miércoles, 1 de octubre de 2014

El rosario, la oración de los enamorados

Os ofrezco hoy un fragmento de Solitaña, un cuento de don Miguel de Unamuno; y un soneto de Enrique Menéndez y Pelayo, médico cirujano y sobre todo escritor a quien le hizo sombra el prestigio de su hermano.

“Todos los días rezaba el rosario, repetía las avemarías como la cigarra y el mar repiten su himno. Sentía un voluptuoso cosquilleo al llegar a los ora pro nobis de la letanía; siempre, al Agnus, tenían que advertirle que los ora por nobis habían dado fin; seguía con ellos por fuerza de inercia; si algún día, por extraordinario caso, no había rosario, dormía mal y con pesadillas. Los domingos lo rezaba en Santiago, y era para Solitaña goce singular el oír, medio amodorrado por la oscuridad del templo, que otras voces gangosas repetían con él, a coro, ora pro nobis, ora pro nobis”.

El relato es candoroso. Solitaña tiene una tienda de ropas, a la que dedica la mayor parte de su tiempo; pero el eje de su cotidianidad es el rezo del rosario. No hay sátira sino ternura. Alma sencilla ordenada y piadosa. Con la misma naturalidad con que atiende a su clientela, reza el rosario. Cuántas personas sencillas me recuerdan a Solitaña.

Don Miguel compara su rezo al canto de la cigarra y al ritmo de las olas. La imagen de la cigarra no es negativa, es un himno de alabanza. ¿Rutina? El rosario imita el ritmo del mar.

El texto de don Enrique se titula El rezo del rosario.

El altar de la Virgen se ilumina,
y ante él de hinojos la devota gente
su plegaria deshoja lentamente
en la inefable calma vespertina.

Rítmica, mansa, la oración camina
con la dulce cadencia persistente
con que deshace el surtidor la fuente,
con que la brisa la hojarasca inclina.

Tú, que esta amable devoción supones
monótona y cansada y no la rezas
porque siempre repite iguales sones...

Tú, que no entiendes de amores y tristezas,
¿qué pobre se cansó de pedir dones,
qué enamorado de decir ternezas?


Un sencillo poema en el que con ingenio se responde a la acusación de monotonía. La respuesta es irrebatible: “¿Qué pobre se cansó de pedir dones, qué enamorado de decir ternezas?” Peor aún: perseverar en la acusación asegura “que no entiende de amores y tristezas”. Meollo de la oración.

El ritmo del rosario tiene la belleza del fluir de la fuente y de la brisa, y trae al recuerdo las duras tensiones de la vida cotidiana, muchas veces “hojarasca”, en contraste envidiable con el remanso de paz que difunde el rezo: “en la inefable calma vespertina”. Pero para apreciarla es necesario ponerse de hinojos ante el altar y rezarlo como quien sabe de amores y tristezas.


De fondo artístico, el maravilloso cuadro de Bartolomé Esteban Murillo: la Virgen del Rosario, el que se encuentra en el Museo Nacional del Prado. De los cuatro que llevan el mismo nombre, es el más entrañable y delicado. Madre e hijo nos miran fijamente. El niño, tiernamente sostenido por su madre, nos señala el rosario, como queriéndonos decir: “me gustaría que alabarais con él a mi Madre”.