sábado, 1 de febrero de 2014

Vete a tu casa y anúnciales

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Todavía no se les había quitado el susto. Los discípulos acababan de desembarcar con Jesús al otro lado de Galilea, cuando se les acercó corriendo y gritando un personaje con facha impresionante: no vestía ninguna ropa, se hería con piedras y vivía entre sepulcros. Muchos demonios anidaban en él.

Pero la ciudad cercana tampoco ganaba para sustos: tras un estruendo enorme, mezcla de gruñidos de puercos y chapuzones, los vecinos, extrañados, corrían a ver qué pasaba. Y en éstas se cruzan con un tercer grupo de aterrados: eran los porquerizos que mientras huían, referían a quienes iban atropellando que sus cerdos se habían lanzado despeñadero abajo y se habían ahogado...

Cuando los vecinos llegaron a la orilla vieron asombrados al endemoniado: estaba vestido, en su sano juicio, sentado a los pies de Jesús. Se daban cuenta de que aquel galileo le había expulsado los demonios, devolviéndole su dignidad... Pero en lugar de mostrar admiración y aprobación, rogaban a Jesús que se marchase de su comarca. Así que el Señor, sin haber alcanzado Gerasa, volvió a la barca... En la orilla quedaban el endemoniado curado, y más lejos, sus vecinos...

Y de pronto, el sanado pidió a Jesús ir con él... Pero Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: “Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo” (Mc 5,19). Termina el pasaje evangélico diciendo que proclamó por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él, y que “todos se admiraban”.

Avanzamos veinte siglos y miramos a nuestro mundo. Muchos de nuestros ambientes (empresas, centros de estudio, medios de comunicación, parlamentos...) no difieren apenas de Gerasa. Siguen rogando a Jesús que se aleje. Prefieren vivir entre sus cerdos –con perdón– (léase estatus, costumbres, diversiones...), a que el Señor entre en sus planes. Jesús y sus representantes no son admitidos... ¿Qué hará Él entonces? ¡Enviará de nuevo a quienes ha curado y devuelto su dignidad! Éstos serán presencia clandestina del Señor en su ciudad. No les rechazarán, porque son de los suyos.

Ahí entramos tú y yo. ¡Cuántos de nuestros ambientes se cierran al Evangelio! Pero no a ti y a mí. Somos presencia clandestina de Jesucristo en sindicatos, centros de trabajo, comunidades de vecinos, agrupaciones profesionales, asociaciones de padres... Es nuestra grandeza como laicos. Somos puente: somos de Cristo y somos del mundo.

En estas páginas podrás asomarte a los testimonios de un buen puñado de laicos que siguen dando a conocer hoy cuanto Dios ha hecho con ellos: en casa, en el hospital, en el taxi, en la radio... Y es que los laicos –con palabras y hechos–, proclamamos por toda la ciudad la alegría del Evangelio. Y aunque no siempre lo veamos, como en la Decápolis entonces, “todos se admiran”.

La belleza, vía para la evangelización

Por Santiago Arellano

La voz del Papa Francisco en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium nos ha sacado de nuestras cavilaciones y enredos. La misión de todo bautizado no es otra que evangelizar. No me cansaré de ponderar la maravilla de los Papas de los últimos siglos. Si algo se puede decir de cada uno es que no estaban cortados por el mismo patrón. Han anunciado el mismo Evangelio, nos han movido al amor de la Iglesia, de Cristo y de nuestra Madre la Virgen, pero cada uno con el don de su personalidad. 

Es hora de levantarnos y ponernos en marcha. Y de que cada uno propiciemos el reino de Cristo en los ámbitos de nuestra responsabilidad. En esta página venimos auspiciándolo mediante la vía pulchritúdinis a la que el Santo Padre también nos invita.

