sábado, 1 de febrero de 2014

El laico, un consagrado por el bautismo

Por Abilio de Gregorio

Pero ¿qué era eso del bautismo? ¿Acaso no era más que un ritual por el que se ingresaba en una “tribu” religiosa, en un club de gente bienintencionada, en un ayuntamiento de practicantes de una ética altruista y filantrópica? ¿Era solamente un rito por el que el bautizado, por sí o por sus representantes, afirma unas verdades canónicas y hace protesta de cuanto se opone a las mismas? ¿O se trataba quizás solamente de un símbolo transitorio que tiene efectos en su momento y pasa después a ser mera señal de identificación social como puede ser un nombre y un apellido en el documento nacional de identidad? ¿O era, es, algo más? ¿Qué era, qué es, lo sustancial?

El bautizado es un consagrado
Creo que merece la pena mover el foco del significado bautismal desde esa posición de dotación de limpieza y gracia y de pertenencia eclesial, a la perspectiva de la consagración. El bautizado queda ungido como sacerdote, profeta y rey. Y si las palabras del rito son algo más que bisutería, estamos ante tres expresiones que están haciendo referencia a una suerte de expropiación para pasar a un menester —a un ministerio— de representación de lo sagrado. El bautizado, que después de ser limpiado por las aguas, es ungido con óleo, queda apartado del resto y señalado (signado) o marcado como alguien perteneciente a Dios. La enseñanza del Concilio Vaticano II es clara: Cristo, el Señor, Pontífice tomado de entre los hombres (ver Hbr 5, 1-5), hizo de su nuevo pueblo […] un reino de sacerdotes para Dios, su Padre (Apc 1, 6; ver 5, 9s). Los bautizados, en efecto, son consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu Santo, como casa espiritual y sacerdocio santo, para que, por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable (ver 1 Pe 2, 4-10) (1).

Cuando se habla de consagración, se habla de un rito litúrgico que implica subrayar que una persona, objeto o lugar quedan destinados definitiva y exclusivamente a una finalidad religiosa, y esa es la razón de por qué en la mayoría de esos ritos se emplea la unción con el santo crisma.

Si el bautizado es una persona ungida, es decir un consagrado, quiere decir que su vida en todas y cada una de las instalaciones existenciales en que se encuentre (varón o mujer, casado o célibe, sano o enfermo, en uno u otro momento de la historia, cualquiera que sea su quehacer profesional…) queda transferida al ámbito de lo sagrado o de lo divino (¿queda “divinizada”?) e impregnada por una misión encomendada por Aquel que lo consagra. 

Afirma el papa Francisco: Los laicos son simplemente la inmensa mayoría del Pueblo de Dios. A su servicio está la minoría de los ministros ordenados (…) Pero la toma de conciencia de esta responsabilidad (del laicado) que nace del Bautismo y de la Confirmación (2)… Más adelante escribe: la gran dignidad viene del Bautismo, que es accesible a todos (3). 

Después pueden venir otras consagraciones en la historia grande y en la historia de cada uno. Consagración mediante votos, consagración mediante el sacramento del orden, consagración episcopal, u otras consagraciones no recogidas en la formalidad de los códigos. Quizás todas ellas no sean sino re-consagraciones de un gran mérito y valor pero cuya parafernalia histórica ha ido poniendo en la sombra la consagración original y germinal hasta hacerla casi inadvertida. La consagración bautismal es lo esencial; es la primera y la más radical; es la condición previa necesaria e imprescindible para las demás consagraciones futuras y pensables en la Iglesia. Todas las demás vocaciones y consagraciones especiales se contendrían ya nuclearmente en la vocación cristiana a la fe y en la consagración bautismal. Esto que no es ninguna novedad en el ámbito del pensamiento cristiano, puede resultar estridente para algunos oídos habituados a otras melodías: afirmar hoy ser una persona de vida consagrada supone rotularse como clérigo o como perteneciente a la vida religiosa. Si un laico pretendiera proclamar su condición de consagrado por el bautismo sería motejado de intruso y precisaría de múltiples explicaciones, casi tanto como pretender explicar la cuadratura del círculo, toda vez que el concepto “consagrado” en el imaginario común se construye espontáneamente por referencia a esas personas de vida no convencional de vida claustral o/y clerical.

