domingo, 1 de febrero de 2015

Estáse ardiendo el mundo

Por Javier Segura
Santa Teresa de Jesús
Estáse ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo —como dicen— pues le levantan mil testimonios, quieren poner su Iglesia por el suelo, ¿y hemos de gastar tiempo en cosas que por ventura, si Dios se las diese, tendríamos un alma menos en el cielo? No es, hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia’.
‘Paréceme que mil vidas pusiera yo para remedio de un alma de las muchas que veía perder. Y como me vi mujer y ruin e imposibilitada de aprovechar en lo que yo quisiera en el servicio del Señor, que toda mi ansia era, y aún es, que pues tiene tantos enemigos y tan pocos amigos, que ésos fuesen buenos, determiné a hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese, y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo’
Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 1

1.- Estáse ardiendo el mundo

Teresa de Cepeda y Ahumada vivió en un siglo trascendental de la Historia. A caballo entre dos épocas, la Edad Media que se agotaba y el Renacimiento que surgía con fuerza, fue un tiempo de cambios bruscos y de inestabilidades que bien podía describir ella como un mundo que estaba ardiendo.
El surgimiento de los modernos estados, el poderío del Imperio español en su máximo apogeo pero amenazado de ruptura, los nuevos mundos descubiertos, el resquebrajamiento de la Iglesia en el corazón de Europa por la propia corrupción interna y la ruptura protestante… Guerras, revoluciones, herejías, nuevas ideas que ponían en jaque los principios más sagrados y estables sobre los que se sostenía la sociedad.
Pero, ¿no estamos hoy viviendo una situación parecida? ¿No tenemos la sensación de que hoy el mundo está ardiendo a nuestro alrededor?
Vivimos un cambio de época tan fuerte como aquel que vivió Teresa. Ayer de la Edad Media al Renacimiento. Hoy la Modernidad ha pasado, y la crisis de la post-modernidad está dando lugar a un tiempo nuevo. Radicalmente diferente.
Son cambios profundos que van a la entraña más profunda de nuestras vidas. Empezando por la propia concepción del hombre, que con la ideología de género ha dejado de creer en la naturaleza humana. Esto supone una revolución sin precedentes y de consecuencias incalculables, pues si ya no existe una naturaleza humana, si todo es producto de nuestra propia decisión arbitraria, ¿en qué se cimienta el resto de la existencia?
Las principales relaciones humanas, como es la familia fundamentalmente, sufren una crisis, desdibujándose y destruyéndose desde ideologías que manejan el control de los medios de comunicación de masas y los Parlamentos de los estados más poderosos.
Internet es el sexto continente que hemos descubierto en nuestros días, como en su día fue el Nuevo Mundo. Un auténtico universo paralelo, que está acercando pueblos y rompiendo fronteras, pero a la vez está convirtiéndose en una herramienta política y económica de primer orden. Y que ha modificado nuestras costumbres personales y sociales, y hasta la propia psicología de las personas, desdibujando la frontera entre lo real y lo virtual. La información está al alcance la mano, así que ya no necesitamos ni tomarla, ni interiorizarla, ni pensar. Las relaciones son tan amplias como virtuales, con miles de amigos en Facebook, y pocos en el salón de mi casa. Significativo ese cuadro ya habitual de cinco amigos en un banco en el parque hablando entre ellos o con otros… por el móvil, en completo silencio.
Globalización de culturas que difumina identidades, olvido de la propia historia que desenraíza a las personas en un absoluto presentismo, personalidades débiles y quebradizas necesitadas de una tierra firme, que ya no existe, pues hemos comprendido que nada es verdad, que todo es virtual y relativo. Arde el mundo.
El Papa Francisco llega a hablar de que estamos viviendo una Tercera Guerra Mundial, que se desarrolla “por partes” mediante “crímenes, masacres y destrucciones” e invocó la paz para detener la “locura” bélica durante la homilía que pronunció en el cementerio militar de Fogliano Redipuglia.