Debemos evangelizar la ciudad, nos advierte. También en ella se espera la Buena Nueva del Evangelio. Más aún la plenitud de los tiempos se alcanzará en la Jerusalén celeste que atraerá los corazones de todos los pueblos y naciones. ¿Cómo dar respuestas concretas a una ciudad egoísta, solitaria, individualista? Gran ciudad, gran soledad, sentencia nuestro refranero. Os ofrezco la lectura de unos fragmentos del poema XII de “El contemplado”, un largo poema de Pedro Salinas, en que canta la belleza del mar, en este caso la belleza de una ciudad junto al mar, belleza maravillosa que nadie contempla. Canta el poeta: 

Primera parte

¡Qué hermosa es la ciudad, oh Contemplado,
que eriges a la vista!
Capital de los ocios, rodeada
de espumas fronterizas,
en las torres celestes atalayan
blancas nubes vigías.
Flotando sobre el agua, hecha y deshecha
por luces sucesivas,
los que la sombra alcázares derrumba
el alba resucita.
Su riqueza es la luz, la sin moneda,
la que nunca termina,
la que después de darse un día entero
amanece más rica…

Todo se ofrece a la vista, las espumas, las blancas nubes, los edificios convertidos en alcázares que  se alzan y se derrumban en luces sucesivas, que caen con las sombras y al alba resucitan. También en la belleza hay riqueza y hay canjes, pero todo ajeno a la codicia. La riqueza es la luz que por más que se dé cada día, amanece más rica.

Segunda parte

No hay nadie, allí, que mire; están los ojos
a sueldo, en oficinas.
Vacío abajo corren ascensores,
corren vacío arriba,
transportan a fantasmas impacientes:
la nada tiene prisa…
La ciudad, sumergida en la belleza, pasa indiferente como si no fuera con ella.

El pintor Rob Gonsalves nos brinda un camino para salir de aislamientos que nos impiden contemplar la belleza del entorno. En el cuadro “un cambio de escenario II (haciendo montañas)” sitúa a los personajes en un mirador. La joven tiene un libro en las manos que le sirve de encuentro con el mundo y tiene encendida una lámpara, pero ni el libro ni la luz artificial pueden sustituir ni la luz natural ni el paisaje que ocultan las cortinas. El joven con las tijeras abre su casa a la hermosura del entorno.



Los laicos cristianos: una vocación de presencia en el mundo

Por Fernando Martín

El 30 de diciembre del 2013 se han cumplido 25 años desde que se publicó la Christifideles Laici, la carta magna de los laicos en la Iglesia. Apenas se ha mencionado. No hay que echar la culpa a nadie. Es mejor asumir la propia responsabilidad y confesar que son pocos los momentos en que volvemos a leerla. Pero es también preocupante que no se hable más y más de ella. Es un silencio culpable que por omisión da la razón a aquellos que predican el divorcio entre la fe y la vida.

Christifideles Laici es la antítesis de esta separación. Si algo queda claro en la exhortación es que la vocación del fiel cristiano es para vivirla a pleno pulmón y con toda la radicalidad y publicidad que exige. Quizá, con los vientos y tendencias que corren en esta España de hoy, nos releguen a un cristianismo de catacumbas, pero no debemos introducirnos en ellas por propia voluntad, porque tenemos una misión muy clara: debemos impregnar el mundo y todas sus estructuras del espíritu del evangelio.

No. La Christifideles Laici no invita al disimulo y a la piedad mojigata del que vive su fe como asunto privado que no debe salir del ámbito de casa o de la parroquia. Cristo está vivo en el cristiano y no podemos amordazarlo.

Todo cristiano en el bautismo, es decir en su mismo nacimiento, recibe una vocación, una llamada, una misión que no es otra que “buscar el Reino de Dios tratando las realidades temporales y ordenándolas según Dios” (LG 31; ChL 9). Y no es una vocación cualquiera. La trascendencia de esta vocación es cósmica porque todo el orden temporal lo ha puesto Dios en nuestras manos para que lo orientemos hacia el fin para el que ha sido creado. Las palabras de la exhortación no pueden ser más claras:

“Los fieles laicos están llamados de modo particular para dar de nuevo a la entera creación todo su valor originario. Cuando mediante una actividad sostenida por la vida de la gracia, ordenan lo creado al verdadero bien del hombre, participan en el ejercicio de aquel poder con el que Jesucristo Resucitado atrae a sí todas las cosas y las somete, junto consigo mismo, al Padre, de manera que Dios sea todo en todos (cf. Jn 12, 32; 1 Co 15, 28)” (ChL 14).