Sin embargo, la laicidad, la secularidad es una dimensión propia de toda la Iglesia. Tanto en Lumen gentium como en Apostolicam actuositatem se viene a afirmar que la condición laical no es algo exclusivo de un grupo de bautizados dentro de la Iglesia, sino que afecta a toda la comunidad eclesial en cuanto tal. Es obligación de todos los miembros de la Iglesia la renovación cristiana del orden temporal (4). Obligación que es consustancial al hecho de ser bautizados e instalados indefectiblemente en una realidad temporal. La Iglesia no sólo está “en el mundo”, sino que es “para el mundo”. Y, como dirá Pablo VI, sólo se salva lo que se asume (5). 

La especificidad del consagrado bautismal laico es su secularidad. Creo que sería plenamente legítimo afirmar que la forma de hacerse presente el laico en el mundo es la forma de hacerse presente la Iglesia en el mundo. Quizás se podría añadir que el laico no sólo lleva la Iglesia al mundo, sino que tiene la misión también de llevar el clamor del mundo a la Iglesia. El mundo —el siglo— ya no es algo de lo que hay que huir, no es el lugar en el que el cristiano vive esperando el siglo futuro, sino el lugar de la misión.

Parece estridente y utópico incluso pensar otra cosa después de la historia que tenemos, pero podríamos reivindicar legítimamente (ingenuamente…) que se mencionase habitualmente al consagrado por referencia al bautizado y se buscase otra expresión y otro concepto para referirse a las personas vinculadas por votos.
En este cambio de lenguaje, bueno sería empezar por pasar de considerar a los laicos como “colaboradores” a reconocerlos como “corresponsables” del ser y actuar de la Iglesia, tal como preconizaba Benedicto XVI (6).

La presencia activa del laico en la vida de la Iglesia no es una concesión gracial para llegar hasta donde no llegan otros grupos eclesiales, sino el ejercicio de un derecho que le viene dado por su consagración bautismal, entendido tal derecho como facultad para cumplir con los fines contenidos en la naturaleza de dicha consagración bautismal.

El bautizado es elegido y consagrado por Él
Porque en el bautismo la acción de la consagración no es activa, sino pasiva. Nadie se consagra, sino que es consagrado por el Señor. No se trata de izarse del lodo tirando de la propia cabellera, como en la fantasía del barón de Münchausen. No me habéis elegido vosotros a Mí, sino que Yo os elegí a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para que, cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dé (Jn 15, 16).

No, no parece lo mismo responder a una elección, que tomarse la iniciativa por muy prometeica que ésta sea. Cuando el protagonismo y la iniciativa es de Él, Él se apropia (expropia) del elegido. Cuando la iniciativa y el protagonismo es del hombre, generalmente éste se apropia de Dios y lo privatiza a la medida de sus impulsos, intereses y talantes. Y entonces el consagrado tiende a convertirse en un vulgar activista. 

No, no es lo mismo ni para el bautizado ni para el ministro del sacramento ni para los sucesivos agentes de pastoral. Por muy gratificante que resulte la docilidad del laico ante el clérigo o el religioso, es preciso que éstos sean capaces de decir al laico, como el sacerdote Helí al voluntarioso Samuel: Yo no te he llamado, hijo mío. Es Dios quien te llama 

1 Constitución Lumen gentium, 10.
2 Papa Francisco, Evangelii gaudium, 102.
3 Ibidem, 104.
4 Lumen gent. 32 y Apostol. actuositatem, 3,18.
5 Ecclesiam suam, 80.
6 Discurso en la inauguración de la Asamblea de la diócesis de Roma, 26 mayo 2009.