viernes, 1 de agosto de 2014

Lejos del balcón

Portada Hágase Estar nº 287
No cabía un alfiler en la playa de Copacabana. Al menos dos millones de peregrinos, desafiando al frío y al viento, recibieron al Papa Francisco quien presidió la Vigilia de oración, uno de los momentos más importantes de las JMJ de Brasil 2013.

En su discurso, el Papa preguntó a los jóvenes qué tipo de cristiano eran: —¿Tengo en mi corazón la costumbre de jugar a dos puntas y quedar bien con Dios y quedar bien con el diablo?, ¿querés recibir la semilla de Jesús y, a la vez, regar las espinas y los yuyos que nacen en mi corazón? Cada uno en silencio se contesta.

El Papa aprovechó la ocasión para pedir a los jóvenes que fueran constructores de futuro ofreciendo una respuesta cristiana a la realidad: —A ustedes les pido que también sean protagonistas de este cambio. Sigan superando la apatía y ofreciendo una respuesta cristiana a las inquietudes sociales y políticas que se van planteando en diversas partes del mundo. Les pido que sean constructores del futuro. Que se metan en el trabajo por un mundo mejor. Queridos jóvenes, por favor, ¡no balconeen la vida, métanse en ella! Jesús no se quedó en el balcón. Se metió. No balconeen la vida, métanse en ella como hizo Jesús.

En la familia Cruzada-Milicia tenemos un medio ideal para bajar a la calle, ponernos en marcha y servir a los demás: La Campaña de la Visitación. Esta Campaña que comenzó el 31 de mayo, Visitación de María a su prima Santa Isabel, y se prolonga hasta al 7 de octubre, Santa María de la Victoria, Virgen del Rosario, está pues en su cenit y nos invita a salir de nosotros mismos con el dulce nombre de María en el corazón. Esta actitud de olvido de nosotros mismos la concretamos en:
• Dejar lo mejor para el más cercano, quedándome con lo que menos me gusta.
• Estar siempre alegre: no quejarme nunca (calor, sed, comida, cansancio, enfermedad, trabajo, personas que me rodean...)
• Estar activos, venciendo la pereza, vanidad e inconstancia, tan presentes en el verano.
En este número de ESTAR tenemos experiencias luminosas e imitables de personas que dejan el balcón de la crítica y la lamentación y bajan a la arena metiéndose en la vida para mejorarla con su ejemplaridad, su esfuerzo e ilusión.

Así tenemos por ejemplo los Testimonios y el Mosaico; María Gaetana, la visita a la cárcel o los rosarios de la Aurora, paradigmas de pisar la calle cristianizando nuestro día a día.

Es el momento de ilusionar, de comprometerse, de encender nuestra cerilla. Ha llegado la hora de olvidar personalismos y seguir al Papa que nos invita a ser creativos viviendo en tres palabras: lejos del balcón.

El camino de los Cruzados de Santa María hoy

Por Santiago Arellano

En el contexto de la nueva etapa que emprenden los Cruzados de Santa María, siempre en manos de la Providencia, como hemos sido testigos, se me ocurre, con el máximo respeto y en fidelidad a la Institución, este brindis al modo taurino, “va por Usted, Señor Director General”. Lo hago en mi estilo habitual: decir lo que pretendo con el lenguaje del Arte. Elijo tres obras, distintas y sin embargo coincidentes, en lo que considero la aspiración ideal de todo creyente seglar, cuanto más en un consagrado que aspira a mostrar  cómo deben ser los laicos en medio del mundo. Las tres se produjeron durante el reinado de nuestro Señor Don Felipe II.

Comienzo por la oda a “La vida retirada” de Fray Luis de León. Tenedla en la memoria o releedla. Razones de espacio. “Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido y busca la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido”. Maravilloso. Nada de honores, fama, riquezas. “¡Oh monte!, ¡Oh fuente!, ¡Oh río!, ¡Oh secreto seguro, deleitoso!... huyo de aqueste mar tempestuoso. Un no rompido sueño… Despiértenme las aves con su cantar sabroso no aprendido. No los cuidados graves… Vivir quiero conmigo”. Fabuloso, como dicen ahora. Pues miren ustedes, en los tiempos que corren no se lo deseo para un cristiano, cuánto menos para un cruzado, como ideal de vida permanente. Cuántas veces el bien aparente nos sirve de evasión. Sí, sí, sí para “cargar pilas”: descanso semanal, retiros, ejercicios espirituales, campamentos. Como estilo de vida, no. Nuestro modelo, Don Quijote, “mi descanso es pelear”.

“El caballero de la mano al pecho”
de El Greco
Nuestro Ideal está representado en “El caballero de la mano al pecho” de El Greco. Una mirada noble y trascendente; la mano abierta sobre el pecho incapaz de engaños, traiciones ni empresas desleales. En la cintura la espada, como exigían aquellos tiempos. En los nuestros la espada es la virtud, fortaleza, lealtad a nuestro Dios, siempre con nobleza, pero de frente, en el servicio de su Causa y de la de Nuestra Señora.

El tercero es del capítulo 3º, puntos 3 y 4, de Las Fundaciones. Santa Teresa piensa en letrados y confesores, pero creo que le viene como anillo al dedo a los Cruzados:

“Han de vivir entre los hombres y tratar con los hombres y estar en los palacios y aun hacerse algunas veces con ellos en lo exterior. ¿Pensáis, hijas mías, que es menester poco para tratar con el mundo y vivir en el mundo y tratar negocios del mundo y hacerse, como he dicho, a la conversación del mundo, y ser en lo interior extraños del mundo y enemigos del mundo y estar como quien está en destierro y, en fin, no ser hombres sino ángeles?”

No os preocupéis, que los menos expertos en virtud os han de acusar de vuestras flaquezas y negligencias. Qué lista era nuestra Santa. Por ello concluye:

“Así que no penséis es menester poco favor de Dios para esta gran batalla adonde se meten, sino grandísimo”.

Implicaos

Por José Luis Acebes

Por favor, no balconeéis la vida, implicaos…

¿Habéis sentido la curiosidad de averiguar si la palabra ‘balconear’ figura en el diccionario? Si lo consultáis encontraréis que significa observar los acontecimientos sin participar en ellos, justo lo que comenta el papa Francisco: ha empleado esta expresión al menos en tres ocasiones, y con el mismo mensaje: ¡No miréis la vida desde el balcón; implicaos! (30.11.2014).

¿Os habéis preguntado de dónde viene la palabra ‘implicarse’? Significa introducirse entre los pliegues. Fijaos: todos comprobamos que nuestra sociedad se repliega, que muchos ambientes se cierran hoy sobre sí mismos y no dejan entrar a Jesucristo y a su Evangelio: parlamentos y ayuntamientos, sindicatos y patronales, academias científicas y claustros de profesores... Ante un mundo así replegado, el papa nos pide que nos impliquemos, que salgamos de nosotros mismos y nos introduzcamos allí donde están los desafíos que nos piden ayuda para llevar adelante la vida, el desarrollo, la lucha en favor de la dignidad de las personas, la lucha contra la pobreza, la lucha por los valores y tantas luchas que encontramos cada día (id).

El papa nos recuerda que Jesús no se quedó en el balcón, se metió (JMJ de Río, 27.7.2013) en la vida. Vino a nosotros, se encarnó. No se quedó en un palacio, como el sumo sacerdote o el gobernador de su tiempo, sino que recorrió Palestina, predicó por aldeas y campiñas, consoló y curó tocando a los enfermos, entrando en sus casas…

¿De dónde sacaremos las fuerzas para implicarnos en un mundo tantas veces hostil? Me gusta pensar que las obtendremos “implicándonos” en Jesucristo, dicho de otra manera, introduciéndonos entre los pliegues de su Corazón: captando sus sentimientos y actitudes, y dejando que Él se meta en nuestro corazón, de modo que sea Él el que se “implique” en nosotros.

