martes, 1 de octubre de 2013

Necesitados de la Luz para restaurar la naturaleza perdida

Por Santiago Arellano

Percibir en tu entorno que hemos perdido el norte en nuestra vida es cuestión de mirar, al mismo tiempo que el presente, alguna ráfaga del pasado. Hablo desde el curso ordinario de las cosas; no desde la acción directa de Dios en nuestras vidas que siempre es misericordia y gracia. 

El occidente sabía mucho de Dios. Hoy parece que un borrador eficaz ha eliminado hasta su huella en las pizarras de la vida. Pero no es verdad. La nostalgia de Dios es perceptible en numerosas cuestiones cotidianas. Nos permiten descubrir sobre la prosa de nuestras preocupaciones una aureola de infinito y de misterio. Es el grito del poeta cuando exclama; Por qué, Señor, por qué esto no basta. 

Como afirma el Papa Francisco en la nueva encíclica La luz de la Fe: En el mundo pagano, hambriento de luz, se había desarrollado el culto al Sol, al Sol invictus, invocado a su salida. Pero, aunque renacía cada día, resultaba claro que no podía irradiar su luz sobre toda la existencia del hombre

Pues el sol no ilumina toda la realidad; sus rayos no pueden llegar hasta las sombras de la muerte, allí donde los ojos humanos se cierran a su luz.

En el griterío airado de las gentes, hoy, se percibe una inmensa sed de justicia y de verdad. Si el hombre es ladrón, corrupto, mentiroso… ¿Pues qué le vamos a hacer? Si de la multitud surge el clamor es porque sabemos que es posible la honestidad, la verdad y la honradez. 

¿Somos nosotros los únicos responsables de lo que hacemos? Yo no tengo la menor duda. El desaliento ante tanto desastre moral es una manera de contribuir a su extensión y éxito. Basta ya. Me quedo con las reflexiones que bajo el título Aprenderás nos ofreció para siempre William Shakespeare:
Después de algún tiempo aprenderás la diferencia entre dar la mano y socorrer a un alma, y aprenderás que amar no significa apoyarse, y que compañía no siempre significa seguridad. Comenzarás a aprender que los besos no son contratos, ni regalos, ni promesas... Comenzarás a aceptar tus derrotas con la cabeza erguida y la mirada al frente, con la gracia de un niño y no con la tristeza de un adulto.

Para redondear esta idea que pretendo transmitir nada mejor que este cuadro del pintor iraní Iman Maleki nacido en Teherán en 1976. Se le considera uno de los más grandes representantes del mundo del hiperrealismo de nuestro tiempo. Más parece su obra fotografía que pintura. Lo mejor la honda humanidad que sabe comunicar.

Observad el polvo de la tiza que ha manchado manos y piernas. La impresión de verdad se alza sobre la barquilla que eleva al niño como autor de sus sueños. Dos obras en una: el cuadro que reproduce lo que el pintor contempla y el dibujo del niño. ¿Qué vemos? Un muro infranqueable de ladrillo y cemento y una barquilla de madera que le sirve al niño de asiento y pedestal. Pero en ese muro ciego el niño ha compuesto un himno a la esperanza. Maravilloso. Un grafiti de tiza, unos trazos de blancura pobre han horadado el muro y han abierto una ventana y a través de la ventana aparece radiante el sol. Conmovedor. De la boca de los niños saldrá la sabiduría que añoran los adultos. La nueva evangelización debe partir de la creencia de que aún entre las máximas perversiones existe un anhelo de bien que se busca por sendas equivocadas. Como el niño, estamos necesitados de la luz.