¿Cómo podríamos concretar la misión del laico católico hoy? No podemos vivir un cristianismo de sacristía. Es tiempo de desarrollar una creatividad cultural sustancialmente católica que llene nuestra sociedad de presencia trascendente y de los valores del cristianismo. Una televisión que muestre estos valores, periódicos, obras de teatro, novelas, libros de texto, empresas y supermercados impregnados de evangelio. Todos tenemos algo que hacer, una vocación que vivir. ¿Utópico? Sí, pero si no tenemos altos ideales que nos caldeen el corazón nos moriremos de frío e inanición. Esta es la nueva evangelización de la que tantas veces nos ha hablado Juan Pablo II y ahora el Papa Francisco. ¿No es tiempo ya de despertar del sueño?

El laico, un consagrado por el bautismo

Por Abilio de Gregorio

Pero ¿qué era eso del bautismo? ¿Acaso no era más que un ritual por el que se ingresaba en una “tribu” religiosa, en un club de gente bienintencionada, en un ayuntamiento de practicantes de una ética altruista y filantrópica? ¿Era solamente un rito por el que el bautizado, por sí o por sus representantes, afirma unas verdades canónicas y hace protesta de cuanto se opone a las mismas? ¿O se trataba quizás solamente de un símbolo transitorio que tiene efectos en su momento y pasa después a ser mera señal de identificación social como puede ser un nombre y un apellido en el documento nacional de identidad? ¿O era, es, algo más? ¿Qué era, qué es, lo sustancial?

El bautizado es un consagrado
Creo que merece la pena mover el foco del significado bautismal desde esa posición de dotación de limpieza y gracia y de pertenencia eclesial, a la perspectiva de la consagración. El bautizado queda ungido como sacerdote, profeta y rey. Y si las palabras del rito son algo más que bisutería, estamos ante tres expresiones que están haciendo referencia a una suerte de expropiación para pasar a un menester —a un ministerio— de representación de lo sagrado. El bautizado, que después de ser limpiado por las aguas, es ungido con óleo, queda apartado del resto y señalado (signado) o marcado como alguien perteneciente a Dios. La enseñanza del Concilio Vaticano II es clara: Cristo, el Señor, Pontífice tomado de entre los hombres (ver Hbr 5, 1-5), hizo de su nuevo pueblo […] un reino de sacerdotes para Dios, su Padre (Apc 1, 6; ver 5, 9s). Los bautizados, en efecto, son consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu Santo, como casa espiritual y sacerdocio santo, para que, por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable (ver 1 Pe 2, 4-10) (1).

Cuando se habla de consagración, se habla de un rito litúrgico que implica subrayar que una persona, objeto o lugar quedan destinados definitiva y exclusivamente a una finalidad religiosa, y esa es la razón de por qué en la mayoría de esos ritos se emplea la unción con el santo crisma.

Si el bautizado es una persona ungida, es decir un consagrado, quiere decir que su vida en todas y cada una de las instalaciones existenciales en que se encuentre (varón o mujer, casado o célibe, sano o enfermo, en uno u otro momento de la historia, cualquiera que sea su quehacer profesional…) queda transferida al ámbito de lo sagrado o de lo divino (¿queda “divinizada”?) e impregnada por una misión encomendada por Aquel que lo consagra. 

Afirma el papa Francisco: Los laicos son simplemente la inmensa mayoría del Pueblo de Dios. A su servicio está la minoría de los ministros ordenados (…) Pero la toma de conciencia de esta responsabilidad (del laicado) que nace del Bautismo y de la Confirmación (2)… Más adelante escribe: la gran dignidad viene del Bautismo, que es accesible a todos (3). 