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Ahora fijémonos en un pasaje bien conocido del Evangelio. Jesús resucitado se acerca a los discípulos de Emaús (¡se implica, se hace cercano a ellos!), y les explica las Escrituras (cf. Lc 24 13-35). ‘Explicar’ significa extender aquello que está recogido y plegado: desplegar, desenvolver. Y es que la Palabra de Dios era para los de Emaús como un libro cerrado, y Jesús —la Palabra de Dios encarnada— con paciencia les fue declarando cuanto en las Escrituras se refería a Él. Como consecuencia de este despliegue, de este desenvolvimiento, los discípulos dirán: ¿no ardía nuestro corazón cuando nos explicaba las Escrituras? ¡El ardor del Corazón de Cristo se había transmitido a sus corazones!

También hoy, por desgracia, el Evangelio sigue siendo como un libro cerrado en muchos de nuestros ambientes. Jesús nos envía, nos pide que nos impliquemos y que expliquemos las Escrituras a los nuestros, con la palabra, por supuesto, pero sobre todo con nuestras vidas. Comenta el P. Tomás Morales: El papel de los seglares es hacer presente el Evangelio en todos los sectores de la vida profana. Ser “Evangelios abiertos” para sus hermanos. La tarea sublime del laicado es crear y multiplicar familias cristianas, evangelizar las profesiones, el trabajo, la amistad. ¡Bello panorama! Infundir savia cristiana en todas las estructuras de la sociedad terrestre: cultura, economía, política (Tesoro Escondido, 8). También ellos dirán al vernos y escucharnos: ¿No ardía nuestro corazón cuando nos hablaban en el camino y nos explicaban las Escrituras?

Que María en esta Campaña de la Visitación nos “implique” entre los pliegues de su manto, y mejor aún, entre los pliegues de su corazón. También Ella se implicó: salió de una vida protegida en Nazaret, para ir aprisa a la montaña, a impulsos del Espíritu Santo. Y cuando entró en casa de su prima Isabel, explicó con el Magníficat las grandezas del Señor. Toda la montaña, empezando por Juan en el seno de su madre, se llenó de alegría, y desde entonces la alegría —implicada y explicada—, aplicada y multiplicada por sus hijos, inunda el mundo.

Pisar la calle: Cristianos para la acción

Por José Javier Lasunción

El Papa Francisco que pidió a los jóvenes, en Río de Janeiro, que asumieran su vida con responsabilidad y que dejaran el balcón de espectador y bajaran a la arena de la historia para construir un mundo nuevo, es con su persona, sus gestos y sus palabras un buen modelo a seguir.

Desde su llegada a la sede de Pedro no ha dejado de espolear a la Iglesia con su invitación a salir. Salir de uno mismo, “caminar, incluso con paso incierto o cojeando, es siempre mejor que estar parados, encerrados en las propias preguntas o en las propias seguridades, bloqueados en el individualismo”.

Miro a mi alrededor (y miro dentro de mí) y observo qué respuestas se están dando al llamamiento profético del Papa.

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A veces la comodidad y la superficialidad se alían para escamotear una respuesta generosa, pero también veo una familia numerosa, que recibe con alegría una nueva vida, y se compromete en la Asociación de Padres del Colegio, se involucra en sus tareas directivas y en las de la asociación regional a la que pertenece. Ciertamente, no balconean su vida, sino que la entregan para beneficio de muchos.

Otras veces la rutina y el desencanto bloquean una acción evangelizadora innovadora, pero también veo una cristiana adulta que moviliza “Roma con Santiago” y decenas de jóvenes para acercar mediante el teatro el núcleo del Evangelio. Ciertamente, esta mujer no balconea su vida, sino que pone toda su creatividad y energía al servicio de la nueva evangelización.

A menudo, en las horas tempranas de los viernes, me cruzo con grupos de universitarios que vuelven deshilachados tras una noche de fiesta (¡qué pronto comienzan los fines de semana!), pero también me encuentro en el silencio de la adoración al Santísimo con mucha gente, de todas las edades, que pasa largos ratos de su vida, por la noche y por el día, ante el Señor. Esta gente no balconea su vida, la derrocha ante su Señor y su Tesoro.

Hay jóvenes ni-ni, o estudiantes “a tiempo parcial” (y con contrato indefinido, a juzgar por los años que duran sus carreras), pero también los hay que sacan al día sus estudios y tienen tiempo para ser educadores de otros jóvenes y adolescentes (en un grupo juvenil de la Milicia de Santa María o en un grupo scout) y para sacar adelante con sus amigos un proyecto de voluntariado. Estos, ciertamente, no balconean su vida, sino que entrenan sus potencialidades para ponerlas a disposición de los demás a lo largo de su vida.

Y tú y yo, ¿cómo andamos en este ejercicio de salir y no balconear?

En la escuela de la Virgen de la Visitación

Al Papa Francisco le gusta sacar a relucir el aspecto práctico y cercano del Evangelio, no le gusta teorizar o andarse por las ramas. Por eso sus palabras sobre los personajes bíblicos están llenas de sugerencias para imitarlos, para revivirlos y hacerlos sustancia propia por cada cristiano de hoy. Es lo que muestra, por ejemplo, al hablar de la Virgen de la Visitación. Para el Papa Francisco, María “afronta el camino de su vida con gran realismo, humanidad y concreción”. Y sintetiza su comportamiento en tres palabras: Escucha, decisión y acción. ¿Podemos aprender de ella, debemos imitarla?

María sabe escuchar a Dios, sabe por experiencia que Dios le habla y por eso está atenta y dispuesta a cumplir su voluntad. Pero no se queda ahí: no se detiene en la reflexión, siendo ésta importantísima para construir una vida fecunda, da un paso adelante, sabe decidir. No vive en la precipitación, sabe orar y discernir, pero “no evita la fatiga de la decisión”. Y lo hace habitualmente, en las grandes decisiones que orientan la vida entera (la anunciación) y en los gestos ordinarios de la vida cotidiana (las bodas de Caná). Finalmente, el Papa enseña que María se implica en la acción. En el caso de la Visitación a su prima Isabel, cuando el ángel le comunica el embarazo de una mujer anciana, María decide salir en ayuda, y lo hace “sin demora”. Su actuar es consecuencia de su obediencia y de su caridad. Sale de su casa, de sí misma, por amor, llevando lo que tiene de más precioso: a su Hijo Jesús.

Por eso el Papa nos pide a los cristianos que escuchemos la Palabra de Dios y que sepamos descubrir la voluntad de Dios, su palabra personal entre las mil palabras de este mundo, que sepamos escuchar la realidad en la que vivimos, cada persona que encontramos, especialmente la que es pobre y necesitada. Que tengamos el coraje de la decisión, de no dejarnos arrastrar por el espíritu mundano, por los acontecimientos sin dirección. Que nos pongamos en juego sin demora, saliendo hacia los otros para llevarles nuestra ayuda, nuestra comprensión, nuestra caridad, esa manera concreta y adecuada de repartirles el don de Jesús y su Evangelio, que es lo más precioso que tenemos.

