martes, 1 de abril de 2014

La civilización del espectáculo al acecho del Papa Francisco

Por Abilio de Gregorio

Una de las estrategias más eficaz para desactivar a los profetas que amenazan con desestabilizar el statu quo consiste en banalizar su mensaje. Lo pretendió el maligno al inicio de la predicación de Jesús (recuérdense las tentaciones del desierto, tentaciones de banalización) y lo sigue intentando cada vez que aparecen en la Historia hombres de Dios que pretenden reactivar su mensaje. Para ello se ponen en movimiento untuosos todos los mecanismos de lo que Vargas Llosa definía hace unos años como la “civilización del espectáculo”, marca identitaria de nuestro tiempo y que el Papa Francisco caracteriza como una cultura predominante en la que el primer lugar está ocupado por lo exterior, lo inmediato, lo visible, lo rápido, lo superficial, lo provisorio (Evangelii gaudium, 62).

Vino Juan Pablo II y la sociedad del espectáculo lo aplaudió sólo como a un encantador movilizador de masas juveniles. Lo sucedió Benedicto XVI y esa misma sociedad solamente nos mostraba al intelectual brillante, al cauteloso celador de una cultura bimilenaria occidental.

Hoy tenemos al Papa Francisco y, después del primer estremecimiento de la novedad de un pontífice hispanoamericano, comenzamos a constatar que su profundo mensaje evangélico se trivializa también por reducción. Es un Papa de izquierdas, destacan, que calza unos zapatos rústicos y gastados, viaja en un pobre utilitario, vive en una modesta residencia, abre los brazos de la Iglesia a los gays, no se obsesiona con la moral de preceptos. El sistema lo hace suyo, extrae la espoleta de la radicalidad evangélica a su discurso, y lo exhibe como la inevitable claudicación de la Iglesia a las exigencias de nuestro tiempo.

En el hondón queda oculto su mensaje de alegría en el anuncio del Evangelio, su proclamación de la misericordia de un Dios que busca hasta la extenuación al despistado para invitarlo a regresar al hogar del Padre, su incitación a salir a las periferias, a las fronteras, para hacer visible el Rostro de Dios. Una cruel forma de ahogar su voz es el aplauso. Y en ese hondón se pretende ocultar que la alegría que preconiza el buen Papa Francisco es una alegría que dice nacer del encuentro personal e íntimo con el Señor; que la misericordia de Dios sólo es experimentable cuando se constata la verdadera estatura del hombre frente a la estatura de Dios; que salir a las periferias implica salir de sí mismos y superar la egotropía de una cultura del individualismo confortable. Por eso el Papa enciende la alarma de la mundaneidad espiritual que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia (…) ¡Dios nos libre de una Iglesia mundana bajo ropajes espirituales o pastorales! (E. G. 92, 97)

Por eso, cuando se pretende encumbrar al Papa Francisco desde la trivialización y el adocenamiento de la vida cultural vigente, desde el facilismo y la superficialidad —aunque se intente justificar en el propósito de llegar al mayor número de “usuarios”—, será preciso tomar la criba y cerner —discernir— cuánto hay de espectáculo en los gestos que se subrayan como noticiables y cuánto hay de eco verdaderamente evangélico. Entonces quizás empezaremos a darnos cuenta de que del buen Papa Francisco es mucho más importante lo que de él calla la sociedad del espectáculo que lo que exhibe; que esa misma sociedad que aplaude con entusiasmo su valentía por arrimarse a los pálpitos del mundo actual, lo ignora fríamente el día que se arrima calladamente al Dios del Evangelio. Ese día es cuando el Papa necesita el calor de los cristianos porque, entonces, los medios y los espectadores lo dejarán sólo.

Evangelizar es hacer presente en el mundo el Reino de Dios, escribe el Papa en el nº 176 de Evangelii gaudium. Pero ese Reino se reconoce porque está lejos de lo espectacular y de las convenciones y categorías del reino de los hombres. Es más grande que lo más grande de nuestras historias y, por eso se presenta como escándalo y locura (1 Cor 1: 18,21-25,27), como una opción contracultural ante las laxas y frívolas vigencias actuales. Quizás, por ello, cuando el mundo aplaude con entusiasmo, habría que preguntarse con el sabio: ¿en qué nos estamos equivocando?