lunes, 1 de diciembre de 2014

Se inicia el proceso de canonización del P. Eduardo Laforet a los 30 años de su muerte

Por P. José Ángel Madrid
Se han cumplido, el 23 de noviembre, 30 años de su paso meteórico entre nosotros y seguimos contemplando la estela de su vida entregada. Hace un año celebramos su aniversario en la parroquia de San José en Madrid donde él celebró su primera misa de Santa María, compartíamos la alegría del inicio de la causa de beatificación y canonización que hoy es una realidad.
El P. Morales y Eduardo en la adoración de la Cruz, Jornadas de 1976Es impresionante verificar la huella que ha dejado en tantas personas y cómo fue creciendo con los años. Los testimonios de las personas que lo conocieron nos hablan de un signo de Dios en su vida, una señal que eleva el corazón. El joven que le invitó a participar en la Milicia de Santa María, compañeros y profesores de la universidad de Navarra donde estudió filosofía; también en la Facultad de Teología del Norte de España en Burgos a donde se trasladó en el curso 1981-82 y por fin aquellos que le acompañaron durante su enfermedad, sin olvidar su familia para la que ha sido una señal de lo alto. Todos nos hemos unido para darle gracias a Dios por lo que ha hecho en la vida de Eduardo y seguimos queriendo iluminar nuestra vida a la luz de su estela.
Eduardo era una persona de gran fe, su relación con Dios le llevó a desear la santidad desde temprana edad y a santificarse en un itinerario hecho de aceptación y confianza. Vivió la filiación divina propia del bautizado con radicalidad, esta conciencia fue transformando su personalidad hasta alcanzar la cima a sus veintisiete años. En los libros que se han escrito sobre él adivinamos los hitos de ese camino. Personalmente tengo la convicción de ver una aplicación de las enseñanzas de santa Teresa del Niño Jesús. Esta espiritualidad fue enseñada en aquellos años de forma reiterada tanto por el padre Tomás Morales como por Abelardo de Armas, fundador y cofundador, respectivamente, del Instituto Secular Cruzados de Santa María. Este camino está hecho, en primer lugar, de un deseo constante de santidad. Chesterton comenta en un ensayo sobre santo Tomás de Aquino que la diferencia entre el santo y el que no lo es consiste en el deseo constante de serlo. En segundo lugar en la conciencia viva de las propias deficiencias aceptadas y combatidas. Tercero una confianza audaz y sin límites en Dios Padre misericordioso que en su Hijo nos ha salvado. Realizar este camino asumiendo los medios habituales de santificación que la Iglesia nos ofrece, lleva a la santidad.

Dentro de este itinerario el padre Eduardo vivió un ofrecimiento de su vida por el papa Juan Pablo II en el atentado que sufrió. Este ofrecimiento configuró su vida hasta el día 23 de noviembre de 1984, festividad de san Clemente sacerdote y mártir, en que “empezó a vivir