lunes, 1 de julio de 2013

Laicado evangelizador

Jesucristo puede salvar sin intermediarios a todos los hombres, pero no quiere hacerlo sin nuestro concurso. Ni en Caná ni en la multiplicación de los panes hizo el milagro sin servirse del trabajo de los sirvientes llenando de agua las ánforas o de los «cinco panes de cebada y dos peces» (Jn 6,9) de aquel muchacho, que no sospechaba que iba a alimentar con su insignificante aportación nada menos que a «cinco mil hombres sin contar mujeres y niños» (Mt 14,21). Nosotros tampoco comprendemos que los hombres se conviertan si vivimos nuestro Bautismo, si dejamos que el dinamismo divino que encierra se expansione.

Bautismo y Confirmación lanzan a los laicos al apostolado. Los hacen misioneros. El Papa se lamenta con razón de una realidad sangrante. Los cristianos, responsables del porvenir del mundo y del destino eterno de los hombres, se mantienen, egoístas y perezosos, al margen. Los seglares, hombres y mujeres, no parecen apreciar del todo la dignidad de la vocación que les es propia como laicos, ignoran que «están llamados a desempeñar su papel en la evangelización del mundo.»

La consagración bautismal reforzada en la Confirmación, restaurada en la Penitencia y vigorizada con la Eucaristía, te lleva a la santidad sencilla y alegre conviviendo con los demás sin salir del mundo. Te invita a vivir plenamente el Evangelio, pues «los seglares pueden también subir a la cumbre de la santidad, que nunca ha de faltar en la Iglesia, según las promesas de Jesucristo.» (Pío XII)

El objetivo de esta santidad laical tienes que situarlo en las estructuras temporales del mundo en que vives. Debes impregnarlas de Evangelio: «Los laicos están llamados hoy a realizar una misión decididamente cristiana: empapar la sociedad con la levadura de Cristo», a «manifestar el Evangelio en tu vida y, por tanto, introducirlo como una levadura en las realidades del mundo en que vives y trabajas» (J. Pablo II)

En el seno de la sociedad pululan siempre gérmenes de corrupción moral, bacterias que tienden a desintegrarla. El cristiano es «sal de la tierra» (Mt 5,13) que la preserva de corrupción. «Los laicos, por su puesto en la Iglesia y por su compromiso secular, están especialmente llamados a defender el conjunto del orden moral con su conducta. Sólo por la aplicación conjunta de los principios de caridad, justicia y castidad, pueden los miembros de la Iglesia ofrecer al mundo un testimonio convincente de la enseñanza de Jesús, que siempre será contestada.» (Idem)

Impregnar y transformar todo el tejido de la convivencia humana con los valores del Evangelio es vuestro cometido. Tenéis que «anunciar una ‘antropología cristiana’ que deriva de ese Evangelio», sabiendo que «no hay actividad humana ajena a la solidaria tarea evangelizadora de los laicos»; pues «el cristiano que vive en el mundo es responsable de la edificación cristiana del orden temporal en sus diversos campos: política, cultura, arte, industria, comercio, agricultura.» (Idem)

La pupila de un cristiano se dilata al contemplar la gama variadísima de actividades que el laico debe evangelizar. «Las grandes fuerzas que configuran el mundo —política, mass-media, ciencia, tecnología, cultura, educación, industria— son precisamente las áreas en que los laicos son especialmente competentes para ejercer su misión. Si estas fuerzas son conducidas por verdaderos discípulos de Cristo y, al mismo tiempo, plenamente competentes en el conocimiento de las ciencias seculares, entonces el mundo se transformaría con eficacia desde dentro mediante el poder redentor de Cristo.» (Idem)


Hora de los Laicos