Después pueden venir otras consagraciones en la historia grande y en la historia de cada uno. Consagración mediante votos, consagración mediante el sacramento del orden, consagración episcopal, u otras consagraciones no recogidas en la formalidad de los códigos. Quizás todas ellas no sean sino re-consagraciones de un gran mérito y valor pero cuya parafernalia histórica ha ido poniendo en la sombra la consagración original y germinal hasta hacerla casi inadvertida. La consagración bautismal es lo esencial; es la primera y la más radical; es la condición previa necesaria e imprescindible para las demás consagraciones futuras y pensables en la Iglesia. Todas las demás vocaciones y consagraciones especiales se contendrían ya nuclearmente en la vocación cristiana a la fe y en la consagración bautismal. Esto que no es ninguna novedad en el ámbito del pensamiento cristiano, puede resultar estridente para algunos oídos habituados a otras melodías: afirmar hoy ser una persona de vida consagrada supone rotularse como clérigo o como perteneciente a la vida religiosa. Si un laico pretendiera proclamar su condición de consagrado por el bautismo sería motejado de intruso y precisaría de múltiples explicaciones, casi tanto como pretender explicar la cuadratura del círculo, toda vez que el concepto “consagrado” en el imaginario común se construye espontáneamente por referencia a esas personas de vida no convencional de vida claustral o/y clerical.

Sin embargo, la laicidad, la secularidad es una dimensión propia de toda la Iglesia. Tanto en Lumen gentium como en Apostolicam actuositatem se viene a afirmar que la condición laical no es algo exclusivo de un grupo de bautizados dentro de la Iglesia, sino que afecta a toda la comunidad eclesial en cuanto tal. Es obligación de todos los miembros de la Iglesia la renovación cristiana del orden temporal (4). Obligación que es consustancial al hecho de ser bautizados e instalados indefectiblemente en una realidad temporal. La Iglesia no sólo está “en el mundo”, sino que es “para el mundo”. Y, como dirá Pablo VI, sólo se salva lo que se asume (5). 

La especificidad del consagrado bautismal laico es su secularidad. Creo que sería plenamente legítimo afirmar que la forma de hacerse presente el laico en el mundo es la forma de hacerse presente la Iglesia en el mundo. Quizás se podría añadir que el laico no sólo lleva la Iglesia al mundo, sino que tiene la misión también de llevar el clamor del mundo a la Iglesia. El mundo —el siglo— ya no es algo de lo que hay que huir, no es el lugar en el que el cristiano vive esperando el siglo futuro, sino el lugar de la misión.

Parece estridente y utópico incluso pensar otra cosa después de la historia que tenemos, pero podríamos reivindicar legítimamente (ingenuamente…) que se mencionase habitualmente al consagrado por referencia al bautizado y se buscase otra expresión y otro concepto para referirse a las personas vinculadas por votos.
En este cambio de lenguaje, bueno sería empezar por pasar de considerar a los laicos como “colaboradores” a reconocerlos como “corresponsables” del ser y actuar de la Iglesia, tal como preconizaba Benedicto XVI (6).

La presencia activa del laico en la vida de la Iglesia no es una concesión gracial para llegar hasta donde no llegan otros grupos eclesiales, sino el ejercicio de un derecho que le viene dado por su consagración bautismal, entendido tal derecho como facultad para cumplir con los fines contenidos en la naturaleza de dicha consagración bautismal.

El bautizado es elegido y consagrado por Él
Porque en el bautismo la acción de la consagración no es activa, sino pasiva. Nadie se consagra, sino que es consagrado por el Señor. No se trata de izarse del lodo tirando de la propia cabellera, como en la fantasía del barón de Münchausen. No me habéis elegido vosotros a Mí, sino que Yo os elegí a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para que, cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dé (Jn 15, 16).

No, no parece lo mismo responder a una elección, que tomarse la iniciativa por muy prometeica que ésta sea. Cuando el protagonismo y la iniciativa es de Él, Él se apropia (expropia) del elegido. Cuando la iniciativa y el protagonismo es del hombre, generalmente éste se apropia de Dios y lo privatiza a la medida de sus impulsos, intereses y talantes. Y entonces el consagrado tiende a convertirse en un vulgar activista. 

