domingo, 1 de febrero de 2015

Georges Lemaître, sacerdote y científico

Por Jesús Amado
Este año 2015 es el centenario de la publicación por Albert Einstein de su Teoría de la Relatividad Generalizada. Cuatro años después su Teoría quedó confirmada gracias a la expedición británica a Brasil y África del Este para estudiar el eclipse de Sol del 28 de mayo de ese año, dirigida por Arthur Eddington.
Esta Teoría de la Relatividad puede aplicarse cosmológicamente al conjunto del Universo. Y es así como el mismo Einstein, en 1917, propuso un modelo estático del universo en consonancia con el pensamiento cosmológico entonces imperante.
Sin embargo en 1927 el científico belga Georges Lemaître publicó su teoría acerca de un Universo en expansión (modelo de Big Bang como se le conoce hoy día). Si bien al principio su teoría quedó oscurecida por celebridad de Einstein, las investigaciones posteriores acabaron dando la razón a Lemaître.
El nombre, pues, de Lemaître queda así consagrado en la Ciencia. Pero, ¿qué hay tras ese nombre? Para no pocos Georges Lemaître es conocido en su faceta de hombre de ciencia. No tantos le conocerán como sacerdote católico. Pero muy pocos conocerán su interior, su vida espiritual, su consagración a Dios. Y esa faceta es la que deseo exponer en este artículo para los lectores de la revista ESTAR.
Destaquemos los hitos biográficos más relevantes:
  • 17 de julio de 1894. Nace en Charleroi, Valonia (Bélgica).
  • 1914. Estalla la I Guerra Mundial. Participa como suboficial de artillería.
  • 1918. Reanuda sus estudios universitarios en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas.
  • 1920. Finaliza sus estudios universitarios con el grado de Doctor, e ingresa en el seminario de Malinas.
  • 22 de septiembre de 1923. Es ordenado sacerdote por el cardenal Mercier.
  • 1931. Publica un artículo con la hipótesis del Big Bang.
  • 1960. Nombrado Presidente de la Academia Pontificia de las Ciencias.
  • 20 de junio de 1966. Fallece en Lovaina.

