí mismo y la hojeo. Ni uno ni dos, decido comprar todos los libros de san Juan de la Cruz en edición de bolsillo.

Desde ese día, todas las mañanas, leo a san Juan de la Cruz en el desayuno. Aprecio mucho lo que ha escrito, porque es algo vivido y experimentado. Lo leo incluso cuando no tengo ganas. Por fidelidad. Es mi hermano mayor.

Un año después se bautizó adoptando un nuevo nombre. Dice a ese propósito: Mi nombre de bautismo es Jean-Marie Élie. He dudado un tiempo si llamarme Pablo, pero conservé finalmente el nombre de Jean que me dieron mis padres, el de mi abuelo y de mi evangelista preferido (san Juan). ¿Hace falta que explique por qué elegí María? En cuanto a Elías, es el nombre que me puse cuando estuve en Tierra Santa. Supe luego que el profeta Elías era el patrón de los Carmelitas. Por otra parte, varios judíos convertidos se hicieron carmelitas, como Edith Stein y Hermann Cohen. La misma Teresa de Jesús procedía por línea paterna de una familia de judíos conversos. También san Juan de la Cruz tenía ascendientes judíos.


Hemos escogido tres ejemplos refulgentes de personas que encontraron a Dios por medio del espíritu de Santa Teresa, pero son legión los que se han acercado —y se acercan— a Dios por el influjo del Carmelo.