miércoles, 1 de abril de 2015

Cruzada-Carmelo. Singular hermanamiento.

Por Javier de la Iglesia

A veces circulamos por la carretera y nos encontramos a la entrada de un pueblo cualquiera con un cartel que nos indica que esa población está hermanada con cierta ciudad de otro país. En ocasiones con una nación completa, y a primera vista no percibimos bien la causa. Si bajamos el puerto de Tornavacas (Extremadura) y vemos que Jerte está hermanado con Japón, nos extrañamos y podemos preguntarnos a qué se debe. A algo que los une, evidentemente: los cerezos. Del mismo modo en una comunidad de vecinos, siempre hay especial afinidad con alguno, ese al que siempre vamos a pedirle la sal o el azúcar cuando la tienda está ya cerrada. Puede ocurrir también que en la Iglesia dos instituciones tan aparentemente distintas como una orden contemplativa femenina con cinco siglos de rodaje y un Instituto secular masculino naciente se encuentren hermanados.


El origen hay que buscarlo en los primeros pasos de nuestra institución. Ya en 1948 el P. Morales subía en peregrinación al Cerro de los Ángeles con los miembros del incipiente Hogar del Empleado y entraba en el locutorio para hablar con las carmelitas. El Instituto de los Cruzados no estaba aprobado, ni siquiera diseñado. Las actividades apostólicas del Hogar del Empleado, especialmente las tandas de ejercicios, estaban respaldadas desde la oración por las órdenes contemplativas. Cuando en 1956 emprendió el P. Morales los cursillos de formación en Comillas, que se iniciaban con una tanda ignaciana de mes, envió 400 cartas a otros tantos conventos de contemplativas para que pidieran por esa intención.

El año 1960 marca un momento importante en la vida del P. Morales, al ser separado de la obra que había fundado. Un año después, octubre de 1961, será enviado a Badajoz, y comienza allí una relación importante con aquel Carmelo, adonde le dirigían los cruzados sus cartas. Cuando en 1962 comienza a escribir la historia de la institución, dirá:

“fueron precisos los sufrimientos y angustias de la separación, para soldar, en amalgama irrompible, para el cielo y la tierra, Cruzada y Carmelo. Esas carmelitas descalzas (…) en cartas que me escriben, añaden muchas a su nombre y a la Orden a que pertenecen, esas emotivas palabras: «y cruzada de Santa María»; esas cruzadas que les gusta llamarse y que se les llame «carmelitas de fuera», y que en sus charlas íntimas llaman Carmelo a sus casas, revelan bien a las claras, con otros muchísimos recuerdos y hechos que todos evocáis, una alianza providencial, que sólo ha podido surgir gracias a lo sucedido en esos inolvidables años” (Génesis y Desenvolvimiento, p. 7).

En efecto, a partir de 1960 el P. Morales tuvo estrecha relación con muchos Carmelos de nuestra geografía, y especialmente con sus prioras. Santa Maravillas había fundado en Duruelo, cerca de la “fonte do mana y corre”, un palomarcico carmelitano en julio de 1947. Santa Maravillas, con quien tantas veces tuvo confidencias el P. Morales en distintos locutorios de España, le ayudó en todos los sentidos, no sólo el espiritual y de consejo.

Pero no fue la única. Muchas prioras de distintos Carmelos de España gozaron de la conversación y espiritualidad del P. Morales y viceversa. Él experimentó la fuerza de esos “neveros ocultos” (Hora de los Laicos, p. 109), la profundidad de sus palabras y, por ello, se acercaba a sus locutorios. Sería imposible nombrar todos, porque siempre nos dejaríamos alguno, pero en algunos halló algo especial.

Y no sólo él, sino que enseñó a los cruzados a que frecuentasen los distintos locutorios de la orden. Tres veces al año hacía él, y luego han seguido haciendo los cruzados, lo que llamaba rutas carmelitanas; la del norte: Gijón, Ruiloba, Torrelavega, Zarauz…; la castellana: León, Grajal de Campos, Palencia, Valladolid, Medina del Campo; Segovia, La Granja... En otras ocasiones emprendía otra más clásica: La Encarnación, San José, Mancera, Duruelo, Cabrera, Salamanca… A ellos hay que añadir los de Madrid y los fundados directamente por santa Maravillas, como el de la Aldehuela, del que era confesor ordinario. En muchos de esos carmelos fueron entrando dirigidas espirituales suyas, militantes de la Virgen, hasta más de cien jóvenes que hoy día piden por las distintas instituciones fundadas directamente por el P. Morales.

