viernes, 1 de agosto de 2014

Pisar la calle: Cristianos para la acción

Por José Javier Lasunción

El Papa Francisco que pidió a los jóvenes, en Río de Janeiro, que asumieran su vida con responsabilidad y que dejaran el balcón de espectador y bajaran a la arena de la historia para construir un mundo nuevo, es con su persona, sus gestos y sus palabras un buen modelo a seguir.

Desde su llegada a la sede de Pedro no ha dejado de espolear a la Iglesia con su invitación a salir. Salir de uno mismo, “caminar, incluso con paso incierto o cojeando, es siempre mejor que estar parados, encerrados en las propias preguntas o en las propias seguridades, bloqueados en el individualismo”.

Miro a mi alrededor (y miro dentro de mí) y observo qué respuestas se están dando al llamamiento profético del Papa.

* * *

A veces la comodidad y la superficialidad se alían para escamotear una respuesta generosa, pero también veo una familia numerosa, que recibe con alegría una nueva vida, y se compromete en la Asociación de Padres del Colegio, se involucra en sus tareas directivas y en las de la asociación regional a la que pertenece. Ciertamente, no balconean su vida, sino que la entregan para beneficio de muchos.

Otras veces la rutina y el desencanto bloquean una acción evangelizadora innovadora, pero también veo una cristiana adulta que moviliza “Roma con Santiago” y decenas de jóvenes para acercar mediante el teatro el núcleo del Evangelio. Ciertamente, esta mujer no balconea su vida, sino que pone toda su creatividad y energía al servicio de la nueva evangelización.

A menudo, en las horas tempranas de los viernes, me cruzo con grupos de universitarios que vuelven deshilachados tras una noche de fiesta (¡qué pronto comienzan los fines de semana!), pero también me encuentro en el silencio de la adoración al Santísimo con mucha gente, de todas las edades, que pasa largos ratos de su vida, por la noche y por el día, ante el Señor. Esta gente no balconea su vida, la derrocha ante su Señor y su Tesoro.

Hay jóvenes ni-ni, o estudiantes “a tiempo parcial” (y con contrato indefinido, a juzgar por los años que duran sus carreras), pero también los hay que sacan al día sus estudios y tienen tiempo para ser educadores de otros jóvenes y adolescentes (en un grupo juvenil de la Milicia de Santa María o en un grupo scout) y para sacar adelante con sus amigos un proyecto de voluntariado. Estos, ciertamente, no balconean su vida, sino que entrenan sus potencialidades para ponerlas a disposición de los demás a lo largo de su vida.

Y tú y yo, ¿cómo andamos en este ejercicio de salir y no balconear?

En la escuela de la Virgen de la Visitación

Al Papa Francisco le gusta sacar a relucir el aspecto práctico y cercano del Evangelio, no le gusta teorizar o andarse por las ramas. Por eso sus palabras sobre los personajes bíblicos están llenas de sugerencias para imitarlos, para revivirlos y hacerlos sustancia propia por cada cristiano de hoy. Es lo que muestra, por ejemplo, al hablar de la Virgen de la Visitación. Para el Papa Francisco, María “afronta el camino de su vida con gran realismo, humanidad y concreción”. Y sintetiza su comportamiento en tres palabras: Escucha, decisión y acción. ¿Podemos aprender de ella, debemos imitarla?

María sabe escuchar a Dios, sabe por experiencia que Dios le habla y por eso está atenta y dispuesta a cumplir su voluntad. Pero no se queda ahí: no se detiene en la reflexión, siendo ésta importantísima para construir una vida fecunda, da un paso adelante, sabe decidir. No vive en la precipitación, sabe orar y discernir, pero “no evita la fatiga de la decisión”. Y lo hace habitualmente, en las grandes decisiones que orientan la vida entera (la anunciación) y en los gestos ordinarios de la vida cotidiana (las bodas de Caná). Finalmente, el Papa enseña que María se implica en la acción. En el caso de la Visitación a su prima Isabel, cuando el ángel le comunica el embarazo de una mujer anciana, María decide salir en ayuda, y lo hace “sin demora”. Su actuar es consecuencia de su obediencia y de su caridad. Sale de su casa, de sí misma, por amor, llevando lo que tiene de más precioso: a su Hijo Jesús.

Por eso el Papa nos pide a los cristianos que escuchemos la Palabra de Dios y que sepamos descubrir la voluntad de Dios, su palabra personal entre las mil palabras de este mundo, que sepamos escuchar la realidad en la que vivimos, cada persona que encontramos, especialmente la que es pobre y necesitada. Que tengamos el coraje de la decisión, de no dejarnos arrastrar por el espíritu mundano, por los acontecimientos sin dirección. Que nos pongamos en juego sin demora, saliendo hacia los otros para llevarles nuestra ayuda, nuestra comprensión, nuestra caridad, esa manera concreta y adecuada de repartirles el don de Jesús y su Evangelio, que es lo más precioso que tenemos.