2.- Quieren tornar a sentenciar a Cristo

Y una avalancha de noticias de África y Oriente Próximo nos hablan de los nuevos mártires que la amenaza fundamentalista islámica provoca, se llame Al Qaeda, Boko Haram o Estado Islámico. Siempre es Cristo al que se quiere tornar a sentenciar en los nazarenos de hoy.
Una brutal persecución ante la que Occidente apenas reacciona. El miedo y el recuerdo de atentados (11 S, 11 M), los intereses económicos muchas veces tan inconfesados como reales, la cortedad en la mirada (mejor pasar inadvertido, esto no me afecta a mí) o simplemente la falta de principios, paraliza a toda una sociedad, comenzando por sus dirigentes.
Pero aún en nuestra sociedad se quiere tornar a sentenciar a Cristo. Un odio a la Iglesia que se disfraza de laicismo se ha metido en todos los estratos de la vida social. Y claman por quitar al crucificado de cualquier lugar público, por eliminar la enseñanza de la religión en la escuela, por encerrar en las sacristías o bajo el propio techo cualquier manifestación religiosa. Un odio a las propias raíces que cada día se hace más beligerante y que difícilmente se puede entender. Una visión de la realidad, una cultura ajena a lo cristiano, que llega a todos los ámbitos de la sociedad, a todos los partidos políticos, a los principales medios de comunicación.

3.- Negocios de poca importancia

“El mundo aún no ha entendido la gravedad de la situación en Irak”, comentaba el arzobispo Luis Rafael I Sako, primado de la Iglesia Católica de los caldeos. Nos lo dicen muchos de nuestros hermanos cristianos que viven en países de persecución. No entendemos la situación y no vemos el peligro.
O no queremos ver. Porque, por miedo, porque la situación nos sobrepasa o porque estamos metidos en nuestro pequeño mundo preferimos mirar a otra parte, a negocios de poca importancia, que diría Santa Teresa.
La post-modernidad nos trajo el fin de las ideologías, de los grandes relatos, y nos llevó a preocuparnos solo por lo pequeño, lo inmediato, lo tangible. Los jóvenes y la sociedad no se mueven ya por grandes principios, sino por sensibilidad e impactos visuales.
Una sociedad que esquiva el compromiso, que no quiere oír hablar de entregas de por vida, que añora una libertad que es principalmente hacer lo que me apetezca en cualquier momento, no es el mejor caldo de cultivo para proponer ideales. Como mucho para negocios intrascendentes. Sencillamente porque no existe la trascendencia. Porque nada importante hay más allá de mí. Porque no hay nada por lo que merezca la pena dar la vida.
Y nos encerramos en nuestro pequeño mundo de videojuegos, viajes y diversión. O en los reducidos muros de una vida anodina. O en los más o menos cómodos espacios de nuestros locales parroquiales.

4.- Me vi ruin e imposibilitada

Pero hay una voz, hoy como ayer, que Teresa supo escuchar, y que hoy resuena con un timbre singular, argentino para más señas, que nos saca de nuestra mirada estrecha y nos llama a salir de nosotros mismos, a mirar a Cristo con renovada ilusión y al apremiante mundo que nos necesita.
Su voz vibrante resonó en Río de Janeiro ante dos millones de jóvenes animándoles a salir a la calle, a tomar en serio su fe, a sumarse a la revolución del amor, a no adorar al dios dinero, sino al verdadero Dios.
Cristo nos sigue llamando de una y mil formas a seguirle, a ir con él, como nos dice San Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales en la meditación del Rey Eternal.
‘Ver a Christo nuestro Señor, rey eterno, y delante dél todo el universo mundo, al qual y a cada uno en particular llama y dice: Mi voluntad es de conquistar todo el mundo y todos los enemigos, y así entrar en la gloria de mi Padre; por tanto, quien quisiere venir comigo, ha de trabajar comigo, porque siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria’ (San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, Segunda semana, Meditación del Rey Eternal).
Es entonces cuando surge la confusión al vernos, como santa Teresa de Jesús, tan pequeños, tan ruines, tan miserables. Sabemos que nosotros no podemos hacer nada. Conocemos bien lo que dan nuestras fuerzas de sí.
Pero es el mismo Señor el que nos sale de nuevo al encuentro como a san Pablo, y nos hace entender que Dios escoge a la basura del mundo para que queden manifiestos su gloria y poder. Con María sabemos de nuestra pequeñez, pero hemos aprendido que “para Dios, no hay nada imposible”.