No, no es lo mismo ni para el bautizado ni para el ministro del sacramento ni para los sucesivos agentes de pastoral. Por muy gratificante que resulte la docilidad del laico ante el clérigo o el religioso, es preciso que éstos sean capaces de decir al laico, como el sacerdote Helí al voluntarioso Samuel: Yo no te he llamado, hijo mío. Es Dios quien te llama 

1 Constitución Lumen gentium, 10.
2 Papa Francisco, Evangelii gaudium, 102.
3 Ibidem, 104.
4 Lumen gent. 32 y Apostol. actuositatem, 3,18.
5 Ecclesiam suam, 80.
6 Discurso en la inauguración de la Asamblea de la diócesis de Roma, 26 mayo 2009.

Tres actitudes

Por Antonio Rojas

“Las actitudes son más importantes que las aptitudes”
—Sir Winston Churchill—

Mariví era muy propensa a "echar las culpas al empedrado" cuando las cosas no le salían bien; su padre andaba dándole vueltas al tema para ver cómo conseguía convencer a la hija que la actitud de cada uno ante los problemas, es esencial.

Un día creyó encontrar la solución y preparó el siguiente experimento.

—Mira, Mariví. Tres recipientes con agua. En el primero pongo una zanahoria, en el segundo un huevo y en el tercero granos de café.

—OK ¿Y...?

—Ahora lo hervimos y... ¿qué ocurre?

—Que la zanahoria se ha ablandado, que el huevo se ha endurecido y que el café ha pasado sus propiedades al agua.

—Perfecto; ahí tienes la respuesta. Cada uno de estos ingredientes se ha enfrentado a la misma adversidad: al agua caliente; sin embargo cada uno de ellos ha reaccionado de manera distinta. 

La zanahoria ha ido al agua, dura y fuerte, pero después de unos minutos se ha vuelto blanda y débil. 

El huevo ha ido al agua con fragilidad, su interior líquido estaba protegido por una débil cáscara; pero después de haber experimentado el agua caliente, su interior se ha endurecido. 

Sin embargo, los granos de café han sido distintos; después de estar en el agua caliente, los granos han transformado el agua en café.

Los creyentes tenemos que ser como el grano de café y en los momentos de prueba dejar que Jesús entre a formar parte de nuestro sufrimiento, de nuestra adversidad y, abandonados en su Amor, acabaremos haciendo de esa prueba, de esa adversidad, una alabanza, un himno de acción de gracias al Señor, pues todo cuanto Él permite que nos suceda es para nuestro bien y desprenderemos, allí donde estemos, ese delicioso "aroma" de Cristo.

Cuando la prueba, cuando la adversidad, nos visita, ¿cómo respondemos? ¿Como las zanahorias, como los huevos, o como el café?

Un cristiano, si es consecuente con su fe, actúa como el café: impregnando siempre su ambiente con lo mejor de sí mismo; porque sabe que si Dios anda por medio, todo es para bien.


Lo importante es levantarse

Contado por Ángel Gómez

Cuentan que un día estaban en el bosque un caballo y su pequeño hijo. A los dos les gustaba correr sin rumbo fijo, sólo por el placer de sentir el cálido sol sobre sus cabezas. Padre e hijo disfrutaban mucho de estas carreras y de conversar juntos. Existía una comunicación constante entre los dos.

Esa mañana habían salido a correr, como era su costumbre. Estaban muy contentos porque el día era espléndido, cuando de repente el potrillo tropezó y cayó rodando. Su padre se detuvo de inmediato y volvió sobre sus pasos para ver qué le había sucedido a su hijo. Se acercó a él para ver cómo se encontraba, y el pequeño no lograba levantarse. Muy asustado le dijo a su padre: 

—Siento que no podré volverme a levantar, me duele mucho una pata.

—Hijo, debes levantarte. Acaso ¿te has roto algo? Déjame ver.

—Padre —le dijo el caballito—, creo que me he roto una pata. Sé que un caballo nunca se cae, y por eso si lo hace ya no puede volver a levantarse.

—Hijo, estás equivocado, los animales como nosotros se caen, pero vuelven a levantarse. Y tú te levantarás, porque te has hecho daño, pero no tienes nada roto. Tú puedes: te levantarás y volverás caminar y a correr como siempre lo has hecho. Yo te ayudaré a hacerlo: mira que yo necesitaré tu ayuda cuando caiga y necesite levantarme de nuevo.

