martes, 1 de abril de 2014

Sub especie aeternitatis: nuestro Papa Francisco

Por Santiago Arellano

Es humano que tendamos a aplicar varas de nuestra misma pedestre condición para medir todas las cosas, aún las sobrenaturales. Sin embargo hay realidades que exigen la mirada de la fe, para calibrar, con medida precisa, lo que está aconteciendo. A los Sumos Pontífices, precisamente por el entorno de tan corto vuelo en que nos movemos, es necesario no perder la perspectiva y repetirnos en el hondón del alma: nuestro Papa Francisco es el dulce Vicario de Cristo en la tierra. Después vendrá todo lo demás: simpatías, gracejos, espontaneidades, realismo, sencillez y humildad y tantas y tantas cualidades para bien de la Iglesia. Hemos sido testigos privilegiados del maravilloso don con que el cielo nos ha bendecido en los Papas que hemos conocido, a cual más asombroso, por no remontarnos a los que conocemos de oídas o por estudio, sobre todo desde la Era de las Revoluciones.

Desde este rincón de arte os quiero traer un fragmento de un poema de Dionisio Ridruejo, poeta al que sus perfiles y vicisitudes políticas en los años de la guerra, división azul, y Movimiento Nacional, han desterrado al olvido y silencio, a pesar de que en sus últimos años participó en el diseño del plan para la organización política de la transición española. Se trata de un testimonio religioso excepcional. Ridruejo se encontraba en Roma el 1 de noviembre de 1950, en el momento en que Su Santidad Pío XII iba a proclamar el dogma de la Asunción de María. Dionisio, impresionado, compone un poema más que sobre el dogma, sobre la vivencia emocional de ese momento que le permite comprender, como os muestro en este fragmento, el misterio esencial de Pedro y de la Iglesia. Un nuevo Pedro va a pronunciar, solemnemente, una verdad. El poeta dice: Después de veinte siglos nos juntamos, enniñeciendo aún, a que nos sea dicha la fe. Así miro a nuestro Papa Francisco

…Veinte siglos y ahora
estamos reunidos en San Pedro de Roma,
en San Pedro de piedra, el que lloraba,
viéndote agonizar y luego, supo
y fué Pedro de fuego. En esta plaza
dónde la Letanía de los Santos
va contándole piedras ciegas a tu corona
de cielo vivo. En esta pobre plaza
que será de ceniza como todo,
lo que fué tierra, y demasiado pronto,
pero que ahora sirve: —esta gran plaza—
como lucerna abierta hacia la imagen
de tu completa libertad, pintada
de un azul indudable
donde navega una redonda espuma.
Después de veinte siglos nos juntamos,
enniñeciendo aún, a que nos sea
dicha la fe y contada la memoria
y regado, en tu nombre aquel saquito
de simientes preciosas que aumentabas
día a día en tu pecho y que cediste
después a nuestros niños jnmortales
al soñar cada noche.
y en tu busca subimos, muerte a muerte,
desandando los días, vida a vida,
la escala, boca a boca, de un recuerdo
hasta Gethsemaní, cuando dormiste.

Os propongo que contempléis el retrato de san Pío V, besando con gran unción a un crucifijo. Imagino así a nuestros Papas en la intimidad. Recordad que el santo dominico se tomó en serio aplicar el concilio de Trento. Anuló los resabios mundanos de la curia, eliminando por ejemplo al bufón. El dinero recaudado durante su elección lo repartió entre los pobres; obligó a los obispos a residir en sus diócesis, plantó cara a los Turcos (Lepanto) y a los herejes. En lo personal: siguió durmiendo sobre un jergón de paja y conservó sus hábitos dominicos, origen, según algunos, del hábito blanco de los pontífices.