domingo, 1 de junio de 2014

La tarea primordial

Portada Estar 286 junio 2014
En la encíclica Redemptoris missio Juan Pablo II nos invitó a reconocer que “es necesario mantener viva la solicitud por el anuncio” a los que están alejados de Cristo, “porque esta es la tarea primordial de la Iglesia”.
Todos los cristianos tenemos la obligación de anunciar el Evangelio en nuestro entorno. Y anunciarlo no como la exigencia de una obligación, sino como quien comparte una alegría.

El peor mal de nuestra sociedad no es la hiperactividad del mal, sino la pasividad y el acomodamiento de los buenos. Apartarse frente al enemigo o callar cuando por todas partes se levanta un incesante clamor para oprimir la Verdad, es actitud propia de hombres cobardes, encogidos, inseguros de la verdad que dicen profesar.

¿Recordáis al joven rico del evangelio? Jovenzuelo bueno, no había roto un plato en su vida, satisfecho de su bondad... pero sin corazón de fuego: —Maestro, soy un hombre de orden, cumplo las leyes, ¿qué tengo que hacer?

Jesús lo miró con amor: —Anda, vende todo lo que tienes...

El joven rico con corazón pobre, no se animó y volvió a su mundo con sus tristezas y sus riquezas. Le “gustaría” seguir a Cristo, pero no podía levantar el vuelo porque estaba atornillado a sus cosas.

Cristo se cruzó con muchos jóvenes y la mayoría de esos jóvenes quedaron conmovidos por la figura de Jesús, se entusiasmaron y fueron corriendo a los amigos para anunciarles la buena nueva: “¡Hemos encontrado al Mesías!”

Hay que buscar y pedir que Cristo se cruce en nuestras vidas porque cuando Cristo se cruza con nosotros, necesariamente, nos ponemos en marcha.

Tenemos en este número de ESTAR ejemplos ilusionantes del amor de Cristo puesto en acción. Ejemplos que nos llenan de esperanza al ver que no todos los buenos son encogidos o acomplejados, sino todo lo contrario: alegres, audaces, emprendedores, entusiastas... creyentes decididos, prontos a la acción para proponer, generosamente, la solución a todos los problemas: Jesucristo.

Y siempre de la mano de la Virgen; por eso hay que acogerse a la Madre en una de las advocaciones favoritas del Papa Francisco: Nuestra Señora de la Prontitud. Prontitud, diligencia, no nerviosismos. Eficacia serena que, impelida por el amor a Cristo, nos movilice al anuncio de la buena nueva.

Es la tarea primordial.

A las puertas del quinto centenario: Tres retratos de santa Teresa de Jesús

Por Santiago Arellano

Ante la proximidad de la conmemoración de los quinientos años del nacimiento de Teresa de Jesús os ofrezco tres retratos de su  personalidad.

El primero, en pintura. Conocido es que el único retrato que se le hizo en vida, cuando tenía 61 años, lo pintó el Hno. Juan de la Miseria poco antes de partir de Sevilla (1576), por orden del P. Gracián. Teresa se deja retratar por obediencia. Acabada la obra, su humor y gracejo le hicieron proferir unas irónicas y burlescas palabras: Dios te perdone, Fray Juan, que después de tanto hacerme posar me pintaste al fin fea y legañosa. Sin embargo, la pintura del Hermano Fray Juan ha servido de inspiración a los artistas posteriores.

El segundo retrato —literario— se lo debemos a nuestro Fray Luis de León. Por encargo de la Madre Ana de Jesús, estudió con rigor del profesional de Sagradas Escrituras y experto como nadie en el arte de escribir, tres manuscritos de las obras. Fray Luis quedó prendado. Le respondió en una carta preciosa a la Madre Ana. Fray Luis publicó las obras en 1588; y en esta primera edición incluyó la carta, como prólogo. Os pido encarecidamente que lo leáis entero. Cito el primer párrafo y unas líneas de otro posterior.

Yo no conocí, ni vi, a la santa madre Teresa de Jesús mientras estuvo en la tierra, mas ahora que vive en el cielo la conozco y veo casi siempre en dos imágenes vivas que nos dejó de sí que son sus hijas y sus libros, que a mi juicio son también testigos fieles y mejores de toda excepción de la gran virtud; porque las figuras de su rostro, si las viera, mostráranme su cuerpo; y sus palabras, si las oyera, me declaran algo de la virtud de su alma; y lo primero era común y lo segundo sujeto a engaño, de que carecen estas dos cosas en que la veo ahora: que como el Sabio dice, el hombre en sus hijos se conoce.

Y no es menos clara, ni menos milagrosa la segunda imagen que dije, que son las escrituras y libros, en los cuales, sin ninguna duda quiso el Espíritu Santo que la santa madre Teresa fuese un ejemplo rarísimo; porque en la alteza de las cosas que trata y en la delicadeza y calidad con que las trata, excede a muchos ingenios; y en la forma del decir y en la pureza y facilidad del estilo, y en la gracia y buena compostura de las palabras y [...] dudo yo que haya en nuestra lengua escritura que con ellos se iguale.

El tercer retrato nos permite entender la clave de su faceta mística. Nada menos que Teresa pone el pincel en las manos de Dios, y en el ritmo de las poesías de nuestros cancioneros escuchamos a Dios que le dice a Teresa:

BÚSCATE EN MÍ (Fragmento)


Alma, buscarte has en Mí,y a Mí buscarme has en ti.
De tal suerte pudo amor, alma, en Mí te retratar, que ningún sabio pintor supiera con tal primor tal imagen estampar.
Fuiste por amor criada hermosa, bella, y ansí en mis entrañas pintada, si te pierdes, mi amada,alma, buscarte has en Mí.
Que Yo sé que te hallarás en mi pecho retratada y tan al vivo sacada, que si te ves te holgarás viéndote tan bien pintada.

En camino...

Por José Luis Acebes

Una revista en camino...

Hace muy poco emprendíamos una nueva etapa en el camino de nuestra revista, siguiendo el “cambio de época” pregonado por el papa Francisco en Río de Janeiro. Y cuando todavía —vosotros, lectores, y yo— nos estábamos aclimatando a la nueva aventura, han surgido dos nuevos cambios.

1) Nuevo Director General de los Cruzados de Santa María

El primero, es el cambio de foto en esta sección —y lo que ello conlleva—, en la cual Fernando Martín nos ha ido exponiendo sus comentarios certeros durante los últimos catorce años. Desde esta sección le agradecemos su labor a lo largo de este tiempo. Pero Fernando no deja la revista; continúa en el Consejo editorial.

La razón del cambio es que el domingo de Pascua fui nombrado Director General de los Cruzados de Santa María, y ya desde ahora me pongo a vuestra disposición para este nuevo servicio (ver p. 12).

Por ello he de ceder la dirección de la revista Estar. Para mí ha sido una etapa fascinante, en la cual he aprendido mucho, caminando de sorpresa en sorpresa. El reto que suponía aumentar de 32 a 48 páginas en cada número ha sido superado con creces, gracias a la disposición inmejorable de muchos de vosotros: número tras número la falta de espacio nos impedía publicar todos los artículos que nos iban llegando. La colaboración constante de unos y otros, vuestras iniciativas, artículos, ilustraciones, comentarios, y siempre vuestro aliento, han hecho de este camino una aventura entusiasmante.

2) Nuevo director de la revista Estar

Y el segundo cambio va unido al primero, y consiste en la incorporación de Antonio Rojas —don Antonio, como le han llamado siempre sus alumnos— como nuevo director de la revista. Que Antonio es un comunicador nato, nos lo demuestra cada número en su sección “Aunque llueva”. No en vano hasta hace medio año era el director de La Verdad, el semanario diocesano de la Iglesia en Navarra, y además dirigía y presentaba el programa radiofónico de COPE “el Espejo de la Iglesia en Navarra”.

Asimismo se incorporan Fernando Martín y José Javier Lasunción al Consejo editorial.

* * *

En camino... hacia la montaña

La fiesta de la Visitación de la Virgen María, el 31 de mayo pasado, nos ha introducido en nuestra Campaña de la Visitación, un tiempo privilegiado para caminar con María y como María, viviendo las notas que resume la contraportada de la revista.

