lunes, 1 de diciembre de 2014

La educación es lo que preside mi actividad, ya sea como docente, gestor o político

Entrevista a Juan Antonio Gómez Trinidadpor Jesús Amado
Continuamos la entrevista a Juan Antonio Gómez Trinidad, iniciada en el número anterior (y II)
Volvamos al tema de la educación. ¿Es un problema de medios, de recursos?
No es, evidentemente, un problema de medios, sino de principios y de fines. Los recursos económicos destinados a Educación en los últimos doce años se han duplicado. En los últimos doce años hemos duplicado el gasto educativo. Y sin embargo, no ha mejorado la educación, ha aumentado el fracaso escolar y una cierta desazón social ante la mala educación. No se cuidan las formas, hay mucha indisciplina, con lo que es muy difícil enseñar en ese clima: de este modo es imposible educar. En los informes internacionales educativos, como es “Talis”, se llega a la conclusión de que en España el promedio de tiempo que un profesor tarda en lograr silencio antes de empezar a dar clase es de diez minutos. ¿Con qué ánimo comienza un profesor a explicar Física, Latín o Filosofía?
Lo peor no es que estemos maleducando, es que todos —familia, escuela, sociedad— estamos traicionando a esos jóvenes. Cuando finalicen sus estudios, la vida no les va a pedir la segunda declinación, el valor de la carga del electrón o la razón de un sistema filosófico. No; la vida les va a pedir eso que no les estamos enseñando: ser respetuosos, mirar a los ojos, saber comportarse, etc. Y no enseñamos estas cosas porque en Educación hemos perdido el norte. Recuerdo una charla que mantuve con el presidente de una auditora internacional que, entre otras actividades, se dedica a la selección de personal. Le pregunté: “¿Qué es lo que vosotros tenéis más en cuenta a la hora de seleccionar un currículo? ¿Las notas, el expediente académico o de posgrado?”. Y me contestó: “No, a eso no damos mayor importancia. Cuando hacemos una selección de personal vemos los recursos que son propiamente humanos. Por ejemplo, la capacidad de resistencia al sufrimiento, de trabajar en equipo, de trabajar en entornos hostiles, la creatividad…” Todo eso, por desgracia, no lo estamos enseñando a nuestros hijos o alumnos.
Por otro lado, los valores, aquello que hemos de transmitir, no se adquieren con conferencias o en los libros, sino viviéndolos, practicándolos, asimilándolos. Los valores no podemos vivirlos nosotros por nuestros hijos, sino que hemos de suscitar en ellos el deseo de vivirlos, pero sólo en la medida en que ellos mismos los practiquen, los vivan, podrán adquirirlos. El ejemplo suscita y arrastra, pero solamente se consigue la puntualidad, la valentía, la generosidad, cuando se ejercita en primera persona.
¿Estamos traicionando a nuestros jóvenes, sean alumnos o sean hijos?
Si tenemos complejo de explicarles nuestra historia y nuestros valores a nuestros alumnos o hijos, ¿cómo y por qué les vamos a educar? Estamos entonces instalados en una especie de “presentismo” absoluto, solo nos interesa el presente. ¿Y cómo se vive el presente? Sin conciencia de un pasado claro ni de un futuro que entusiasme. En esa situación solo se conforma uno con la diversión, con la apariencia, con la superficialidad.
Es una especie de inconsciencia continua, volcados permanentemente en noticias, acontecimientos, conversaciones superficiales. Está, por otro lado, la falta de responsabilidad, de rendir cuentas de lo que se hace, la hipertrofia del “no pasa nada”, Hay un miedo a madurar. O una incapacidad de madurar. Todos queremos ser permanentemente jóvenes. Muchos padres quieren seguir siendo unos adolescentes en un malentendido “coleguismo”. Todo esto refleja un signo de irresponsabilidad. Porque responsabilidad es dar respuesta, rendir cuentas de lo que hacemos o dejamos de hacer, es en definitiva ser adultos y asumir las riendas de la propia vida.
Les estamos traicionando también cuando no les enseñamos a obedecer, cuando no les enseñamos el respeto a la autoridad debida. Cuando el padre, el profesor, no cumplen con su tarea de exigir, de imponer normas y castigos, otras autoridades despóticas ocupan su lugar, como suelen ser los amigos o líderes sociales indeseables. Hay que recordar lo que decía Platón: Una sociedad en la que los carceleros temen a los presos, los maestros temen a los alumnos, y los padres temen a sus hijos, es una sociedad que está próxima a la dictadura.
