domingo, 1 de diciembre de 2013

Siempre fue así. La sangre de los mártires ratifica una historia de amor

Por Santiago Arellano

La persecución a la Iglesia es una constante desde el inicio de su presencia evangelizadora hasta nuestros días. Ahí están los cristianos asesinados en Oriente Medio.

Paul Claudel, poeta francés convertido al catolicismo, dedicó un magnífico poema, en el ritmo solemne de los salmos, a los mártires del 36. Lo publicó en 1937, fíjense en la fecha. Y lógicamente le costó que le diera la espalda el glamour de la intelectualidad; pero él pasaba, porque conocía muy bien a España y la amaba.

En esta hora de tu crucifixión, santa España, en este día, hermana España, que es el tuyo,
con los ojos llenos de entusiasmo y de lágrimas, yo te envío mi admiración y mi amor…

Dice al inicio:

Es la misma cosa, es parecida, es lo mismo que le han hecho a nuestros antepasados.
Es lo que aconteció en tiempos de Enrique VIII, en tiempos de Nerón y Diocleciano.

Como clave de sentido:

Y decirnos que es verdad que sois el Hijo de Dios,
con vuestra sangre.

Y como genial causa y síntesis de las persecuciones, dicen los verdugos:

Esta gente que nos hacía el bien a cambio de nada, al fin y al cabo eran algo intolerable.
Todos estos curas que nos miran, vivos o muertos, no digáis que no nos han provocado.

Os ofrezco el cuadro El martirio de los diez mil cristianos, del pintor alemán Alberto Durero, realizado en 1508. Lo podíamos titular “los horrores del martirio”. En él podéis encontrar una antología de los diversos modos del crimen: despeñar, empalar, crucificar o decapitar. Los árboles del paisaje, retorcidos y agitados, parecen estremecerse ante el dolor, no así los solemnes y engalanados personajes a pie o a caballo que contemplan indiferentes la masacre. Destacan los rostros crueles, sádicos o lascivos de los verdugos. Como contraste, el niño cogido de la mano de un soldado que prefiere jugar con el perrito a contemplar el horroroso espectáculo. Y la indiferencia de un colorido ajeno por su belleza, a tanto sufrimiento. O el mismo pintor que aparece en la escena con un cartel para publicar su autoría.



Pero no es la heroicidad lo que define el martirio. Por truculentos, sádicos o crueles que sean los instrumentos de tortura, el martirio proclama una sublime historia de amor en la manera única que el ser humano puede demostrarlo: entregando la vida, haciendo creíble el dilema poético: amor o muerte, hasta convertirlo en un sinónimo abierto a la esperanza. El mártir muere por amor y porque tiene la certeza de que, cruzada la barrera de la muerte, va a seguir amando. Santo Tomás de Aquino afirmaba que el martirio es el acto más perfecto de caridad (Cfr. Summa Theologica II-II, 4 Q.3).

Una petición final. Es de santo Tomás Moro en su Agonía de Cristo: “Cuando veamos u oigamos que tales cosas empiezan a ocurrir, aunque sea muy lejos de nosotros, pensemos que no es momento para sentarse y dormir, sino para levantarse inmediatamente y socorrer a aquellos cristianos en el peligro en que se encuentran y de cualquier manera que podamos. Si otra cosa no podemos, sea al menos con la oración” (La agonía de Cristo. Ed. Rialp, Madrid 19892, pág. 98).