La Virgen con Jesús en su seno, camino de la montaña de Judea, es el prototipo de la Iglesia “en salida”, como diría el papa Francisco. El Evangelio nos muestra a María como contemplativa, pero desprendida de sí, para dirigirse donde el Espíritu Santo la impulse, en camino... de Nazaret a la montaña de Judea y vuelta; de Nazaret a Belén, y a Jerusalén, a Caná, a Cafarnaúm, al Calvario…

Al P. Morales le gustaba retratar a la Virgen montañera como misionera del amor. Escribe: La Virgen, misionera del amor, se pone en marcha. Como ella, queremos también ser misioneros del amor, repartidores de la alegría de la Encarnación entre nuestros hermanos. Y contemplando la escena, identificándose con la Virgen del Camino, nos dirige unas palabras revolucionarias: Con María, tengo que aprender a sacrificar mi vida de intimidad con Dios o con mis hermanos, siempre que el Espíritu Santo me impulse a llevar el amor a los demás. Y es que es el amor el que pone alas en sus pies benditos. Unámonos a la revolución de la Virgen. Seamos santamente revolucionarios, siguiendo a la primera revolucionaria, como nos dice el P. Morales: María va a armar una revolución, la revolución de la alegría, la que siempre en la historia organiza María cuando se mete en un alma.


Es el mismo mensaje que nos ha dirigido el papa Francisco el 10 de mayo a los miembros de los Institutos Seculares y que asumo y lanzo a cuantos compartimos de un modo u otro este carisma: no lo olvidéis: ¡sed revolucionarios! Nunca parados, siempre en camino, con esa virtud que es una virtud peregrina: ¡la alegría! Gracias, queridísimos, por lo que sois. Que el Señor os bendiga y la Virgen os proteja.

Cómo acompañar a un joven en una crisis de fe

Por Javier Segura

1.- CUANDO TODO SE DESMORONA

Acompaño a la familia de un joven de veinticinco años, que acaba de fallecer por un cáncer fulminante. Toda la familia sufre el golpe; su madre, mujer de fe, mujer fuerte, con entereza. Quizás quien más exteriorice el dolor sea la novia del joven. Llevaba un año saliendo con él, justo poco tiempo antes de que le diagnosticaran la enfermedad.

¿Por qué, si nosotros queríamos vivir juntos, nos obligan a separarnos?, —comenta la chica entre sollozos—. ¡Yo así no puedo creer!

El silencio se hace denso ante una pregunta sin fácil respuesta.

¿Y por qué os conocisteis en el momento en el que más falta le hacías?

¿Por qué os enamorasteis? —pregunta sinceramente un amigo—.

De nuevo el silencio, pues las preguntas más hondas, también las felices, no tienen nunca una respuesta evidente.

Hablar sobre las crisis de fe, sobre las preguntas más hondas del alma, es complejo. Primero porque en este tema tocamos los resortes más íntimos de nuestra vida, muchos de ellos ni siquiera conscientes para nosotros mismos; segundo porque cada persona, cada situación, cada historia es un mundo completamente distinto, e intentar ir con ‘recetas’ se estrella siempre con la realidad dolorosa; y en tercer lugar, porque este tema tiene muchas variables que hay que tener en cuenta (sociales, psicológicas, teológicas…) para hacer un análisis correcto, y por ello, quien se adentra en este tema no puede menos de tener la sensación de no abarcar, de abrir nuevos interrogantes, de presentar campos a explorar.

Y sin embargo, esta chica y tantos jóvenes, nos miran con ojos a veces vidriosos, a veces cansados, pidiéndonos una respuesta. Y no podemos volver la mirada a otro lado simplemente pensando “ya se le pasará”.

2.- UNA FIGURA POLIÉDRICA

Quizás lo primero en lo que tenemos que caer en la cuenta es que es un tema complejo, una figura poliédrica con diversas caras. Y es que nada más adentrarnos en el tema nos asaltan preguntas de lo más variado: ¿Es inevitable que los jóvenes pasen esa crisis de fe? ¿Sería preferible que no tuviesen una crisis? ¿Es que hemos fallado en la educación las familias cristianas al intentar transmitir la fe? ¿Cómo afecta la sociedad en la que vivimos a nuestra fe? En realidad, ¿qué es la fe? Vamos a intentar poner un poco de orden en estas preguntas.

2.1.- Antropológicamente

Quizás lo primero que haya que hacer es ‘desdramatizar’ y asumir con normalidad la situación de crisis en la vida de un joven. Sabemos que, aunque dolorosas, las crisis son parte del proceso de maduración, de crecimiento, de la persona. Crecemos en éste y en otros ámbitos de la vida (afectivo, intelectual, familiar…), haciendo crisis con la anterior etapa.

Como me decían en un ejemplo, los padres durante la niñez construyen la casa ideal para que su hijo viva. También en la fe, dándole lo que ha sido el sustento de su propia vida. Pero luego llega la adolescencia y el joven destroza y rompe la casa que le construyeron sus padres, porque quiere, necesita, construir su propia casa. ¿Para qué tanto trabajo, entonces, de padres y educadores? ¿Ha sido inútil? No, pues cuando ese joven se ponga a construir su nueva casa lo hará usando los materiales que quedaron por el suelo en el derribo de la casa que le habían hecho sus padres.

Para acompañar esta crisis de fe, hemos de ser conscientes de las etapas de maduración que van de la infancia a la juventud. Necesitamos saber que hay una maduración progresiva en el conocimiento de la realidad, que le llevará al adolescente a interrogarse por todo, a cuestionar personas e instituciones, pero que, afrontada correctamente, le llevará a descubrir una verdad que es más grande que nosotros mismos, y justo por ello, más verdadera, más cierta. Una verdad que abarca a toda la vida y que será el cimiento de su propia existencia en la casa nueva que debe construir.

2.2.- Teológicamente

En segundo lugar, hemos de tener en cuenta el objeto del que hablamos, la propia fe.

En este sentido hemos de tener claro que la fe no es creer una serie de conceptos (dogmas) o principios morales (mandamientos). No es algo, en primera instancia, intelectual. Como nos recordó Benedicto XVI, la fe no es otra cosa que el encuentro personal con Cristo, y los dogmas o la moral son una consecuencia de ese encuentro. El Papa Francisco también nos repite con insistencia esta idea fuerza en la evangelización. Pero, ¿cómo se puede dar ese encuentro?

En realidad, aunque hablamos de transmisión de la fe, hemos de tener claro que no podemos transmitirla automáticamente, porque no son unos conocimientos, ni siquiera una forma de vida. Los padres y educadores podemos facilitar los medios, pero al final la fe es ante todo un don, un regalo que se recibe, el misterio del encuentro de dos libertades.

En este sentido, ocurre que a veces esa crisis de fe es necesaria para romper con un concepto de fe solamente conceptual o moral, propio de una cultura occidental y de tradición cristiana, para dar lugar a la fe radicalmente evangélica, que ponga su centro en la relación personal con Dios.

2.3.- Sociológicamente

En tercer lugar no podemos obviar el entorno en el que vivimos, que afecta con fuerza a la experiencia religiosa de nuestros jóvenes.

Por un lado el materialismo, que va más allá del consumismo, que embota el alma y también, lógicamente, afecta. Es un materialismo conceptual, que nos impide ver lo espiritual como algo real: pasa a ser algo casi fantasmagórico, nebuloso, no del todo verdadero. Por supuesto, la fe, si admitimos ese presupuesto, es algo irreal.

Por otro lado nos afecta también el laicismo, que nos plantea una vivencia religiosa totalmente subjetiva, para vivir en el entorno personal, familiar como mucho. Y nunca en la vida pública, en la relación con los demás. Una fe así es inmanente, que no se hace vida social ni cultura. Y, como consecuencia genera una dicotomía en la vida, entre lo que creo y lo que vivo. Es una fe sin ninguna repercusión.

A ello hay que sumarle el relativismo, sin referencias claras de verdad y moral, en el que cada uno tiene sus propios criterios. Esto, claro está, deja desarmado al joven. Si nada es verdad, ¿qué puedo buscar? O en todo caso, como me decía un muchacho cuya familia había pasado por varias religiones, ¿cómo puedo estar seguro de la verdad y de llegar a encontrarla?

