viernes, 1 de agosto de 2014

La maternidad divina de María (I)

POR TOMÁS MORALES, S.J.(Extraído de Estrella del mar, 10-X-1941)

Concepción Inmaculada, gozosa Natividad preñada de esperanzas de redención, misteriosa Anunciación aurora de su reconquista, Asunción gloriosa, Coronación triunfante... ¡Insondables misterios de la vida de María! Plenitud de gracia, pureza virginal, humildad profunda son las prerrogativas inefables de nuestra Madre bendita. Misterios y prerrogativas centellean luminosos, bañando en su refulgente luz al alma que tiene la dicha de contemplarlos. Su luminosidad se amortigua, sin embargo, ante el privilegio insigne de su divina maternidad, como al suave contacto de la radiante luz de un amanecer se eclipsa el fulgor de los luceros que ardían en la noche.

Y es que esa maternidad es la razón de ser de tantas maravillas de naturaleza, de gracia y de gloria que Dios quiso imprimir, con profusión inusitada, en la que destinaba a ser Madre del Verbo encarnado. Como preparación o como consecuencia, todas giran alrededor de su egregia condición de Madre de Dios. Esa maternidad es, pues, clave de tan excelsas prerrogativas. Quia Mater Dei effecta est, exclamaba San Sofronio de Jerusalén al alborear el siglo VII. Privilegios, gracias, excelencias: ahí tenéis, en frase atrevida de San Pedro Crisólogo, el precio exigido por María al dar su consentimiento al mensaje angélico, al brindar hospedaje en sus entrañas al Hijo de Dios.
  
La maternidad divina explica, por tanto, todo; sin ella apenas se com­prenden esas filigranas de amor que el artista divino imprimió en su alma privilegiada. Sin ella carece de sentido aquel grito jubiloso que oyó un día Santa Isabel: Quia fecit mihi magna qui potens est. Toda la Mariología fluye, naturalmente, de este dogma central, con la misma espontaneidad con que el río desliza raudo sus aguas por el cauce hasta entregarlas al mar. Omnia flumina intrant in mare et mare non redundat, se lee en el Eclesiastés. Y la Iglesia, bajo la égida del Espíritu Santo, apli­ca la frase a María: Los caudalosos ríos de sus portentosos privilegios desembocan, sin desbordarlo, en el océano inmenso de su divina maternidad.

Si queréis, pues, compendiar en una alabanza todas sus augustas grandezas, saludadla como Madre de Dios. No pidáis inútilmente al Evangelio una enumeración detallada de ellas. Al decirnos Maria, de qua natus est Ihesus, nos lo ha dicho todo. “Todo lo que de ella deseáis saber —os dirá Santo Tomás de Villanueva— está contenido en esa frase”. Esa es toda su historia: historia larga y fecunda, haec longa et plenissima eius histo­ria est. El alma contemplativa, al sumergirse en la oración humilde y amorosa, logra rasgar el velo que oculta el profundo sentido de esta frase evangélica. A través de ella percibe la alteza de prerrogativas que adornan a la Madre, como a través del firmamento luminosamente salpi­cado de estrellas descubre la majestad de un Dios cuya gloria cantan los cielos.