Sin ser alarmistas, hay motivos serios de preocupación cuando las fuentes más fiables nos hablan de 9.000 denuncias de padres agredidos por sus propios hijos, y es una cifra que año tras año va creciendo, con el agravante de que la víctima es vergonzante y en muchos casos no se atreve aún a denunciarlo: sólo uno de cada ocho progenitores se atreve a denunciar las agresiones.
Las nuevas tecnologías. ¿Qué opinas al respecto?
En primer lugar son un instrumento imprescindible que está ahí y que hay que dominar: encierran muchas posibilidades pero también peligros si las convertimos en fines. Creo que fue Unamuno quien señaló que el teléfono es maravilloso, pero más la persona que nos contesta al otro lado del auricular.
Por decirlo de un modo breve: acercan a los que están lejos, pero alejan a los que están cerca. Esta incapacidad para conversar cara a cara, tranquilamente, mirando a los ojos, a la larga puede generar un problema de relaciones. Como el mito platónico de la caverna, acabaremos viendo sólo sombras, representaciones de las cosas y de las personas, acabamos viviendo más de las apariencias que de la realidad, más de lo virtual que de lo esencial. En cierto modo, todo el esfuerzo de la actual civilización occidental es asentarnos en la apariencia. Si tú no apareces en Facebook, si tú no apareces en la pantalla del otro o en las redes sociales… no existes. ¡Cuántas veces establecemos relaciones con la representación del otro en lugar de con el otro! Y esto puede ser muy grave. El fenómeno del “WhatsApp”, como otros tantos, refleja, en sus usos extremos, una frivolidad que genera problemas en la auténtica comunicación humana como ya están poniendo de manifiesto psicólogos y sociólogos.
La televisión, en algunas de las cadenas, infantiliza a los adultos y convierte en adultos prematuros a los niños. ¿Cómo es posible mostrar a través de la pantalla —bajo capa de película o serie televisiva— escenas dantescas, terribles que raramente podremos ver alguna vez en la vida real? Al final, nuestros hijos, niños o jóvenes ven con la misma frialdad las imágenes terribles de un telediario como las propias de una película. Se ensalza la mediocridad, cuando no la basura moral, en una contaminación tóxica intelectual y moral. Les estamos desnaturalizando. Intentamos ser muy ecológicos con todo, menos con el ser humano.
Antes, cuando decíamos que nuestros hijos en un momento determinado estaban en la calle era eso, la calle; hoy en día la calle está en nuestras habitaciones, en la pantalla de internet. Y por desgracia muchas veces ni podemos controlar ni hemos dado criterios acertados y críticos a nuestros hijos para que las dominen. Hoy la calle está en el cuarto de nuestros hijos sin que seamos conscientes de ello.
Es hora de hablar de la esperanza. ¿Qué soluciones podemos proponer al tema general de la educación en el momento actual?
En mi opinión hemos de tener en cuenta varios detalles. Primero, es imposible educar sin la participación del educando. No es algo transitivo, como dar el alimento a un niño pequeño. Eso de que aprender es divertido, placentero, nos ha llevado al extremo de indicar el alumno al profesor que su bajo rendimiento escolar no es problema suyo, del alumno, sino del profesor: “¡Motíveme usted!”. No es raro encontrar padres de alumnos que echan en cara al profesor que no motiva a sus hijos. Algún profesor ha contestado con gracia: “De casa, se debe venir motivado”.
Hay que convencer al alumno de que debe esforzarse, retarse a sí mismo, que tiene que aprender a sufrir, a superar las frustraciones, que no se consigue dominar un instrumento musical, ni un idioma, por ejemplo, con la pura espontaneidad. Recordemos el refrán castellano: “De padres trabajadores, hijos ricos y nietos vagos”. No se trata de hacer por ellos, sino hacer que lo hagan ellos. No se trata de que hagamos nosotros la cama, sino de que la haga el hijo; aunque la haga mal. Tienen que ser ellos. Y que descubran la satisfacción que hay en hacer cosas, en conseguir pequeñas metas.
En segundo lugar, el buen hacer del profesorado. Está demostrado que jamás la calidad de un país está por encima de la calidad de su profesorado. En Finlandia (que tanto se pone como ejemplo) la profesión docente goza de la mayor consideración social, pero también de los mayores niveles de exigencia, tanto en el acceso como en la formación y en la evaluación.
