domingo, 1 de febrero de 2015

Cayó una bellota y me dio en la nariz

Contado por Ángel Gómez

Javier, vive en una ciudad muy bonita, pero al llegar las vacaciones, pasa unos días todos los veranos con sus abuelos en un pueblecito extremeño. Algunas mañanas se marcha con su abuelo para ayudarle en el campo. Javier no está acostumbrado a trabajar y pronto se cansa.
Abuelo, ya llevamos más de una hora trabajando y calienta mucho el sol. Me encuentro cansado.
—Pues vete a descansar a la sombra de esa gran encina, le dice el abuelo
Ilustración Juan Francisco Miral
Allí, descansando a la sombra, contempla Javier la huerta de su abuelo y los frutos a punto de cosechar: melones, sandías, tomates, pepinos, calabazas (estas muy grandes) y al fondo unos melocotoneros repletos de fruta…
Y pensaba para sus adentros que por qué la providencia, el Creador, había puesto a la bellota, que es el fruto de la encina, en un sitio tan alto y tan bonito.
—¿No sería mejor —seguía pensando Javier- que los melones, las sandías, las calabazas… colgasen de los árboles? Así no se tendría que agachar durante tantas horas su abuelo para recogerlas.
Mientras Javier estaba entretenido en estos pensamientos, cayó una bellota y el dio en la nariz. Y entonces se dijo:
Caramba, si en vez de ser una bellota es un melón o una calabaza, me quedo sin cabeza. Pero bueno, como ha sido una bellota me duele un poco la nariz pero podré seguir ayudando al abuelo.
Antes de comer llenaron una cesta de melocotones maduros y volvieron a casa. La abuela hizo un postre muy rico que tomaron a la hora de la merienda con otros amigos.
Javier, ese día, descubrió algunas de las maravillas que se encierran en la naturaleza y que todo está bien hecho y tiene su razón de ser, porque todas las criaturas han salido de las manos de Dios Padre, Creador.