La hora de los laicos

Afortunadamente, la Iglesia del Vaticano II ha redescubierto la dignidad y la misión común de todos los cristianos. Enraizados en la vida nueva que recibimos en el bautismo, compartimos la misma y única “función” para la que existe la Iglesia: evangelizar, anunciar a Jesús como salvador. Diríamos que en la Iglesia todos hacemos “lo mismo”, aunque no del mismo modo.

Los cristianos laicos tenemos como responsabilidad peculiar, como misión propia, la cristianización del mundo y su amplio abanico de estructuras y situaciones. Es decir, tenemos que llevar el mensaje del Evangelio a la cultura, a la familia, a la economía, a la política, a las costumbres… Una misión insustituible porque se trata de que nuestra sociedad quede configurada por el Evangelio, es decir hay que crear una nueva cultura, la actual, pero llena de los valores de Jesucristo.

Así dicho, suena utópico e imposible. Precisamente el modo de pensar de nuestros contemporáneos muestra una fuerte alergia, en muchos casos y en corrientes poderosas de pensamiento y ética, a la propuesta del cristianismo. Tenemos un claro peligro de replegarnos en la parroquia, en nuestros grupos, en lugares donde se piensa y juzga “al modo cristiano” y renunciar al testimonio y al deseo de convertir para Cristo nuestros ambientes.

¿Cómo ser cristiano hoy?

Aunque pueda parecer inviable o un sueño, sólo cabe volver a los orígenes: a la vida, al testimonio y al coraje y resistencia de los primeros cristianos. No se trata de una vuelta atrás imposible, sino de una revolución de nuestro modo de vida, a menudo demasiado individualista y ávido de satisfacciones, para ponerlo en la órbita de un amor apasionado a Jesús y capaz de servir a los hombres.

Los primeros cristianos vivían en un mundo global (el imperio romano), con formas de vida similares y un modo de pensar y valorar racional y autosuficiente. Un mundo lacerado por grandes desigualdades y con un evidente desasosiego o inconformismo interior.

No se destacaron por sus programas de evangelización, sino por la firmeza de sus convicciones de fe y el ardor y coherencia entre la fe y la vida. Llamaron la atención de sus coetáneos por su testimonio de caridad, de amor a los hermanos y a los pobres. Se sabían un tertium genus, un tercer género de hombres, distinto de judíos y de paganos, llamado a desafiar los convencionalismos de aquel tiempo y ganar el mundo entero para Cristo. Se atrevieron a desafiar con su estilo de vida el mundo antiguo y, tras graves sacrificios y una perseverancia inexplicable para las solas fuerzas humanas, dieron a luz una civilización nueva, que es la matriz de la civilización occidental. Su alegría fue más fuerte que el miedo y la pasividad.

¿Podemos hoy renovar este programa exigente? Es posible si lo entendemos bien.

Normalmente, se piensa que la fuerza de la Iglesia reside en el liderazgo y buena imagen del Papa y los obispos y sacerdotes, en la relevancia de sus estructuras pastorales, educativas y comunicativas, en su capacidad por hacerse un hueco en la “aldea global” mediante efectos y gestos atractivos. Y todo esto, aun siendo importante, no es lo decisivo. La evangelización de nuestra sociedad indiferentista exige el compromiso personal de cada cristiano, a través de un testimonio creíble, es decir, un estilo habitual de alegría y servicialidad en lo cotidiano.

Empezar por los cimientos

Nadie da lo que no tiene. Una persona frágil, insegura o frustrada no puede convencer ni arrastrar. Primacía por tanto de la formación de la persona cristiana. Y absoluta necesidad de la autoeducación, de la conversión permanente.

Hay que cultivar la dimensión interior y mística de nuestra fe. Si queremos y debemos ejercer un influjo benéfico sobre los demás y los ambientes, lo fundamental será que en mi interior, en mi intimidad y mi conciencia, Dios se encuentre a gusto, como en su propia casa. Esto exige que demos tiempo al cultivo de esa amistad con Dios Amigo, que busquemos, como vida de mi vida, el contacto misterioso con la Vida divina a través de los sacramentos. Sólo un corazón ardiente puede hablar con convicción.

Tampoco podemos excusarnos de una formación doctrinal adecuada a los tiempos actuales. Se necesita cultivar una lectura serena y profunda que enriquezca el pensamiento y lo asiente en la Verdad. Sólo una persona profunda, deseosa de buscar la verdad, puede dialogar e inquietar a la moda intelectual dominante y superficial.

En suma, se trata de vivir la superioridad o excelencia de la contemplación en el conjunto abigarrado de la actividad humana. Aprisionados como estamos por el dominio de la técnica audiovisual y comunicativa, debemos conquistar en nosotros mismos el sosiego indispensable para la vida espiritual.

El realismo de la acción

“Un bautizado en el mundo tiene que ser realista. Tiene que estar donde debe estar, en la tarea que Dios le encomienda”. Así de claro y sencillo lo propone el padre Morales. Hay una razón humana, de carácter moral, y es que la verdadera virtud se muestra no sólo ni principalmente en los actos heroicos y aislados (éstos más bien la confirman), sino en la perfección en las cosas corrientes y menudas, en el día a día.