La hora de los laicos

Afortunadamente, la Iglesia del Vaticano II ha redescubierto la dignidad y la misión común de todos los cristianos. Enraizados en la vida nueva que recibimos en el bautismo, compartimos la misma y única “función” para la que existe la Iglesia: evangelizar, anunciar a Jesús como salvador. Diríamos que en la Iglesia todos hacemos “lo mismo”, aunque no del mismo modo.

Los cristianos laicos tenemos como responsabilidad peculiar, como misión propia, la cristianización del mundo y su amplio abanico de estructuras y situaciones. Es decir, tenemos que llevar el mensaje del Evangelio a la cultura, a la familia, a la economía, a la política, a las costumbres… Una misión insustituible porque se trata de que nuestra sociedad quede configurada por el Evangelio, es decir hay que crear una nueva cultura, la actual, pero llena de los valores de Jesucristo.

Así dicho, suena utópico e imposible. Precisamente el modo de pensar de nuestros contemporáneos muestra una fuerte alergia, en muchos casos y en corrientes poderosas de pensamiento y ética, a la propuesta del cristianismo. Tenemos un claro peligro de replegarnos en la parroquia, en nuestros grupos, en lugares donde se piensa y juzga “al modo cristiano” y renunciar al testimonio y al deseo de convertir para Cristo nuestros ambientes.

¿Cómo ser cristiano hoy?

Aunque pueda parecer inviable o un sueño, sólo cabe volver a los orígenes: a la vida, al testimonio y al coraje y resistencia de los primeros cristianos. No se trata de una vuelta atrás imposible, sino de una revolución de nuestro modo de vida, a menudo demasiado individualista y ávido de satisfacciones, para ponerlo en la órbita de un amor apasionado a Jesús y capaz de servir a los hombres.

Los primeros cristianos vivían en un mundo global (el imperio romano), con formas de vida similares y un modo de pensar y valorar racional y autosuficiente. Un mundo lacerado por grandes desigualdades y con un evidente desasosiego o inconformismo interior.

No se destacaron por sus programas de evangelización, sino por la firmeza de sus convicciones de fe y el ardor y coherencia entre la fe y la vida. Llamaron la atención de sus coetáneos por su testimonio de caridad, de amor a los hermanos y a los pobres. Se sabían un tertium genus, un tercer género de hombres, distinto de judíos y de paganos, llamado a desafiar los convencionalismos de aquel tiempo y ganar el mundo entero para Cristo. Se atrevieron a desafiar con su estilo de vida el mundo antiguo y, tras graves sacrificios y una perseverancia inexplicable para las solas fuerzas humanas, dieron a luz una civilización nueva, que es la matriz de la civilización occidental. Su alegría fue más fuerte que el miedo y la pasividad.

¿Podemos hoy renovar este programa exigente? Es posible si lo entendemos bien.

Normalmente, se piensa que la fuerza de la Iglesia reside en el liderazgo y buena imagen del Papa y los obispos y sacerdotes, en la relevancia de sus estructuras pastorales, educativas y comunicativas, en su capacidad por hacerse un hueco en la “aldea global” mediante efectos y gestos atractivos. Y todo esto, aun siendo importante, no es lo decisivo. La evangelización de nuestra sociedad indiferentista exige el compromiso personal de cada cristiano, a través de un testimonio creíble, es decir, un estilo habitual de alegría y servicialidad en lo cotidiano.

Empezar por los cimientos

Nadie da lo que no tiene. Una persona frágil, insegura o frustrada no puede convencer ni arrastrar. Primacía por tanto de la formación de la persona cristiana. Y absoluta necesidad de la autoeducación, de la conversión permanente.

Hay que cultivar la dimensión interior y mística de nuestra fe. Si queremos y debemos ejercer un influjo benéfico sobre los demás y los ambientes, lo fundamental será que en mi interior, en mi intimidad y mi conciencia, Dios se encuentre a gusto, como en su propia casa. Esto exige que demos tiempo al cultivo de esa amistad con Dios Amigo, que busquemos, como vida de mi vida, el contacto misterioso con la Vida divina a través de los sacramentos. Sólo un corazón ardiente puede hablar con convicción.

Tampoco podemos excusarnos de una formación doctrinal adecuada a los tiempos actuales. Se necesita cultivar una lectura serena y profunda que enriquezca el pensamiento y lo asiente en la Verdad. Sólo una persona profunda, deseosa de buscar la verdad, puede dialogar e inquietar a la moda intelectual dominante y superficial.

En suma, se trata de vivir la superioridad o excelencia de la contemplación en el conjunto abigarrado de la actividad humana. Aprisionados como estamos por el dominio de la técnica audiovisual y comunicativa, debemos conquistar en nosotros mismos el sosiego indispensable para la vida espiritual.

El realismo de la acción

“Un bautizado en el mundo tiene que ser realista. Tiene que estar donde debe estar, en la tarea que Dios le encomienda”. Así de claro y sencillo lo propone el padre Morales. Hay una razón humana, de carácter moral, y es que la verdadera virtud se muestra no sólo ni principalmente en los actos heroicos y aislados (éstos más bien la confirman), sino en la perfección en las cosas corrientes y menudas, en el día a día.

Pero hay también una razón espiritual, de imitación de Jesucristo, que vivió diez onceavas partes de su vida en Nazaret, una aldea minúscula, realizando un trabajo manual en medio de las relaciones humanas sencillas del campesinado galileo. “La vida de un laico bautizado —enseña el Padre Morales— prolonga Nazaret. Inmerso en el mundo, trabaja, lucha, sufre, goza, pero también hace redención amando. El cristiano, viviendo a lo Nazaret, reforma estructuras convirtiendo corazones”. Y el primer corazón a convertir es el propio.

La primera e indispensable acción de todo laico es el cumplimiento perfecto de sus obligaciones familiares, profesionales y sociales. En el fondo, no se trata de expandirse haciendo muchas tareas y sacando adelante muchos proyectos, sino de convertir en oración por amor las obligaciones menudas de cada día. Es la eficacia de la ejemplaridad alegre en el cumplimiento del propio deber, a imitación de la sagrada familia de Nazaret. Este programa cualquiera lo puede vivir, y al mismo tiempo hay que reconocer que no tiene brillo exterior alguno y que por eso dinamita nuestra vanidad… Tal vez por ello mismo fue el preferido de Jesús de Nazaret y deba ser el predilecto de una Iglesia que elige el camino de los pobres, que es y será siempre su camino.

Pero, ¿qué puedo hacer yo?

A menudo sentimos la tentación de la insignificancia y el ocultamiento o nos dejamos invadir por la sensación de la propia incapacidad para el compromiso y la transformación del mundo. El Papa Francisco ha denunciado en la encíclica Evangelii gaudium que muchos cristianos “desarrollan una especie de complejo de inferioridad que les lleva a relativizar u ocultar su identidad cristiana y sus convicciones… Terminan ahogando su alegría misionera en una especie de obsesión por ser como todos y por tener lo que poseen los demás”.

Debemos reaccionar y recordar que el Evangelio habla del grano de trigo: nuestra vida es como el grano de trigo que muere para no quedar infecundo, es levadura que transforma de un modo imperceptible una masa. Vida pequeña, pequeños gestos, vida normal, pero levadura, semilla, que ha de crecer.

Si hemos encontrado y conocido el Amor de Dios, somos capaces de cercanía y ternura; podemos interesarnos por cada persona y sus problemas y ofrecer escucha y atención a sus preguntas, solicitud y cariño para sus heridas y necesidades… podemos “adivinar, ver y tocar la carne del hermano” (Papa Francisco).

