domingo, 1 de febrero de 2015

Lo que nunca puede faltar (I)

Por Juan Rodríguez

Claves sobre la autenticidad de la vida cristiana a la luz de la Evangelii gaudium

Desde el inicio de su pontificado muchos hemos advertido de la revolución que el Papa Francisco está suponiendo para la Iglesia y el mundo, interpelando con su palabra y con su ejemplo de vida. Pero quizás lo hemos hecho pensando solo en lo que supone de exigencia para los demás.
Uno de los ejes sobre los que gira la Exhortación Apostólica Evangelii gaudium es la grave advertencia que nos hace el Papa acerca del peligro de la mundanidad espiritual, infinitamente más desastrosa que cualquiera otra mundanidad simplemente moral [93]. ¿Qué significado tiene este término aparentemente tan ambiguo? Sin duda que los principios, la forma de vida o las costumbres del mundo que nos rodea no coinciden muchas veces con el mensaje del Evangelio. Los cristianos, aunque inmersos en el mundo y comprometidos con él, deberíamos diferenciarnos en todo aquello que el Evangelio ilumina de forma diferente. Pero sabemos que muchas veces no es así. La “mundanidad” está presente cuando nuestra vida se mantiene más en sintonía con el mundo que con el mensaje y la persona de Jesucristo.
¿Pero qué es la mundanidad espiritual? La mundanidad espiritual, que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia, es buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal…. no siempre se conecta con pecados públicos, y por fuera todo parece correcto…[93]. ¡Dios nos libre de una Iglesia mundana bajo ropajes espirituales o pastorales! [97]. Llama la atención que aun quienes aparentemente poseen sólidas convicciones doctrinales y espirituales suelen caer en un estilo de vida que los lleva a aferrarse a seguridades económicas, o a espacios de poder y de gloria humana que se procuran por cualquier medio, en lugar de dar la vida por los demás en la misión [80]. No se refiere el Papa, por tanto, a quienes viven alejados de la Iglesia, o a quienes tienen fe pero no practican, sino a los que vivimos o creemos vivir comprometidos con la fe, a los que dedicamos tiempo a la vida espiritual y a la formación doctrinal.
Si analizamos nuestra vida quizás algunos podamos descubrir que, además de nuestras adecuadas convicciones doctrinales y del tiempo que dedicamos a la vida espiritual, en poco más nos diferenciamos de quienes nos rodean. En ese caso, si nuestra formación doctrinal o incluso nuestra oración no dan lugar a una transformación de las opciones más profundas y sinceras que determinan una forma de vida [80], podemos estar viviendo una apariencia de religiosidad [97] que nos lleve a actuar como si Dios no existiera, decidir como si los pobres no existieran, soñar como si los demás no existieran… [80]. La auténtica vida espiritual nos transforma, haciendo que, aunque no plenamente, de alguna manera nuestra vida transparente la persona de Jesucristo. Pero es posible que numerosas horas de oración o incluso la participación sacramental puedan estar más centradas en nosotros mismos que en Dios, y cerradas por tanto a su acción que nos convierte y nos transforma. No podemos asegurar entonces que las prácticas religiosas o la formación doctrinal, aun siendo necesarias, por si solas sean signos inequívocos de autenticidad en la vida cristiana.
No debe ser esta “mundanidad espiritual” un problema menor o aislado en nuestra Iglesia cuando el Papa nos advierte de ello con tal gravedad. Nadie duda hoy en día de la crisis de fe presente en las sociedades occidentales, históricamente cristianas, reflejada por ejemplo en el vaciamiento progresivo de las Iglesias o en la ausencia de vocaciones. Siguiendo los pasos de su predecesor, el Papa Francisco insiste en buscar la causa principal no tanto en enemigos exteriores como en la falta de autenticidad de los propios cristianos. Cuando no reflejamos un Evangelio auténtico encarnado en nuestra vida, sino rebajado o reducido a una mera formación teórica o a prácticas religiosas, no solo deja de ser atractivo sino que esa misma incoherencia puede incluso generar rechazo.
¿En qué se debe plasmar entonces en nuestra vida la autenticidad de la fe? De forma general podríamos decir que en todo aquello en lo que la identificación con Jesucristo y su Evangelio nos hace vivir de manera diferente al mundo que nos rodea, haciendo realidad el mandato del amor: “un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. En eso conocerán que sois mis discípulos” (Jn 13, 34-35). Pero el Papa concreta aún más: Cuando san Pablo se acercó a los Apóstoles de Jerusalén para discernir ‘si corría o había corrido en vano’ (Gal 2,2), el criterio clave de autenticidad que le indicaron fue que no se olvidara de los pobres (cf. Ga 2,10). Este gran criterio, para que las comunidades paulinas no se dejaran devorar por el estilo de vida individualista de los paganos, tiene una gran actualidad en el contexto presente…. La belleza misma del Evangelio no siempre puede ser adecuadamente manifestada por nosotros, pero hay un signo que no debe faltar jamás: la opción por los últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha [195].
No es por tanto solo un amor etéreo, teórico o genérico, el que debe ser seña de identidad de la vida del cristiano. Nos dice el Papa con rotundidad que el signo “que no debe faltar jamás” es “la opción por los últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha”. Indudablemente todas las personas, empezando por las más cercanas a nosotros, deben ser destino de nuestra entrega. Pero los cristianos, a imitación del Señor que «se hizo pobre» (2 Co 8,9), deberíamos ser reconocidos específicamente por el amor y la opción por los que más sufren. Los que somos padres podemos entenderlo bien. Queremos por igual a todos nuestros hijos, pero cuando vemos a alguno de ellos sufriendo se nos remueven las entrañas y enseguida ese hijo necesitado pasa a tener una atención prioritaria. Es sin duda un reflejo del amor de Dios, que es Padre. Esta preferencia divina tiene consecuencias en la vida de fe de todos los cristianos, llamados a tener ‘los mismos sentimientos de Jesucristo’ (Flp 2,5). Inspirada en ella, la Iglesia hizo una opción por los pobres entendida como una forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia [198]. Ahora bien, ¿dónde están esas personas a las que la Iglesia nos pide una entrega preferencial? Podríamos diferenciar dos ámbitos:
Nuestro entorno cercano
Podemos encontrar personas necesitadas o que sufren en cualquier parte, también en nuestro entorno familiar o laborar. La fe y la vida espiritual, cuando es auténtica, da lugar a una sensibilidad especial para detectar y acompañar a estas personas: un familiar enfermo, un amigo que está sufriendo, un compañero de trabajo “rarete” al que todos dan de lado, etc. Qué duda cabe que nuestra supuesta opción por los “últimos” tendría poca credibilidad si no empieza por los que tenemos al lado.
Una dimensión universal
Esta opción por los “últimos” empieza por los que tenemos al lado pero… ¿puede empezar y terminar ahí? Según UNICEF en España hay 2,2 millones de niños que viven bajo el umbral de la pobreza y según los datos de Cáritas Española en nuestro país hay 3 millones de personas en situación de “pobreza severa”, es decir, que viven con menos de 307 euros al mes. Muy probablemente no son las personas con las que nos relacionamos habitualmente, pero están ahí. No es difícil que, inmersos en la sociedad que nos rodea (la cultura del bienestar nos anestesia [54]), perdamos muchas veces la noción de la realidad del mundo en el que vivimos. Según datos de Intermon Oxfam:
  • Casi la mitad de la riqueza mundial está en manos del 1% más rico de la población, y la otra mitad se reparte entre el 99% restante.
  • El 10% de la población mundial posee el 86% de los recursos del planeta, mientras que el 70% más pobre sólo cuenta con el 3%.
  • Las 300 personas más ricas del mundo tienen lo mismo que los 3.000 millones de personas más pobres.
  • 800 millones de personas en el mundo pasan hambre.