Pero antes que la escuela es la familia quien debe cumplir con el deber y el derecho de educar a sus hijos: no se puede pedir a la Escuela que realice la tarea de los padres. Cada uno tiene su cometido y responsabilidad concretos. Pues bien, si reconocemos que lo más importante son los hijos, debemos preguntarnos: “¿Cuánto tiempo le dedicamos?, ¿Cómo es de intenso y exclusivo el tiempo que estamos con ellos?”. Los hijos saben que son queridos si les importan a los padres, y les importan si se les dedica tiempo, aunque sea para “dar la brasa”. La vida laboral nos exige cada vez más, pero también es cierto que la mayoría sacamos tiempo para lo que queremos. ¡Dediquemos tiempo a hablar con nuestros hijos! Aunque aparentemente se cierren o nos lleven la contraria. Todo queda. El tiempo, la adolescencia, pasarán pero las ideas y buenas prácticas acabarán renaciendo.
Es muy importante que padres y profesores no sólo colaboren, sino que tengan una cierta complicidad. Vivimos en una cultura de la sospecha, echando la culpa los padres a los profesores, y —a su vez— los profesores a los padres. Es preciso crear un clima de confianza entre unos y otros. Imposible educar si no es desde la confianza mutua entre educadores y confianza en que el educando, hijo o alumno puede llegar a ser mejor. Ocurre como con el amor —en definitiva la educación es una dimensión del amor— , que es anticipativo, ayuda a mejorar porque ve al otro como bueno. Solo es posible amar desde la confianza: “¡Tú eres bueno, tú puedes!” Cuando uno se siente amado, es mejor. Y cuando tú le dices al joven: “¡Tú vales!”, consigues resultados positivos. Solo que para eso necesitamos darle de nuestro tiempo.
No nos resistimos a una última pregunta: ¿Cómo influye la familia en la educación de los hijos?
Se ha estudiado mucho la relación entre el rendimiento escolar y el ambiente familiar. Y se han detectado tres factores. El primero, el nivel económico de los padres. Segundo, el capital nivel cultural y en tercer lugar el capital “social”. Este último hay que entenderlo como el tiempo que dedican los padres a los hijos, la forma de atenderlos, de generar expectativas, de inculcarles lo que se espera de ellos, etc. Pues bien, este tercer elemento es el más determinante a la hora de potenciar el rendimiento escolar. Esto explica por qué en familias humildes se dan hijos brillantes, que triunfan en la vida o por qué se produce una movilidad social o cultural.
Existe un fracaso escolar como también hay un fracaso educativo. Pero salir de este último es poner una base sólida para salir del primero. Muchas veces he pensado que con solo enseñar a nuestros jóvenes a decir: “Por favor”, “Muchas gracias”, y “Lo siento”, ya estamos educando y poniendo las bases para una instrucción eficaz Y esto podemos y debemos enseñarlo en la familia. Utilizar estas tres frases denota que se tiene una concepción de la vida muy distinta de quien solo atiende a “su majestad el niño”, atribuyéndole todos los derechos y eximiéndole de todas las obligaciones. Generamos así unas personas incapaces de enfrentarse a la frustración o al sufrimiento.
En resumen, mantener las ideas claras:
  • Primero, superando lo que se nos bombardea desde los medios de comunicación. No dudéis de vosotros mismos.
  • Segundo, quered a vuestros hijos, demostradlo dedicando tiempo a la comunicación con ellos, aunque sea para discutir: no pretendáis ser amigos, que de eso ya tienen en el colegio. Sed padres y madres.
  • Tercero, exigidles, que rindan cuenta de sus actuaciones: no da igual todo. El equilibrio emocional es fundamental y si no se consigue en la familia, difícilmente la escuela o la sociedad puede curar esa herida. Pero el equilibrio emocional se consigue también con la capacidad de superar las frustraciones, de aceptar los límites. Es tan costoso como necesario para los padres saber decir no.
  • Cuarto, buscad la unión de otros padres que piensen y sientan como vosotros y buscad la complicidad de los buenos profesores.
  • Quinto, transmitid los valores básicos (respeto a la naturaleza, a la vida, a los demás y a uno mismo, alegría, capacidad de sacrificio, responsabilidad etc.). Aquellos valores que hemos recibido de nuestros padres y de los que nos sentimos más orgullosos, y entre esos los valores de sentido: ¿Qué quiero ser en la vida? ¿Cómo me gustaría que me recordasen?

Por último recordar siempre que a nosotros nos toca sembrar y a otros recoger. “Al atardecer de la vida seremos examinados de amor”, decía san Juan de la Cruz —de lo que hemos amado, no del amor que hemos recibido—.
Muchas gracias, Juan Antonio. Es un disfrute como combinas la erudición con el sentido común. Nos dejas ideas y tareas educativas asequibles a los padres y educadores. Esperamos poder seguir contando con tus enseñanzas.
—Será un placer. A vuestra disposición.