En fin, todo ello ha ido configurando un entorno que culturalmente ya no es cristiano. Y nuestros jóvenes, culturalmente tampoco lo son ya. Serán cristianos en sus vivencias; en su propia opción vital, quizás sean más y mejores cristianos que los hombres y mujeres de otras generaciones. Pero su cultura ya no lo es. Y ellos, en esa dimensión tampoco lo son.

A todo esto hay que añadir algunos rasgos de nuestra cultura que afectan a los jóvenes. Destacaría tres, con una especial incidencia en cómo viven su fe.

Primacía de la sensibilidad, que les hace vivir todo según lo sienten, centrado en sus afectos. Y que hace que su fe sea también una fe muy sentimental, de experiencias en las que se han sentido bien, han estado a gusto. Y por ello, muy endeble.

Cultura de lo inmediato, en la que todo se tiene a un clic, en la que no hay que esperar, en la que el factor tiempo no existe. Pero la fe no funciona así. Dios es todo menos manejable y automático.

Protegido socialmente, desarmado psicológicamente, incapaz de asumir el sufrimiento, la frustración. Algo que, de nuevo, choca con la verdadera fe y una auténtica visión de Dios. Pues Dios no es un ‘tapa agujeros’, un ‘soluciona problemas’, un ‘refugio afectivo’. Y cuando se vive así, pues simplemente, no funciona.

3.- LA VIDA EN JUEGO
3.1.- Cada persona, un mundo

Visto todo lo anterior, podría parecer que no se puede hacer nada, que por una parte la crisis es algo que el joven va a pasar, que es un requisito para purificar su fe, y que, en cualquier caso, la sociedad actual dificulta seriamente una vivencia religiosa profunda.

En realidad esto es solo una parte del cuadro general. Porque, si bien es difícil y no tenemos en nuestras manos la capacidad de influir en todos estos aspectos, también es cierto que podemos hacer un gran bien a los jóvenes a los que acompañamos, y que estas crisis de fe nos ofrecen la posibilidad de entrar en lo más real de la vida. ¡Es una oportunidad magnífica para entrar en lo que de verdad importa!

Porque —y esto hemos de tenerlo presente en todo momento— la fe no es una cuestión intelectual, (¿cómo es posible que Dios sea uno y tres a la vez?, ¿cómo puede estar Jesús en un trozo de pan?...) sino vital, que afecta a toda la persona, a los últimos fundamentos de su vida.

Es necesario conocer bien a la persona, con su historia y su forma de ser, sus miedos y sus heridas, sus expectativas y esperanzas, a qué dedica el tiempo libre, que le mueve a seguir vivo cada día. Porque uno se encuentra con Dios según su ser, y tiene las crisis, según sea su personalidad… o, a veces, por no tener en cuenta cómo es. No es lo mismo la forma de acercarse a Dios de un joven más sentimental que la de uno racional, de alguien activo a otro más reflexivo, de uno que haya sufrido heridas en la vida o tenga una inseguridad propia de haber vivido en un hogar desestructurado, a otro que afronte la vida con el bagaje que da una infancia estable.

3.2.- Experiencias que llevan a una crisis de fe

Una vez que conocemos a la persona y sus circunstancias, el segundo paso sería entender bien las causas de la crisis concreta que esté atravesando y que ha hecho que estalle el problema, pues será el punto de arranque, seguramente, en el diálogo. Suelen ser causas vitales, existenciales, que se suman a todo lo expuesto anteriormente.

Experiencias negativas, como la muerte de un ser querido, por ejemplo, o una enfermedad dolorosa, especialmente en jóvenes con una vivencia de fe fuerte. Recuerdo una alumna que, al enfermar una amiga suya y morir posteriormente, perdió completamente la fe pues comprobó que “Dios no la había escuchado” en su súplica por que curase a su amiga. El mal, el dolor, la injusticia que no tienen explicación, especialmente si nos tocan de cerca, son experiencias que bloquean al joven en su búsqueda de la fe.

Otras crisis en un joven pueden proceder de la decepción por el comportamiento, la falta de atención, o el escándalo de personas religiosas. Especialmente si esas personas han estado cercanas y han sido importantes para él. En esto los adultos hemos de estar muy atentos. Cuando los jóvenes lo pasan mal, particularmente los adolescentes, son especialmente sensibles a un gesto de atención, de cariño, al tiempo gastado por ellos. Tenemos que situarnos en su lugar y no minusvalorar sus problemas.

A ello hay que añadir sus propias pasiones que, como a todos, nos hacen ver la exigencia de la vida de la fe, y nos llevan, por una parte a autojustificarnos, a decir que algo no puede ser verdad porque nos cuesta vivirlo; o a variar nuestros criterios, para acomodarlos a nuestra conveniencia. Y en última instancia son pasiones que nos encadenan y nos quitan libertad, nos embotan el alma, debilitan la vida de gracia, nos alejan de Dios.

4.- ‘NOSOTROS CREÍAMOS…’
4.1.- Jesús, escucha y habla al corazón

Hay un pasaje del evangelio que nos habla de una profunda crisis de fe, y al que le gustaba referirse a Abelardo de Armas para enseñarnos cómo debemos acompañar a otros en ese momento clave. Es el encuentro de Jesús con los discípulos que van a Emaús. En ese capítulo Cristo se muestra como el mejor de los pedagogos, que acompaña literalmente el camino de los discípulos, de la desilusión a la duda, de la duda a la fe, de la noche al amanecer.

Los discípulos de Jesús han perdido la fe en él, tras verle morir cruelmente en la cruz. “Nosotros creíamos que…”, le dicen al extraño caminante que les sale al encuentro en su huída de Jerusalén. Han perdido la confianza, todas sus expectativas se han truncado. Pero el Maestro les sale al camino de su vida y les hace recobrar la fe y la esperanza.

Los discípulos caminan, como ocurre tantas veces en los que han perdido la fe, retroalimentando uno al otro su desengaño. Y Jesús se hace el encontradizo. “¿De qué venís hablando que parecéis tristes?” Y deja que hablen, que comenten, que se desahoguen… y él escucha.

También nosotros hemos de estar en el camino de la vida, hacernos los encontradizos, facilitar las conversaciones, porque no es fácil que surja espontáneamente un “oye, tengo una duda de fe y quiero hablarla contigo”. Hemos de estar cercanos, compartiendo vida, y en el momento oportuno preguntar, “¿Qué te pasa? Se te ve triste”. Y si se produce el pequeño milagro de que el joven empieza a abrir su corazón, hay que darle tiempo, dejar que poco a poco, al ritmo que él quiera, vayan saliendo todas sus luchas, frustraciones y desesperanzas. Para ello hemos de ser especialistas en el arte de escuchar.

Escuchar, dar tiempo, no ir con nuestros discursos o recetas rápidas. Y una escucha sincera, como decían que hacía san Juan Pablo II, para el que, cuando estabas con él, parecía que no había nadie más importante en el mundo. Escuchar con tiempo, sin prisas, atendiendo con todo nuestro corazón.

La fe no es una cuestión conceptual, sino vital. Por ello el diálogo surge del corazón, de lo que les preocupa. El corazón del hombre es nuestro gran aliado. Como Jesús, les preguntaremos, ¿por qué estás tristes?, ¿qué te ha pasado? La apertura del corazón es clave.

4.2.- De la duda a la esperanza

“Nosotros creíamos...” La crisis de fe siempre es una ruptura de la imagen (falsa-inmadura) que nos habíamos hecho de Dios. Aquellos discípulos creían que Jesús era el mesías político que traería a Israel la liberación del Imperio Romano. También hoy podemos decir “nosotros creíamos que…” pensando en las falsas expectativas que nos hemos hecho de Dios. Y que Él necesita romperlas para manifestarse tal cual él es en verdad. Es importante que el joven caiga en la cuenta de esto. Y hay que decírselo. Como Jesús a los discípulos.

Ellos hablan y se desahogan. “¿Eres el único en Jerusalén que no se ha enterado?”, precisamente le dicen a él, que es el protagonista. Pero ahora le toca el turno a Jesús. Les sacude las conciencias, “¿cómo es posible que no os hayáis enterado de nada hasta ahora?” Y Jesús les desentraña la Escritura desde Moisés hasta los Profetas. También nosotros hemos de saber explicar, con madurez, conocimiento y visión de fe, la Biblia. Es uno de los principales obstáculos que nuestros jóvenes encuentran y puede ser un gran recurso en este diálogo salvador. A veces detrás de una crisis de fe hay una lectura inadecuada o inmadura de la Biblia. Pero si sabemos darle su significado, leerla con rigor científico y de fe, podemos asentar una religiosidad más profunda.

