viernes, 1 de agosto de 2014

Valores humanos y formación del carácter

Por Andrés Jiménez

Hace algo más de una década que la llamada “formación del carácter” ocupa el primer lugar en el horizonte educativo de las universidades y de los planes escolares de estudios en los países anglosajones, con EEUU a la cabeza. Los analistas reconocen que la clave más decisiva para transformar la realidad y mejorarla es educar personas valiosas y competentes.

En el fondo se trata de una idea clásica que se resiste a ser olvidada. José Antonio Marina, por ejemplo, describe la formación del carácter como el desarrollo de un conjunto de recursos personales que deben desarrollarse para ser capaces de elegir bien el propio proyecto vital, ser felices y buenas personas. Según este enfoque se integran en un mismo proyecto, la aspiración al bien y la belleza, el afán de conocimiento, la comunicación, la honestidad y la eficacia.

El desarrollo pleno de la personalidad se construye sobre dimensiones “sólidas”, sobre fortalezas que capacitan a una persona para aportar calidad humana al mundo a través de sus juicios y percepciones, de su actividad y de sus relaciones. Estas fortalezas son en última instancia hábitos y actitudes que, como afirma Marina, una persona debe adquirir y desarrollar para “ejercer bien su oficio de vivir”.

En su sentido ético más profundo, los ‘valores humanos’, así entendidos, son cualidades que configuran la urdimbre psicológico-moral de la personalidad humana y aportan una orientación fundamental para la vida.

Algunos de estos valores o fortalezas son propiamente de índole ‘intelectual’, y otros de índole más bien ‘moral’. Por ejemplo, el pensamiento crítico es un hábito ‘intelectual’, y también lo es la capacidad de razonar bien, de inventar y de atender a los argumentos de otro. Los hábitos ‘morales’ son los que permiten un comportamiento excelente: la tenacidad, la conciencia moral, la facultad de deliberar y de elegir, el razonamiento moral, la valentía, la capacidad de resistir el esfuerzo y de aplazar la recompensa, etc. Pues bien, el conjunto de estos hábitos configuran un carácter valioso.

No es una moda pasajera

Estos valores, fortalezas y actitudes éticas no son un barniz decorativo, algo así como un condimento “políticamente correcto” de la actividad humana productiva. Muy al contrario, son una parte de la personalidad —y por lo tanto de la educación— llamada a persistir siempre, incluso en una sociedad pragmática como la nuestra.

Más allá de lo que pudiera parecer una moda pasajera o coyuntural, tras algunas de las tendencias culturales del momento se advierte la necesidad de fomentar hábitos o valores humanos, reconocidos como la columna vertebral de personalidades creativas, sociables, íntegras y abiertas. Y así, aun cuando son las tecnologías las que parecen llevarnos a un nuevo paradigma social, económico y cultural globalizado, no podemos olvidar que quien innova no son las tecnologías, innovan las personas. La ciencia o la tecnología son en realidad hábitos de la mente, destrezas humanas, formas de conocimiento y de actuación cuyo sujeto son seres racionales, personas humanas. La tecnología es un saber hacer, una forma ordenada de aplicar determinados medios para obtener ciertos logros. Hablamos, en suma, de pensamiento. En sentido propio, no son las tecnologías las que nos están cambiando la vida, sino quienes las han ideado y los que las utilizan.

Emprendimiento: una demanda de valores

Otro de los puntos álgidos del panorama educativo actual es la necesidad de educar para el emprendimiento, y, ciertamente, pocos dudan del componente educativo del espíritu emprendedor. De hecho, está prevista la inclusión de una asignatura en el currículo español, en 4o curso de la ESO, titulada “Iniciación a la Actividad Emprendedora y Empresarial”.

Aunque a veces se plantea este asunto desde un enfoque predominantemente economicista, con el riesgo consiguiente de caer en algún que otro reduccionismo, puede también orientarse hacia competencias educativas clave tales como la autonomía, la responsabilidad y la iniciativa personal, en el marco de una equilibrada e integradora visión de la personalidad y de las relaciones humanas.

La iniciativa y el espíritu emprendedor son en el fondo un conjunto de competencias que incluyen cualidades personales, habilidades y destrezas sociales, de planificación y gestión necesarias para actuar de forma autónoma, responsable y creativa. Implican una fácil disposición para innovar, transformar las ideas en actos y suscitar colaboración.

Desde hace algún tiempo, frente al cultivo de determinadas habilidades o competencias específicas (Hard Skills, habilidades “duras”), se habla de competencias o habilidades transversales, o también “blandas” (Soft Skills), que se consideran propias de una buena disposición para ejercer el liderazgo, la facilidad de comunicación, el pensamiento crítico, la capacidad de adaptación al cambio y de resolver problemas… En el fondo muchas de ellas, si no todas, tienen que ver con el desarrollo de una personalidad rica, equilibrada y madura.

Se trata en el fondo de actitudes, valores humanos y hábitos que han de estar presentes desde edades tempranas en todas las áreas curriculares, en el comportamiento general en el centro educativo y en las actuaciones de la vida familiar cotidiana.

Por otra parte, el cultivo de estas competencias no está reñido con los aspectos éticos del emprendimiento; muy al contrario, los incluye necesariamente. René Diekstra, profesor de Psicología en Roosevelt Academy, Universidad de Utrecht, cuenta la siguiente anécdota (*):

“Hace unos dos años visité a Derek Bok, antiguo rector de Harvard. Cuando nos encontramos, estaba muy estresado y casi deprimido. Le pregunté: «Derek, ¿qué ha ocurrido? » Y me dijo: «Lo que ocurre es que anoche estaba viendo la tele y estaban poniendo una comisión de investigación del senado y estaba allí Blankfein, el consejero delegado de Goldman Sachs, y el presidente de la comisión del senado le preguntó: “¿Sabía que su empresa vendió hipotecas basura por 800 millones de dólares a un banco holandés? ¿Era consciente de que les vendía basura?”

Y Blankfein dijo: “Señor presidente, no es ilegal”. Y le dijo: “Esa no es mi pregunta. ¿Cree que lo que hizo es moralmente aceptable?”. Y le dijo: “Señor presidente, no era ilegal”.

Entonces el presidente cogió dos correos electrónicos y dijo: “Uno de sus propios trabajadores le escribió a otro que usted los había felicitado por vender esas hipotecas basura”».

Y Derek Bok, el antiguo rector de Harvard, dijo: «Lo que me entristece tanto es que, cuando Blankfein se enfadó, comentó que se había licenciado en la Facultad de Derecho de Harvard. En Harvard hicimos algo mal si personas así son el producto de nuestra educación». Y creo que eso lo dice todo”.