La Fraternidad Sacerdotal Amigos de Jesús es clave en la vida de Lemaître. Se trata de una asociación sacerdotal delineada ya en 1911 por el cardenal Mercier (aunque solo en 1927 recibió la aprobación canónica), y en la que ingresa Lemaître siendo aún joven seminarista. A ella le sería fiel a lo largo de toda su vida.
Hablemos algo sobre la Fraternidad. Pretendía contribuir a la santificación del sacerdote diocesano a través de una espiritualidad de la intimidad, de la amistad con Cristo, conforme al ejemplo de san Juan. Los sacerdotes miembros profesan ante su obispo los votos públicos de pobreza, castidad y obediencia, pudiendo añadir voluntariamente un “voto de víctima”, cuyo propósito es que el alma penetre más íntimamente en las intenciones del amor misericordioso de nuestro Divino Redentor y de María Corredentora. Se comprometían a una hora de adoración diaria, a participar en Retiros mensuales de breve duración y en otro anual de diez días de duración, en clima de silencio. Como dato estadístico, señalar que a finales de 1924 la Fraternidad contaba con 160 miembros.
Es de destacar que a pesar de los frecuentes viajes de tipo académico que tenía que realizar Lemaître, procuraba salvar siempre los Retiros anuales de diez días. He aquí el testimonio de Mons. Billiauw, un compañero de la Fraternidad: Mons. Lemaître era uno de los pocos que asistieron regularmente a estos Retiros de diez días, hasta que fueron suprimidos en 1960.
La vida sacerdotal de Lemaître no puede comprenderse plenamente sin la referencia a la Fraternidad de los Amigos de Jesús. Desconocida por mucho tiempo, su pertenencia a la Fraternidad constituye sin duda una de las claves principales de su itinerario espiritual. Es significativo a este respecto que el cáliz que había recibido en su ordenación, y que le acompañará toda su vida, llevara la elocuente cita: “Calicem Domini biberunt et amici Dei facti sunt” (Bebieron el cáliz del Señor y llegaron a ser amigos de Dios).
El 12 de agosto de 1927 Lemaître emite sus primeros votos temporales y públicos de pobreza, castidad y obediencia. Tras renovarlos anualmente, finalmente en 1933 emite los perpetuos en presencia del cardenal Van Roey. Y el 12 de agosto de 1942 hace el “voto de víctima” por el que se entregó totalmente a Cristo.
La Fraternidad, pues, ofreció a Lemaître un lugar sereno y protegido, en el cual podía vivir sin constreñir su fe y su sacerdocio al no tener que afrontar continuamente las críticas de algunos de sus colegas científicos. La verdad es que Lemaître vivía en un mundo científico particularmente hostil o indiferente a las cuestiones teológicas, por lo que la Fraternidad fue el lugar que le permitió respirar espiritual y sacerdotalmente.
Lemaître fue siempre fiel a lo esencial de su vida sacerdotal. La celebración de la Eucaristía y la adoración reposada del Santo Sacramento (tan gratas a los Amigos de Jesús) estuvieron siempre en el centro de sus jornadas, incluso en las más ocupadas. Y era notorio que su libro de cabecera, al que acudía una y otra vez en sus lecturas, era el tratado Tabernáculo espiritual del beato Jan Van Ruysbroeck (1293-1381) también llamado el Doctor Admirable.
Más aún, su intensa vida interior le llevó insensiblemente a la acción apostólica. En fecha tan remota como 1927 anota Lemaître en uno de sus cuadernos de Retiro: Mi deber de vida consagrada es mucho más amplio de lo que yo creía. Podría tener la ocasión de ocuparme de algunos estudiantes. Tendré que recordar a Mons. Picard (capellán de Acción Católica de la Juventud Belga) su propuesta de confiarme su círculo internacional.
Es así como al año siguiente se hace cargo como Director del “Hogar chino”, que acogía a estudiantes de esa nacionalidad. La razón de la presencia de estos estudiantes radica en el permiso concedido por el Rector de la Universidad de Pekín a algunos estudiantes para que completasen en Europa su formación. Se preocupa, pues, de su formación, asumiendo sus funciones con gran celo apostólico y humano.
Un dato curioso. Relata el P. Charles Stévigny que allá por los años 50, conversando con Lemaître acerca de la canonización de los santos en esa época (fundamentalmente, religiosos, obispos, teólogos), este opinaba que junto a ellos deberían figurar personas más cercanas a la sensibilidad de la época: santos y santas del laicado comprometido, víctimas del nazismo, jóvenes cristianos surgidos precisamente de las tierras de misión. También indicaba que le extrañaba que Charles de Foucauld no hubiera sido aún beatificado, él que se había hecho “tuareg entre los tuareg”.
Este es el Lemaître completo, el modelo de persona que con su vida expresó la síntesis de ciencia y fe: eminente científico, pero también fiel servidor del Señor en su sacerdocio. Ni puso su fe a resguardo de la ciencia, ni (lo que era más difícil) manipuló la ciencia para ponerla equivocadamente al servicio de la fe.
Acerca de este punto merece la pena detenernos. Lemaître jamás intentó explotar la ciencia en beneficio de la religión. Estaba convencido de que ciencia y religión son dos caminos diferentes y complementarios que convergen en la verdad. Al cabo de los años, declaraba en una entrevista concedida al New York Times: Yo me interesaba por la verdad desde el punto de vista de la salvación y desde el punto de vista de la certeza científica. Me parecía que los dos caminos conducen a la verdad, y decidí seguir ambos. Nada en mi vida profesional, ni en lo que he encontrado en la ciencia y en la religión, me ha inducido jamás a cambiar de opinión.
Más aún, dejó clara constancia de sus ideas sobre las relaciones entre ciencia y fe en estas palabras, pronunciadas el 10 de septiembre de 1936 en un congreso celebrado en Malinas: El científico cristiano debe dominar y aplicar con sagacidad la técnica especial adecuada a su problema. Tiene los mismos medios que su colega no creyente. También tiene la misma libertad de espíritu, al menos si la idea que se hace de las verdades religiosas está a la altura de su formación científica. Sabe que todo ha sido hecho por Dios, pero sabe también que Dios no sustituye a sus creaturas. La actividad divina omnipresente se encuentra por doquier esencialmente oculta. Nunca se podrá reducir el Ser supremo a una hipótesis científica.

La revelación divina no nos ha enseñado lo que éramos capaces de descubrir por nosotros mismos, al menos cuando esas verdades naturales no son indispensables para comprender la verdad sobrenatural. Por tanto, el científico cristiano va hacia adelante libremente, con la seguridad de que su investigación no puede entrar en conflicto con su fe. Incluso quizá tiene una cierta ventaja sobre su colega no creyente; en efecto, ambos se esfuerzan por descifrar la múltiple complejidad de la naturaleza en la que se encuentran superpuestas y confundidas las diversas etapas de la larga evolución del mundo, pero el creyente tiene la ventaja de saber que el enigma tiene solución, que la escritura subyacente es al fin y al cabo la obra de un Ser inteligente, y que por tanto el problema que plantea la naturaleza puede ser resuelto y su dificultad está sin duda proporcionada a la capacidad presente y futura de la humanidad. Probablemente esto no le proporcionará nuevos recursos para su investigación, pero contribuirá a fomentar en él ese sano optimismo sin el cual no se puede mantener durante largo tiempo un esfuerzo sostenido. En cierto sentido, el científico en su trabajo prescinde de su fe, no porque esa fe pudiera entorpecer su investigación, sino porque no se relaciona directamente con su actividad científica.