sábado, 1 de febrero de 2014

El laico es un puente

Abelardo de Armas asumió como pocos su vocación de laico, y se dedicó a propagar la belleza de la consagración bautismal en todos los foros que le abrían las puertas. Reproducimos a continuación un texto inédito, correspondiente al fragmento de una plática que pronunció en 1989, en unos Ejercicios Espirituales dirigidos a antiguos miembros del Hogar del Empleado.

“Tanto amó Dios al mundo, que le envió a su Hijo unigénito”. A ese mundo que Dios quiere salvar, a ése, le tenemos que amar. Y a ese mundo tenemos que ir. El Padre ha enviado a su Hijo, y el Verbo de Dios encarnado quiere seguir actuando en nosotros. No tiene otro corazón para amar a ese mundo que el mío, no tiene otra boca para hablar que la mía, no tiene otras manos para hacer el bien que las mías, no tiene otros pies para caminar que los míos, no tiene otros ojos para mirar que los míos... Es como si Cristo necesitase una humanidad supletoria. Porque Él ha hecho la salvación del mundo, pero dice san Pablo: “yo completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo en bien de los méritos de la Iglesia”.

El laico tiene que comprender la belleza de su consagración bautismal. Somos un Pueblo de sacerdotes, de profetas y de reyes; estamos injertados a Cristo sacerdote, a Cristo Profeta y a Cristo Rey. Y es más: fijaos en la belleza de nuestra vocación: el ser laico, seglar. Cristo vive en nosotros, estamos injertados en él. El laico es un pontífice, es un puente, porque tenemos asentamiento en las dos orillas: somos Iglesia y somos mundo. Unimos las dos orillas.

Dios tiene sus movimientos, y va lentamente a lo largo de la historia. Hoy la jerarquía eclesiástica está preocupada porque ve la importancia del laicado. De 800 millones de bautizados en la Iglesia, 798 millones son laicos, que viven al margen de la evangelización de la Iglesia. Y el gran caudal, la gran potencia para llegar a todas partes es el laicado. Porque así se extendió en los primeros siglos.

La evangelización se produjo porque los laicos llegaban hasta los últimos confines del mundo metidos en el ejército romano. Dice Daniel Rops que “las legiones caminaron para Él”. Los legionarios convertidos, donde llegaban, se metían en todas partes del Imperio romano, y lo mismo un navegante, un comerciante que cruzaba el Mediterráneo... La expansión primitiva del cristianismo fue por los laicos. Atendían la vida sacramental los obispos, los sacerdotes consagrados, pero la evangelización era de todos.

Eso se ha ido perdiendo poco a poco hasta parecer que corresponde evangelizar al cura. El cardenal Newman cuenta que un recién convertido, la víspera de bautizarse, preguntó al sacerdote cuál es el papel del laico en la iglesia. Le respondió: «La posición del seglar en nuestra Iglesia es doble: ponerse de rodillas ante el altar y sentarse frente al púlpito». El cardenal añade con ligera ironía: «Se le olvidó añadir una tercera: meter la mano en el portamonedas».

Tenemos esa belleza de que somos un puente asentado en las dos orillas. El diablo nos odia. ¿Vosotros os habéis fijado en la última guerra del Golfo, qué es lo primero que se destruyó? La aviación del ejército de los norteamericanos y las potencias aliadas, lo primero que hicieron fue destruir los puentes. Fijaos en los puentes: medio de comunicación.