Necesitamos, por tanto, abundancia de esperanza, una esperanza que Dios nos la concederá si la pedimos habitualmente; una esperanza que nos hará cristianos alegres, no cristianos con permanente “cara de funeral” o de “Cuaresma sin Pascua”, como humorísticamente denuncia el Papa.

¿Y dónde queda la eficacia?

En realidad, un cristiano si es coherente no debe preocuparse demasiado por la eficacia pues su preocupación auténtica debe ser cumplir la voluntad de Dios. Ello significa, dicho de otro modo, que el cristiano laico sabe que su vida y la vida de sus seres queridos y, en suma, la historia del mundo está siempre en las manos de Dios. En definitiva, confía en Dios, cree en su Providencia.

Esta actitud no es pasividad ni conformismo, sino saber encuadrar adecuadamente la propia acción en las coordenadas de Dios. Todos deberíamos hacer nuestras las convicciones de un hombre público egregio, que hizo de la política un camino de santidad: “Somos todos instrumentos, muy imperfectos, de una Providencia que se sirve de ellos para dar cumplimiento a grandes designios que nos superan”. Lo decía Robert Schuman, el hombre que en 1950, con un gesto revolucionario, selló la reconciliación de Francia y Alemania poniendo las bases de la unificación europea.

San Ignacio de Loyola ha encarnado una espiritualidad de la acción. A través de la propia misión recibida de Dios (lo primero y básico siempre es buscar y hallar la voluntad de Dios en la propia vida), el cristiano laico encuentra su camino particular para llegar a Dios. La oración más importante es la oración de la propia vida. Contemplación en la acción es el lema de esta espiritualidad que propone que todo depende del hombre, de su deseo y determinación de cumplir con perfección la voluntad de Dios, pero que, al mismo tiempo, postula el abandono y la confianza audaz, porque todo depende de Dios y su voluntad salvadora.

En la visita que el 23 junio de este año, el recién nombrado Presidente de la Conferencia Episcopal Española, Mons. Ricardo Blázquez, hizo al Papa Francisco, éste le sugirió revitalizar a la Iglesia española poniéndola en estado de misión permanente, mediante la transmisión de “la alegría del Evangelio, siempre con vigor renovado y particular afán misionero”.

No balconeen la vida. La llamada del Papa es clara. Queda su encarnación en nuestro día a día llevando su mensaje a la calle, “lejos del balcón”.

María Gaetana Agnesi

Por Jesús Amado

El 16 de mayo del 2014 el buscador Google presentó en su cabecera la imagen de una matemática italiana, María Gaetana Agnesi. Se cumplía en ese día los 296 años del nacimiento de esa admirable mujer.

Tal y como era de esperar, desde el mismo momento en que se ha conocido que se le rendía homenaje, en las redes sociales han sido muchos los comentarios preguntando sobre todo su pasado y qué hizo a lo largo de toda su vida. Televisión y prensa de ese día dedicaron espacio más o menos amplio a la faceta científica de esta mujer (ha pasado a la historia como la primera autora de un texto sobre matemáticas), pero pocos nos hablaron de su vivencia religiosa. Justo es, pues, que consideremos también esta faceta como parte sustancial de su biografía.

Como indicábamos, su obra más importante, Instituciones Analíticas, fue publicada en Milán en 1748. De inmediato fue traducida a varios idiomas y utilizada para aprender Matemáticas durante más de cincuenta años en muchos países de Europa. Al final de su vida era famosa en toda Europa como una de las mujeres de ciencia más capaces del siglo XVIII. Un cráter de Venus lleva su nombre en su honor. En la Biblioteca Ambrosiana de Milán se guardan sus obras inéditas que ocupan veinticinco volúmenes.

María Gaetana Agnesi nació en Milán el 16 de mayo de 1718, hija primogénita de don Pietro Agnesi Mariami y de Anna Brivio. Fue una niña precoz y dotada, que con cinco años hablaba francés, y con nueve, conocía siete lenguas: italiano, latín, francés, griego, hebreo, alemán y español, por lo que recibió el apelativo de “Oráculo de siete idiomas”. A esa edad estuvo durante una hora, ante una asamblea culta hablando en latín sobre el derecho de la mujer a estudiar ciencias y sobre cómo las artes liberales no eran contrarias al sexo femenino.

D. Pietro se propuso dar a sus hijos la mejor educación, incluyendo una formación científica. Pudo proporcionarles tutores de la más alta cualificación. No es de extrañar, pues, que le gustase mostrar el talento de su hija María en las reuniones que periódicamente organizaba en los salones de su Palacio Agnesi. Eran auténticas tertulias científicas a las cuales asistían eruditos e intelectuales italianos y aun extranjeros, para oír las disertaciones de María sobre temas filosóficos, científicos y matemáticos.

En 1738, con 20 años de edad, María publicó el libro Proposiciones Filosóficas. colección completa de 190 trabajos sobre lógica, mecánica, hidráulica, elasticidad, química, botánica, zoología, mineralogía, astronomía, filosofía, la mecánica celeste y la teoría newtoniana de la gravitación universal.

María nunca se casó. En 1739, a los 21 años, quiso entrar en un convento. No lo hizo ante la oposición de su padre, pero finalmente llegaron a un acuerdo. Ella continuaría con sus estudios y publicaciones, pero D. Pietro le eximiría de asistencia a bailes, espectáculos teatrales y otras diversiones mundanas. Más aún, respetaría el género de vida que deseaba realizar en favor de los más necesitados.

Comienza así un período de su vida en el que supo compaginar admirablemente la actividad intelectual con la vida activa en obras de caridad. Solicitó ser admitida a trabajar como voluntaria en el Hospicio Mayor de Milán, para atender al cuidado de mujeres pobres y enfermas.

Cada día asistía a Misa en la iglesia de San Antonio. Dos veces por semana confesaba y recibía la Comunión. Gran parte del día lo pasaba en el citado Hospicio ayudando material y espiritualmente a las mujeres enfermas más necesitadas. Y en ocasiones habilitaba salas de su propia vivienda-palacio como enfermería. Como esto iba siendo cada vez más frecuente, su padre tuvo que limitarle en el número de enfermos que podían ser atendidos en su Palacio Agnesi.

Junto con la progresión en sus conocimientos matemáticos, María dedicó también estos años a profundizar en los estudios teológicos (tradicionalmente abordados solo por clérigos) así como en lecturas bíblicas, de espiritualidad y de apologética. Y en una visión adelantada para su tiempo se dedicó simultáneamente, como laica, a tareas de catequesis, enseñanza y atención a pobres y enfermos.

Entró a formar parte también de una asociación laica: la Congregación de las Escuelas de la Doctrina Cristiana, dedicada a la instrucción de niños y niñas de escasos recursos. Fue fundada en Milán en 1536, y muy favorecida por el santo obispo Carlos Borromeo, entonces arzobispo de Milán. Hacia 1600, y solo en la ciudad de Milán, esta Congregación atendía a 7.000 niños y 5.750 niñas en sus 120 escuelas vinculadas a las diferentes parroquias de la ciudad.

Y a lo largo de diez años, junto a esas actividades en favor de los más necesitados, María siguió estudiando y profundizando en sus estudios matemáticos a fin de publicar un texto que pusiera al alcance de la juventud italiana los conocimientos de la época sobre algebra y geometría analítica, así como las nuevas técnicas de cálculo diferencial e integral.

María, con el dinero de su padre, dirigió la impresión del libro en su propia casa, para poder supervisar íntegramente la operación. El primer volumen del Instituzioni Analitiche fue publicado en 1748. El segundo volumen fue publicado al año siguiente. La acogida fue espectacular. La obra constituía un total de mil páginas.