Y al calor de este camino, renace la esperanza. Arde el corazón, como recuerdan ellos. Es interesante, porque es una actitud interior lo que hay que desbloquear. Han de renacer la esperanza y la alegría. En la medida que encuentro sentido a lo que ha ocurrido, a lo que me ha pasado, recupero también la alegría y la esperanza, y empiezan a encajarse piezas.

Es verdad que todavía no creen, no reconocen a Jesús. Simplemente arde el corazón. Y ese fuego les hace intuir dónde está la verdad, que aquello que les da alegría y vida, debe necesariamente ser verdadero. De nuevo tenemos nosotros en la verdadera alegría un aliado en el camino de la fe. Pueden intuir, entre sombras, que aquello que les da alegría (el gozo de darse a los demás, la belleza, un amor total y fiel) es verdadero, que su fuente debe ser real. Por ello proponer o descubrir a los jóvenes que están en este proceso de búsqueda experiencias hondas y gratificantes como el entregar su tiempo en un comedor social, visitar ancianos, o echar una mano a alguien que va mal en los estudios, puede ser un camino hacia la fe.

4.3.- Compartir la mesa, compartir la vida

Y ellos no pueden menos que invitarle a cenar. Y Jesús amaga con irse, pero se deja querer, y se queda con ellos a compartir la mesa. Quedarse con ellos a cenar es otra gran lección. Compartir la vida ordinaria, la comida, con esos diálogos serenos de amistad en la sobremesa, que crean lazos, preparan caminos, dan ocasión para hablar. Hemos de buscar y compartir esos momentos de relación fraterna, que son un anticipo del banquete del cielo.

“Y le reconocieron al partir el pan”, nos dice la Escritura. Y podemos ver en ello una imagen de la Eucaristía. Y entonces comprendemos que también nosotros, si hemos de acompañar a los jóvenes a la fe, hemos de ser solo camino que los lleve a Jesús. La Eucaristía, los sacramentos, es el lugar al que confluir. Es la gracia de Dios la que ha de actuar, porque lo que ha de producirse es un encuentro, porque la fe es un puro don.

Eso sí, hemos de llegar a los sacramentos después de un recorrido en este reencuentro con Cristo. No es el inicio del camino, que parte de la pregunta, que necesita el diálogo íntimo con el amigo. El que acompaña ha de tener paciencia y esperar al momento adecuado para proponer el encuentro con Cristo en los sacramentos. Que, claro está, tampoco hay que dilatarlo hasta que “todo esté claro, y no haya dudas”. Cristo mismo es la meta de nuestra vida, nuestra verdad, pero también él es el camino que hemos de recorrer.

4.4.- Cristo en la comunidad

Un camino que nos devuelve a la comunidad. Ellos se habían alejado de los discípulos de Jerusalén. Pero ahora se sienten impelidos a volver con los demás y contarles que Jesús está vivo, que ellos se han encontrado con él. También nosotros hemos de restaurar los lazos con los hermanos creyentes, hemos de hacer que el joven retome con nueva visión de fe profunda, su vida de comunidad. En este camino del reencuentro de la fe, es una parte esencial. Porque el encuentro con Jesús es personal, pero se les aparece de nuevo a todos cuando están juntos.

Esa es la última lección que nos da Jesús camino de Emaús.

A nosotros, en ese momento en que ya hemos cumplido la misión que el Señor nos encomendó, nos queda discretamente desaparecer, para que el centro de la vida del joven sea ese encuentro con Cristo vivo y resucitado.

El gozo de haber sido un ‘instrumentillo’ en las manos de Dios, y la alegría honda de esa paternidad espiritual, será el mejor pago que el Señor nos puede hacer, que también hará arder nuestro corazón.


Quien lo ha experimentado sabe de qué hablo.

María Benedicta Daiber. A Jesús por María.

Por Jesús Amado

Estando en Chile cayó en mis manos la autobiografía de una convertida chilena: María Benedicta Daiber, titulada “Vencida por el amor”. Me cautivó desde el primer momento. Sobre todo por el papel tan providencial que la Virgen tuvo en su conversión, y por la forma lenta y progresiva en que Ella la llevó hasta Jesús. La próxima festividad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (22 de junio), que fue el detonante de su conversión, me anima a ofrecer algunos rasgos de esta admirable mujer.

María Benedicta nació en 1904 en Stuttgart (Alemania), de padres suizos. Su padre era médico y su madre era profesora, graduada en Basilea. Se habían establecido en Puerto Octay, una población chilena a orillas del hermoso lago Llanquihue (que tuve la suerte de conocer personalmente con ocasión de una actividad con jóvenes). Su padre fue masón durante once años y se declaraba ateo desde los treinta. La madre era protestante, pero no debía de diferir gran cosa de su marido en cuanto a ideas religiosas. Dice Mª Benedicta de sí misma que ya a los ocho o diez años era una atea consumada. Puede resultar algo fuerte semejante juicio; pero lo cierto es que su padre no se cansaba de repetir en presencia de la niña: no hay Dios, y ella, que admiraba el talento paterno, aceptaba a pies juntillas la creencia del Dr. Daiber.

El camino hacia la conversión

Trascribo a continuación un texto literal de su autobiografía: Cuando aún no tenía nueve años me preguntó una niña de mi edad si era católica o protestante. Le contesté: “No lo sé, pero voy a preguntárselo a mi mamá”. Acudí a ella, y se produjo este diálogo: “Mamá, ¿Qué soy? ¿Católica, o protestante?”. Mi madre me respondió: “Dí que eres protestante”. “Y, ¿cuál es la diferencia?”, le pregunté. “Los católicos adoran a una tal María, Madre de Jesús”. Se me quedó grabada esta respuesta. Algunos días, quizá semanas, después —no recuerdo bien— desperté una mañana al toque de las campanas de la iglesia parroquial y me vino a la memoria María, Madre de Jesús, y que los católicos le rinden culto, y entonces sentí un impulso muy fuerte, casi irresistible, de invocarla. No conocía ninguna oración en su honor, pero me bastó saber su nombre. Me senté en la cama, junté las manos y por tres veces, con todo el fervor de mi alma y, con la intención de invocarla, repetí su nombre: “María... María... María...” Y largo rato estuve como absorta en algo que entonces no sabía definir y que hoy llamaría contemplación, penetrada por la suavidad de ese nombre celestial.

Desde entonces existía en mi alma el amor a María Santísima. Como en Puerto Octay la mayoría de los habitantes eran católicos, oía hablar algunas veces de la Virgen. Así llegué a saber que se celebraba con gran solemnidad la fiesta de la Inmaculada. Ese día 8 de diciembre es el día tradicional en Chile en el que los niños hacen su primera comunión. Yo veía pasar a las niñas vestidas de primera comunión. Preguntaba: “¿Qué pasa? ¿Por qué visten así?”. “Bueno —me contestaban— ¡es el día de la Purísima!”. “¡Ah, una fiesta en honor de María, la Madre de Jesús!; yo quiero celebrarla”. Como mi madre me instruía en todo (para evitar que fuera a un colegio católico), la convencí para que cada 8 de diciembre me concediera día de asueto. Nunca sospechó de la razón profunda por la que yo le pedía ese día de vacación. Pronto supe que había otra gran fiesta en honor de María, la Asunción, y quise celebrarla de la misma manera. Por fín, agregué también la de la Purificación.

A la edad de doce años cayó en mis manos una biblia protestante. Devoré los Evangelios y por primera vez comprendí el vacío que deja en el alma la falta de fe. Acurrucada en un rincón de mi cuarto, lloraba a mares de pena, porque no podía creer que ese Jesús tan bueno, tan suave y misericordioso fuera el Hijo de Dios. “Sé que no hay Dios, —me decía—, pero ¡qué daría por tener fe!”. Desde entonces traté de descubrir la verdad, y todavía me veo, en las tardes de verano, pasearme por el corredor de la casa, contemplando la puesta de sol y filosofando acerca de la causa primera y fin último de cuanto existe. A los doce o trece años me atormentaban ya estas preguntas: ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy? ¿Por qué existo? Y la vida me parecía triste, sin sentido, vacía.

