domingo, 1 de febrero de 2015

Demasiado honrado

Aquel hombre que pierde la honra por el negocio,
pierde el negocio y la honra.
—Francisco de Quevedo— 
Por Antonio Rojas
En una reunión a la que asistía Rudyard Kipling, alguien le preguntó:
Si debido a una catástrofe imprevista, la especie humana llegase a desaparecer de la Tierra, ¿cuál cree usted que sería el rey de la creación?, ¿el elefante?
—¿El elefante?— Contestó el famoso autor de “El libro de las tierras vírgenes”—. No creo. Es demasiado honrado. Quizá la zorra.
El hombre honrado no tiene como meta de su vida incrementar su dominio sobre cosas y personas. Eso está muy bien; pero, a veces, la falta de ambición personal se refugia en un conformismo cómodo y cobarde. Y eso está muy mal. No se trata de ser un trepa, pero tampoco un encogido.
Ilustración Juan Francisco Miral
La honradez se refiere a la cualidad con la cual se designa a aquella persona que se muestra, tanto en su obrar como en su manera de pensar, como justa, recta e íntegra. Quien obra con honradez se caracterizará por la rectitud de ánimo, integridad con la cual procede en todo en lo que actúa, respetando las normas que se consideran como correctas y adecuadas en la comunidad en la cual vive. La sinceridad es uno de los componentes de la honradez. La persona honrada no miente ni incurre en falsedades, ya que una actitud semejante iría en contra de sus valores morales.
La honradez es una brújula de la moral para guiarnos en la vida. Es un principio y nuestra es la obligación moral de determinar cómo aplicaremos ese principio. Tenemos el albedrío para tomar decisiones, pero finalmente seremos hechos responsables por cada una de las decisiones que tomemos.
La honradez es mucho más que no mentir. Significa decir la verdad, hablar la verdad, vivir la verdad y amar la verdad. Y si eso nos corta alas o poder social, debemos ser consecuentes sin rehuir la batalla. En la honradez, como en tantos otros valores, al final, sólo competimos contra nosotros mismos. Otros podrán desafiarnos y motivarnos, pero es cada uno de nosotros quien debe escudriñar su propia alma para extraer de ella la inteligencia y las aptitudes que Dios nos ha dado.
Tenemos que practicar y hacer practicar una honradez cristiana creativa y audaz que no busca más recompensa que la satisfacción del deber cumplido.
A mí me parece, y es por supuesto mi opinión, que para ser eficazmente buenos, no nos vendría nada mal, junto a una honradez de elefante, un puntito de sana zorrería, de astucia.
Creo que santa Teresa de Jesús nos da ejemplo. ¿O no?