domingo, 1 de junio de 2014

A propósito de la Evangelización de los jóvenes

Por Abilio de Gregorio

Me temo que el tópico de la “nueva evangelización” termine por hacérsenos viejo de tanto manoseo sin haberlo ni siquiera estrenado. Ya se habló con profusión de ello a raíz de la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi de Pablo VI (1975). Entre 1979 (Catechesi tradendae) y 2001 (Novo milenio ineunte) san Juan Pablo II hizo de la alocución “nueva evangelización” una suerte de santo y seña para toda la Iglesia, convirtiéndolo Benedicto XVI en urgencia para todos los cristianos en el Sínodo de los Obispos del año 2012. Actualmente, el Papa Francisco vuelve a apelar a la necesidad de una nueva y alegre evangelización (Evangelii gaudium, 2013) como respuesta perentoria al hombre de nuestro tiempo.

Por lo que respecta a la evangelización de nuestros jóvenes, hemos presenciado un desfile de complejos y sesudos estudios sociológicos, de análisis de coyuntura, de prospecciones de sensibilidades axiológicas, de ensayos de lenguajes y estrategias, etc., para asegurar la pregnancia del Mensaje en la sensibilidad de los muchachos de hoy. Al cabo, casi siempre nos hemos topado con el deprimido: “a los chicos de hoy no les interesa nada”. Y vuelta a nuevos saldos y a nuevos eufemismos para ganarse la atención de los chavales y justificar el oficio.

¿No sería, sin embargo, más razonable observar cómo han actuado quienes han logrado penetrar verdaderamente en el corazón de los jóvenes y producir en ellos giros vitales en dirección a Cristo? ¿Cuál era el “secreto” de san Juan Bosco, del P. Tomás Morales, de Abelardo de Armas? Me aventuro a pensar que el secreto es que miraban a los muchachos con los ojos de Dios (para lo cual es necesario haber mirado antes mucho a Dios…) No con ojos de sociólogo avisado, ni de pedagogo erudito. Miraban con aquella mirada con la que Jesús miró al joven con aspiraciones de vida eterna: con respeto a su libertad, con exigencia y con compasión comprometida.

¿Qué “estrategia” empleaba san Juan Pablo II en su llamativa evangelización de los jóvenes? Interrogado en una tertulia radiofónica el sociólogo Juan Linz acerca de las claves de la fascinación que ejercía el Papa polaco en la generación joven de todo el mundo, decía contundente: “Este hombre cree lo que dice, lo dice con entusiasmo contagioso y se atreve a decirles lo que no se atreven a decirles los demás”.

Cree lo que dice. No hace falta mucha glosa. Juan Pablo II, —lo pudimos sentir asistiendo a su oración— no sólo cree “a” Dios, sino que cree “en” Dios hasta hacernos casi palpar su presencia. No da la sensación de transmitir a los jóvenes un ideario, sino de compartir con ellos los mismos soportes de su vida, lo que se da por supuesto sin más en su existencia. Eso que sí, nace en la cabeza, pero sólo se hace carne de creencia cuando desciende al corazón. Por ello, quizás ese creer hasta la evidencia no sea un asunto intelectual, sino un asunto “del querer” como se llama en el lenguaje popular a los asuntos del corazón.

Como afirma R. Spaeman, no se puede dar a los educandos cheques sin fondos. Cuando descubren la estafa —y se descubre con prontitud—, suelen sancionar con el desprecio y el abandono.

Lo dice con entusiasmo contagioso. Sólo cuando se cree con una tal confianza esperanzada, y cuando Aquel en quien se cree plenifica el alma, entonces el mensaje tiende a ser una expresión de la abundancia y del arrebato del corazón. Adquiere todas las tonalidades emocionales de un alma poseída por el espíritu (entusiasmada) de Aquel en quien cree (=a quien ama). Una tal alegría tiende a penetrar, por vasos comunicantes, en los adentros del alma juvenil, harta ya de profecías de desgracias y necesitada de mensajes afirmativos.

Se atreve a decirles lo que no se atreven a decirles los demás. Es, quizás, la mayor muestra del respeto con el que los jóvenes exigen que se les trate. No admiten sucedáneos; demandan productos auténticos. Descubren enseguida que, detrás del halago dulzón, hay una actitud de desprecio. Saben que, debajo de muchas de las “tolerancias” a la juventud, sólo hay temor y desconfianza. O carencia de convicción en el Mensaje. O afán de dominio del querer del joven a quien se pretende someter con armas de persuasión, de fascinación o de proselitismo.

Juan Pablo II, con ese “respeto imponente” que le suponen los jóvenes que se arracimaban junto a él, no se entretiene en estrategias de aproximación, en eufemismos, en infantiles juegos de despiste: “Atreveos a ser santos”, así, a boca jarro y sin anestesias. En la cumbre del entusiasmo de los jóvenes que lo jalean como a un líder, igual les suelta las severas exigencias de la castidad, que el llamado de Jesús a dejar todo y a seguirlo de cerca. Y eso a los muchachos les gusta y lo agradecen porque perciben que, cuando los demás los miran con despectiva compasión, el Papa cree que son capaces, los respeta y, en consecuencia, les hace creer en ellos mismos.

Ya no es tiempo ni de cavilosos estudios sociológicos ni de hábiles manejos de nuevos instrumentos y lenguajes para la nueva evangelización. Como decía Pablo VI, es tiempo de testigos.