lunes, 1 de diciembre de 2014

Adviento

POR TOMÁS MORALES, SJ
(Extraído de Estrella del mar, 8-XII-1941)

Si leéis con atención la liturgia de Adviento, un gesto de sorpresa se dibujará instintivamente en vuestro rostro. Con rapidez increíble se pasa de los sentimientos de la más conmovedora alegría a los afectos severos de un temor expectante. Subsiste el aleluya triunfal, pero dejan de resonar jubilosos el Te Deum y el Gloria in excelsis, al paso que el órgano enmudece. Las preces feriales del rito cuaresmal desfilan una tras otra sin perder su augusta gravedad al verse interrumpidas por exclamaciones de júbilo incontenido, que, en antífonas y lecciones, tratan de mantener siempre erguida nuestra alegre esperanza. Galimatía litúrgica incomprensible, jeroglífico indescifrable, diréis.
La solución del enigma es, sin embargo, fácil. La tenéis con sólo pensar que la Iglesia trata de prepararnos para un doble advenimiento del Señor, para una doble parusía del Cristo prometido por Javhé. Una venida que pertenece a la historia, otra que mira al porvenir [...]. Una venida rebosante de amor, otra pletórica de justicia: el nacimiento en Belén de un Dios Redentor, dum nox in suo cursu medium iter haberet, y la majestuosa aparición de un Dios Juez el último día de los tiempos... Por tanto, ni galimatía, ni jeroglífico. Alegría y temor se conjugan, pues, con perfección. La armonía es exacta. Con tonalidades aparentemente discordantes, la sinfonía es, sin embargo, acabada.
Primera parusía. Expectación alegre y anhelante de un jubiloso clarear de redención que iluminará el nacimiento del Mesías de las promesas. Las cuatro semanas de Adviento de las liturgias occidentales representarán los cuatro mil años en que padres y patriarcas de la vieja Ley suspiraron inconsolables por la venida del Salvador de Israel. Isaías esculpió con el cincel de su vigoroso estilo esos ardientes deseos, al pedir que las nubes del cielo lloviesen al Justo: Rorate coeli desuper et nubes pluant justum. La Iglesia no se cansará de repetir esas palabras al acercarse la noche santa de Navidad.
Para excitar en sus fieles este sentimiento de alegría expectante, la Liturgia griega celebra durante el Adviento festividades especiales en honor de los padres y Patriarcas del Antiguo Testamento, sin olvidar a Adán y Eva. Y nos los presenta con esa profusión y belleza de imágenes tan característica de la fantasía oriental. Ellos son los luceros de la mañana, que, iluminados por la claridad del Sol de justicia, oculto aún en el horizonte, anuncian al mundo la aurora de un nuevo día lleno de bendiciones. Son ardientes antorchas que rasgan las tinieblas en que se movían los hombres antes de la venida del Redentor. Como potentísimos faros surcan en la noche las encrespadas olas del mar borrascoso de esta vida, para iluminarnos un derrotero de vida que nos conduzca al puerto de la salud. Por su fe, su esperanza, su deseo vehemente de contemplar al Salvador, son nuestros espirituales aliptos, los entrenadores que ungen nuestros espíritus para mantenerlos tensos en espera del gran día.
Segunda parusía. Expectativa temblorosa del Rex tremendae maiestatis. La Iglesia no puede olvidarla en estos días. Con ecos de alegría se entremezclan graves y pausados acordes de hierática severidad. A través de los cuarenta días repercutirá sin cesar el tono lúgubre del Evangelio del Juicio final de la misa del primer domingo de Adviento.

Con el advenimiento misericordioso quiere prepararnos la Iglesia al de la justicia final. Dedicaban los romanos el primer mes del año al dios bifrons o bíceps: un dios que al mismo tiempo miraba al pasado y oteaba el futuro. El Adviento es nuestro enero litúrgico. Y la Iglesia quiere que durante él miremos hacia atrás, a la primera parusía, sin perder de vista la segunda. Al contemplar en Belén el cumplimiento de promesas seculares, nuestro entendimiento se inunda en luz celestial y nuestro corazón arde en amor divino [...]. Así, cuando suene la hora fatal de la segunda venida, contemplaremos alegres el rostro de Dios, librados de las llamas del infierno [...]. Así, “colmados de bendiciones celestiales con la primera venida, nos encontraremos preparados para la segunda” (San Gregorio de Tours). Así, al que alegremente recibimos como Redentor, lo veremos confiados un día como Juez.