domingo, 1 de junio de 2014

Cómo acompañar a un joven en una crisis de fe

Por Javier Segura

1.- CUANDO TODO SE DESMORONA

Acompaño a la familia de un joven de veinticinco años, que acaba de fallecer por un cáncer fulminante. Toda la familia sufre el golpe; su madre, mujer de fe, mujer fuerte, con entereza. Quizás quien más exteriorice el dolor sea la novia del joven. Llevaba un año saliendo con él, justo poco tiempo antes de que le diagnosticaran la enfermedad.

¿Por qué, si nosotros queríamos vivir juntos, nos obligan a separarnos?, —comenta la chica entre sollozos—. ¡Yo así no puedo creer!

El silencio se hace denso ante una pregunta sin fácil respuesta.

¿Y por qué os conocisteis en el momento en el que más falta le hacías?

¿Por qué os enamorasteis? —pregunta sinceramente un amigo—.

De nuevo el silencio, pues las preguntas más hondas, también las felices, no tienen nunca una respuesta evidente.

Hablar sobre las crisis de fe, sobre las preguntas más hondas del alma, es complejo. Primero porque en este tema tocamos los resortes más íntimos de nuestra vida, muchos de ellos ni siquiera conscientes para nosotros mismos; segundo porque cada persona, cada situación, cada historia es un mundo completamente distinto, e intentar ir con ‘recetas’ se estrella siempre con la realidad dolorosa; y en tercer lugar, porque este tema tiene muchas variables que hay que tener en cuenta (sociales, psicológicas, teológicas…) para hacer un análisis correcto, y por ello, quien se adentra en este tema no puede menos de tener la sensación de no abarcar, de abrir nuevos interrogantes, de presentar campos a explorar.

Y sin embargo, esta chica y tantos jóvenes, nos miran con ojos a veces vidriosos, a veces cansados, pidiéndonos una respuesta. Y no podemos volver la mirada a otro lado simplemente pensando “ya se le pasará”.

2.- UNA FIGURA POLIÉDRICA

Quizás lo primero en lo que tenemos que caer en la cuenta es que es un tema complejo, una figura poliédrica con diversas caras. Y es que nada más adentrarnos en el tema nos asaltan preguntas de lo más variado: ¿Es inevitable que los jóvenes pasen esa crisis de fe? ¿Sería preferible que no tuviesen una crisis? ¿Es que hemos fallado en la educación las familias cristianas al intentar transmitir la fe? ¿Cómo afecta la sociedad en la que vivimos a nuestra fe? En realidad, ¿qué es la fe? Vamos a intentar poner un poco de orden en estas preguntas.

2.1.- Antropológicamente

Quizás lo primero que haya que hacer es ‘desdramatizar’ y asumir con normalidad la situación de crisis en la vida de un joven. Sabemos que, aunque dolorosas, las crisis son parte del proceso de maduración, de crecimiento, de la persona. Crecemos en éste y en otros ámbitos de la vida (afectivo, intelectual, familiar…), haciendo crisis con la anterior etapa.

Como me decían en un ejemplo, los padres durante la niñez construyen la casa ideal para que su hijo viva. También en la fe, dándole lo que ha sido el sustento de su propia vida. Pero luego llega la adolescencia y el joven destroza y rompe la casa que le construyeron sus padres, porque quiere, necesita, construir su propia casa. ¿Para qué tanto trabajo, entonces, de padres y educadores? ¿Ha sido inútil? No, pues cuando ese joven se ponga a construir su nueva casa lo hará usando los materiales que quedaron por el suelo en el derribo de la casa que le habían hecho sus padres.

Para acompañar esta crisis de fe, hemos de ser conscientes de las etapas de maduración que van de la infancia a la juventud. Necesitamos saber que hay una maduración progresiva en el conocimiento de la realidad, que le llevará al adolescente a interrogarse por todo, a cuestionar personas e instituciones, pero que, afrontada correctamente, le llevará a descubrir una verdad que es más grande que nosotros mismos, y justo por ello, más verdadera, más cierta. Una verdad que abarca a toda la vida y que será el cimiento de su propia existencia en la casa nueva que debe construir.

2.2.- Teológicamente

En segundo lugar, hemos de tener en cuenta el objeto del que hablamos, la propia fe.

En este sentido hemos de tener claro que la fe no es creer una serie de conceptos (dogmas) o principios morales (mandamientos). No es algo, en primera instancia, intelectual. Como nos recordó Benedicto XVI, la fe no es otra cosa que el encuentro personal con Cristo, y los dogmas o la moral son una consecuencia de ese encuentro. El Papa Francisco también nos repite con insistencia esta idea fuerza en la evangelización. Pero, ¿cómo se puede dar ese encuentro?