En otoño de 1750, tras conocer su libro, el Papa Benedicto XIV le dio el nombramiento para ocupar la cátedra de Matemáticas Superiores y Filosofía Natural de la Universidad de Bolonia (Bolonia pertenecía en esa época a los Estados Pontificios). El Papa escribió a María Agnesi el 2 de septiembre de 1750: “En tiempos pasados Bolonia ha tenido en puestos públicos a personas de vuestro sexo. Nos parece adecuado continuar con esa honorable tradición”. “Hemos decidido que se le adjudique la bien conocida cátedra de Matemáticas...” María, no obstante, declinó ese honor, pues sus intereses los quería centrar definitivamente en la atención a los más necesitados de entre sus conciudadanos. No obstante aceptó ser nombrada miembro de la Academia de Ciencias de Bolonia.

El informe de una comisión de la Academia de Ciencias de París comentaba lo siguiente acerca de su libro: “Esta obra se caracteriza por una cuidadosa organización, su claridad y su precisión. No existe ningún libro, en ninguna otra lengua, que permita al lector penetrar tan profundamente, o tan rápidamente en los conceptos fundamentales del Análisis. Consideramos este Tratado como la obra más completa y la mejor escrita en su género”. De dicha comisión, que decidió la traducción y la publicación de esa obra al francés, formaba parte el insigne matemático Jean le Rond D’Alembert. Fue traducida a varios idiomas, y utilizada como manual en las universidades de distintos países, siendo, incluso cincuenta años más tarde, el texto matemático más completo.

A la muerte de su padre, en abril de 1752, María puso en venta su biblioteca particular (400 libros), renunció a todos sus derechos patrimoniales (era la primogénita) en favor de sus hermanos y redactó su testamento haciendo donación de todos sus bienes a obras de caridad. Tan solo les pidió una pequeña pensión mensual para su mantenimiento.

Y desde aquel momento solo vivió para la asistencia y educación de huérfanos, prostitutas, enfermos y ancianos. Hasta 1760 les atendió en un ala de su palacio, y a partir de ese año pasó a vivir a una modesta vivienda en la parroquia de San Calimero, continuando allí su labor caritativa. Y desde 1771 asumió la dirección del Hospicio Trivulzio, en el que vivió acompañando a los allí acogidos hasta su muerte, acaecida el 9 de enero de 1799, a sus 81 años de edad.

Visiones y misiones del estudiante de Teología Tomás Morales SJ (II)

Por Javier del Hoyo

Si en el anterior número hablábamos del jesuita Tomás Morales, aún no sacerdote, como redactor de artículos litúrgicos para la revista Estrella del mar, órgano oficial de la Confederación Nacional de Congregaciones Marianas españolas, en este nos vamos a centrar en cuatro largas colaboraciones que sirvieron como introducción o presentación de los cuatro evangelios.

Es interesante comprobar que estos cuatro artículos los firmó todos con pseudónimo. En esa época no era algo excepcional, la autoría de varias columnas de la revista quedaba camuflada bajo una tapadera. Así, hay colaboraciones habituales que se deben a Amicus, Sincerissimus, Don Criterio, El ratoncito Pérez, Aristarco, Imperator, El abuelo o Uno de la calle. Sin embargo Tomás Morales, estudiante de segundo de teología en Granada, para maquillar su identidad no optó por un apodo irreal, sino por un nombre y apellidos reconocibles, que pudieran identificar a una persona concreta y no dieran la impresión a primera vista de un autor escondido. De esa forma, mientras de cualquiera de los otros pseudónimos alguien podría indagar sobre su verdadero autor, de estos que él eligió nadie se preguntaría quién estaba bajo aquel nombre. Otra peculiaridad es que no utilizó sólo uno, como las columnas o secciones ya mencionadas, con su autor fijo, sino hasta cuatro distintos. Ahora bien, ¿por qué ocultar su verdadera personalidad? No lo sabemos, quizás porque pensaba escribir algunos artículos litúrgicos, y no quería que apareciesen en la misma revista bajo el mismo nombre.

¿Cómo sabemos que son realmente suyos? Lo primero, porque el estilo, la redacción y el léxico son completamente Morales, con independencia del nombre que aparece en la firma. Frases cortas, en presente histórico, un orden sintáctico muy personal, en estilo dialógico dirigiéndose al lector, con juegos de palabras en quiasmo: “tal es el Cristo de San Lucas: sencillez sublime, sublimidad sencilla”. Con un orden más anglosajón que latino, ya que la primera lengua en la que redactó de niño fue el alemán, primera lengua en la que se asomó a las artes y las ciencias, antes que el español, desde que a los seis años fuera al Colegio Alemán de Madrid a estudiar. Son también características sus referencias al arte, como hará luego en sus meditaciones y escritos. En tres de ellos, además, hay recogidas notas manuscritas suyas de ampliación del texto.

Estos cuatro artículos los publica por el orden canónico de los mismos. “El Cristo de San Mateo”, firmado por Miguel Miguélez, se publica el 25 de enero de 1941, en el primer número de la tercera época de la revista, lo que quiere decir que lo había previsto con tiempo. Y nos preguntamos si estos artículos se los encargan o surge de él mismo colaborar con la redacción de la revista. Es muy posible que algunos profesores de Granada alentaran a los alumnos de teología para que se ofrecieran a escribir sobre algún tema concreto, y él tomara nota de ello. “El Cristo de San Marcos”, publicado el 25 de marzo de 1941, lo firma como Gonzalo González; y “El Cristo de San Lucas”, el 10 de junio, es firmado de nuevo por Gonzalo González. Casi un año más tarde, “El Cristo de San Juan”, bajo el nombre de Pedro Pérez, sale a la luz el 1 de marzo de 1942. ¿De dónde proceden estos nombres? Gonzalo era el nombre de uno de sus hermanos, al que buscó su patronímico correspondiente. Pérez era su segundo apellido, y le buscó el nombre del que procede, Pedro. En el caso de Miguel Miguélez se nos escapa la elección. 

No hay cuatro evangelios, sino cuatro libros de un mismo evangelio

Con esta cita de san Agustín comienza su primera colaboración: “no hay cuatro evangelios, sino cuatro libros de un mismo evangelio”. En cada una nos da una visión sintética de la especificidad de cada evangelio respecto a los demás. Así de Mateo destaca el ambiente judío que envuelve su narración y la pintura que hace de Cristo. En el de san Marcos destaca cómo el Cristo que dibuja es el Cristo de San Pedro; un Cristo romano, un Cristo detallista y dinámico. En el de san Lucas resalta la figura del Cristo universalista: “contiene una virtud divina para la salud de todo creyente, del judío primero, del gentil después”; un Cristo histórico, y se detiene en aquellos pasajes que son corroborados por la historia; y hace un recorrido por las parábolas y contenidos que llevan a denominarlo “el evangelio de la Misericordia infinita”. “San Lucas nos ofrece un Cristo compasivo que se inclina ante el dolor, que abraza al hijo pródigo, que reintegra al redil la oveja perdida, que derrocha delicadezas de amor con samaritanos, centuriones, publicanos, pecadoras… Un Cristo que, en la hora trágica de la agonía, despliega sus divinos labios implorando perdón para los que le crucifican”.

¿A quiénes iban dirigidos estos artículos? Siendo la revista el órgano de las Congregaciones Marianas, los destinatarios eran los congregantes marianos. La revista, que se completaba con pequeños noticiarios mucho más livianos de contenido, tenía estos artículos —profundos en el contenido y atractivos en cuanto a la forma—, como los artículos de fondo, de formación de los congregantes. Resultaron ser las colaboraciones de mayor contenido de cada número correspondiente, colaboraciones que en pleno 1941 están exentas de referencias patrióticas y exaltaciones propias del momento, presentes en toda la revista.

