martes, 1 de octubre de 2013

¿Qué nos pide Dios?

Por Fernando Martín

Estoy todavía bajo el impacto de la lectura de los discursos e intervenciones del Papa Francisco en la JMJ de Brasil. No puedo salir de ahí y creo que tampoco quiero. Por eso mis palabras aquí van a ser simples ecos y comentarios de uno de los discursos del Papa: el pronunciado en el Encuentro con el episcopado brasileño, el 27 de julio.

Hoy nos encontramos en un nuevo momento. No es una época de cambios, sino un cambio de época. Entonces, también hoy es urgente preguntarse: ¿Qué nos pide Dios? Quisiera intentar ofrecer algunas líneas de respuesta.

Trasladando las palabras del Papa a nosotros mismos, creo que sus palabras son un regalo en este momento de nuestra historia y nos interpelan. Por esta razón os lanzo un reto: ¿Por qué no nos dejamos provocar por la llamada del Vicario de Cristo, que es para nosotros la expresión segura de la voluntad de Dios, de lo que el Señor quiere para su Iglesia?

¿Qué nos pide Dios en este cambio de época? 

1º.- No ceder al desánimo, a la depresión ni dejar paso a las lamentaciones. Vigilad al enemigo de la naturaleza humana que se mete siempre entre nosotros con estas insidias. Y vigilemos también nuestra psicología donde se deslizan estas actitudes negativas por el cansancio en nuestra labor de evangelizadores y el poco fruto, por el cansancio al seguir al Señor y ver que tantas veces nos desviamos del camino. Confiados en Dios, bajo la mirada maternal de María, “no cansarse nunca de estar empezando siempre”.

2º.- Hace falta una Iglesia que acompañe… Hace falta una Iglesia capaz de inflamar el corazón. Tomando el icono de Emaús como fondo, el Papa hace una lectura humilde, reconociendo los errores de la Iglesia al reflexionar sobre tantos que se han alejado de ella: Tal vez la Iglesia se ha mostrado demasiado débil, demasiado lejana de sus necesidades, demasiado pobre para responder a sus inquietudes, demasiado fría para con ellos; tal vez el mundo parece haber convertido a la Iglesia en una reliquia del pasado, insuficiente para las nuevas cuestiones; quizás la Iglesia tenía respuestas para la infancia del hombre, pero no para su edad adulta.

Aprendamos para nuestra propia reflexión, personal e institucional, la valentía, la humildad y el amor a la verdad del Papa Francisco. Traslademos despacio, frase a frase, lo que acaba de decir el Papa a nuestra realidad y volvamos a formular la pregunta: ¿Qué nos pide Dios?

3º.- Prioridad de la formación y de la inserción en el mundo. Es importante promover una formación de calidad, que cree personas capaces de bajar en la noche sin verse dominadas por la oscuridad y perderse; de escuchar la ilusión de tantos, sin dejarse seducir.

Este es el ideal de formación. Necesitamos laicos así, capaces de entrar en el mundo de las miserias humanas y ser transparencia de las misericordias de Dios; laicos que vivan y compartan las ilusiones, esperanzas, miedos y temores de otros hombres y mujeres, y no se pierdan ni se dejen seducir; capaces de acompañar en el bar, en la oficina, en el cine, en el deporte, en internet, estando presentes en esas realidades como presencia de Cristo.

Asumiendo los riesgos que eso implica, con las heridas y bajas que esa batalla en el mundo puede suponer, pero sabiendo que no podemos desertar, que nuestra vocación en el mundo no es la de retaguardia sino la de vanguardia, allá donde las almas se salvan o se pierden.

4º.- Renovar nuestro apostolado. Misión compartida: el apostolado es labor de todos. A la Iglesia en Brasil no le basta un líder nacional, necesita una red de «testimonios».

Nuestra misión apostólica es obra de todos, cada uno aportando desde su propia vida, pero sabiendo que, por obra de la gracia, el fruto del apostolado, dependerá de nuestra comunión y no directamente de nuestra acción. Necesitamos una “red de testimonios”: han pasado los tiempos en que nuestro apostolado podía descansar en la labor inmensa de líderes carismáticos como el P. Morales o Abelardo. Ahora es otra época y hemos de aprender a trabajar en comunión.