domingo, 1 de diciembre de 2013

Cuando oréis decid: "Padre..."

El valor de ser niño; la relación entre padre e hijo; el amor recibido en la infancia que se derrama centuplicado en la vida adulta; el descubrimiento del amor de Dios Padre... Hemos seleccionado tres intervenciones de Abelardo en las que, tomando como partida sus experiencias personales, nos ilumina cómo puede ser el amor paternal de Dios y cómo ha de ser nuestro amor filial hacia él, y en las que nos anima a poner ese mismo amor en los jóvenes, hijos espirituales que nos encomienda Dios Padre.

Conmovidos por el amor
“Cuando yo era pequeño (esta anécdota se la oí a mi madre) vivíamos en un pueblecito de Valencia, adonde mi padre había ido a reponerse de la enfermedad que le llevaría a la muerte. Un día en que paseaba con él nos sorprendió una tormenta típicamente mediterránea. En medio de aquel aguacero que amenazaba derribarnos, mi padre se quitó la chaqueta, me cogió en brazos, y me tapó con ella. Al llegar a casa no encontramos a mi madre. Ésta llegó más tarde y sorprendió a mi padre llorando. Alarmada le preguntó:

–¿Por qué lloras?

–Tu hijo ha sido el responsable –respondió mi padre–. Le he cogido en brazos durante la tormenta y, de pronto, vi que lloraba. Le dije: “No llores, hijo mío. No tengas miedo, que vienes conmigo”, y me respondió: “papá, no lloro porque tenga miedo, lloro porque estás malito, y te estás mojando por mí”.

¡Mi padre estaba llorando porque su hijo se había conmovido de él! Si esto es un padre de la tierra, ¿qué hará Dios cuando le miremos con arrepentimiento buscando su misericordia, sintiéndonos pecadores, y vayamos como el hijo pródigo hacia Él?” (Luces en la noche. Ed. Cruzados de Santa María, 1982, pp. 237-238)

Captar el amor del Padre
“Hace unos años fui con un grupo de jóvenes a visitar el sanatorio psiquiátrico de Ciempozuelos. En la sala dedicada a los niños encontramos una escena sobrecogedora: un muchacho de unos diez o doce años en el que no había vida intelectiva, y creo yo que muy poca vegetativa. La cabeza, caída hacia un lado. El rostro, amoratado. La frente, llena de chichones, porque se golpeaba contra las paredes... De aquel muchacho no salía ni un solo acto de uso de razón.

Sentado junto a él estaba un hombre. Un religioso de San Juan de Dios que nos enseñaba aquello nos dijo que aquel hombre era su padre, médico, que venía todos los domingos a visitarle.

Yo me fijé en el rostro de aquel hombre. Estaba llorando. Aquel hijo, que él había deseado, lo había dado al mundo no para que viviera así, sino para que tuviera vida humana... Ese niño jamás haría un acto de amor hacia su padre ni sería capaz de captar el amor de su padre hacia él. Aquel día vi reflejado el drama de Dios ante la humanidad” (Op. cit, pp. 85-86).

Los gozos inigualables de la paternidad espiritual
“Esta noche me encuentro en las alturas de Cotos mirando a las estrellas. Me gusta mucho mirarlas, ver en ellas el amor de Dios haciéndome guiños. Y me gustan muchísimo los satélites artificiales que cruzan el cielo entre esas estrellas. Contemplando el cielo tengo junto a mí un chaval. Es huérfano de padre, al que casi no ha conocido por matarse en accidente de aviación cuando él era muy pequeño. De pronto le señalo un satélite que él nunca ha visto. Luego seguimos hablando del Padre de los Cielos que nos ama desde la eternidad.

De pronto me dice que ya no le importa ser huérfano de padre porque ahora me tiene a mí. Por dentro se remueve todo mi ser. Porque hace precisamente veinte años decíamos entre nosotros que en esos momentos, con dolor, estábamos engendrando hijos que todavía tardarían años en nacer. Y aquí, junto a mí, estaba uno de ellos confirmándolo.

Madre, haz que muchos descubran estos gozos inigualables de la paternidad espiritual tras lanzarse a la aventura de dejarlo todo por Cristo, por la Virgen y por España” (Santidad educadora. Ed. Cruzados de Santa María, 2010, p. 86).