“Tronco ignaciano y savia carmelitana”

Así es como definió a los Cruzados y Cruzadas de Santa María el P. Morales, “tronco ignaciano, pero savia carmelitana” (Itinerario litúrgico, p. 640). Una síntesis de lo que supone para el cruzado esta savia carmelitana aparece en su obra Tesoro escondido (p. 11): “Vuestra vida se impregna con «savia carmelitana». Ella [santa Teresa] quiere que vosotros seáis también «eremitas contemplativos» y «hombres celestiales» (carta de 21-10-1576 al P. Mariano), pero para ayudar a todos a conseguir la perfección del Evangelio, siendo «en este tiempo amigos fuertes de Dios» (Vida 15,5)”.

Santa Teresa fue desde el comienzo, junto a san Ignacio de Loyola y san Francisco Javier, adalid y protectora de la institución. La lectura de sus obras estuvo presente desde sus años de formación jesuítica. De aquellas lecturas fue entresacando cientos de fichas escritas a mano, que luego utilizó en sus tandas de ejercicios y predicación en general, así como en sus distintos escritos. San Juan de la Cruz constituyó igualmente en los años cincuenta un baluarte en su formación, que él supo transmitir. Sus obras le devolvieron la paz en los momentos en que más arreciaba la tempestad contra su persona y obra, en el año 1960.

Pero a ellos le siguió en su etapa de madurez el descubrimiento de Teresa del Niño Jesús, la santa más grande de los tiempos modernos, con el camino de infancia espiritual y la espiritualidad de las manos vacías. A una de estas prioras le invitaba a hacer la ofrenda al amor misericordioso: “Hace más o menos seis años hablaba yo con M. Carmen en Duruelo, y le hablaba precisamente de esta consagración al amor misericordioso. Me dijo ella que no la había hecho nunca. Llevaba ya en el Carmelo más de quince años. Yo creía que ya no me iba a decir nada. Y en una de las cartas que me escribió, lástima que no conserve yo todas las cartas, que fueron bastantes: «No puedo explicarle, padre, la evolución que ha habido en mí. Casi sin yo buscarlo, me ha ido empujando el Señor a buscarle de una manera más auténtica. Siento que su amor misericordioso ha iluminado muchas tinieblas, y ha puesto en erupción este corazón volcánico»” (Ejerc. 29-VIII-1983).

Carmelos, modelos de vida para los cruzados

En primer lugar son un modelo de vida de familia. Los Carmelos son “esos «palomarcicos de la Virgen», vanguardia y modelo de hogares para la Cruzada de Santa María” (Reglas 22). “La austeridad de vida que llevan no se resistiría sin un amor enorme a Jesucristo, pero esto sólo no bastaría. Sin el amor íntimo y respetuoso entre ellas en caridad, la más estrecha, sin la más cálida vida de familia, sería imposible tolerar esa vida. El amor íntimo a Jesucristo y la vida íntima de familia bastan para explicar la perseverancia en la vida austera de un Carmelo” (Tesoro escondido, p. 311).

En segundo lugar constituyen un modelo de ardor apostólico, con Teresa del Niño Jesús, patrona de las misiones, como guía. “Amor carmelitano, que no desperdicia un solo instante del día sin ofrecerlo por [las almas]. Amor del cruzado, que sabe que para la conquista de la juventud vale más un pequeño impulso de amor que todas las obras exteriores juntas” (Itinerario litúrgico, p. 344).

En tercer lugar, resultan un modelo de formación de minorías. Nos invitan a ser forjadores de almas una a una. El P. Morales da este consejo a los cruzados sacerdotes, pero sirve igualmente para los laicos: “Si en algo se tiene que notar vuestra estrecha vinculación al Carmelo, es en este vivir de fe en el apostolado formando minorías siempre actuantes en la masa. Sed, más que predicadores, confesores o directores, forjadores de almas una a una” (Sacerdotale, p. 61).

Finalmente, los Carmelos representan un modelo de sufrimiento en el amor. Las carmelitas son expertas en el arte de amalgamar dolor y plenitud de amor, que caracterizan la vida de un cruzado. “En sus oídos resuena aquella canción que entonaron las carmelitas a Juan de la Cruz, recién fugado de la prisión. «Quien no sabe de penas / en este valle de dolores, / no sabe de cosas buenas, / ni ha gustado de amores, / pues penas es el traje de amadores»” (Reglas, p. 234).


Estas carmelitas, que tanto conocen nuestra institución y tanto se han ofrecido en estos últimos años por la unidad de los Cruzados, se inmolan lentamente por la Iglesia y por sus misioneros. Para quienes lean estas líneas y nunca se hayan acercado a un Carmelo a visitarlas, les aconsejo que no pierdan esta oportunidad. De esa forma valorarán en su justa medida qué misión cumplen ellas en esos conventos.