Nuevos pasos dentro y fuera del camino

Al mismo tiempo, mi madre quiso enseñarme historia eclesiástica, y yo la escuchaba con avidez. Pero, ¡ay!, era la historia vista a través del odio a la Iglesia Católica, y bebí a torrentes ese odio satánico en las enseñanzas de mi madre. Era el odio al Papa, el odio al clero, el odio a la Compañía de Jesús. El odio que se me infundía obraba en el fondo de mi alma, y se convirtió en un odio apasionado, destructor. ¡Quise combatir a la Iglesia, quise arrebatar a otras almas el tesoro de la fe!

He aquí un nuevo toque de la gracia. Encontré en una revista una poesía a María Santísima, la aprendí de memoria y me repetía incesantemente esos versos que no eran sino un prolongado y ardiente acto de amor a la Madre de Dios.

Cumplidos los 17 años, residiendo ya en Santiago de Chile, adonde me habían enviado mis padres para cursar estudios, quise conocer la religión católica con el fin de combatirla. Se produjo en mí una amalgama explosiva: el odio a la Iglesia y, sobre todo, al sacerdote, se mezclaba con mi amor a la Virgen. En mi deseo de atacar al catolicismo, quise honradamente conocer todo, también las oraciones que rezan los fieles. Aprendí el Padrenuestro —que no pareció sugerirme nada—, el Avemaría y otras oraciones en honor de la Madre de Jesús. Por las tardes acudía a una iglesia cercana y me arrodillaba ante una imagen de la Virgen. Le repitía las oraciones que sabía, y agregaba: “Yo no creo en Dios, pero creo que tú eres mi Madre”. Incluso asistía a la misa dominical y sentía un bienestar indefinible.

Vencí mi resistencia a hablar con los sacerdotes y me dejé instruir por uno sobre la existencia de Dios. Pero el paso de la convicción racional a la fe no es la conclusión de un silogismo, y el sacerdote me decía que debía pedir humildemente a Dios el don de la fe. Solía hacer esta breve oración: “Dios mío, si acaso existes, dame la fe”.

Ahí está Dios

En aquel año de 1922 se debía celebrar en Santiago, en el mes de septiembre, el 11º Congreso Eucarístico Nacional, y, si mal no recuerdo, en el mes de julio hubo una procesión preparatoria con el Santísimo Sacramento. Mi madrina, que por enferma no podía seguir la procesión, me llevó a la plaza Brasil, para que viera pasar a Nuestro Señor. Así vi por primera vez a Jesús Hostia, y vi lo que ven todos, nada más. Pero lo cierto es que al ver la Hostia Santa tuve la seguridad absoluta: «Ahí está Dios»; sentí también de tal manera la presencia de Dios, que arrastré a mi pobre madrina en pos de Jesús Sacramentado, hasta la iglesia a la cual se dirigía la procesión. En aquel instante creí en Dios.

El mes antes de recibir el bautismo en la Iglesia Católica recuerdo perfectamente, con un recuerdo sumamente vivo, lo siguiente: experimentaba una extraordinaria presencia de María, como un caminar y obrar en todo momento con Ella, en su presencia, bajo su amparo, con su ayuda. No sé cómo describir este fenómeno, tanto menos cuanto nunca más se ha repetido, ni podría con esfuerzo reproducirlo ahora. Después siempre ha predominado en mi alma la experiencia del amor a Cristo, y la Virgen ha quedado en segundo plano. Es como si Ella me hubiera llevado de la mano a la unión con Cristo. No me cabe la menor duda de que debo mi conversión a María”.

El descubrimiento de su vocación secular

Así va desgranando Mª Benedicta Daiber el relato de su vida. Nos dice que cuando tenía 18 años, en el momento de su conversión, vio cómo se abría ante ella un nuevo camino, que no quería recorrer con la desgana de una vida mediocre. A los seis meses de la conversión, orando en presencia de Jesús sacramentado, cree percibir una llamada a ofrecerse como víctima. Le embarga la certeza de haber descubierto su “vocación”. Trece meses después, mientras regresa en autobús de la universidad, se pone en oración y se siente iluminada: entonces, repentinamente, sin haber pensado en ello, vi clarísimamente que lo que Dios quería de mí era el ofrecimiento de víctima por los sacerdotes. Esto lo vi con tal claridad que nunca más he podido dudar acerca de ello. Y vi, asimismo, con idéntica claridad, que este ofrecimiento debía sellarse con un voto. Ya había hecho voto de castidad. Pero su director espiritual se resiste a darle permiso para emitir el voto de ofrecerse como víctima.

Un sacerdote que está al corriente de la oposición de sus padres ante la fe, le sugiere que se ofrezca como víctima por ellos. Esto provoca en María Benedicta, que nunca había pensado en esa posibilidad, una fuerte desazón. Acude a la iglesia de Santo Domingo, se acerca al primer confesonario y expone su caso. El confesor le contesta: Siga ofreciendo todo en primera intención por los sacerdotes y Dios, que no se deja vencer en generosidad, le dará por añadidura la conversión de sus padres. Dos años después, de forma extraordinaria se convierte su padre y, en pos de él, su madre se hace también católica. Esto la confirma en su vocación. El año 1930, el director, eliminada ya toda reserva, le permitirá hacer voto de víctima, que al año siguiente profesa a perpetuidad.

Estudia la Suma Teológica de Santo Tomás y lee a los Padres de la Iglesia. Medita a fondo la Biblia, que la ayuda a comprender la absoluta gratuidad de la gracia. En 1937 se da cuenta de que la entrada de muchas personas en las sectas o en comunidades de la Reforma depende de la interpretación que sus líderes y pastores hacen de la Escritura. Descubre así una vocación que asocia a la victimal: la de dar a conocer la Palabra de Dios de una forma viva, vivida y que despierte vida, en línea con la lectura que de ella hace la tradición católica.

Daiber no se ha ofrecido en vano como víctima, y conoce de forma habitual el sufrimiento interior. Especialmente a partir de 1941, se hace cada vez más frecuente e intenso el sentimiento de desamparo divino. Se ofreció a esta prueba en favor de un sacerdote que había dado un grave escándalo y que, todavía catorce años más tarde, moriría rechazando los sacramentos, lo que aumentó el martirio interior de María Benedicta. Experimenta también como un abandono de parte de la Virgen, que se acentúa en las fiestas marianas. Un 15 de agosto se le hace tan doloroso que suplica: ¡Señor, devuélveme mi Madre! Así participa en la desolación de Jesús y la soledad de María, a la vez que se intensifica más y más en ella el impulso de la caridad.

María Benedicta dedicó su vida a la Iglesia como seglar. Ejerció su apostolado en Hispanoamérica y España, fundando el Movimiento Pro Ecclesia Sancta y la Obra de Cursillos Bíblicos. Su dominio del latín, griego y hebreo, así como de seis idiomas modernos, le permitió dar cientos de cursos a seglares y religiosos para un mayor y mejor conocimiento de la Sagrada Escritura.

Falleció en Barcelona en el 8 de febrero de 1987. El 8 de febrero de 2013 el cardenal arzobispo de Barcelona Lluis Martínez Sistach inició su causa de canonización

Visiones y misiones del estudiante de Teología Tomás Morales SJ (I)

Por Javier del Hoyo

Sus contribuciones litúrgicas a la revista Estrella del mar

La actividad incesante en la vida del Siervo de Dios, Tomás Morales S.J., así como su pensamiento sobre determinados puntos, no deja de sorprendernos veinte años después de su muerte. Quizás una de sus facetas más desconocidas ha sido la de propagador de la fe por medio de los escritos. En algún momento nos hemos atrevido a decir que el P. Morales no fue un escritor propiamente dicho, sino que escribió bien por salir al encuentro de una necesidad apologética en defensa de sus actuaciones apostólicas (sus escritos desde Badajoz), o bien por la exigencia de sistematizar un estilo de vida y un carisma del que era un simple transmisor y del que sentía que debía legar a generaciones venideras, como son todos los libros de uso interno de las Instituciones por él fundadas. El hallazgo providencial, no obstante, de diecinueve artículos publicados en la revista Estrella del mar a lo largo de 1941 y primeros meses de 1942, podría hacer que empezásemos a cambiar esta opinión.

