martes, 1 de octubre de 2013

El vacío interior

Por Abelardo de Armas

Reproducimos un artículo publicado por Abelardo de Armas en el primer número de la revista Estar, allá por mayo de 1966, cuando se editaba a ciclostil. “Yo estoy con ellos –jóvenes– porque les amo, y ellos lo saben” afirma Abelardo, al tiempo que nos da las claves para remediar este mal del corazón en este artículo que no ha perdido un ápice de actualidad...

He salido de una clase con jóvenes. Me acompañan J. y F., dos muchachos de una Empresa de Madrid. Tienen 17 y 18 años. Me cuentan sus problemas, sus inquietudes. Se van animando y poco a poco me descubren su estado interior. Yo estoy con ellos porque les amo, y ellos lo saben; saben que cada semana llego a clase y les llevo un mensaje de amor, de paz, de eternidad. Ellos me miran con inquietud, desean que todo eso tan hermoso sea verdad, pero no se atreven a creerlo.

Y ahora, J., en plena Puerta del Sol, me dice: Créame, me siento vacío, pero tan vacío que muchas veces me sorprendo pensando y buscando una razón por la que vivir. Me digo: –y no lo dice con angustia– ¡Tiene que existir algo que llene este vacío! Algo como usted nos decía el otro día, que llene por dentro. Nuestro otro acompañante me miró y rompió su silencio: Le digo la verdad, hay domingos, –y no me refiero ahora a los que paso como una bestia–, que por la noche tengo grandes ganas de llorar. Me siento vacío. Totalmente vacío.

No hacía muchos días que otro muchacho me decía casi textualmente lo mismo. Este estado interior lo encuentro en muchísimos jóvenes. Es más, hace pocos días refería estas conversaciones a un centenar de ellos, de 17 a 20 años, en un Instituto Laboral. Les produjo un fuerte impacto el sentirse retratados. Al salir me abordan en grupo y me solicitan una solución.

Lo trágico es que siendo cristianos mi respuesta no les satisface. El cristianismo que ellos conocen superficialmente, y que nunca han vivido en su grandiosa plenitud, no les parece solución. Son bautizados descreídos y miran a la Iglesia con la misma frialdad que los paganos acabaron mirando a sus dioses falsos. Y aunque la inquietud por lo divino existe, la adormecen con narcóticos esporádicos. El cine, la T.V., los espectáculos o los grandes avances de la técnica, la música moderna, la moda, la noticia que llega pronta desde cualquier rincón de la tierra, tienen poder suficiente para inocular un virus de frivolidad que no llena el vacío de los corazones, pero los mantiene en estímulos intermitentes. No dan felicidad, pero no dejan caer en la cuenta de que se es infeliz, altamente infeliz.

Y aquí veo a los hombres buscando solución a los problemas de los hombres. Y me da la sensación de que aplican remedios superficiales. La lengua sucia indica que algo no marcha bien. Sin embargo, no es la lengua lo que exige limpieza. Los muchachos de que hablo no pasan hambre, no tienen problema económico, son jóvenes y disfrutan de salud. Si acaso el futuro profesional no está resuelto todavía y se muestra difícil, pero esto debía ser un estímulo más para el esfuerzo. No obstante, no son felices, no viven satisfechos. Es que su mal está en el corazón.

Esto me recuerda la respuesta de aquel joven universitario paralítico que se arrastraba con sus bastones, siempre sonriente. ¿Cómo tú, en ese estado, puedes estar siempre feliz? Nosotros te envidiamos. Es que yo –repuso– tengo enfermas las piernas pero no el corazón.

De aquí el que yo busque cambiar los corazones. Estimo que hay que meter profundo el amor y desterrar el egoísmo. Y esto sólo se puede lograr metiendo allí a Jesús. Labor que, poco a poco y maternalmente, va haciendo la Virgen, si le damos oportunidad. De Ella les hablo y observo que se animan sus miradas. Cuando usted viene a clase y nos habla de la Virgen, nos sentimos mejores. Sí, la Virgen me lleva. Allí estoy cada semana desde hace catorce años. Cientos de muchachos me han visto pasar por sus aulas. Han escuchado la voz de María. Si yo me canso, –y muchas veces no tengo ningunas ganas de ir–, este débil “testigo de lo eterno” no aparecerá más. De nuevo un mundo material se presentará a ellos, sin vestigios de vida eterna. Ya no tendrán siquiera la duda de si será cierto exista algo que pueda llenar su vacío interior.

Hoy después de clase me ha acompañado J. Quisiera hacer unos Ejercicios Espirituales internos –me ha dicho–. Mi hermana los ha hecho. Creo que si hago esto encontraré lo que usted dice. Sólo he podido responderle, mientras daba gracias internamente a la Virgen pensando que estamos en su mes: Estoy seguro de ello.