Pero hay también una razón espiritual, de imitación de Jesucristo, que vivió diez onceavas partes de su vida en Nazaret, una aldea minúscula, realizando un trabajo manual en medio de las relaciones humanas sencillas del campesinado galileo. “La vida de un laico bautizado —enseña el Padre Morales— prolonga Nazaret. Inmerso en el mundo, trabaja, lucha, sufre, goza, pero también hace redención amando. El cristiano, viviendo a lo Nazaret, reforma estructuras convirtiendo corazones”. Y el primer corazón a convertir es el propio.

La primera e indispensable acción de todo laico es el cumplimiento perfecto de sus obligaciones familiares, profesionales y sociales. En el fondo, no se trata de expandirse haciendo muchas tareas y sacando adelante muchos proyectos, sino de convertir en oración por amor las obligaciones menudas de cada día. Es la eficacia de la ejemplaridad alegre en el cumplimiento del propio deber, a imitación de la sagrada familia de Nazaret. Este programa cualquiera lo puede vivir, y al mismo tiempo hay que reconocer que no tiene brillo exterior alguno y que por eso dinamita nuestra vanidad… Tal vez por ello mismo fue el preferido de Jesús de Nazaret y deba ser el predilecto de una Iglesia que elige el camino de los pobres, que es y será siempre su camino.

Pero, ¿qué puedo hacer yo?

A menudo sentimos la tentación de la insignificancia y el ocultamiento o nos dejamos invadir por la sensación de la propia incapacidad para el compromiso y la transformación del mundo. El Papa Francisco ha denunciado en la encíclica Evangelii gaudium que muchos cristianos “desarrollan una especie de complejo de inferioridad que les lleva a relativizar u ocultar su identidad cristiana y sus convicciones… Terminan ahogando su alegría misionera en una especie de obsesión por ser como todos y por tener lo que poseen los demás”.

Debemos reaccionar y recordar que el Evangelio habla del grano de trigo: nuestra vida es como el grano de trigo que muere para no quedar infecundo, es levadura que transforma de un modo imperceptible una masa. Vida pequeña, pequeños gestos, vida normal, pero levadura, semilla, que ha de crecer.

Si hemos encontrado y conocido el Amor de Dios, somos capaces de cercanía y ternura; podemos interesarnos por cada persona y sus problemas y ofrecer escucha y atención a sus preguntas, solicitud y cariño para sus heridas y necesidades… podemos “adivinar, ver y tocar la carne del hermano” (Papa Francisco).

Necesitamos, por tanto, abundancia de esperanza, una esperanza que Dios nos la concederá si la pedimos habitualmente; una esperanza que nos hará cristianos alegres, no cristianos con permanente “cara de funeral” o de “Cuaresma sin Pascua”, como humorísticamente denuncia el Papa.

¿Y dónde queda la eficacia?

En realidad, un cristiano si es coherente no debe preocuparse demasiado por la eficacia pues su preocupación auténtica debe ser cumplir la voluntad de Dios. Ello significa, dicho de otro modo, que el cristiano laico sabe que su vida y la vida de sus seres queridos y, en suma, la historia del mundo está siempre en las manos de Dios. En definitiva, confía en Dios, cree en su Providencia.

Esta actitud no es pasividad ni conformismo, sino saber encuadrar adecuadamente la propia acción en las coordenadas de Dios. Todos deberíamos hacer nuestras las convicciones de un hombre público egregio, que hizo de la política un camino de santidad: “Somos todos instrumentos, muy imperfectos, de una Providencia que se sirve de ellos para dar cumplimiento a grandes designios que nos superan”. Lo decía Robert Schuman, el hombre que en 1950, con un gesto revolucionario, selló la reconciliación de Francia y Alemania poniendo las bases de la unificación europea.

San Ignacio de Loyola ha encarnado una espiritualidad de la acción. A través de la propia misión recibida de Dios (lo primero y básico siempre es buscar y hallar la voluntad de Dios en la propia vida), el cristiano laico encuentra su camino particular para llegar a Dios. La oración más importante es la oración de la propia vida. Contemplación en la acción es el lema de esta espiritualidad que propone que todo depende del hombre, de su deseo y determinación de cumplir con perfección la voluntad de Dios, pero que, al mismo tiempo, postula el abandono y la confianza audaz, porque todo depende de Dios y su voluntad salvadora.

En la visita que el 23 junio de este año, el recién nombrado Presidente de la Conferencia Episcopal Española, Mons. Ricardo Blázquez, hizo al Papa Francisco, éste le sugirió revitalizar a la Iglesia española poniéndola en estado de misión permanente, mediante la transmisión de “la alegría del Evangelio, siempre con vigor renovado y particular afán misionero”.

No balconeen la vida. La llamada del Papa es clara. Queda su encarnación en nuestro día a día llevando su mensaje a la calle, “lejos del balcón”.