domingo, 1 de febrero de 2015

La misericordia de Dios en el Antiguo Testamento

Por. P. Miguel Ángel Íñiguez
Se suele presentar al Dios del AT como el Dios del temor; o sea, todo lo contrario del amor y la misericordia. Y nada más falso ni contrario a la realidad. El calificativo de misericordioso es el que más se atribuye a Dios en el AT, ¡más de 300 veces!
Y en la Biblia hebrea este término contiene una enorme riqueza de matices.

1.- La misericordia es perdón

El rey David había pecado gravemente (adulterio y homicidio); pero ciego por la pasión, no lo había reconocido. El profeta Natán se lo hace ver y David llora su culpa (2 Sam 11-12). Probablemente es en esta ocasión cuando escribe la maravillosa oración que es el salmo 50: “Por tu inmensa ternura, borra mi delito. Lávame a fondo de mi culpa y purifícame de mi pecado. Rocíame con el hisopo, y seré limpio, lávame y quedaré más blanco que la nieve”.
Dios escucha toda oración, pero una humilde súplica de perdón alcanza lo más sensible de su misericordia y lo mueve a responder: “Aunque fueran vuestros pecados como la grana, como la nieve blanquearán” (Is 1, 18).
Dios aparece en el AT como el gran perdonador. Antes nos cansamos nosotros de pedir perdón, que él de concederlo (Gn 18). Da la impresión de que disfruta perdonando. Su perdón es infinitamente mayor y más completo que el nuestro: cuando Él perdona, no solo olvida nuestras culpas, sino que las borra, las hace desaparecer. “Tú borras nuestras rebeldías” (Sal 65, 4). “Has quitado la culpa de tu pueblo, has cubierto todos sus pecados” (Sal 85, 3).

2.- La misericordia es fidelidad

Uno de los términos más usados en la Biblia para designar la misericordia es hésed. Podemos traducirlo como fidelidad en el amor.
Cuando en el AT se emplea este término referido a Dios, es siempre en relación con la alianza que hizo con Israel como don gratuito y benévolo.
Cuando Israel rompe la alianza, el mutuo compromiso entre Dios e Israel deja propiamente de obligar. Pero Dios no rompe con su pueblo, sino que lo sigue amando y ayudando, porque su actuación bondadosa no depende de la conducta de su pueblo, sino que brota de la fidelidad a sí mismo, de su propio amor inmutable. “No lo hago por ti, casa de Israel, sino por el honor de mi nombre” (Ez 36, 22).
Dios actúa con bondad, no por obligación jurídica externa, sino por su amor fiel, más fuerte que la traición y el pecado. Cuando cada uno de nosotros ha pecado, no tiene derecho a recurrir a la misericordia de Dios por justicia legal, pues ha roto el compromiso. Pero sí puede y debe confiar en obtener el perdón y la restauración de la gracia y alianza, basándose en la misericordia de Dios, que es fidelidad inquebrantable, su propia esencia de amor y bondad.
La revelación del amor fiel de Dios llegará a su plenitud al enviar a su propio Hijo al mundo (Jn 3, 16). Así lo profetiza Zacarías en el Benedictus: “haciendo misericordia a nuestros padres, recordando su santa alianza y el juramento que juró a nuestro padre Abraham”. También la Virgen lo utiliza con este sentido en el Magníficat (Lc 1, 50. 54).

3.- La misericordia es ternura

La misericordia, tanto en castellano como en su etimología latina, recalca la relación con la miseria (piedad, perdón). Pero, gracias a Dios, su misericordia no consiste solo en perdonar. Sería descorazonador saber que a lo más que podemos aspirar es a que no se tengan en cuenta nuestros pecados, pasando la vida en una continua petición de perdón.
Ser perdonados en insuficiente para nosotros, y perdonar es poco para Dios. Una madre no se limita a perdonar a su hijo porque esté enfermo. Todo lo contrario, lo atiende más, aumenta su cariño, su cuidado, hasta que lo pone más fuerte que antes.
En virtud de la unidad biológica que liga a la madre con el niño en gestación, brota un instinto hacia él de afecto y de ternura. Es evidente que este amor no es por los méritos del niño, sino fruto de una necesidad interior de la madre, una exigencia del corazón.
Esto es revolucionario en la historia de las religiones, y debe serlo en nuestra espiritualidad personal.
Estamos acostumbrados a ver cómo Dios se presenta como padre, esposo o amigo. Pero la revelación nos presenta el corazón de Dios, en el AT, con expresiones aún más evocadoras y dulces: ternura, bondad, caridad, fidelidad, delicadeza maternal. Todo esto queda comprendido en el vocablo misericordia.
San Juan Pablo II exclamaba: “Dios es Padre, pero sobre todo, es Madre”
Para quien logra comprenderlo y experimentarlo vivencialmente, la religión adquiere un matiz más íntimo y entrañable, y la vida espiritual se convierte en algo atrayente y cordial.

4.- La manifestación del amor misericordioso y maternal de Dios comienza con la creación

Podemos llamar “protohistoria de la misericordia” a los primeros capítulos de Génesis (creación, promesa de redención, salvación de Noé…)
Pero ya desde el comienzo el hombre muestra su corazón pequeño y rebelde (Adán, Caín, Babel…) Por eso la historia se perfila como una lucha entre la cerrazón humana y la misericordia divina, que al final triunfa.
Los Patriarcas tratan íntimamente con Dios y lo consideran bueno, cercano, entrañable, como lo denota la oración de Jacob:
“Oh Yahveh, Dios de mi padre Abraham, de mi padre Isaac, que me dijiste: “vuelve a tu tierra y a tu patria, que yo seré bueno contigo”. ¡Qué poco merecía yo todas las mercedes y toda la confianza que has dado a tu siervo! Fuiste tú quien me dijiste. “Yo seré bueno contigo y haré tu descendencia como la arena del mar” (Gn 32, 10-13).
Y Dios no lo defraudó.
El nacimiento del pueblo de Israel suele situarse en la liberación de la esclavitud de Egipto, paso por el mar Rojo y peregrinación hacia la tierra prometida. Es un tiempo de continua manifestación de la misericordia divina, incesantemente contrastada con la rebelde obstinación de los israelitas: “En tu misericordia te has hecho guía del pueblo que has liberado, y con tu poder lo has conducido a tu santa morada” (Éx 15, 13).
Y así a lo largo de toda la historia de salvación, tanto en el AT como en el NT.
Moisés pide ver a Dios. Y este le responde: “Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad” (Éx 33, 18).
Dios mismo se define revelando su bondad, su propia intimidad. “Yahveh es Yahveh, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado” (Éx 34, 6).
Es el mismo Dios el que se manifiesta solemnemente ante Moisés como Dios de ternura, de gracia y misericordia, haciendo su autorretrato.

5.- La misericordia en los Ejercicios Espirituales

San Ignacio considera la misericordia de Dios en el primer ejercicio, el de la historia del pecado [EE 45-53], presentando a pecadores y su castigo, mientras que yo aún no he sido castigado: el ángel rebelde, Adán y Eva, y pecadores concretos (Caín, Esaú, Saúl….). De aquí brota espontáneo un coloquio de misericordia con Cristo clavado en la cruz, que tiene siempre misericordia de mí.