miércoles, 1 de abril de 2015

Conversión de san Pablo (y II)

Por Tomás Morales, SJ (de Estrella del Mar, 25-I-1942)

Calendario litúrgico. 25 enero


Pero lo que el Arte no ha podido hacer lo ha hecho la Iglesia. A través de rasgos y expresiones, al parecer inconexas, exégetas, historiadores y teólogos, descubren una unidad profunda, un ideal único pone en movimiento el alma del Apóstol: dar a conocer el misterio de Cristo, la inefable unión de los hombres con Jesús integrando un cuerpo único del que Él es la cabeza. Hasta 164 veces oiréis vibrar luminosa la consigna que sintetiza su vida y resume su doctrina: in Christo Jesu. Si emprende audaz viajes llenos de peligros, si predica incansable en las sinagogas o en el areópago, si aún desde su prisión escribe largas cartas a sus fieles, si sufre mil persecuciones, es «para llevar el nombre de Cristo a las naciones», para alumbrarles los tesoros de riquezas que encierra el Corazón de Cristo, para iluminarles su misterio: in gentibus evangelizare investigabiles divitias Christi. Si no tenéis presente esta idea central, os esforzaréis inútilmente por comprender a San Pablo y a su enseñanza. Giraréis en torno a su ciclópea construcción como quien da vueltas alrededor de un castillo encantado sin poseer la llave que le permita la entrada. Así, en el centro de esa maravillosa vidriera gótica que agrupase las escenas de su vida, tendríais que recortar la amable silueta de nuestro adorable Salvador, única que proporciona la clave para interpretarlas.

Todo lo ha encontrado en Cristo y todo quiere que lo encontremos en Él. Tesoros infinitos «de sabiduría y santidad, de justicia y redención». Si Dios Padre nos entregó a su Hijo, nos dio con Él y en Él todas las cosas: quomodo non etiam cum illo omnia nobis donavit? Si logramos poseerle a Él, nada nos faltará: ita ut nihil desit vobis in ulla gratia. Por eso su más ardiente deseo es ver convertido cada corazón en un altar levantado a Cristo Jesús: Christum habitare per fidem in cordibus vestris, in caritate radicati et fundati.

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«Un corazón atormentado por la mayor gloria de Dios», era la súplica que un gran apóstol de la juventud, el P. Leoncio de Grandmaison, dirigía a la Virgen en los días de su noviciado. Esta es la plegaria que deben dibujar vuestros labios en el día de la Conversión de San Pablo. Un corazón torturado por la gloria de Cristo, un corazón que vibre al unísono de esas «gigantescas necesidades del apostolado moderno» de que habla S. S. Pío XII. A imitación del Apóstol de las gentes, no podéis contentaros con ser soldados rasos en el gran ejército de Dios. San Pablo se rodea de colaboradores para elevar al máximum el rendimiento de su actividad. Los conquista primero, los forma después, para lanzarlos finalmente a la gran empresa de «iluminar en el mundo el conocimiento de la gloria de Dios que refulge en la faz de Cristo». Captar, vivificar, orientar apóstoles, sea cualquiera la posición que en la sociedad os reserve el porvenir, veros constituidos en focos de irradiación: esto es lo que espera la Congregación de sus hijos. ¡Santa ambición de influjo caldeada al fuego del amor de Cristo!... Para realizarla confiad en la omnipotencia de esa gracia que un día os constituyó también a vosotros «vasos de elección». Miguel Ángel, extasiado ante la belleza sobrehumana de su Pietà, repetía orgulloso que no había idea que un gran artista no fuese capaz de circunscribir en un trozo de piedra. Tampoco existe idea, por grande que parezca, que un gran apóstol, injertado en Cristo, no pueda traducir en realidad fecunda: omnia possum in Eo qui me confortat.