viernes, 1 de agosto de 2014

Visiones y misiones del estudiante de Teología Tomás Morales SJ (II)

Por Javier del Hoyo

Si en el anterior número hablábamos del jesuita Tomás Morales, aún no sacerdote, como redactor de artículos litúrgicos para la revista Estrella del mar, órgano oficial de la Confederación Nacional de Congregaciones Marianas españolas, en este nos vamos a centrar en cuatro largas colaboraciones que sirvieron como introducción o presentación de los cuatro evangelios.

Es interesante comprobar que estos cuatro artículos los firmó todos con pseudónimo. En esa época no era algo excepcional, la autoría de varias columnas de la revista quedaba camuflada bajo una tapadera. Así, hay colaboraciones habituales que se deben a Amicus, Sincerissimus, Don Criterio, El ratoncito Pérez, Aristarco, Imperator, El abuelo o Uno de la calle. Sin embargo Tomás Morales, estudiante de segundo de teología en Granada, para maquillar su identidad no optó por un apodo irreal, sino por un nombre y apellidos reconocibles, que pudieran identificar a una persona concreta y no dieran la impresión a primera vista de un autor escondido. De esa forma, mientras de cualquiera de los otros pseudónimos alguien podría indagar sobre su verdadero autor, de estos que él eligió nadie se preguntaría quién estaba bajo aquel nombre. Otra peculiaridad es que no utilizó sólo uno, como las columnas o secciones ya mencionadas, con su autor fijo, sino hasta cuatro distintos. Ahora bien, ¿por qué ocultar su verdadera personalidad? No lo sabemos, quizás porque pensaba escribir algunos artículos litúrgicos, y no quería que apareciesen en la misma revista bajo el mismo nombre.

¿Cómo sabemos que son realmente suyos? Lo primero, porque el estilo, la redacción y el léxico son completamente Morales, con independencia del nombre que aparece en la firma. Frases cortas, en presente histórico, un orden sintáctico muy personal, en estilo dialógico dirigiéndose al lector, con juegos de palabras en quiasmo: “tal es el Cristo de San Lucas: sencillez sublime, sublimidad sencilla”. Con un orden más anglosajón que latino, ya que la primera lengua en la que redactó de niño fue el alemán, primera lengua en la que se asomó a las artes y las ciencias, antes que el español, desde que a los seis años fuera al Colegio Alemán de Madrid a estudiar. Son también características sus referencias al arte, como hará luego en sus meditaciones y escritos. En tres de ellos, además, hay recogidas notas manuscritas suyas de ampliación del texto.

Estos cuatro artículos los publica por el orden canónico de los mismos. “El Cristo de San Mateo”, firmado por Miguel Miguélez, se publica el 25 de enero de 1941, en el primer número de la tercera época de la revista, lo que quiere decir que lo había previsto con tiempo. Y nos preguntamos si estos artículos se los encargan o surge de él mismo colaborar con la redacción de la revista. Es muy posible que algunos profesores de Granada alentaran a los alumnos de teología para que se ofrecieran a escribir sobre algún tema concreto, y él tomara nota de ello. “El Cristo de San Marcos”, publicado el 25 de marzo de 1941, lo firma como Gonzalo González; y “El Cristo de San Lucas”, el 10 de junio, es firmado de nuevo por Gonzalo González. Casi un año más tarde, “El Cristo de San Juan”, bajo el nombre de Pedro Pérez, sale a la luz el 1 de marzo de 1942. ¿De dónde proceden estos nombres? Gonzalo era el nombre de uno de sus hermanos, al que buscó su patronímico correspondiente. Pérez era su segundo apellido, y le buscó el nombre del que procede, Pedro. En el caso de Miguel Miguélez se nos escapa la elección. 

No hay cuatro evangelios, sino cuatro libros de un mismo evangelio

Con esta cita de san Agustín comienza su primera colaboración: “no hay cuatro evangelios, sino cuatro libros de un mismo evangelio”. En cada una nos da una visión sintética de la especificidad de cada evangelio respecto a los demás. Así de Mateo destaca el ambiente judío que envuelve su narración y la pintura que hace de Cristo. En el de san Marcos destaca cómo el Cristo que dibuja es el Cristo de San Pedro; un Cristo romano, un Cristo detallista y dinámico. En el de san Lucas resalta la figura del Cristo universalista: “contiene una virtud divina para la salud de todo creyente, del judío primero, del gentil después”; un Cristo histórico, y se detiene en aquellos pasajes que son corroborados por la historia; y hace un recorrido por las parábolas y contenidos que llevan a denominarlo “el evangelio de la Misericordia infinita”. “San Lucas nos ofrece un Cristo compasivo que se inclina ante el dolor, que abraza al hijo pródigo, que reintegra al redil la oveja perdida, que derrocha delicadezas de amor con samaritanos, centuriones, publicanos, pecadoras… Un Cristo que, en la hora trágica de la agonía, despliega sus divinos labios implorando perdón para los que le crucifican”.

