lunes, 1 de diciembre de 2014

Michael Ward, de anglicano a católico

Por Jesús Amado
El escritor Michael Ward, uno de los especialistas más importantes de la literatura del autor C.S. Lewis, se ha convertido al catolicismo.
Merece la pena ahondar en la persona de este neocatólico inglés y, sobre todo, en las razones por las que se sintió atraído por la Iglesia de Roma.
Nació en Cuckfield, Sussex (Inglaterra) el día 6 de enero de 1968, día de Reyes, fiesta de la Epifanía. Tras sus estudios, tanto de literatura como de Teología, fue ordenado como pastor anglicano en 2005, ejerciendo como capellán del Peterhouse de la universidad de Cambridge hasta 2007. Todo el año 2008 lo invirtió en una gira de conferencias, tanto en el Reino Unido como en Estados Unidos, dedicadas a su libro “El planeta Narnia”. Acudió invitado por universidades tan prestigiosas como la de Londres, Edimburgo, o Chicago.
Finalmente, entre los años 2009 y 2012 desarrolló su labor pastoral como capellán del St. Peter´s College de Oxford. Y es este año 2012 cuando pide el ingreso en la Iglesia católica, siendo recibido en la misma el 29 de septiembre, festividad de san Miguel Arcángel.
Y centrémonos en las motivaciones que indujeron a Michael Ward a adherirse a la Iglesia católica, y que él mismo ha señalado en más de una ocasión. Son siete razones, que vamos a ir desgranando. Sin dejar de señalar, como él mismo reconoce, que fue un proceso largo, por lo menos de veinte años de maduración. Veo el cambio no como un giro de espaldas a mi pasado anglicano, sino más bien como una continuación, una confirmación, incluso una terminación de todo lo mejor de aquella experiencia.
Y pasemos a exponer las siete razones. En primer lugar su preocupación acerca de la interpretación bíblica. Se dio cuenta que no bastaba con decir que las Escrituras son la autoridad final y citar un texto para probar un punto. Entendió que al acercarse a la Biblia uno debe hacerlo desde una tradición y autoridad interpretativas. Más aún, que la Sagrada Escritura y Sagrada Tradición son fuentes coordinadas de autoridad: no se puede tener una sin la otra, y sólo con ambas puede hallarse el punto exacto de ortodoxia.
La segunda motivación vino del campo de la ética sexual. Tuvo que escribir un ensayo sobre ese tema cuando realizaba sus estudios para ordenarse como pastor anglicano y, por primera vez en su vida leyó las encíclicas papales pertinentes (como la Humanae Vitae). Esto le obligó a sentarse, tomar notas y sobre todo reflexionar. Merece la pena leer sus palabras al respecto: “Comencé a ver que las actuales confusiones protestantes sobre la ética sexual se debían en gran parte a decisiones tomadas allá por la década de los años de 1930 sobre la cuestión aparentemente insignificante de la anticoncepción. Pero de aquel cambio supuestamente minúsculo en la doctrina, han surgido todos estos desarrollos, con una inevitabilidad inexorable. Todo de una pieza, sin partes inconexas. Nuestras controversias actuales sobre lo que constituye el matrimonio, por ejemplo, son parte del mismo terremoto moral que comenzó retumbando tan silenciosamente allá por los años 30, pero que ahora se mueve afectando a casi todos y a casi todo. Sin duda la ética sexual católica contiene muchas enseñanzas duras, pero es lógica, da luz y fuerzas, y también viene acompañada con la gracia de los sacramentos, que nos ayudan a vivir acordes con esas enseñanzas —especialmente el Sacramento de la Reconciliación, sin el cual estaríamos todos permanentemente a la deriva”.