Cada colaboración, sin ser un trabajo de investigación, es una puesta al día de los conocimientos que se tenían en su momento de cada uno de los evangelistas. Forman parte quizás de trabajos académicos exigidos en la asignatura de Introducción a la Sagrada Escritura, que los teólogos tenían que estudiar. En las notas a pie de página aparecen citas de santos padres y títulos en alemán, idioma puntero en la teología del momento, que él leía perfectamente, y muchos latines. Terminados los primeros artículos debió de caer en sus manos la obra El cristianismo y los tiempos presentes, de Mons. Bougand, obra en cuatro volúmenes publicada en Barcelona en 1927; libro que no era reciente ya que era traducción de la novena edición francesa. En efecto, si en la introducción a los sinópticos añade de su puño y letra referencias al vol. II de esta obra, en el de San Juan van ya integradas en el trabajo.

Otra característica, propia también de la teología de su tiempo, es la refutación de las teorías racionalistas, a las que alude varias veces, con Harnack a la cabeza.

Además del encuadre histórico, son interesantes las referencias al arte, esa rama de las humanidades que tanto le gustaba. Los tres sinópticos los termina con un interesante apartado titulado “la pintura de Cristo” referida al colorido y a las particularidades que cada uno de ellos hace de Cristo en su descripción. Así introduce este párrafo en uno de ellos:

“El Cristo de San Lucas es el que acertó a expresar el pincel de Rubens en un cuadro que guarda la pinacoteca de Munich. La figura de nuestro Señor, rebosando bondad y amor, aparece rodeada de cuatro pecadores. De sus ojos divinos parte una mirada de inefable ternura. Se detiene primero en María Magdalena tendida a sus pies, para posarse luego en San Pedro, quien con los ojos enrojecidos por el continuo llanto, mira confiadamente al Maestro. Y después de contemplar a San Mateo, que no sabe cómo expresar al Señor su agradecimiento, la mirada del Salvador se deja caer insinuante sobre el Buen Ladrón, radiante ya con la esperanza del reino que se le promete... El maestro flamenco logró imprimir a la encantadora escena un profundo sentimiento religioso que en vano buscaríamos en otras de sus producciones”. Son meditaciones personales a partir del arte que conocía. La pinacoteca de Munich la había visitado en vísperas de la declaración de la II Guerra Mundial, que le cogió saliendo en tren de Alemania hacia Francia.

Casi un año más tarde, estudiando tercero de teología, y muy próximo ya a su ordenación sacerdotal, que se llevaría a cabo dos meses después (13-V-1942) nos brinda su visión del evangelio de san Juan. “San Mateo había escrito para los judíos; Marcos, para los romanos; Lucas, para los griegos: uno con la fantasía oriental, otro con la sobriedad latina, el tercero con la elegancia helénica. El ciclo parecía completo. La imagen radiante del Cristo pletórico de gracia y de verdad, plenum gratiae et veritatis, había iluminado sucesivamente las tres grandes familias del mundo. Por un instante pudo creerse que Lucas cerraría el cortejo triunfal de los evangelistas […] Los últimos resplandores del sol bañaban ya con luz mortecina la superficie de la tierra. En el atardecer del siglo sólo se destacaba una silueta de apóstol: Juan, hijo del Zebedeo. El discípulo amado tocaba también a su ocaso. Contaba ya cien años y sus últimos días se extinguían con los últimos resplandores de la primera centuria […]”.

Sirvan estas líneas de mera presentación de estos artículos. Esperamos poder editar, leer y disfrutar de estas colaboraciones en un futuro no muy lejano.

La alegría de anunciar el Evangelio

Por Abilio de Gregorio

El tema de portada planteado por el flamante director de Estar para este número me da ocasión de seguir reflexionando acerca de las estrategias de evangelización de los jóvenes (y adultos) en la hora presente, tema del número anterior.

He repasado mentalmente el crecido número de agentes de evangelización (sacerdotes, consagrados, educadores, etc.), que he tenido oportunidad de ir conociendo a lo largo del tiempo y, en un amago de análisis dimensional casero, me he seguido preguntando: ¿qué tienen los evangelizadores que logran hacer llegar el Mensaje hasta los jóvenes, que no tienen los que terminan fracasando en el intento?

He conocido educadores con pocas luces; otros, sosos, de desaliñada oratoria y torpe comunicación. Y sin embargo los jóvenes buscaban su ayuda y se confiaban a su dirección. He conocido deslumbrantes organizadores, imaginativos dinamizadores, infatigables “correcaminos” que, al paso del tiempo, se sienten desterrados en su infertilidad y, desilusionados, descargando su frustración contra la perversión de los tiempos presentes. ¿Qué les distingue a unos de otros?

Sin pretender elevar mi observación a principio concluyente, creo advertir que el buen evangelizador se nos suele mostrar siempre como alguien contento de ser lo que es, de hacer lo que hace y de estar donde está. Sacerdote, laico, educador, consagrado, en sus relaciones manifiesta una plenitud de vida, un contento, una sensación de vida lograda que aun en el silencio de la doctrina, se convierte en mensaje de fondo de largo alcance.

Está contento de ser lo que es (sacerdote, consagrado, educador de jóvenes, etc.), y ello produce espontáneamente un clima a su alrededor que hace apetecible y confortable su presencia: se está a gusto en su compañía. Quizás estemos ante lo que Bandura denominaba el “autorrefuerzo vicario” por el cual se percibe en otro, con quien se siente bien, hasta qué punto puede ser gratificante o puede proporcionar plenitud la condición que testifica.

La decadencia en la acción educadora en general y evangelizadora especialmente, obsérvese que casi siempre va acompañada de una deflación en la autoestima de la propia condición del educador. Ser lo que se es se ha ido convirtiendo en una rutina que se sobrelleva, cuando no, en una vergonzante piedrecilla en el zapato que incomoda y dificulta la marcha del evangelizador. Y esto, de una manera u otra, pronto lo perciben los demás que no estarán dispuestos a acompañar un ritmo renqueante.

Por eso cuando se está contento de ser lo que se es, se suele estar contento de hacer lo que se hace y de estar donde se está.

Conviene, sin embargo, no olvidar que “contento” es un participio del verbo contener. Por lo tanto, donde no hay contento, hay vacío. No nos equivoquemos: el contento del evangelizador no puede ser una pose, una extraversión estratégica, un simple talante prosocial. ¿Qué o Quién tiene la capacidad de llenar, de dar plenitud al ser lo que se es, de hacer lo que hace, de estar donde está del evangelizador?

El Papa Francisco nos lo apuntó en Evangelii gaudium: “Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien”.

Y el Abelardo sencillo, el de las manos vacías, es un testimonio de contento contagioso por ser lo que es, por hacer lo que hace, por estar donde está. Por eso los chavales hacían cola para acercarse a él. Por eso, mirándolo, algunos jóvenes encontraron el camino de su vocación.

Valores humanos y formación del carácter

Por Andrés Jiménez

Hace algo más de una década que la llamada “formación del carácter” ocupa el primer lugar en el horizonte educativo de las universidades y de los planes escolares de estudios en los países anglosajones, con EEUU a la cabeza. Los analistas reconocen que la clave más decisiva para transformar la realidad y mejorarla es educar personas valiosas y competentes.