—Pero, padre ¿cómo podría yo ayudarte a levantar si soy tan pequeño?

—Hijo, no se necesita fuerza física para dar la clase de ayuda que necesitamos, sólo se requiere un gran amor. La clase de ayuda que necesitamos es sentirnos ayudados por nuestros seres más queridos. Y como yo te amo mucho te digo que te levantes, porque todavía tenemos muchos caminos que recorrer juntos.

Y nuestro pequeño caballito se levantó, se sacudió el polvo, empezó poco a poco a caminar junto a su padre, y pronto empezaron a galopar como era su costumbre.

Y es que caer está permitido… pero levantarse es una obligación.


El laico es un puente

Abelardo de Armas asumió como pocos su vocación de laico, y se dedicó a propagar la belleza de la consagración bautismal en todos los foros que le abrían las puertas. Reproducimos a continuación un texto inédito, correspondiente al fragmento de una plática que pronunció en 1989, en unos Ejercicios Espirituales dirigidos a antiguos miembros del Hogar del Empleado.

“Tanto amó Dios al mundo, que le envió a su Hijo unigénito”. A ese mundo que Dios quiere salvar, a ése, le tenemos que amar. Y a ese mundo tenemos que ir. El Padre ha enviado a su Hijo, y el Verbo de Dios encarnado quiere seguir actuando en nosotros. No tiene otro corazón para amar a ese mundo que el mío, no tiene otra boca para hablar que la mía, no tiene otras manos para hacer el bien que las mías, no tiene otros pies para caminar que los míos, no tiene otros ojos para mirar que los míos... Es como si Cristo necesitase una humanidad supletoria. Porque Él ha hecho la salvación del mundo, pero dice san Pablo: “yo completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo en bien de los méritos de la Iglesia”.

El laico tiene que comprender la belleza de su consagración bautismal. Somos un Pueblo de sacerdotes, de profetas y de reyes; estamos injertados a Cristo sacerdote, a Cristo Profeta y a Cristo Rey. Y es más: fijaos en la belleza de nuestra vocación: el ser laico, seglar. Cristo vive en nosotros, estamos injertados en él. El laico es un pontífice, es un puente, porque tenemos asentamiento en las dos orillas: somos Iglesia y somos mundo. Unimos las dos orillas.

Dios tiene sus movimientos, y va lentamente a lo largo de la historia. Hoy la jerarquía eclesiástica está preocupada porque ve la importancia del laicado. De 800 millones de bautizados en la Iglesia, 798 millones son laicos, que viven al margen de la evangelización de la Iglesia. Y el gran caudal, la gran potencia para llegar a todas partes es el laicado. Porque así se extendió en los primeros siglos.

La evangelización se produjo porque los laicos llegaban hasta los últimos confines del mundo metidos en el ejército romano. Dice Daniel Rops que “las legiones caminaron para Él”. Los legionarios convertidos, donde llegaban, se metían en todas partes del Imperio romano, y lo mismo un navegante, un comerciante que cruzaba el Mediterráneo... La expansión primitiva del cristianismo fue por los laicos. Atendían la vida sacramental los obispos, los sacerdotes consagrados, pero la evangelización era de todos.

Eso se ha ido perdiendo poco a poco hasta parecer que corresponde evangelizar al cura. El cardenal Newman cuenta que un recién convertido, la víspera de bautizarse, preguntó al sacerdote cuál es el papel del laico en la iglesia. Le respondió: «La posición del seglar en nuestra Iglesia es doble: ponerse de rodillas ante el altar y sentarse frente al púlpito». El cardenal añade con ligera ironía: «Se le olvidó añadir una tercera: meter la mano en el portamonedas».

Tenemos esa belleza de que somos un puente asentado en las dos orillas. El diablo nos odia. ¿Vosotros os habéis fijado en la última guerra del Golfo, qué es lo primero que se destruyó? La aviación del ejército de los norteamericanos y las potencias aliadas, lo primero que hicieron fue destruir los puentes. Fijaos en los puentes: medio de comunicación.