Estrella del mar

La revista Estrella del mar, que se había fundado en 1920 como boletín de las Congregaciones Marianas de lengua española, y que desde 1922 era el órgano oficial de la Confederación Nacional de Congregaciones Marianas españolas, creada en 1921, se vio interrumpida en julio de 1936 y se acababa de poner en marcha de nuevo en enero de 1941. Se trataba en esta tercera época de una revista de gran formato, algo más que el actual DIN A-3 (49 x 34,5 cm), ilustrada en blanco y negro, con un cuerpo de letra muy pequeño, a cinco columnas, a dos tintas en portada ya que el encabezamiento iba en azul celeste, y con una tirada quincenal, aunque con varias interrupciones (19 números al año).

Tenía 16 páginas, a veces 24. Se editaba en Madrid, de donde se distribuía a toda España, y salía a la luz normalmente los sábados. Iba destinada a los (y las) congregantes marianos. La suscripción anual de ese año 1941 era nada menos que de 18 pesetas, precio que nos parece muy elevado en aquellos primeros años de postguerra en los que faltaba casi de todo. La revista, sin embargo, salió adelante, como lo prueba su continuidad hasta 1968, año en que desaparece al transformarse las Congregaciones Marianas en Comunidades de Vida Cristiana (CVX).

En ella escribían jesuitas ya consagrados por su actividad apostólica o por su vida como los P. Ángel Ayala y Á. Carrillo de Albornoz, que en 1947 pasaría a Roma como Director mundial de las Congregaciones Marianas; y estudiantes de teología que aún no se habían ordenado, y que le daban la chispa más juvenil a la revista. Entre ellos aparecen nombres bien conocidos como M. Marín Triana, Nazario Pérez, José María de Llanos, etc. Algunos de ellos habían de escribir páginas gloriosas de la historia de España y de la Compañía en el siglo XX.

Tomás Morales S.J.

A comienzos de 1941 Tomás Morales era un jesuita que estudiaba segundo de teología en Granada, y desde octubre de ese año, tercero. Se preparaba para el sacerdocio que recibiría unos meses más tarde (13 mayo 1942). No consta que en esos momentos de formación académica y teológica estuviera dirigiendo ninguna congregación, ni siquiera integrado en alguna, aunque sí había pertenecido en su juventud a una. Durante el bachillerato, en su largo internado en los jesuitas de Chamartín (1917-1924), perteneció durante varios años a la de la Inmaculada y de San Luis Gonzaga, que tenía reuniones formativas y obras de apostolado, como la catequesis y la visita a hospitales. En 1922, con 14 años y estudiando 4º de bachillerato, Tomás tuvo en ella el cargo de tercer capillero, según podemos ver en la Memoria del colegio de Nuestra Señora del Recuerdo de ese curso (p. 80). Lástima que se hayan perdido casi todos los datos tras la quema del colegio en 1931. Algo, por lo tanto, sabía del funcionamiento de las Congregaciones Marianas.

Quizás también por ello mismo, uno de sus primeros cometidos apostólicos, en sus años de maestrillo en Villafranca de los Barros (Badajoz) (1943-1945), antes de hacer la tercera probación, fue el de consiliario de la Congregación Mariana que había en aquel pueblo al calor del colegio jesuita. Y quizás también por ello, en el difícil período 1961-63, apartado de Madrid y de todas las obras que había fundado, se hizo cargo de la Congregación Mariana que había en Cáceres, adonde se desplazaba en tren desde Badajoz todas las semanas para atenderla. El 13 de mayo de 1962 celebró su vigésimo aniversario de ordenación sacerdotal precisamente en Cáceres, presidiendo una misa en la concatedral de Santa María, pues era el día mundial de las Congregaciones Marianas y, como consiliario, le correspondía hacerlo. Allí se concentraron «unos pocos congregantes y multitud de ellas. Aproveché para pedir a la Virgen que de allí escogiese a un buen grupo para su Cruzada. Toda la misa fue ofrecida para que la Cruzada sea, en manos de la Señora, el instrumento providencial para cumplir su mensaje de amor en el mundo» (carta a Abelardo, 16-V-1962).
  
Sus escritos

De los 19 artículos publicados en estos catorce meses, podemos encontrar tres bloques temáticos distintos. Por un lado, aquellos que hacen alusión a la liturgia aprovechando una festividad señalada; en segundo lugar, cuatro amplios artículos dedicados a introducir al lector en cada uno de los cuatro evangelios; y finalmente aquellos en los que habla de la Universidad católica española, que son ocho. Vamos a dedicar en Estar tres artículos, uno a cada uno de estos grandes temas.

Calendario litúrgico

Cuatro artículos publica en 1941 y tres más en 1942 relacionados con la liturgia, en la sección “Calendario litúrgico” que tenía la revista. La sección tenía un logotipo muy característico, un cordero místico rodeado de una láurea formada por distintos racimos y espigas en el centro flanqueado por un crismón a la izquierda y un emblema de María a la derecha. El primero de los artículos aparece el 11 de octubre de 1941 y es el dedicado a la “Maternidad divina de María”, fiesta que se celebraba entonces ese día, 11 de octubre. El segundo aparece como artículo de fondo en la portada de la revista del 25 de octubre y está dedicado a “Jesucristo, rey de las naciones”, ya que la fiesta, instituida por Pío XI en 1925, se celebraba en esos momentos el domingo anterior a la solemnidad de Todos los Santos (recordemos que hasta 1970 no se trasladó al último domingo del año litúrgico). Son escritos profundos, con muchos latines y gran número de citas, quizás por los estudios que estaba realizando en esos momentos, pero se leen muy bien. El de Cristo Rey con un final muy ignaciano.

El tercero aparece el 8 de diciembre y está dedicado al tiempo litúrgico que comenzaba entonces, lo titula simplemente “Adviento”. El cuarto ve la luz en ese mismo número, lunes 8 de diciembre, dedicado a la Inmaculada, como no podía ser de otra forma. (Lo reproducimos unas páginas más adelante en la sección de “Testigos y maestros”).

En 1942 escribe “Epifanía, misericordiosa manifestación del Señor” para el 6 de enero; “Conversión de San Pablo” para el 25 de enero, y “Septuagésima” para el 1 de febrero. Y ahí se acaban sus colaboraciones en el campo de la liturgia y, lo que es más sorprendente, ahí acaba la sección “Calendario litúrgico” de la revista. Ello parece indicar que no fue un encargo que le hicieron los superiores o desde la misma revista, sino que la iniciativa debió ser suya. Nadie siguió la sección.

Seis están firmados con su nombre completo, mientras que el del Adviento lo firma tan sólo con las siglas T.M., probablemente para no rubricar con su nombre la autoría de dos artículos en el mismo número.

Se trata de artículos donde se percibe perfectamente el estilo que le caracterizará en sus escritos similares de los años sesenta, recogidos y editados más tarde (1977) en su obra Itinerario litúrgico. Es característica ya la interpelación al lector: “Si leéis con atención la liturgia de adviento, un gesto de sorpresa se dibujará instintivamente en vuestro rostro” comienza el dedicado al adviento; y el de la Inmaculada: “Remontaos al primer instante de la existencia de vuestra Madre bendita”. Estos artículos pudieron ser el resultado de trabajos académicos al hilo de los estudios de la asignatura de liturgia.

Hemos conservado algunos de estos artículos procedentes de sus propios recortes de la revista, y contienen correcciones en tinta azul hechas con pluma de su puño y letra, o bien ampliaciones bibliográficas, como dejándolos listos para una nueva publicación corregida y aumentada. En todos estos artículos vemos ya el germen de un interés muy personal por la liturgia, que desembocó luego en los años cincuenta, en el Hogar del Empleado, en la creación de folletos para cada tiempo fuerte o festividad litúrgica importante, como las solemnidades. Servían para preparar las grandes festividades por medio de paraliturgias y oraciones apropiadas, con aquellos dibujos extraídos de los tomos de liturgia de Pius Parsch, que él había leído en alemán, y consultaba con bastante frecuencia. Por otro lado, dieron lugar a los libros de meditación con puntos de oración para cada domingo del año y para las grandes fiestas marianas y de los santos, que terminaron generando los doce volúmenes de Semblanzas de testigos de Cristo para los nuevos tiempos (1994).