En realidad, aunque hablamos de transmisión de la fe, hemos de tener claro que no podemos transmitirla automáticamente, porque no son unos conocimientos, ni siquiera una forma de vida. Los padres y educadores podemos facilitar los medios, pero al final la fe es ante todo un don, un regalo que se recibe, el misterio del encuentro de dos libertades.

En este sentido, ocurre que a veces esa crisis de fe es necesaria para romper con un concepto de fe solamente conceptual o moral, propio de una cultura occidental y de tradición cristiana, para dar lugar a la fe radicalmente evangélica, que ponga su centro en la relación personal con Dios.

2.3.- Sociológicamente

En tercer lugar no podemos obviar el entorno en el que vivimos, que afecta con fuerza a la experiencia religiosa de nuestros jóvenes.

Por un lado el materialismo, que va más allá del consumismo, que embota el alma y también, lógicamente, afecta. Es un materialismo conceptual, que nos impide ver lo espiritual como algo real: pasa a ser algo casi fantasmagórico, nebuloso, no del todo verdadero. Por supuesto, la fe, si admitimos ese presupuesto, es algo irreal.

Por otro lado nos afecta también el laicismo, que nos plantea una vivencia religiosa totalmente subjetiva, para vivir en el entorno personal, familiar como mucho. Y nunca en la vida pública, en la relación con los demás. Una fe así es inmanente, que no se hace vida social ni cultura. Y, como consecuencia genera una dicotomía en la vida, entre lo que creo y lo que vivo. Es una fe sin ninguna repercusión.

A ello hay que sumarle el relativismo, sin referencias claras de verdad y moral, en el que cada uno tiene sus propios criterios. Esto, claro está, deja desarmado al joven. Si nada es verdad, ¿qué puedo buscar? O en todo caso, como me decía un muchacho cuya familia había pasado por varias religiones, ¿cómo puedo estar seguro de la verdad y de llegar a encontrarla?

En fin, todo ello ha ido configurando un entorno que culturalmente ya no es cristiano. Y nuestros jóvenes, culturalmente tampoco lo son ya. Serán cristianos en sus vivencias; en su propia opción vital, quizás sean más y mejores cristianos que los hombres y mujeres de otras generaciones. Pero su cultura ya no lo es. Y ellos, en esa dimensión tampoco lo son.

A todo esto hay que añadir algunos rasgos de nuestra cultura que afectan a los jóvenes. Destacaría tres, con una especial incidencia en cómo viven su fe.

Primacía de la sensibilidad, que les hace vivir todo según lo sienten, centrado en sus afectos. Y que hace que su fe sea también una fe muy sentimental, de experiencias en las que se han sentido bien, han estado a gusto. Y por ello, muy endeble.

Cultura de lo inmediato, en la que todo se tiene a un clic, en la que no hay que esperar, en la que el factor tiempo no existe. Pero la fe no funciona así. Dios es todo menos manejable y automático.

Protegido socialmente, desarmado psicológicamente, incapaz de asumir el sufrimiento, la frustración. Algo que, de nuevo, choca con la verdadera fe y una auténtica visión de Dios. Pues Dios no es un ‘tapa agujeros’, un ‘soluciona problemas’, un ‘refugio afectivo’. Y cuando se vive así, pues simplemente, no funciona.

3.- LA VIDA EN JUEGO
3.1.- Cada persona, un mundo

Visto todo lo anterior, podría parecer que no se puede hacer nada, que por una parte la crisis es algo que el joven va a pasar, que es un requisito para purificar su fe, y que, en cualquier caso, la sociedad actual dificulta seriamente una vivencia religiosa profunda.

En realidad esto es solo una parte del cuadro general. Porque, si bien es difícil y no tenemos en nuestras manos la capacidad de influir en todos estos aspectos, también es cierto que podemos hacer un gran bien a los jóvenes a los que acompañamos, y que estas crisis de fe nos ofrecen la posibilidad de entrar en lo más real de la vida. ¡Es una oportunidad magnífica para entrar en lo que de verdad importa!

Porque —y esto hemos de tenerlo presente en todo momento— la fe no es una cuestión intelectual, (¿cómo es posible que Dios sea uno y tres a la vez?, ¿cómo puede estar Jesús en un trozo de pan?...) sino vital, que afecta a toda la persona, a los últimos fundamentos de su vida.

Es necesario conocer bien a la persona, con su historia y su forma de ser, sus miedos y sus heridas, sus expectativas y esperanzas, a qué dedica el tiempo libre, que le mueve a seguir vivo cada día. Porque uno se encuentra con Dios según su ser, y tiene las crisis, según sea su personalidad… o, a veces, por no tener en cuenta cómo es. No es lo mismo la forma de acercarse a Dios de un joven más sentimental que la de uno racional, de alguien activo a otro más reflexivo, de uno que haya sufrido heridas en la vida o tenga una inseguridad propia de haber vivido en un hogar desestructurado, a otro que afronte la vida con el bagaje que da una infancia estable.

