lunes, 1 de julio de 2013

Secularidad frente a secularización

Abilio de Gregorio

Una de las lamentaciones más lastimeras de los agentes de evangelización en las circunstancias actuales es que vivimos en una sociedad secularizada en la que resulta difícil hablar de Dios. Ciertamente, como diagnosticaba Max Weber, se ha producido un “desencantamiento del mundo” que ya no vive “coram Deo”, ante Dios, sino mirándose a sí mismo. Pero esto no es nuevo. La irrupción de la modernidad que se hace presente con la Ilustración a partir del Siglo XVII no es sino un vendaval secularizador que, frente a la actitud defensiva ante el mundo-enemigo del alma, propia de épocas anteriores, proclama su bondad y abraza con entusiasmo lo mejor que cree ver en este mundo: la razón, la inteligibilidad del mismo. Por eso el hombre de la modernidad secularizante, siguiendo la invitación kantiana –“sapere aude”(atrévete a saber)- se lanza a una suerte de arrebato del conocimiento racional, de exaltación del saber hasta querer abarcar todo el conocimiento (enciclopedia).

Esta secularización ilustrada golpeó con fuerza las columnas de la Iglesia y algunos reaccionaron con el pavor de quien teme el derrumbamiento del edificio que ha dado cobijo largo tiempo a la fe de los pueblos. Pero es preciso poner de relieve que el reto de aquella secularización hizo emerger voluntades reflexivas que entendieron que se podía y se debía responder con una secularidad cristiana, según la cual se proclama la bondad de este mundo, la excelencia de la razón humana, de la ciencia y de las “artes útiles”, como se dice en aquel momento, y se comprometen a ponerlo al alcance del conocimiento de todos, incluso de los marginados del sistema.

Pero será un conocimiento que apunte a Dios; el cultivo de una racionalidad acerca del mundo, pero de una racionalidad creyente. Y así nació la escuela cristiana allá por el Siglo XVII, XVIII y XIX como realidad secular cristiana comprometida con su tiempo, y con el mundo, pero constituyéndose en signo de Dios vivo en el mundo de la instrucción. Obsérvese que muchos de los maestros de aquella escuela cristiana nacen como pertenecientes a esa frontera entre la secularidad y lo intraeclesial (hermanos) como si se tratara de visualizar el compromiso con el mundo.

Pues bien: podríamos afirmar que la cultura de nuestro siglo XXI se caracteriza por ser una cultura todavía más secularista y de un reduccionismo intramundano. Frente a ello podríamos enrocarnos en añoranzas del pasado o tratar de envolvernos en placentas espirituales protectoras. Sin embargo el magisterio conciliar nos enseñó que la secularidad es la “índole propia de los laicos”, es decir que la índole secular de la existencia del cristiano bautizado aparece como rasgo preciso que define su modo propio y específico de buscar la santidad y de participar en la misión evangelizadora de la Iglesia.

La respuesta, pues, a la nueva oleada de secularización de nuestro siglo debiera recordar la primera respuesta de los siglos XVII y XVIII: más presencia, más protagonismo de lo secular –del seglar- cristiano en todas las realidades mundanas, viviéndolas y contribuyendo a configurarlas desde la esperanza cristiana. Pero ello exige, primero, estar insertados en plenitud en esas realidades desde la excelencia profesional; desde la comprensión de las dinámicas de funcionamiento de esas realidades en las que el laico cristiano no está como de paso y de prestado; desde el amor al mundo que Dios vio que era bueno, muy bueno, después de crearlo, desde eso que se ha venido a denominar el “compromiso temporal”. Seglares cristianos pero plenamente seglares. Ser seglar no es un estado defectivo: es toda una vocación que se define en términos proposititos y no negativos.

Pero esta respuesta necesaria de una mayor secularidad en tiempos secularistas exigirá que los materiales de su construcción sean especialmente resistentes. En el fondo, la vida que el laico desarrolle en su inserción en las realidades cotidianas terrenas dependerá del encuentro que haga diariamente con su Señor.


También a ser laico cristiano se aprende y, por lo tanto, se enseña. He ahí el acierto de la expresión del clarividente Santiago Arellano cuando afirma de los cruzados de Santa María que “son laicos cristianos consagrados a enseñar a los laicos cristianos a ser laicos cristianos”. Es decir especialistas en secularidad y en santidad. Así sea.