viernes, 1 de agosto de 2014

Perdidos en el mar

Contado por Ángel Gómez

Pablo era un niño pequeño, miembro de una familia de pescadores de una aldea a la margen derecha del Amazonas. Le encantaba salir a pescar con su padre y hermanos mayores. Su padre, a veces, le dejaba salir a pescar.

Pablo ya es un anciano, rodeado de nietos, en la misma aldea donde nació. Tiene una excelente memoria y nos recuerda lo que le pasó a él y a sus dos hermanos mayores cuando salieron a pescar. Una semana antes de este suceso había recibido el sacramento de la Comunión en una visita que había realizado el Sr. Obispo entre estas aldeas perdidas en el curso del río Amazonas.

—En esta ocasión mi padre estaba enfermo y no pudo salir a pescar. Recuerdo que nos aconsejó todo lo que teníamos que tener en cuenta en el caso de que hubiera alguna dificultad.

—Cuando ya habíamos remontado río arriba, se desató una tormenta que descargó grandes trombas de agua, además de los relámpagos y truenos que retumbaban con su eco ensordecedor en el bosque gigantesco de las dos orillas.

—Luchamos por acercarnos a la orilla. Todo esfuerzo fue inútil, nos envolvía la oscuridad. La noche era interminable, no dejaba de llover y el fuerte viento nos arrastraba. La poca comida que llevábamos había desaparecido entre las profundas aguas.

—Pasamos toda la noche flotando sin control arrastrados por la corriente. Llegó el amanecer y no sabíamos dónde nos encontrábamos. Nos vimos a la deriva en medio del mar.

—Y así pasamos dos días a la deriva, en medio del mar. A punto de quedarnos deshidratados sin agua y sin comida… la esperanza empezó a flaquear. Uno de mis hermanos con cara de tristeza dijo en voz alta lo que todos pensábamos: ¡nos estamos muriendo de sed!

—Pero, por mi parte, a pesar de la tristeza, del hambre y la sed me brotaba del interior una fuerza de esperanza. Y me acordé de un día de catequesis que se lo dedicamos a la Virgen María. Además hacía solamente 15 días que había recibido la primera comunión. Sentía una fuerza especial y trataba de infundirla a mis hermanos mayores.

—Vamos a rezar a nuestra patrona—, les dije: a la Virgen del Carmen. Ya veréis cómo encontramos alguna solución.

—Pasadas unas horas divisamos a lo lejos un barco muy grande. Le hicimos señales con la ropa que nos quedaba y… al cabo de un tiempo llegaron unos marineros en un bote para recogernos.

—¡Dadnos agua para beber, que nos morimos de sed, que nos morimos de sed!

—No os preocupéis—. Todavía el agua en la que navegamos es agua dulce del río Amazonas. ¡Ánimo, bebed sin miedo! ¡No os muráis de sed, teniendo tan cerca el agua!

—Yo Pablo, ya anciano, me hago esta reflexión:

Hay muchos niños que hacen la primera comunión y no vuelven a comulgar hasta años más tarde. Y puede suceder lo que nos sucedió a los tres hermanos perdidos en el mar. ¡Morirnos de hambre y sed teniendo tan cerca el agua!