5.- Eso poquito que era en mí

¿Y qué podemos hacer, entonces, en este mundo actual? De Santa Teresa podemos aprender muchas cosas al respecto.
Ante todo aprendemos a ponernos en marcha, a no quedarnos parados, a hacer eso poquito que depende de nosotros. No es tiempo de lamentaciones, sino de caminar. Cada uno a su ritmo, aportando lo que buenamente pueda. Teresa, la santa andariega, nos enseña precisamente a ponernos en camino, olvidando nuestras comodidades. Y a ponernos en esa disposición de: ‘Y yo, ¿qué puedo hacer?’
En segundo lugar, como Teresa, sabemos que hemos de vivir nuestra vida con un ardiente deseo de santidad. La gran aportación de Teresa al mundo y a la Iglesia fue su santidad. Y eso es lo que hoy Dios quiere de nosotros. La Iglesia de hoy necesita ante todo santos, que encarnen el evangelio en el mundo actual. Que se dejen hacer por Dios. Instrumentos dóciles del Espíritu. En ellos la eterna novedad de Dios aportará al mundo de hoy y de mañana las iniciativas concretas que renueven nuestra tierra.
Esa santidad nace de un intenso amor a Dios y a Cristo. Esta fuente de la vida es la que tenemos que cuidar con esmero, especialmente en estos tiempos convulsos. Precisamente cuando el mundo se sume en una mayor inestabilidad y confusión, y parece que la urgencia nos llama a hacer, a movernos, es cuando hemos de afianzarnos en el sólido cimiento de la contemplación. Cristo humanado, que vive a nuestro lado, que nos ama y al que podemos amar, es roca firme donde edificar nuestra vida.
Una santidad, en tercer lugar, que se concreta en la vida ordinaria. En la santa abulense era en el cumplimiento de sus votos, como hemos visto. Y en todos nosotros la gran misión de nuestra vida comienza por vivir en plenitud cristiana nuestra propia vocación, familiar y profesional. Es en la vida cotidiana, a imagen de la familia de Nazaret, donde labramos nuestra santidad. Y donde podemos evangelizar, sin alharacas, pero con la eficacia de lo real, de lo verdadero. De la vida que se manifiesta en obras.
Hay un cuarto punto importante que podemos aprender de Santa Teresa de Jesús. Como ella, hemos de vivir en familia, desde un grupo, en una comunidad cristiana. No hemos de quedarnos solos. Hoy menos que nunca, el cristianismo es para vivirlo en solitario. La santa lo tuvo bien claro desde el principio. En aquella aventura no se embarcó sola, sino que animó a una pequeña comunidad que formaron esos ‘palomarcicos’ de la Virgen que son los carmelos. También nosotros hemos de vivir unidos a otros cristianos, que nos animen, apoyen, alienten. Es ese “procurar que esas poquitas hiciesen lo mismo”, que nos dice santa Teresa.
En quinto lugar, nuestra santa vivió como pocos ese principio de los ecologistas, “piensa globalmente, actúa localmente”. Con la mirada puesta en toda la Iglesia y en el drama que vivía de la ruptura protestante, vio lo que le correspondía a ella hacer, que era empezar una reforma interna, que diese la vida a la Iglesia desde la oración. Y nos lanza este mismo reto a nosotros. Hemos de pensar en toda la Iglesia y hemos de vibrar en sintonía con todos los cristianos del mundo, apoyando las grandes necesidades de nuestro tiempo. Internet y la globalización nos ayudarán a ello. Y, a la vez, hemos de ponernos manos a la obra en nuestro mundo concreto y cercano. Esa será nuestra principal aportación. ¿Qué se me da bien a mí? ¿Cómo puedo ponerlo al servicio de Cristo y de la Iglesia? ¿Qué iniciativas evangelizadoras puedo acometer con mis compañeros de profesión, con esos que también son cristianos? ¿A qué jóvenes de mi entorno puedo orientar y acompañar en su maduración cristiana en este momento de su crecimiento? ¿Quién de mi familia o amigos necesita que le hablen de Cristo, que le alienten en su esperanza? ¿Qué persona de mi entorno está enferma o en necesidad y puedo yo echarle una mano? Y como estas, otras tantas preguntas que nos hacen aterrizar y empezar a trabajar en lo que tenemos entre manos.

6.- Mil vidas

Estamos en un momento de cambio radical. Un tiempo que se acaba y otro nuevo que empieza. El fin de la modernidad y el inicio de una nueva época que en su día bautizarán como quieran los historiadores.
Pero, con San Agustín, sabemos que lo que sea esa nueva sociedad nueva no está predeterminado, sino que depende en gran parte de nosotros. Porque “nosotros somos los tiempos”, nosotros construimos la sociedad en la que vivimos. Si santa Teresa decía que ofrecería mil vidas por una solo alma, nosotros debemos poner al menos una, la nuestra, al servicio de Dios en este momento trascendental. “Vuestra soy, para Vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí?”
Así, con la esperanza puesta en el Señor de la Historia, como decía el obispo de Hipona al contemplar la caída del Imperio a manos de los bárbaros, también hoy podemos decir, “no temáis, este no es un mundo que termina, sino un nuevo mundo que comienza”.