En el fondo se trata de una idea clásica que se resiste a ser olvidada. José Antonio Marina, por ejemplo, describe la formación del carácter como el desarrollo de un conjunto de recursos personales que deben desarrollarse para ser capaces de elegir bien el propio proyecto vital, ser felices y buenas personas. Según este enfoque se integran en un mismo proyecto, la aspiración al bien y la belleza, el afán de conocimiento, la comunicación, la honestidad y la eficacia.

El desarrollo pleno de la personalidad se construye sobre dimensiones “sólidas”, sobre fortalezas que capacitan a una persona para aportar calidad humana al mundo a través de sus juicios y percepciones, de su actividad y de sus relaciones. Estas fortalezas son en última instancia hábitos y actitudes que, como afirma Marina, una persona debe adquirir y desarrollar para “ejercer bien su oficio de vivir”.

En su sentido ético más profundo, los ‘valores humanos’, así entendidos, son cualidades que configuran la urdimbre psicológico-moral de la personalidad humana y aportan una orientación fundamental para la vida.

Algunos de estos valores o fortalezas son propiamente de índole ‘intelectual’, y otros de índole más bien ‘moral’. Por ejemplo, el pensamiento crítico es un hábito ‘intelectual’, y también lo es la capacidad de razonar bien, de inventar y de atender a los argumentos de otro. Los hábitos ‘morales’ son los que permiten un comportamiento excelente: la tenacidad, la conciencia moral, la facultad de deliberar y de elegir, el razonamiento moral, la valentía, la capacidad de resistir el esfuerzo y de aplazar la recompensa, etc. Pues bien, el conjunto de estos hábitos configuran un carácter valioso.

No es una moda pasajera

Estos valores, fortalezas y actitudes éticas no son un barniz decorativo, algo así como un condimento “políticamente correcto” de la actividad humana productiva. Muy al contrario, son una parte de la personalidad —y por lo tanto de la educación— llamada a persistir siempre, incluso en una sociedad pragmática como la nuestra.

Más allá de lo que pudiera parecer una moda pasajera o coyuntural, tras algunas de las tendencias culturales del momento se advierte la necesidad de fomentar hábitos o valores humanos, reconocidos como la columna vertebral de personalidades creativas, sociables, íntegras y abiertas. Y así, aun cuando son las tecnologías las que parecen llevarnos a un nuevo paradigma social, económico y cultural globalizado, no podemos olvidar que quien innova no son las tecnologías, innovan las personas. La ciencia o la tecnología son en realidad hábitos de la mente, destrezas humanas, formas de conocimiento y de actuación cuyo sujeto son seres racionales, personas humanas. La tecnología es un saber hacer, una forma ordenada de aplicar determinados medios para obtener ciertos logros. Hablamos, en suma, de pensamiento. En sentido propio, no son las tecnologías las que nos están cambiando la vida, sino quienes las han ideado y los que las utilizan.

Emprendimiento: una demanda de valores

Otro de los puntos álgidos del panorama educativo actual es la necesidad de educar para el emprendimiento, y, ciertamente, pocos dudan del componente educativo del espíritu emprendedor. De hecho, está prevista la inclusión de una asignatura en el currículo español, en 4o curso de la ESO, titulada “Iniciación a la Actividad Emprendedora y Empresarial”.

Aunque a veces se plantea este asunto desde un enfoque predominantemente economicista, con el riesgo consiguiente de caer en algún que otro reduccionismo, puede también orientarse hacia competencias educativas clave tales como la autonomía, la responsabilidad y la iniciativa personal, en el marco de una equilibrada e integradora visión de la personalidad y de las relaciones humanas.

La iniciativa y el espíritu emprendedor son en el fondo un conjunto de competencias que incluyen cualidades personales, habilidades y destrezas sociales, de planificación y gestión necesarias para actuar de forma autónoma, responsable y creativa. Implican una fácil disposición para innovar, transformar las ideas en actos y suscitar colaboración.

Desde hace algún tiempo, frente al cultivo de determinadas habilidades o competencias específicas (Hard Skills, habilidades “duras”), se habla de competencias o habilidades transversales, o también “blandas” (Soft Skills), que se consideran propias de una buena disposición para ejercer el liderazgo, la facilidad de comunicación, el pensamiento crítico, la capacidad de adaptación al cambio y de resolver problemas… En el fondo muchas de ellas, si no todas, tienen que ver con el desarrollo de una personalidad rica, equilibrada y madura.

Se trata en el fondo de actitudes, valores humanos y hábitos que han de estar presentes desde edades tempranas en todas las áreas curriculares, en el comportamiento general en el centro educativo y en las actuaciones de la vida familiar cotidiana.

Por otra parte, el cultivo de estas competencias no está reñido con los aspectos éticos del emprendimiento; muy al contrario, los incluye necesariamente. René Diekstra, profesor de Psicología en Roosevelt Academy, Universidad de Utrecht, cuenta la siguiente anécdota (*):

“Hace unos dos años visité a Derek Bok, antiguo rector de Harvard. Cuando nos encontramos, estaba muy estresado y casi deprimido. Le pregunté: «Derek, ¿qué ha ocurrido? » Y me dijo: «Lo que ocurre es que anoche estaba viendo la tele y estaban poniendo una comisión de investigación del senado y estaba allí Blankfein, el consejero delegado de Goldman Sachs, y el presidente de la comisión del senado le preguntó: “¿Sabía que su empresa vendió hipotecas basura por 800 millones de dólares a un banco holandés? ¿Era consciente de que les vendía basura?”

Y Blankfein dijo: “Señor presidente, no es ilegal”. Y le dijo: “Esa no es mi pregunta. ¿Cree que lo que hizo es moralmente aceptable?”. Y le dijo: “Señor presidente, no era ilegal”.

Entonces el presidente cogió dos correos electrónicos y dijo: “Uno de sus propios trabajadores le escribió a otro que usted los había felicitado por vender esas hipotecas basura”».

Y Derek Bok, el antiguo rector de Harvard, dijo: «Lo que me entristece tanto es que, cuando Blankfein se enfadó, comentó que se había licenciado en la Facultad de Derecho de Harvard. En Harvard hicimos algo mal si personas así son el producto de nuestra educación». Y creo que eso lo dice todo”.

¿Fresas o lombrices?

Por Antonio Rojas

Los hombres sólo pueden tratar entre sí de dos formas: 
Fuerza o Persuasión.
Aquellos que saben que no pueden ganar utilizando la lógica,
siempre han acabado por recurrir a las armas.
—Ayn Rand—

Hablaba yo con un amigo, granjero él, de lo ilógica que resulta, a veces, nuestra postura a la hora de convencer a otros para que compartan nuestros valores. Recuerdo que le comenté mi experiencia pesquera.

—A mí, Fran, me encantan las fresas con nata; pero por alguna razón misteriosa, los peces prefieren las lombrices; por eso, cuando voy de pesca no pienso en lo que me gusta a mí, sino en lo que prefieren los peces, no cebo el anzuelo con fresas sino con lombrices. Lógico ¿no?

—Evidente.

—¿Por qué, pues, no proceder con igual sentido común cuando de “pescar” hombres se trata?

Entonces, Fran, me mira fijamente y me dice:

—Hace unos días, en mi granja, mi hijo y yo quisimos meter un ternerillo en el establo. Mi hijo tiraba de la soga y yo empujaba al ternero que, estirando las patas, se negaba empecinadamente a salir del prado.

Mi hija pequeña nos observó un rato, luego cogió hierba del prado y se la acercó al hocico del ternero. Éste aflojó las patas y comió de lo que le daba mi hija. Esther, así se llama, fue dando pasos hacia el establo y siguió mostrando la hierba al ternero. El animalito la siguió y entró mansamente en el establo.

