miércoles, 1 de octubre de 2014

La maternidad divina de María (y II)

POR TOMÁS MORALES, SJ
(Extraído de Estrella del mar, 10-X-1941)


Una consecuencia consoladora se desprende del dogma inefable de la maternidad divina. La Virgen, precisamente por ser Madre de Dios, lo es también nuestra. San Agustín, desentrañando el profundo contenido de una idea medular en la teología paulina, exclama alborozado: “No solamente somos cristianos; somos Cristo mismo. Él cabeza y nosotros miembros. Él y nosotros, el Cristo total.” La que es Madre de la cabeza, lo es por el mismo título de los miembros de esa cabeza. La Madre de Jesús es, pues, nuestra Madre. Madre nuestra desde aquel día venturoso en que Jesús nos injertó a Él mediante su redención dolorosa, desde aquel instante inolvidable en que las cumbres del Calvario escucharon emocionadas aquel Mulier, ecce filius tuus. Así, al pie de la Cruz, la Virgen es proclamada Madre de todos los miembros del adorable Salvador agonizante, porque “con su amor nos ha engendrado para Cristo, cooperata est caritate ut fideles in Ecclesia nascerentur (san Agustín).

Oía cantar un día santa Gertrudis aquellas palabras del Evangelio en que se designa a Jesús como primogenitus Mariae Virginis. ¿No debió el evangelista, se pregunta, llamarlo “unigénito de María”? Aún estaba absorta en la duda cuando se le apa­rece la Reina de los Ángeles. “Jesús es primogénito mío. No unigénito, porque después de mi dulce Hijo, o mejor dicho, en Él y por Él, os he engendrado a todos en las entrañas de mi caridad. Y vosotros os habéis convertido en hijos míos, en hermanos de Jesús.” ¡Hijos de María, hermanos de Jesús: feliz condición la nuestra!

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Vivir en su vida espiritual esta suave maternidad divina debe ser la línea de conducta que se trace todo congregante. Línea siempre en atrevida curva ascensional que le aproxime cada vez más a Jesucristo, hasta “injertarlo” en Él, hasta “revestirse” de Él con mayor perfección. Línea que no se detenga hasta lograr la “medida de la edad perfecta según Cristo”. Y para ello, confianza inquebrantable en el amor maternal de la Virgen, seguid el consejo de san Francisco de Sales, “como hijuelos suyos, echaos en su regazo en todo tiempo y ocasión con firmísima esperanza”.

Repetid en estos días, con entrañable devoción, aquella súplica tiernísima que conmovía íntimamente la virilidad de aquel hombre de hierro que se llamó Ignacio de Loyola. Al acercarse el gran día de su primera misa se dirigía suplicante a la Señora “pidiendo a la Madre que me ponga con el Hijo”. Y la Virgen Madre oirá vuestra plegaria, como escuchó la suya. Ella os pondrá muy cerca del Corazón de su divino Hijo. Al oír sus incesantes latidos de amor, os encenderéis en santo celo. Y sintiendo arder en vuestras almas la llama devoradora de la mayor gloria de Dios, os lanzaréis a llenar en toda su plenitud esas “gigantescas exigencias” del apostolado moderno, a que aludía recientemente Su Santidad Pío XI.

Tomás Morales, SJ