miércoles, 1 de octubre de 2014

Visiones y misiones del estudiante de Teología Tomás Morales SJ (y III)

Por J. del Hoyo

Si en los dos números anteriores hablábamos del jesuita Tomás Morales, aún no sacerdote, como redactor de artículos litúrgicos y escriturísticos para la revista Estrella del mar, órgano de la Confederación Nacional de Congregaciones Marianas de habla española, en este nos vamos a centrar en sus colaboraciones sobre la Universidad católica.

Visiones y misiones; visionario y misionero; algo de lo primero y mucho de lo segundo. Un adelantado de su tiempo, con un ideal metido hasta la médula, casi una obsesión que lo va persiguiendo desde sus años universitarios: la creación de la Universidad católica en España. Nada menos que ocho artículos dedica en poco más de un año al tema que ronda su pensamiento, todos firmados con pseudónimo. Sin duda era uno de sus temas preferidos desde sus años universitarios. Él, que había sido presidente de la Federación Madrileña de los Estudiantes Católicos de 1928 a 1930, y había estado vinculado a Ángel Herrera Oria a través de los círculos de estudio que este dirigía en los años veinte los jueves a las 7 de la tarde, llevaba este tema en el alma. Él quiso haber sido catedrático de Universidad, como su primo Blas Pérez González, que en 1927 había conseguido la de Derecho Civil en Barcelona. La vocación religiosa truncó aquel deseo lícito, pero lo mantuvo latente durante toda su vida.

Ha estado casi ocho años en el exilio y, al regresar, se encuentra con una España destruida pero en vías de reconstrucción. Reconstrucción en todos los sentidos: físico, moral, económico, religioso, intelectual… Pilar fundamental para ello ha de ser una Universidad católica. Prueba de que él no se había desvinculado del tema durante sus años de formación en Bélgica e Italia (1932-1939) es que junto a algunos recortes de estos artículos suyos sobre la Universidad conservaba un informe de tres holandesas en papel cebolla, firmado en Burgos el 10 de julio de 1938 en la Casa del Estudiante, en que se condena la actitud ambigua y equívoca que en esos momentos de la contienda nacional demostraron tanto el presidente de los Estudiantes Católicos, Juan José Pradera, como el vicepresidente.

Punto importante a tener en cuenta es que muchos congregantes marianos, a quienes va dirigida la revista, eran universitarios. Recordemos a los Luises, que tenían en Madrid un importantísimo foco, y que muy pronto iban a ser dirigidos por el P. José Mª de Llanos, quien los iba a impulsar durante una década.

Sus colaboraciones

El 10 de marzo de 1941 publica un artículo titulado “En la festividad de Santo Tomás de Aquino. Haciendo historia. En torno a la fiesta del Estudiante. Panorama de apostolado”. En él narra los comienzos de la fiesta del estudiante. No se trata de un artículo nostálgico, de mera mirada al pasado, sino reivindicativo del puesto del católico en la sociedad. Comienza haciendo historia de los Estudiantes Católicos, nacidos el 7 de marzo de 1921, y todas sus líneas están sembradas de ardor con un léxico propio del tiempo. “Congregantes marianos, pertenecientes en su mayoría a los Luises de Madrid, fueron los campeones de aquel impetuoso movimiento de conquista. Ganosos de nuevas lides apostólicas, ardiendo en deseos de reconquistar para Cristo y para España una Universidad apóstata y claudicante (…)” Aparte de animar al apostolado alma-alma, al final del artículo, con certero realismo da la clave a los lectores católicos: “La preparación sólida para la conquista de cátedras universitarias debiera constituir el anhelo más vivo de todo congregante que se sintiese con aptitud para la formación de la juventud”.

La Universidad católica

Al menos seis artículos, firmados todos bajo el pseudónimo de Pedro Pérez, hablan de la necesidad de una Universidad católica en España. En el titulado “La Universidad Católica es posible”, publicado el 25 de octubre de 1941, desmonta dos objeciones que se ponían en ese momento a la creación de una Universidad católica. La primera, la falta de financiación. Va dando argumentos a lo largo del artículo para decir parafraseando a Pío X: “Antes de erigir suntuosos templos hay que fundar Universidades Católicas que garanticen su existencia”. Faltaban más de diez años para la creación de la Universidad de Navarra, y en España tan sólo funcionaban la de Deusto, y las pontificias de Comillas y de Salamanca (ésta creada un año antes, 1940), aunque con estudios claramente eclesiásticos. El estilo de todo el escrito recuerda la confianza del P. Ángel Ayala en sus obras, aquel célebre “se puede”. Llega a escribir: “Ni el óbolo de la viuda estaría ausente en el plebiscito, pues nuestra Universidad Católica sería eminentemente popular y democrática. El pueblo volvería a adquirir con ella el contacto que perdió en el siglo XVIII. Así la Universidad se mantendría, como sucede con la Católica de Milán, más con las humildes y numerosas aportaciones, que con las cuantiosas sumas de unos cuantos potentados”.