¿A quiénes iban dirigidos estos artículos? Siendo la revista el órgano de las Congregaciones Marianas, los destinatarios eran los congregantes marianos. La revista, que se completaba con pequeños noticiarios mucho más livianos de contenido, tenía estos artículos —profundos en el contenido y atractivos en cuanto a la forma—, como los artículos de fondo, de formación de los congregantes. Resultaron ser las colaboraciones de mayor contenido de cada número correspondiente, colaboraciones que en pleno 1941 están exentas de referencias patrióticas y exaltaciones propias del momento, presentes en toda la revista.

Cada colaboración, sin ser un trabajo de investigación, es una puesta al día de los conocimientos que se tenían en su momento de cada uno de los evangelistas. Forman parte quizás de trabajos académicos exigidos en la asignatura de Introducción a la Sagrada Escritura, que los teólogos tenían que estudiar. En las notas a pie de página aparecen citas de santos padres y títulos en alemán, idioma puntero en la teología del momento, que él leía perfectamente, y muchos latines. Terminados los primeros artículos debió de caer en sus manos la obra El cristianismo y los tiempos presentes, de Mons. Bougand, obra en cuatro volúmenes publicada en Barcelona en 1927; libro que no era reciente ya que era traducción de la novena edición francesa. En efecto, si en la introducción a los sinópticos añade de su puño y letra referencias al vol. II de esta obra, en el de San Juan van ya integradas en el trabajo.

Otra característica, propia también de la teología de su tiempo, es la refutación de las teorías racionalistas, a las que alude varias veces, con Harnack a la cabeza.

Además del encuadre histórico, son interesantes las referencias al arte, esa rama de las humanidades que tanto le gustaba. Los tres sinópticos los termina con un interesante apartado titulado “la pintura de Cristo” referida al colorido y a las particularidades que cada uno de ellos hace de Cristo en su descripción. Así introduce este párrafo en uno de ellos:

“El Cristo de San Lucas es el que acertó a expresar el pincel de Rubens en un cuadro que guarda la pinacoteca de Munich. La figura de nuestro Señor, rebosando bondad y amor, aparece rodeada de cuatro pecadores. De sus ojos divinos parte una mirada de inefable ternura. Se detiene primero en María Magdalena tendida a sus pies, para posarse luego en San Pedro, quien con los ojos enrojecidos por el continuo llanto, mira confiadamente al Maestro. Y después de contemplar a San Mateo, que no sabe cómo expresar al Señor su agradecimiento, la mirada del Salvador se deja caer insinuante sobre el Buen Ladrón, radiante ya con la esperanza del reino que se le promete... El maestro flamenco logró imprimir a la encantadora escena un profundo sentimiento religioso que en vano buscaríamos en otras de sus producciones”. Son meditaciones personales a partir del arte que conocía. La pinacoteca de Munich la había visitado en vísperas de la declaración de la II Guerra Mundial, que le cogió saliendo en tren de Alemania hacia Francia.

Casi un año más tarde, estudiando tercero de teología, y muy próximo ya a su ordenación sacerdotal, que se llevaría a cabo dos meses después (13-V-1942) nos brinda su visión del evangelio de san Juan. “San Mateo había escrito para los judíos; Marcos, para los romanos; Lucas, para los griegos: uno con la fantasía oriental, otro con la sobriedad latina, el tercero con la elegancia helénica. El ciclo parecía completo. La imagen radiante del Cristo pletórico de gracia y de verdad, plenum gratiae et veritatis, había iluminado sucesivamente las tres grandes familias del mundo. Por un instante pudo creerse que Lucas cerraría el cortejo triunfal de los evangelistas […] Los últimos resplandores del sol bañaban ya con luz mortecina la superficie de la tierra. En el atardecer del siglo sólo se destacaba una silueta de apóstol: Juan, hijo del Zebedeo. El discípulo amado tocaba también a su ocaso. Contaba ya cien años y sus últimos días se extinguían con los últimos resplandores de la primera centuria […]”.

Sirvan estas líneas de mera presentación de estos artículos. Esperamos poder editar, leer y disfrutar de estas colaboraciones en un futuro no muy lejano.