En el próximo número hablaremos de sus cuatro artículos dedicados a introducir cada uno de los evangelios.

A propósito de la Evangelización de los jóvenes

Por Abilio de Gregorio

Me temo que el tópico de la “nueva evangelización” termine por hacérsenos viejo de tanto manoseo sin haberlo ni siquiera estrenado. Ya se habló con profusión de ello a raíz de la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi de Pablo VI (1975). Entre 1979 (Catechesi tradendae) y 2001 (Novo milenio ineunte) san Juan Pablo II hizo de la alocución “nueva evangelización” una suerte de santo y seña para toda la Iglesia, convirtiéndolo Benedicto XVI en urgencia para todos los cristianos en el Sínodo de los Obispos del año 2012. Actualmente, el Papa Francisco vuelve a apelar a la necesidad de una nueva y alegre evangelización (Evangelii gaudium, 2013) como respuesta perentoria al hombre de nuestro tiempo.

Por lo que respecta a la evangelización de nuestros jóvenes, hemos presenciado un desfile de complejos y sesudos estudios sociológicos, de análisis de coyuntura, de prospecciones de sensibilidades axiológicas, de ensayos de lenguajes y estrategias, etc., para asegurar la pregnancia del Mensaje en la sensibilidad de los muchachos de hoy. Al cabo, casi siempre nos hemos topado con el deprimido: “a los chicos de hoy no les interesa nada”. Y vuelta a nuevos saldos y a nuevos eufemismos para ganarse la atención de los chavales y justificar el oficio.

¿No sería, sin embargo, más razonable observar cómo han actuado quienes han logrado penetrar verdaderamente en el corazón de los jóvenes y producir en ellos giros vitales en dirección a Cristo? ¿Cuál era el “secreto” de san Juan Bosco, del P. Tomás Morales, de Abelardo de Armas? Me aventuro a pensar que el secreto es que miraban a los muchachos con los ojos de Dios (para lo cual es necesario haber mirado antes mucho a Dios…) No con ojos de sociólogo avisado, ni de pedagogo erudito. Miraban con aquella mirada con la que Jesús miró al joven con aspiraciones de vida eterna: con respeto a su libertad, con exigencia y con compasión comprometida.

¿Qué “estrategia” empleaba san Juan Pablo II en su llamativa evangelización de los jóvenes? Interrogado en una tertulia radiofónica el sociólogo Juan Linz acerca de las claves de la fascinación que ejercía el Papa polaco en la generación joven de todo el mundo, decía contundente: “Este hombre cree lo que dice, lo dice con entusiasmo contagioso y se atreve a decirles lo que no se atreven a decirles los demás”.

Cree lo que dice. No hace falta mucha glosa. Juan Pablo II, —lo pudimos sentir asistiendo a su oración— no sólo cree “a” Dios, sino que cree “en” Dios hasta hacernos casi palpar su presencia. No da la sensación de transmitir a los jóvenes un ideario, sino de compartir con ellos los mismos soportes de su vida, lo que se da por supuesto sin más en su existencia. Eso que sí, nace en la cabeza, pero sólo se hace carne de creencia cuando desciende al corazón. Por ello, quizás ese creer hasta la evidencia no sea un asunto intelectual, sino un asunto “del querer” como se llama en el lenguaje popular a los asuntos del corazón.

Como afirma R. Spaeman, no se puede dar a los educandos cheques sin fondos. Cuando descubren la estafa —y se descubre con prontitud—, suelen sancionar con el desprecio y el abandono.

Lo dice con entusiasmo contagioso. Sólo cuando se cree con una tal confianza esperanzada, y cuando Aquel en quien se cree plenifica el alma, entonces el mensaje tiende a ser una expresión de la abundancia y del arrebato del corazón. Adquiere todas las tonalidades emocionales de un alma poseída por el espíritu (entusiasmada) de Aquel en quien cree (=a quien ama). Una tal alegría tiende a penetrar, por vasos comunicantes, en los adentros del alma juvenil, harta ya de profecías de desgracias y necesitada de mensajes afirmativos.

Se atreve a decirles lo que no se atreven a decirles los demás. Es, quizás, la mayor muestra del respeto con el que los jóvenes exigen que se les trate. No admiten sucedáneos; demandan productos auténticos. Descubren enseguida que, detrás del halago dulzón, hay una actitud de desprecio. Saben que, debajo de muchas de las “tolerancias” a la juventud, sólo hay temor y desconfianza. O carencia de convicción en el Mensaje. O afán de dominio del querer del joven a quien se pretende someter con armas de persuasión, de fascinación o de proselitismo.

Juan Pablo II, con ese “respeto imponente” que le suponen los jóvenes que se arracimaban junto a él, no se entretiene en estrategias de aproximación, en eufemismos, en infantiles juegos de despiste: “Atreveos a ser santos”, así, a boca jarro y sin anestesias. En la cumbre del entusiasmo de los jóvenes que lo jalean como a un líder, igual les suelta las severas exigencias de la castidad, que el llamado de Jesús a dejar todo y a seguirlo de cerca. Y eso a los muchachos les gusta y lo agradecen porque perciben que, cuando los demás los miran con despectiva compasión, el Papa cree que son capaces, los respeta y, en consecuencia, les hace creer en ellos mismos.

Ya no es tiempo ni de cavilosos estudios sociológicos ni de hábiles manejos de nuevos instrumentos y lenguajes para la nueva evangelización. Como decía Pablo VI, es tiempo de testigos.

Consérvame la sed

Por Antonio Rojas

Si no estás dispuesto a equivocarte,
nunca llegarás a nada original.


—Ken Robinson—

Es difícil, para el hombre, trabajar con originalidad. Sobre todo, cuando su tarea es un trabajo siempre igual, que sólo varía en la carga o en la propia disposición personal con que se acoge.

Es muy fácil caer en la rutina cuando se repiten los mismos sitios, todos los días; y los mismos instru­mentos, todos los días; y las mismas horas en los mismos talleres, todos los días. Las mismas oficinas, los mismos consultorios o las mismas aulas. Y con los mis­mos compañeros, para producir, poco más o menos, las mismas cosas y en igual cantidad.

Es difícil trabajar con originalidad cuando la rutina tiene adormilada el alma y entumecido el espíritu.

Pero si el hombre es a semejanza de Dios, el hombre debe aprender a trabajar con originalidad. Aconsejan en un departamento de publicidad:

Si quiere Vd. prosperar, gozando al mismo tiempo de la vida, entusiásmese con su profesión.

Porque el entusiasmo es el ingrediente que hace agra­dables las tareas tediosas, ahuyenta el cansancio y permi­te hacer más camino en menos tiempo.

No comience usted su jornada exclamando resignadamente:

—¡Otra vez el fastidioso yugo!

Diga por el contrario:

—¿Qué haré hoy mejor que ayer?

Porque el hombre es lo que es su pensamiento, su ideal.

Por eso, cuando el poeta Marquina quiso, en un corto verso, definir la vida y dar al hombre una idea clara de su peregrinar por el mundo, lo resumió así: 
Una fuente escondiday caminar con sed;y al final del caminoencontrarla y beber¡No pediría a Diosen la vida otro bien!
Y si Dios quisierami deseo atender,le diría: «A la fuente renuncio
y al camino también;
pero... hasta que me muera,
¡consérvame la sed!»

Una fuente escondida, qué bella metáfora de todo ideal. Coger el camino en marcha hacia el encuentro con la propia ilusión, independientemente de que el camino sea largo o breve, cuesta arriba o cuesta abajo. No importa. Caminar hacia la fuente en superación constante hasta encontrarla.

Sólo de esta manera el hombre acertará a dar originalidad a cada una de sus cosas. Y así, aunque haya llegado a la fuente, consérvame la sed para seguir avanzando, porque la meta de todo espíritu gigante está más allá.



El aguilucho herido

Contado por Ángel Gómez

Juan, un niño de diez años, oye a su abuelo mientras le cuenta la historia que le ocurrió cuando era joven.