3.2.- Experiencias que llevan a una crisis de fe

Una vez que conocemos a la persona y sus circunstancias, el segundo paso sería entender bien las causas de la crisis concreta que esté atravesando y que ha hecho que estalle el problema, pues será el punto de arranque, seguramente, en el diálogo. Suelen ser causas vitales, existenciales, que se suman a todo lo expuesto anteriormente.

Experiencias negativas, como la muerte de un ser querido, por ejemplo, o una enfermedad dolorosa, especialmente en jóvenes con una vivencia de fe fuerte. Recuerdo una alumna que, al enfermar una amiga suya y morir posteriormente, perdió completamente la fe pues comprobó que “Dios no la había escuchado” en su súplica por que curase a su amiga. El mal, el dolor, la injusticia que no tienen explicación, especialmente si nos tocan de cerca, son experiencias que bloquean al joven en su búsqueda de la fe.

Otras crisis en un joven pueden proceder de la decepción por el comportamiento, la falta de atención, o el escándalo de personas religiosas. Especialmente si esas personas han estado cercanas y han sido importantes para él. En esto los adultos hemos de estar muy atentos. Cuando los jóvenes lo pasan mal, particularmente los adolescentes, son especialmente sensibles a un gesto de atención, de cariño, al tiempo gastado por ellos. Tenemos que situarnos en su lugar y no minusvalorar sus problemas.

A ello hay que añadir sus propias pasiones que, como a todos, nos hacen ver la exigencia de la vida de la fe, y nos llevan, por una parte a autojustificarnos, a decir que algo no puede ser verdad porque nos cuesta vivirlo; o a variar nuestros criterios, para acomodarlos a nuestra conveniencia. Y en última instancia son pasiones que nos encadenan y nos quitan libertad, nos embotan el alma, debilitan la vida de gracia, nos alejan de Dios.

4.- ‘NOSOTROS CREÍAMOS…’
4.1.- Jesús, escucha y habla al corazón

Hay un pasaje del evangelio que nos habla de una profunda crisis de fe, y al que le gustaba referirse a Abelardo de Armas para enseñarnos cómo debemos acompañar a otros en ese momento clave. Es el encuentro de Jesús con los discípulos que van a Emaús. En ese capítulo Cristo se muestra como el mejor de los pedagogos, que acompaña literalmente el camino de los discípulos, de la desilusión a la duda, de la duda a la fe, de la noche al amanecer.

Los discípulos de Jesús han perdido la fe en él, tras verle morir cruelmente en la cruz. “Nosotros creíamos que…”, le dicen al extraño caminante que les sale al encuentro en su huída de Jerusalén. Han perdido la confianza, todas sus expectativas se han truncado. Pero el Maestro les sale al camino de su vida y les hace recobrar la fe y la esperanza.

Los discípulos caminan, como ocurre tantas veces en los que han perdido la fe, retroalimentando uno al otro su desengaño. Y Jesús se hace el encontradizo. “¿De qué venís hablando que parecéis tristes?” Y deja que hablen, que comenten, que se desahoguen… y él escucha.

También nosotros hemos de estar en el camino de la vida, hacernos los encontradizos, facilitar las conversaciones, porque no es fácil que surja espontáneamente un “oye, tengo una duda de fe y quiero hablarla contigo”. Hemos de estar cercanos, compartiendo vida, y en el momento oportuno preguntar, “¿Qué te pasa? Se te ve triste”. Y si se produce el pequeño milagro de que el joven empieza a abrir su corazón, hay que darle tiempo, dejar que poco a poco, al ritmo que él quiera, vayan saliendo todas sus luchas, frustraciones y desesperanzas. Para ello hemos de ser especialistas en el arte de escuchar.

Escuchar, dar tiempo, no ir con nuestros discursos o recetas rápidas. Y una escucha sincera, como decían que hacía san Juan Pablo II, para el que, cuando estabas con él, parecía que no había nadie más importante en el mundo. Escuchar con tiempo, sin prisas, atendiendo con todo nuestro corazón.

La fe no es una cuestión conceptual, sino vital. Por ello el diálogo surge del corazón, de lo que les preocupa. El corazón del hombre es nuestro gran aliado. Como Jesús, les preguntaremos, ¿por qué estás tristes?, ¿qué te ha pasado? La apertura del corazón es clave.

4.2.- De la duda a la esperanza

“Nosotros creíamos...” La crisis de fe siempre es una ruptura de la imagen (falsa-inmadura) que nos habíamos hecho de Dios. Aquellos discípulos creían que Jesús era el mesías político que traería a Israel la liberación del Imperio Romano. También hoy podemos decir “nosotros creíamos que…” pensando en las falsas expectativas que nos hemos hecho de Dios. Y que Él necesita romperlas para manifestarse tal cual él es en verdad. Es importante que el joven caiga en la cuenta de esto. Y hay que decírselo. Como Jesús a los discípulos.