Si queremos hacer el bien a los que nos rodean, tenemos que aprender a poner en el anzuelo el cebo necesario para satisfacer al pez.

Decía Blaise Pascal, que el arte de persuadir consiste tanto en el de agradar como en el de convencer; ya que los hombres se gobiernan más por el capricho que por la razón.

Lo práctico es apoyarnos en el capricho para llegar a la razón; por eso, antes de hablar deberíamos hacernos una pregunta: ¿Cómo puedo lograr que otros quieran lo que yo quiero? Esta sola pregunta impedirá que nos lancemos impetuosamente a hablar inútilmente de nuestros deseos, en lugar de entrar en los campos de intereses de los demás.

Nuestras acciones deben estar orientadas al beneficio de nuestro interlocutor.  Para ello es crucial enfocar nuestros misiles verbales a sus necesidades; demostrarle con nuestras palabras nuestra total intención de ayudar a que encuentre las razones que le harán más feliz.

Es una pena que devaluemos la fuerza y belleza de la virtud por usar un envoltorio inadecuado; por eso, antes de lanzarnos a la acción, sería muy apropiado preguntarnos: ¿Qué debo utilizar para entusiasmar con el bien? ¿Fresas o lombrices?

Perdidos en el mar

Contado por Ángel Gómez

Pablo era un niño pequeño, miembro de una familia de pescadores de una aldea a la margen derecha del Amazonas. Le encantaba salir a pescar con su padre y hermanos mayores. Su padre, a veces, le dejaba salir a pescar.

Pablo ya es un anciano, rodeado de nietos, en la misma aldea donde nació. Tiene una excelente memoria y nos recuerda lo que le pasó a él y a sus dos hermanos mayores cuando salieron a pescar. Una semana antes de este suceso había recibido el sacramento de la Comunión en una visita que había realizado el Sr. Obispo entre estas aldeas perdidas en el curso del río Amazonas.

—En esta ocasión mi padre estaba enfermo y no pudo salir a pescar. Recuerdo que nos aconsejó todo lo que teníamos que tener en cuenta en el caso de que hubiera alguna dificultad.

—Cuando ya habíamos remontado río arriba, se desató una tormenta que descargó grandes trombas de agua, además de los relámpagos y truenos que retumbaban con su eco ensordecedor en el bosque gigantesco de las dos orillas.

—Luchamos por acercarnos a la orilla. Todo esfuerzo fue inútil, nos envolvía la oscuridad. La noche era interminable, no dejaba de llover y el fuerte viento nos arrastraba. La poca comida que llevábamos había desaparecido entre las profundas aguas.

—Pasamos toda la noche flotando sin control arrastrados por la corriente. Llegó el amanecer y no sabíamos dónde nos encontrábamos. Nos vimos a la deriva en medio del mar.

—Y así pasamos dos días a la deriva, en medio del mar. A punto de quedarnos deshidratados sin agua y sin comida… la esperanza empezó a flaquear. Uno de mis hermanos con cara de tristeza dijo en voz alta lo que todos pensábamos: ¡nos estamos muriendo de sed!

—Pero, por mi parte, a pesar de la tristeza, del hambre y la sed me brotaba del interior una fuerza de esperanza. Y me acordé de un día de catequesis que se lo dedicamos a la Virgen María. Además hacía solamente 15 días que había recibido la primera comunión. Sentía una fuerza especial y trataba de infundirla a mis hermanos mayores.

—Vamos a rezar a nuestra patrona—, les dije: a la Virgen del Carmen. Ya veréis cómo encontramos alguna solución.

—Pasadas unas horas divisamos a lo lejos un barco muy grande. Le hicimos señales con la ropa que nos quedaba y… al cabo de un tiempo llegaron unos marineros en un bote para recogernos.

—¡Dadnos agua para beber, que nos morimos de sed, que nos morimos de sed!

—No os preocupéis—. Todavía el agua en la que navegamos es agua dulce del río Amazonas. ¡Ánimo, bebed sin miedo! ¡No os muráis de sed, teniendo tan cerca el agua!

—Yo Pablo, ya anciano, me hago esta reflexión:

Hay muchos niños que hacen la primera comunión y no vuelven a comulgar hasta años más tarde. Y puede suceder lo que nos sucedió a los tres hermanos perdidos en el mar. ¡Morirnos de hambre y sed teniendo tan cerca el agua!

La maternidad divina de María (I)

POR TOMÁS MORALES, S.J.(Extraído de Estrella del mar, 10-X-1941)

Concepción Inmaculada, gozosa Natividad preñada de esperanzas de redención, misteriosa Anunciación aurora de su reconquista, Asunción gloriosa, Coronación triunfante... ¡Insondables misterios de la vida de María! Plenitud de gracia, pureza virginal, humildad profunda son las prerrogativas inefables de nuestra Madre bendita. Misterios y prerrogativas centellean luminosos, bañando en su refulgente luz al alma que tiene la dicha de contemplarlos. Su luminosidad se amortigua, sin embargo, ante el privilegio insigne de su divina maternidad, como al suave contacto de la radiante luz de un amanecer se eclipsa el fulgor de los luceros que ardían en la noche.

Y es que esa maternidad es la razón de ser de tantas maravillas de naturaleza, de gracia y de gloria que Dios quiso imprimir, con profusión inusitada, en la que destinaba a ser Madre del Verbo encarnado. Como preparación o como consecuencia, todas giran alrededor de su egregia condición de Madre de Dios. Esa maternidad es, pues, clave de tan excelsas prerrogativas. Quia Mater Dei effecta est, exclamaba San Sofronio de Jerusalén al alborear el siglo VII. Privilegios, gracias, excelencias: ahí tenéis, en frase atrevida de San Pedro Crisólogo, el precio exigido por María al dar su consentimiento al mensaje angélico, al brindar hospedaje en sus entrañas al Hijo de Dios.
  
La maternidad divina explica, por tanto, todo; sin ella apenas se com­prenden esas filigranas de amor que el artista divino imprimió en su alma privilegiada. Sin ella carece de sentido aquel grito jubiloso que oyó un día Santa Isabel: Quia fecit mihi magna qui potens est. Toda la Mariología fluye, naturalmente, de este dogma central, con la misma espontaneidad con que el río desliza raudo sus aguas por el cauce hasta entregarlas al mar. Omnia flumina intrant in mare et mare non redundat, se lee en el Eclesiastés. Y la Iglesia, bajo la égida del Espíritu Santo, apli­ca la frase a María: Los caudalosos ríos de sus portentosos privilegios desembocan, sin desbordarlo, en el océano inmenso de su divina maternidad.

Si queréis, pues, compendiar en una alabanza todas sus augustas grandezas, saludadla como Madre de Dios. No pidáis inútilmente al Evangelio una enumeración detallada de ellas. Al decirnos Maria, de qua natus est Ihesus, nos lo ha dicho todo. “Todo lo que de ella deseáis saber —os dirá Santo Tomás de Villanueva— está contenido en esa frase”. Esa es toda su historia: historia larga y fecunda, haec longa et plenissima eius histo­ria est. El alma contemplativa, al sumergirse en la oración humilde y amorosa, logra rasgar el velo que oculta el profundo sentido de esta frase evangélica. A través de ella percibe la alteza de prerrogativas que adornan a la Madre, como a través del firmamento luminosamente salpi­cado de estrellas descubre la majestad de un Dios cuya gloria cantan los cielos.