lunes, 1 de diciembre de 2014

Fueron corriendo y encontraron...

Ahora que Estar se viste de color, os brindo esta “carta virtual” enmarcada en la preparación de la Navidad. Son curiosas su fecha (¡hace cuatro siglos!), y su firma…
Toledo, 24 de diciembre de 1613
Queridos amigos:
La adoración de los pastores, 1612-1614. Museo del Prado. El Greco.
Presiento que esta será mi última Navidad. Por eso quiero ofreceros algo especial, esta copia del cuadro que absorbe mis energías. Lo estoy pintando para que presida mi enterramiento en la iglesia del monasterio de Santo Domingo el Antiguo. Se trata de la adoración de los pastores, y aunque he trabajado el tema al menos otras siete veces, esta obra es singular: recibidlo como mi testamento artístico y espiritual.
Ahora ya no necesito demostrar nada a nadie. Mi “cliente” es el Señor. Su mirada de Niño me ha seducido. Y para contentarle me he permitido muchas licencias artísticas. ¿Sabéis? He querido introducir una atmósfera para la adoración. Por eso el fondo queda prácticamente abolido, y los animales, apenas esbozados. La composición, los colores, el dibujo… todo está al servicio del Salvador.
Yo mismo —en un atrevimiento— he querido retratarme en el pastor arrodillado. Me he metido en la acción, como si presente me hallase (esto se lo oí a un jesuita). Y lo he representado como me siento (bueno, como me gustaría sentirme): anciano, pobre y pequeño, volcado en Jesús. Por eso estoy arrodillado, con vestiduras raídas, de espaldas al espectador —precisamente para que de frente aparezcan María y José en la composición circular—. Y fijaos en el buey: está conmigo porque me siento un poco como él… Por eso lo he pintado humilde, apenas bosquejado, también de rodillas, cariñoso, con el hocico cerca del Niño.
Todo se mueve en torno a Jesús. Todos los ojos están fijos en Él: miradas de asombro en los pastores y en José; de serenidad en María; absortas en los ángeles; afectuosa en el buey… Miradas que componen una imaginaria estrella de ocho puntas, cuyo centro es Jesús: Él es la Luz que ilumina todo...
Me diréis: “¿Y qué tiene que ver esto con nosotros ¡cuatro siglos después!?” Muy sencillo: en realidad he pintado el cuadro para vosotros, y deseo que os ayude a preparar la Navidad. Escuchad a mis pastores:
Sed como nosotros, que recibimos la Buena Noticia mientras trabajábamos y velábamos. Tened abiertos los ojos y los oídos de la fe. Que vuestras tareas cotidianas sean lugar de encuentro con el Señor. Dejaos sorprender por la Palabra: “¡hoy os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor!Id corriendo, ligeros de equipaje, para buscarle. Y encontraos con Él. Miradle: en el pesebre, en la eucaristía, en los pobres. Y dejaos mirar e iluminar por Él. ¡Qué bien se ve todo a su Luz! ¡Qué fría y oscura es la noche sin Él! Que se adueñe de vuestras miradas, pensamientos y afectos. Que su luz y su fuego os enciendan, y se propaguen a los demás.
Haceos pequeños. Como el Niño. Como nosotros mismos. Como el buey. De rodillas se adora mejor. Y se está más cerca de Jesús. Y acercaos a María. Os mostrará a Jesús, fruto bendito de su vientre. Os irradiará con la luz que recibe de su hijo”.
Y pronto, un día que presiento cercano, os juntaréis conmigo —y con el P. Morales y tantos otros que sé que conocéis y echáis de menos—, con María, José y todos los santos, y rodearemos al Niño para siempre en la Navidad del Cielo. Os abraza,
Doménikos Theotokópoulos, el Greco