Ellos hablan y se desahogan. “¿Eres el único en Jerusalén que no se ha enterado?”, precisamente le dicen a él, que es el protagonista. Pero ahora le toca el turno a Jesús. Les sacude las conciencias, “¿cómo es posible que no os hayáis enterado de nada hasta ahora?” Y Jesús les desentraña la Escritura desde Moisés hasta los Profetas. También nosotros hemos de saber explicar, con madurez, conocimiento y visión de fe, la Biblia. Es uno de los principales obstáculos que nuestros jóvenes encuentran y puede ser un gran recurso en este diálogo salvador. A veces detrás de una crisis de fe hay una lectura inadecuada o inmadura de la Biblia. Pero si sabemos darle su significado, leerla con rigor científico y de fe, podemos asentar una religiosidad más profunda.

Y al calor de este camino, renace la esperanza. Arde el corazón, como recuerdan ellos. Es interesante, porque es una actitud interior lo que hay que desbloquear. Han de renacer la esperanza y la alegría. En la medida que encuentro sentido a lo que ha ocurrido, a lo que me ha pasado, recupero también la alegría y la esperanza, y empiezan a encajarse piezas.

Es verdad que todavía no creen, no reconocen a Jesús. Simplemente arde el corazón. Y ese fuego les hace intuir dónde está la verdad, que aquello que les da alegría y vida, debe necesariamente ser verdadero. De nuevo tenemos nosotros en la verdadera alegría un aliado en el camino de la fe. Pueden intuir, entre sombras, que aquello que les da alegría (el gozo de darse a los demás, la belleza, un amor total y fiel) es verdadero, que su fuente debe ser real. Por ello proponer o descubrir a los jóvenes que están en este proceso de búsqueda experiencias hondas y gratificantes como el entregar su tiempo en un comedor social, visitar ancianos, o echar una mano a alguien que va mal en los estudios, puede ser un camino hacia la fe.

4.3.- Compartir la mesa, compartir la vida

Y ellos no pueden menos que invitarle a cenar. Y Jesús amaga con irse, pero se deja querer, y se queda con ellos a compartir la mesa. Quedarse con ellos a cenar es otra gran lección. Compartir la vida ordinaria, la comida, con esos diálogos serenos de amistad en la sobremesa, que crean lazos, preparan caminos, dan ocasión para hablar. Hemos de buscar y compartir esos momentos de relación fraterna, que son un anticipo del banquete del cielo.

“Y le reconocieron al partir el pan”, nos dice la Escritura. Y podemos ver en ello una imagen de la Eucaristía. Y entonces comprendemos que también nosotros, si hemos de acompañar a los jóvenes a la fe, hemos de ser solo camino que los lleve a Jesús. La Eucaristía, los sacramentos, es el lugar al que confluir. Es la gracia de Dios la que ha de actuar, porque lo que ha de producirse es un encuentro, porque la fe es un puro don.

Eso sí, hemos de llegar a los sacramentos después de un recorrido en este reencuentro con Cristo. No es el inicio del camino, que parte de la pregunta, que necesita el diálogo íntimo con el amigo. El que acompaña ha de tener paciencia y esperar al momento adecuado para proponer el encuentro con Cristo en los sacramentos. Que, claro está, tampoco hay que dilatarlo hasta que “todo esté claro, y no haya dudas”. Cristo mismo es la meta de nuestra vida, nuestra verdad, pero también él es el camino que hemos de recorrer.

4.4.- Cristo en la comunidad

Un camino que nos devuelve a la comunidad. Ellos se habían alejado de los discípulos de Jerusalén. Pero ahora se sienten impelidos a volver con los demás y contarles que Jesús está vivo, que ellos se han encontrado con él. También nosotros hemos de restaurar los lazos con los hermanos creyentes, hemos de hacer que el joven retome con nueva visión de fe profunda, su vida de comunidad. En este camino del reencuentro de la fe, es una parte esencial. Porque el encuentro con Jesús es personal, pero se les aparece de nuevo a todos cuando están juntos.

Esa es la última lección que nos da Jesús camino de Emaús.

A nosotros, en ese momento en que ya hemos cumplido la misión que el Señor nos encomendó, nos queda discretamente desaparecer, para que el centro de la vida del joven sea ese encuentro con Cristo vivo y resucitado.

El gozo de haber sido un ‘instrumentillo’ en las manos de Dios, y la alegría honda de esa paternidad espiritual, será el mejor pago que el Señor nos puede hacer, que también hará arder nuestro corazón.


Quien lo ha experimentado sabe de qué hablo.