martes, 1 de octubre de 2013

El encuentro con Cristo me cambió la vida en un Campamento

Mons. Francisco Cerro

Ofrecemos a continuación el texto de la homilía que pronunció
Mons. Francisco Cerro Chaves, obispo de Coria-Cáceres
en su visita a los Campamentos de Santa María de la Montaña
en Santiago de Aravalle, el pasado 7 de julio.

Me pongo más cerca de vosotros, sobre todo para compartir esta alegría de estar aquí en este Campamento al cual yo recuerdo que empezaba a venir con catorce años: todos los veranos venía entonces con Abelardo, con el P. Manso, y con tantos y tantos cruzados; recuerdo a mucha gente.

Y eran siempre para mí un motivo de gozo y de alegría las eucaristías, diarias incluso, que teníamos siempre. Empecé a descubrir aquello que decía el P. Nieto (un santo sacerdote jesuita, que era director espiritual en Comillas, que era tan santo como feo, y era feísimo...) [risas]. Pues el P. Nieto decía que un día sin la eucaristía es un día perdido en tu vida. Y eso lo aprendí yo en los Campamentos. Porque desde los catorce años (quizás a muchos puede parecerles un poco exagerado o un poco trasnochado) yo empecé a vivir la eucaristía diariamente. Y eso me cambió la vida.

Encontrar a Dios en el camino de mi vida
Vosotros sabéis que el año litúrgico (o el año) se celebra en torno a dos momentos históricos de la vida de Jesús: el nacimiento, (cuya celebración sería la Navidad, que se prepara con el Adviento y su culminación es la Epifanía) y luego en torno a la muerte y resurrección de Cristo, (que se prepara con la Cuaresma y tiene su culminación en Pentecostés). Y en torno a esos tiempos litúrgicos está el tiempo ordinario, que es lo que vivimos hoy. Y el tiempo ordinario es muy bonito, porque significa que me tengo que encontrar a Dios en el camino de mi vida. Y eso es lo que brevemente os quiero comentar esta tarde. Porque lo que dice Jesús en el Evangelio, yo puedo corroborar con mi vida que es verdad.

El Evangelio: un camino de felicidad
La primera cosa es que el Evangelio es un camino de felicidad. Yo no recuerdo antes de conocer bien a Jesucristo que mi vida haya sido ni un solo día feliz. Nunca. Siempre había sombras, aun en los momentos mejores de mi vida... Cuando conocí a Jesús, verdaderamente mi vida cambió. Y desde entonces es al revés: he tenido sufrimientos en mi vida después, pero no ha habido ningún día en mi vida en el que no estrene la alegría y el gozo de vivir. Y esto es verdad. De tal manera es así, que existen dos tipos de cristianos (seguramente que aquí, en los tres campamentos que tenéis, les habrá). Están los cristianos que han oído hablar la noticia de Jesús, y hay cristianos que se han encontrado con Jesús. Es distinto. Para los que han oído hablar de Jesús, el cristianismo es una carga: “¡qué rollo ir a misa, qué rollo rezar, qué rollo con los curas, qué rollo ahora, qué rollo...!” Porque el cristianismo es una carga. Se han quedado en una ley, y entonces es una carga. Esos que ven el cristianismo como una carga es porque no se han encontrado con Cristo. Que es la diferencia que hay entre estar enamorados o no estar enamorados: que te cambia la vida. Sería ridículo que vieses a un chico en un portal y le dijeses: “oye ¿qué haces, a quién estás aquí esperando?” “No, a nadie... Llevo tres horas esperando, pero a nadie...” “Pero ¿te espera alguna chica?” “No, no: estoy aquí por fastidiarme, pero yo no estoy enamorado de nadie... Yo no espero a nadie, yo no tengo a nadie, pero es que me encanta fastidiarme...” ¡Está tonto! Ahora ¡qué distinto, cómo cambia, si estás enamorado!: aguantas tres horas y siete horas, y catorce horas, lo que sea, porque tienes a alguien que esperas, tienes a alguien que te quiere, tienes a alguien con el que te vas a encontrar.

Esto fue para mí lo que cambió mi vida. Y lo que me cambió la vida, en un Campamento. Cuando tú has conocido a Jesús... (Cada uno desde su edad, los más pequeñitos, los alevines, los infantiles, los juveniles..., cada uno con su edad, porque cada uno tiene que vivir a Cristo con su edad; no está bien querer que uno lo viva con pocos añitos, como si tuviese ya una madurez humana, no). Para mí este fue el primer criterio de mi vida. Yo pasé de haber oído hablar de Jesús, la noticia de Jesús (que eso aparece en el Evangelio mucho, por ejemplo en la resurrección, en las apariciones: “escucharon hablar de Jesús”), a encontrarme con Jesús: “lo hemos visto, lo hemos palpado, nos hemos encontrado con Él...”

Cuando confirmo (que estoy confirmando ahora casi todos los fines de semana en cuatro o cinco pueblos, a veces extremos, de mi diócesis) siempre les pongo una pregunta que me hizo una vez una chica de Montánchez, un pueblo cerca de Cáceres: “Usted, señor obispo, ¿Por qué cree y en quién cree? ¿Cuál es su fe?” Y siempre trato de explicarlo así a los chicos. Creo, porque a mí Jesucristo me cambió mi vida, y porque verdaderamente me hizo inmensamente feliz. Cuando uno no es feliz con Cristo es porque entiende el Evangelio y el cristianismo como una carga. Y de las cargas siempre hay que buscar descargarse. Como uno entienda la vida cristiana como una carga ya buscará, aunque espere mucho tiempo, el descargarse. Cuando una persona entiende el cristianismo, el encuentro con Jesús, que es su vida, como esta tarde (que es una gozada estar aquí disfrutando de la Eucaristía), entonces ya no te descargas, sino que buscas verdaderamente el encuentro con Él.

