sábado, 1 de febrero de 2014

La belleza, vía para la evangelización

Por Santiago Arellano

La voz del Papa Francisco en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium nos ha sacado de nuestras cavilaciones y enredos. La misión de todo bautizado no es otra que evangelizar. No me cansaré de ponderar la maravilla de los Papas de los últimos siglos. Si algo se puede decir de cada uno es que no estaban cortados por el mismo patrón. Han anunciado el mismo Evangelio, nos han movido al amor de la Iglesia, de Cristo y de nuestra Madre la Virgen, pero cada uno con el don de su personalidad. 

Es hora de levantarnos y ponernos en marcha. Y de que cada uno propiciemos el reino de Cristo en los ámbitos de nuestra responsabilidad. En esta página venimos auspiciándolo mediante la vía pulchritúdinis a la que el Santo Padre también nos invita.

Debemos evangelizar la ciudad, nos advierte. También en ella se espera la Buena Nueva del Evangelio. Más aún la plenitud de los tiempos se alcanzará en la Jerusalén celeste que atraerá los corazones de todos los pueblos y naciones. ¿Cómo dar respuestas concretas a una ciudad egoísta, solitaria, individualista? Gran ciudad, gran soledad, sentencia nuestro refranero. Os ofrezco la lectura de unos fragmentos del poema XII de “El contemplado”, un largo poema de Pedro Salinas, en que canta la belleza del mar, en este caso la belleza de una ciudad junto al mar, belleza maravillosa que nadie contempla. Canta el poeta: 

Primera parte

¡Qué hermosa es la ciudad, oh Contemplado,
que eriges a la vista!
Capital de los ocios, rodeada
de espumas fronterizas,
en las torres celestes atalayan
blancas nubes vigías.
Flotando sobre el agua, hecha y deshecha
por luces sucesivas,
los que la sombra alcázares derrumba
el alba resucita.
Su riqueza es la luz, la sin moneda,
la que nunca termina,
la que después de darse un día entero
amanece más rica…

Todo se ofrece a la vista, las espumas, las blancas nubes, los edificios convertidos en alcázares que  se alzan y se derrumban en luces sucesivas, que caen con las sombras y al alba resucitan. También en la belleza hay riqueza y hay canjes, pero todo ajeno a la codicia. La riqueza es la luz que por más que se dé cada día, amanece más rica.

Segunda parte

No hay nadie, allí, que mire; están los ojos
a sueldo, en oficinas.
Vacío abajo corren ascensores,
corren vacío arriba,
transportan a fantasmas impacientes:
la nada tiene prisa…
La ciudad, sumergida en la belleza, pasa indiferente como si no fuera con ella.

El pintor Rob Gonsalves nos brinda un camino para salir de aislamientos que nos impiden contemplar la belleza del entorno. En el cuadro “un cambio de escenario II (haciendo montañas)” sitúa a los personajes en un mirador. La joven tiene un libro en las manos que le sirve de encuentro con el mundo y tiene encendida una lámpara, pero ni el libro ni la luz artificial pueden sustituir ni la luz natural ni el paisaje que ocultan las cortinas. El joven con las tijeras abre su casa a la hermosura del entorno.