La clase media española se encuentra entre ese 10% de la población mundial que posee más del 86% de recursos del planeta. Si no abrimos bien los ojos podemos dejar de percibir la gravedad de la injusticia que todas estas cifras reflejan, sin ser tampoco conscientes de nuestra situación de enorme privilegio, que nos hace pertenecer sin duda al mundo de los “ricos”. En las sociedades occidentales la mayoría vivimos en un entorno de comodidad y sobreabundancia, donde incluso para aliviar o solucionar nuestros problemas y sufrimientos tenemos muchísimos más recursos que la inmensa mayoría de la humanidad. La Iglesia, guiada por el Evangelio de la misericordia y por el amor al hombre, escucha el clamor por la justicia y quiere responder a él con todas sus fuerzas. En este marco se comprende el pedido de Jesús a sus discípulos: ¡Dadles vosotros de comer! (Mc 6,37) [188]. En cada lugar y circunstancia, los cristianos, alentados por sus Pastores, están llamados a escuchar el clamor de los pobres” [191].
No deberíamos plantear conflicto entre estos dos ámbitos. Esta sensibilidad que procede de una fe auténtica, tiene que ver con nuestra entrega al que sufre allí donde está. Y del mismo modo que sería incompresible atender al que está lejos olvidando al amigo o familiar que tenemos al lado, también lo sería vivir solo pendientes de nuestro círculo cercano olvidando a los millones que sufren no precisamente en el ambiente en el que nos movemos.
Nos corresponde a quienes queremos seguir con autenticidad el camino del Evangelio no dejar caer en saco roto esta clara exhortación de la Iglesia. Temo que también estas palabras sólo sean objeto de algunos comentarios sin una verdadera incidencia práctica. No obstante, confío en la apertura y las buenas disposiciones de los cristianos, y os pido que busquéis comunitariamente nuevos caminos para acoger esta renovada propuesta [201]. Pues manos a la obra.