En el bosque y encontré en el suelo un aguilucho herido —comenzó contando el abuelo—. No lo podía llevar a casa y se lo dejé a un granjero para que lo curara, lo cuidara y después lo soltara. El granjero lo curó y lo introdujo en un corral, donde pronto aprendió a comer y a vivir como lo hacían las gallinas y los pollos...

Juan miraba a su abuelo boquiabierto, imaginando el aguilucho herido: ¿le habría disparado un cazador? ¿Dónde estaría su mamá águila?

Pasado un tiempo volví para ver cómo iba el aguilucho. Comprobé que seguía en el corral y, disgustado, pregunté al granjero: “Pero ¿por qué ese águila, la reina de las aves, sigue encerrada en este corral?”. El granjero me contestó: “Es que ya no es un águila: come la misma comida que los pollos, se ha acostumbrado a vivir entre los pollos, y se comporta como un pollo. Ya lo ves: ni quiere volar. Puede que antes fuera un águila, pero ahora ya no”.

Pero eso no puede ser, abuelo, ¿no? —dijo Juan—. ¡Si es un águila, es un águila y no un pollo!

Eso le contesté yo —respondió el abuelo—: “A pesar de todo tiene corazón de águila, y puede aprender a volar. ¡Démosle esa oportunidad!” El granjero objetó: “No entiendo lo que plantea: si hubiera querido volar, lo habría hecho y se habría marchado; nadie se lo ha impedido”.

Yo le insistí: “¿Y si probamos? Ese ave pertenece al cielo, no a la tierra. Si abre sus alas, ¡puede volar! ¡No me iré hasta que aprenda a hacerlo!” Al final el granjero accedió, me dio el aguilucho y me dispuse a empezar.

El primer día llevé a la rapaz a una loma cercana. Le enseñé, gesticulando con mis brazos, cómo tenía que abrir las alas. El aguilucho estaba receloso y confuso, y al poco tiempo se fue dando saltitos de gallina hasta el corral.

Al día siguiente le llevé a una colina más alta. La granja se veía desde allí como un puntito. El aguilucho tenía miedo. Nunca había contemplado nada desde semejante altura. Yo le incité: “¡Abre las alas y vuela! ¡Vale la pena! Podrás recorrer enormes distancias, jugar con el viento y conocer otras águilas...” Pero el aguilucho, temblando, se fue otra vez a reunirse con los pollos.

El abuelo captó la mirada de su nieto, y descubrió que también él tenía corazón de águila.

—Al tercer día, temprano, llevé al aguilucho a una loma mucho más alta. Desde allí ni se veía la granja. Sobre nuestras cabezas volaban majestuosamente otras águilas; amanecía. Entonces dirigí su cabeza hasta que su mirada se encontró con las águilas, y en esa visión, unida a un chillido de invitación que provenía de la altura... ¡se lanzó a volar!

¡Qué guay, abuelo! —concluyó Juan— ¡Tenemos que ir a la montaña para buscar un aguilucho y enseñarle a volar!


Y para que te enseñe a ti también, Juan. Porque tú... ¡también puedes volar!

La Inmaculada, Madre y Señora

POR TOMÁS MORALES, S.J. (Extraído de Estrella del mar, 8-XII-1941)

Remontaos al primer instante de la existencia de vuestra Madre bendita. En ese momento inicial en que el pecado estigmatiza fatalmente a todo hijo de Adán, la sorprenderéis pura, inocente, inmaculada. Dios detiene ante Ella el torrente de iniquidad que revuelca y anega en aguas de cieno a toda criatura. Ahí tenéis a María Inmaculada. Ni un rastro de servidumbre satánica: “En el paraíso espiritual del nuevo Adán, jamás tuvo acceso el demonio”, dirá San Juan Damasceno. Ni el más mínimo contagio dé corrupción: “Es la rosa nacida en el seno de Ana, a cuyo contacto desaparece la lepra infecciosa que carcomía nuestra naturaleza” (Pedro de Argos). Ni tinieblas de culpa: pues “el sol de Justicia ha iluminado sin cesar esa esfera celestial, disipando de su alma la noche del pecado” (San Proclo)... Así, puro, incontaminado, se eleva hacia el cielo ese “lirio teñido con la púrpura del Espíritu Santo”, que nos presenta la liturgia griega “creciendo en medio de las espinas de este mundo y embalsamando con su aroma el corazón de quien lo contempla”.

Este es el aspecto negativo del inefable misterio: el pecado, que saltando de generación en generación, se detiene ante María sin atreverse a tocarla, ante ese “santuario augusto de la impecabilidad, templo del Dios sacrosanto” (San Proclo). Iluminemos ahora el lado positivo: nuestra Señora, ¡llena de gracia!... Plenitud de vida divina desde el día venturoso de su concepción sin tacha. Su gracia inicial excede a la consumada de los mayores santos: Fundamenta eius in montibus sanctis, dice la liturgia repitiendo la frase del Rey Profeta. A la altura a que se detiene la santidad del mayor ante los elegidos, comienza la de María. Así, la luminosidad de un santo en el cenit de su carrera no igualará jamás a la santidad que adorna a la Virgen en la aurora de su vida. Nadie como Ella: Nec primam similem Visa est, nec habere sequentem (Antíf. Laudes Navid.). Extasiada ante esta filigrana de santidad, la Iglesia, en los maitines de la fiesta, nos invita a alabar al Dios que la forjó: “Admirable es vuestro nombre por toda la tierra, pues os habéis preparado en la Virgen una morada digna de Vos”.

Y aquí tenéis apuntada la razón teológica de este dogma tan glorioso para Ella, como consolador para nosotros. La Concepción Inmaculada, corolario anticipado de la maternidad divina de María. Una tradición de siglos, una pléyade incontable de Santos Padres y Doctores, se complace en presentarnos a la Santísima Trinidad fabricando desde la eternidad ese cuerpo virginal en cuyas entrañas purísimas se encarnaría un día feliz el Hijo de Dios. Ella es “el templo santo de Dios que el Salomón espiritual se ha construido a sí mismo, templo reluciente, no con oro y pedrería, sino con la luz del Espíritu Santo” (S. Juan Damasceno).

Una íntima alegría os debe conmover al contemplar recortarse airosa y pura hacia el cielo la silueta de vuestra Madre idolatrada. La Iglesia griega prorrumpe exultante: “Salten de júbilo montes y colinas, alégrese la tierra y el mar, dilátese en gozo la muchedumbre de los ángeles y de los hombres, pues Ana ha concebido al santuario divino del Señor”. Y la liturgia romana corea la voz jubilosa: “Tu Concepción Inmaculada fue anuncio de gozo para el universo mundo”. Aurora de redención y de vida, primer punto de un programa amoroso de inefables misericordias, la Inmaculada rompe el mosaísmo e inaugura la Alianza Nueva.

Ahí tenéis a vuestra Madre y Señora. La misma que, suspendida entre nubes, juntas las manos sobre el pecho, la mirada perdida en el cielo, nos presentaban ya los libros de Horas en los últimos años del siglo XV. Nuestro gran Murillo tendrá una intuición genial: alejar de esta Purísima tradicional todo símbolo, todo accesorio que pudiera distraer la atención de quien la mira. Así creó para el Arte el tipo definitivo y perfecto de Inmaculada que el alma cristiana no se cansa de contemplar.


Hundid también vosotros en Ella la mirada filial. Tomad como modelo a la misma Madre de Dios. Recordad aquellos rasgos sublimes que la gubia de Alonso Cano esculpiera en su Inmaculada de Granada. En esa filigrana de arte, en ese prodigio de idealización en acentuado contraste con el realismo de la de Montañés; en medio de ese movimiento de pasión inigualado que nuestros artistas acertaron a imprimir a sus Purísimas, contemplad esa mirada virginal, despegada de todo lo terreno y absorta solo en la consideración de su propia grandeza... Y no retiréis vuestros ojos de la Madre amorosa hasta que sintáis fortalecida vuestra alma para la lucha por ese ideal de pureza que debe caracterizar vuestra vida. En las fiestas de la Señora, sentía el Beato Fabro robustecerse su corazón contra las acometidas de las tentaciones. También se templarán vuestros espíritus para la gran lucha si sabéis acudir a Ella con confianza. Entonces experimentaréis la verdad de aquellas palabras del Beato Juan de Ávila: “Os será muy verdadera Madre en todas vuestras necesidades”.