La tercera razón: Pedro. Cuanto más miraba la enseñanza bíblica acerca de Pedro, tanto más me convencía de que había sido elegido por Cristo para una misión muy especial cuando le dio “las llaves” y dijo “sobre esta roca edificaré mi Iglesia”. Pero Cristo también dice: “he rogado por ti para que tu fe no desfallezca”. ¿Es probable que la oración de Cristo no fuese respondida? Escuchemos nuevamente a Michael Ward: “Si Cristo está con los apóstoles hasta el final de los tiempos (según indica san Mateo al final de su Evangelio), ¿no significa esto que la misión petrina continuaría indefinidamente, en los sucesores de Pedro, los obispos de Roma, como, de hecho, vemos que empieza a suceder incluso antes de la muerte del último apóstol (según carta de Clemente a Corinto)? Sin duda, muchos Papas han sido malvados y el Papado ha atravesado períodos tumultuosos, pero la tradición de fe cristiana y la moral todavía se han mantenido firmemente, incluso hasta la actualidad. Esto es seguramente lo que uno esperaría, si la misión fue debidamente constituida. El representante puede ser mejor o peor dependiendo de la persona en particular, pero la Institución nunca pierde su constitucionalidad o autoridad”.
Cuarta razón, la Virgen María. Empezó a ser consciente de que María era un verdadero punto ciego para su visión global de la realidad espiritual, y que su ignorancia sobre el papel de la Virgen en la historia de la salvación tenía un impacto seriamente perjudicial en su entendimiento cabal de Cristo. Fue sólo cuando, al escribir un libro sobre las herejías, se enfrentó con su hasta entonces visión nestoriana de María. Afirma: “Desde que soy católico, he encontrado que las devociones Marianas han arraigado en mí fuertemente, enriqueciendo mi vida espiritual. Ella es el arquetipo de discípulo, cuyo cuerpo Dios escogió para habitar, en el insondable misterio de la Encarnación. Y el lugar dado a María en el catolicismo ayuda a explicar también, al menos en parte, por qué los católicos no han perdido la cabeza en el tema de la ética sexual, a pesar del terremoto ético modernista. Con María se afirma la dignidad de la mujer y a todos nosotros, hombres y mujeres, Ella nos recuerda la importancia de la contemplación y receptividad, y la necesidad de repetir con María, “hágase en mí según tu palabra” —dejando que, como en Ella, esto se haga realidad”.
Quinta razón, esa dimensión corporal, orgánica, de la vida cristiana conduce naturalmente a la Eucaristía. “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Jn 6, 55). Dejemos nuevamente la palabra a Michael Ward: “Como empecé a asistir a los oficios litúrgicos católicos desde el año anterior al que fui recibido en la Iglesia, tuve dos o tres experiencias intensas de la santidad del Santísimo Sacramento, aunque no estaba aún, por supuesto, teniendo plena comunión. Pero sólo con estar en presencia del Señor tuve extraordinarias sensaciones. Tuve experiencias algo similares en mi trato con un sacerdote concreto, a través del cual sentía que estaba siendo conectado con los santos, los ángeles y la Iglesia entera invisible en una manera nueva y significativa”.
Sexta motivación, la Iglesia de Inglaterra y la Reforma inglesa. Nos dice: “Siempre supe, por supuesto, que el nacimiento de la Iglesia de Inglaterra fue profundamente desdichado. Las razones de Enrique VIII para romper con Roma no fueron de lo más honrado, por decirlo suavemente, y la nacionalización de la Iglesia de Inglaterra lanzó el Reino en un Erastianismo del que aún no estamos completamente recuperados. Comencé a ver los últimos quinientos años o así de la historia inglesa en gran parte escrita por los vencedores en esa “farsa trágica” (como llama Lewis la reforma), y que necesitaba volver a educarme a mí mismo y considerar cómo las cosas se veían desde el bando perdedor, ir abajo en el equivalente en Inglés de las catacumbas romanas y prestar atención a la historia de York. A este respecto, estaba grandemente ayudado por una antología de la literatura católica que dio ese patrimonio alternativo. He escrito una breve revisión de la antología aquí.
Inciso: El Erastianismo que cita Michael Ward es la doctrina predicada por el teólogo suizo Thomas Lieber —que firmaba con el nombre latino de Erasto— que defendía la superioridad del Estado sobre la Iglesia.
Por cierto, a este respecto creo que es maravilloso el que recientemente se hayan descubierto los huesos del católico rey Ricardo III. Eso me certifica que no necesito dejar de ser un patriota inglés para llegar a ser un católico. Por el contrario, ahora veo que Enrique VIII (hijo del hombre que derrotó a Richard III) hizo algo terrible a Inglaterra cuando rompió con Roma. La fe cristiana llegó a estas costas desde la Iglesia con sede en Roma, y se vio reforzada por la misión de san Agustín de Canterbury, bajo el papado de Gregorio Magno. Por eso me agradó mucho que cuando finalmente fui recibido en la Iglesia católica el día de san Miguel Arcángel, la ceremonia tuviese lugar en la iglesia de San Gregorio y San Agustín, aquí en Oxford. Me sentí como volver a casa”.
Finalmente, la séptima y última razón que le impulsó hacia la Iglesia católica fue la práctica de ir a la Misa diaria. Dice a este respecto: “Comencé a asistir a la santa Misa incluso antes de que fuera recibido en la Iglesia católica. Ha sido tremendamente útil para mi vida de oración. ¡Es tan difícil orar solo! O en todo caso lo es para mí. Pero si uno asigna cada día al menos media hora para estar realmente en una asamblea pública donde el propósito es orar, entonces uno puede conseguirlo fácilmente. Aunque, por supuesto, la Misa ya es oración en sí misma, no sólo un simple espacio de tiempo durante el cual se reza. Esta fue otra razón para cruzar el Tíber”.

Hasta aquí el proceso de conversión de Michael Ward. Ojalá que, como él, valoremos cada uno de estos tesoros que la Iglesia nos regaló desde nuestro bautismo.