La segunda objeción hace alusión a que la Iglesia no tiene hombres preparados para dirigirla. “Ciertamente que para regentar una Universidad Católica de altura, tal como la pedimos para España, no es posible contentarse con vulgaridades y medianías. Hacen falta hombres magníficamente preparados, y éstos no se improvisan. Ciertamente también que para hacer las obras a medias es preferible no hacerlas, máxime tratándose de una institución de esta envergadura. Pero, ¿es verdad que carecemos de estos hombres?” En su soñar con algo que ve necesario para la cultura española escribe: “Y unificados todos los corazones bajo la suprema dirección de la Jerarquía, crearíamos una Universidad [...] que reviviría los días de gloria de Alcalá y Salamanca. Todos, pues, a una […] En pie, con la juventud, todos los españoles, para que, con la Universidad Católica, volvamos a tener aquella ‘ciencia indígena’, aquella ‘política nacional’, aquel ‘arte y literatura propias’ que echaba de menos el autor de los Heterodoxos”. Estos artículos, que parecen proféticos en 1941 —aunque leídos ahora, sin el contexto social y cultural de la época, no nos impacten tanto—, están ya apuntando a un deseo de apostolar en los medios universitarios del todavía no sacerdote Tomás Morales, y resultan más importantes viendo el devenir de los acontecimientos que le apartarían de la Universidad en su apostolado personal, a pesar de su deseo de trabajar en ella. “Y acabo mi Teología. Y entonces yo soñaba con volver a la Universidad [1943], de donde había salido y en donde había fraguado mi vocación a la entrega total a Dios en servicio a mis hermanos del mundo. Y resulta que al acabar la Teología no me destinan a Madrid, a una Congregación de universitarios que había muy floreciente en Madrid entonces, sino que me mandan a un colegio, y allí el rector me indica que tengo que dar clases de alemán [...] Y durante dos años me tienen allí enseñando alemán a chicuelos de catorce, quince años. ¡Y yo, que me había ordenado sacerdote para ejercer mi ministerio!” (Santibáñez de Porma, homilía 4-IX-1990).

No es, pues, de extrañar que muchos años más tarde, allá por 1977, impulsara los Encuentros de Universitarios Católicos, vividos de forma incipiente en su etapa universitaria, y añorados y deseados desde sus etapas de formación jesuítica, como queda ahora bien demostrado.

Menéndez Pelayo, el maestro luminoso


“Claridad de inteligencia, amor apasionado a España, se requieren para trazar con mano firme las líneas de nuestra futura Universidad”. Así comienza en abril de 1941 un artículo en el que alude a la fórmula de Menéndez Pelayo, “la Universidad católica, española y libre es mi fórmula”. En él va desarrollando con argumentos y citas de diversos autores la importancia y necesidad que tiene la sociedad española de esta Universidad.

En junio publica otra colaboración en la que se centra en el pensamiento de Balmes, coincidente con Menéndez Pelayo. De nuevo los tres adjetivos referidos a la Universidad y desarrollados con anécdotas y hechos. “La idea de que rectores y decanos salgan nombrados de Madrid, de que a los jefes políticos se les conceda el derecho de inspeccionar en todos los establecimientos de enseñanza le saca de quicio”. Esta frase, que hoy nos parece tan normal, hay que situarla en pleno 1941, a sólo dos años de haber terminado la guerra civil para valorar su importancia. “Balmes nos presenta al conde de Montalambert defendiendo brillantemente en pleno Parlamento francés la libertad de enseñanza para la Iglesia contra el monopolio estatal que en 1844 pretendían introducir Guizot y Cousin […] A imitación de Montalambert todo estudiante español, todo congregante mariano, debe mantener enhiesta la bandera de la libertad de enseñanza”.

Quince días más tarde publica un artículo sobre Donoso Cortés, en plena coincidencia con Balmes y Menéndez Pelayo. “Es injusto e ilícito todo monopolio educativo o escolar”. Con estas palabras del papa Pío IX, que bien podría hacer suyas Donoso, termina su artículo Tomás Morales. Es muy interesante toda la argumentación sobre la necesidad de libertad. Por ello habla Morales de cómo Donoso retrocede horrorizado ante la estadolatría, ante el estatismo tiránico.

En el siguiente artículo (julio de 1941) saca a colación a J. Vázquez de Mella, cuyas palabras son más comprometidas con el momento en que se publican. Aunque murió en 1928, su filiación al Partido Católico Tradicionalista le coloca en una posición muy marcada. Así habla Morales de la necesidad de una “Universidad que contemple orgullosa a su historia pues ‘un pueblo no es culto si se ignora a sí mismo’, ya que ‘un pueblo que se ignora a sí mismo sería tan ignorante como un hombre que no supiera su propia biografía”. El artículo quedó inacabado: “Y aquí dejamos al insigne tribuno en el uso de la palabra hasta el próximo artículo”. Este próximo artículo lo sacó a la luz nueve meses después (marzo 1942), que en realidad es el mismo con muy pocas frases añadidas.

Finalmente, es preciso citar un artículo firmado bajo el pseudónimo de Íñigo Íñiguez (un guiño al fundador de la Compañía), en el que hace una semblanza del papa Pío XI. Lo escribe el 25 de febrero de 1941, a los dos años de haber fallecido el papa, y recuerda aquel primer recibimiento que le hicieron los universitarios católicos en Milán en 1921. Surge el tema recurrente: “Y si fue Padre, Jefe, Maestro de todos los Jóvenes, lo fue especialmente de los estudiantes. Para el complejo de las organizaciones que se proponía montar, para la realización de sus vastos planes de apostolado, esperaba encontrar sus mejores colaboradores entre los universitarios”.

Terminamos aquí los comentarios introductorios a sus escritos en la revista Estrella del Mar. Realmente, nos encontramos ante un hombre de quien cuanto más sabemos más nos sorprende. Y esto no ha hecho más que empezar…