La presencia de Jesucristo hace que nunca nos encontremos solos
Segundo: ¿por qué soy cristiano en la vida del evangelio? Porque no quiero estar solo. Yo se lo digo mucho a los jóvenes. Los chicos y las chicas de hoy, los jóvenes, están muy solos, hay mucha soledad en el mundo. ¿Cómo empecé yo a nunca encontrarme solo? Cuando encontré a Jesucristo. En esa frase que repite el Génesis, “no es bueno que el hombre esté solo”, está expresándose la presencia de Cristo en el corazón humano. Porque tú tendrás que entrar un día en el quirófano, y entrarás solo. Tendrás un día en el que tengas noticias difíciles, y las recibirás solo. Tendrás que tomar grandes decisiones de tu vida, te ayudarán, pero estarás solo. ¿Quién hace que no estés nunca solo? Pues la presencia de Cristo en tu corazón, y por eso es tan importante encontrarse con Él. Y en eso fue en lo que a mí los campamentos me ayudaron. Sobre todo recuerdo las noches orando, las noches estrelladas de aquí, el amanecer... 

A mí eso me cambió la vida. Por eso siempre reconozco la labor que hace la Milicia de Santa María, la Cruzada. Yo creo que esa es una labor impresionante: poner a la gente en contacto con lo creado. Es apostar por lo que el papa Francisco dice, que la reconciliación con lo creado es descubrir el hombre otra vez sus orígenes en Dios. Los chicos de hoy, vosotros, a veces pensáis que hasta la leche nace del tetrabrik y del frigorífico ¿no? Hay que ver una vaca de vez en cuando, hay que ver la naturaleza de vez en cuando, y descubrir lo hermoso que es que te pique un mosquito y el agua fría y todas esas cosas: descubrir que uno está vivo y que a veces se tiene que sufrir para amar. Todo eso que tantas veces hemos aprendido.

El cristianismo es la alegría
Y termino, tercero: Yo creo que también en el evangelio de hoy hay una apuesta por la alegría; es verdad que el cristianismo es la alegría. El Papa Francisco tiene una frase... (He estado hace unos días en Roma, tenía interés en estar con él, pero al final no pudo ser. Pero cuando estuve en Buenos Aires, hace muchos años, ya había oído hablar de él, de este Papa, que es realmente una maravilla): él decía que hay muchos cristianos que tienen cara avinagrada; son como las terneras condenadas a muerte: cara de ternera condenada a muerte.

Yo creo que la alegría y el gozo de nuestra vida tienen que notarse. ¿Yo qué aprendí cuando empezaba a dejar mi pueblo, Malpartida, y venía a los campamentos? Pues que había una alegría distinta, que la gente empezaba a compartir, que se puede ser feliz con menos, eso que tanto nos llama hoy a la austeridad. Pues todo eso aprendí aquí a descubrirlo: la alegría de ser enviados por Jesús de dos en dos. Fijaos que el Señor no envía nunca de uno en uno. ¿Por qué? Iba a decir que por la promesa de estar presente por lo menos “cuando dos se reúnen en mi nombre”. Todos somos muy dados al individualismo, al ir “a nuestra bola”. Pues el Evangelio es una apuesta por la fraternidad, por estar juntos, por convivir, por ir de dos en dos, como dice el Evangelio.

Pues que la Virgen, nuestra madre (a la que aprendí a querer tanto siempre, sobre todo a través de mis grandes maestros en esos primeros momentos de mi vida cristiana: gracias a la Milicia estoy aquí, gracias a la Cruzada soy lo que soy en ese sentido), nos enseñe a vivir cantando las misericordias del Señor, la alegría... Yo creo que es hermosísimo descubrir esto en esta tarde, y vivir cantando las misericordias del Señor, la alegría.

Como no disfrutemos a tope del cristianismo, buscaremos otros disfrutes; como no encontremos dentro, lo buscaremos fuera; como no seamos felices con Jesucristo, buscaremos otras alegrías fuera de Él. Por eso es tan importante descubrir al Amor de los amores, que es Jesús, con su madre, nuestra madre, la Virgen, para que ellos nos ayuden a vivir el gozo y la alegría de este campamento.

Aprovechad hasta el último momento, disfrutad de cada cosa, compartid con los demás, aprended que en el sacrificio hay mucha alegría. Una frase que yo le escuché a la madre Teresa de Calcuta (a la cual tuve la suerte de saludar y estar con ella un par de veces), decía: “solo el amor autentico lleva el sello del sacrificio”. Por eso en el único amor que creemos todos es en el amor de una madre. En otros amores casi no cree nadie o muy poca gente. Pero en el amor de una madre creemos porque es un amor sacrificado: el amor de la Virgen, el amor de nuestras madres... Pues que aprendamos también a que el amor, cuando lleva el sello del sacrificio, lleva también el gozo y la alegría.