lunes, 1 de julio de 2013

Antony Flew: un lugar para Dios

Jesús Amado Moya, Catedrático de Física

El 9 de octubre de 1845 John H. Newman fue recibido en la Iglesia Católica. Su conversión constituyó un auténtico terremoto. De no menor conmoción fue la “conversión” al teísmo del filósofo inglés Antony Flew (1923-2010). Hasta 2004, año en que anunció públicamente en un debate celebrado con ocasión de un simposio en la New York University su retractación de la incredulidad, se le consideró el paladín más ferviente, sincero y clarividente del ateísmo. Así lo atestiguaban más de 30 obras (“Dios: una investigación crítica”, “La presunción del ateísmo”, “Teología y falsificación”…)

Su retractación originó una reacción de sus anteriores correligionarios ateos que rayó en la histeria, y que en alas de Internet se difundió en forma de insultos, caricaturas grotescas e insinuaciones veladas como el declive de sus facultades mentales o la manipulación por extraños. A todo lo cual Flew dio cumplida respuesta con su obra “Dios existe” publicada en 2007, tres años antes de su fallecimiento.

Si en el mundo anglosajón la “conversión” de Flew tuvo un eco tan amplio (a favor y en contra), en España apenas halló eco el “caso Flew” en los medios. Silencio que se prolonga hasta el momento actual. Curiosa asimetría mediática la que se da en todo lo relacionado con Dios o la religión.

Pero, volviendo a la evolución del pensamiento de Flew, en mi opinión lo más relevante de dicho acontecimiento es la influencia que tuvo en él el mundo de los conocimientos científicos. Cuando parece que tiene carta de naturaleza la oposición entre ciencia y fe, una persona relevante de la esfera intelectual viene a demostrarnos dos cosas. Primera, que no sólo no existe oposición entre ambas formas de acceso a la Verdad, sino que el diálogo entre ambas es posible y fructífero. Y segundo, que la filosofía constituye el “puente” idóneo, básico en dicho diálogo entre la Ciencia y la Teología. A la Filosofía compete estudiar propiamente el sentido más profundo de la realidad -de Dios, del hombre, del mundo- en la medida en que la razón puede hacerlo con sus solas fuerzas. Por otra parte, la Filosofía presenta también una considerable capacidad de integración de los saberes y de consideración de realidades que rebasan el campo de lo experimentable.

Volvamos a la narración de los hechos, extraídos de la citada obra de este profesor de las universidades de Aberdeen, Keele y Reading. Con 19 años ingresó en la universidad de Oxford con una conciencia clara de su ateísmo, pues él mismo declara que desde años antes defendía ante sus compañeros la idea de que la existencia de un Dios omnipotente e infinitamente bueno era incompatible con la existencia del mal.

Durante sus años de doctorado en Filosofía acudió frecuentemente al Socratic Club, un activo foro de debates entre ateos y cristianos presidido por el famoso escritor cristiano C.S. Lewis. Es allí donde leyó su trabajo “Teología y falsificación”, manifiesto ateo que llegó a convertirse en la publicación filosófica más veces reimpresa en el siglo XX.

En su faceta política se mostró socialista ferviente hasta los años 50. Es interesante lo que señala a este respecto: “Lo que realmente me impidió afiliarme al Partido Comunista –cosa que sí hicieron varios de mis colegas de Kingswood— fue la actitud del Partido después del pacto germano-soviético de 1939. Obedeciendo las instrucciones de Moscú, comenzó a denunciar la guerra contra la Alemania nazi como «imperialista». Sin embargo se convirtió de repente en una «guerra progresista, popular» cuando las fuerzas alemanas invadieron la URSS. En los años que siguieron me volví cada vez más crítico hacia la teoría y la práctica comunistas, con su tesis de que la historia es conducida por leyes similares a las de la física”.

A la abundante producción literaria vino a sumarse en Flew la participación frecuente en debates públicos sobre temas relacionados con la religión. Desde la existencia de Dios hasta la implicación de la cosmología del Big Bang, pasando por temas como ¿Qué significa “Dios te ama”?, ¿Es coherente el concepto de Dios?, ¿Sobre quién recae la carga de la prueba?, Flew reconoce que aquellos debates le ayudaron a perfeccionar más su propia dialéctica y le permitieron conocer a muchos rivales creyentes dignos de respeto.

Sobre lo que acabó creyendo y por qué, dice Flew en su libro Dios existe: “Es hora ya de que ponga mis cartas sobre la mesa, esto es, de que exponga mis propias opiniones y las razones en las que se apoyan. Creo ahora que el universo fue traído a la existencia por una Inteligencia infinita. Creo que las intricadas leyes de este universo manifiestan lo que los científicos han llamado la Mente de Dios. Creo que la vida y la reproducción tienen su origen en una Fuente divina.

¿Por qué creo ahora esto, después de haber expuesto y defendido el ateísmo durante más de medio siglo? La breve respuesta es la siguiente: tal es la imagen del mundo que, en mi opinión, ha emergido de la ciencia moderna. La ciencia atisba tres dimensiones de la naturaleza que apuntan hacia Dios. La primera es el hecho de que la naturaleza obedece leyes. La segunda es la dimensión de la vida, la existencia de seres organizados inteligentemente y guiados por propósitos, que surgieron de la materia. La tercera es la propia existencia de la naturaleza. Pero no es solo la ciencia la que me ha guiado. También me ha ayudado la reconsideración de los argumentos filosóficos clásicos.

Mi alejamiento del ateísmo no fue ocasionado por ningún fenómeno o argumento nuevo. A lo largo de las últimas dos décadas, todo mi marco de pensamiento ha estado desplazándose. Este desplazamiento ha sido una consecuencia de mi continuo examen de los hechos de la naturaleza. Cuando finalmente llegué a reconocer la existencia de Dios, no se trató de un cambio de paradigma, que sigue siendo el que Platón atribuye a Sócrates: «debemos seguir la argumentación hasta dondequiera que lleve».

Se podrá preguntar cómo yo, un filósofo, me atrevo a hablar de asuntos tratados por los científicos. La mejor respuesta a esto es otra pregunta: ¿Se trata aquí de ciencia o de filosofía? Cuando estudiamos la interacción de dos cuerpos físicos —por ejemplo, dos partículas subatómicas— estamos haciendo ciencia. Cuando preguntamos cómo es que pueden existir esas partículas —o cualquier otra cosa física— estamos haciendo filosofía. Cuando extraemos consecuencias filosóficas de datos científicos, estamos pensando como filósofos”.

Flew desarrolla en su libro acertadas reflexiones en capítulos de títulos tan sugerentes como: “¿Quién escribió las leyes de la naturaleza?”, “¿Sabía el universo que nosotros veníamos?”, ¿Cómo llegó a existir la vida?”, “¿Salió algo de la nada?”, “Buscando un lugar para Dios”, y “Abierto a la omnipotencia”.


Finalicemos con sus mismas palabras: “El descubrimiento de fenómenos como las leyes de la Naturaleza ha conducido a científicos, filósofos y otros a aceptar la existencia de una Mente infinitamente inteligente. Algunos aseguran haber establecido contacto con esta Mente. Yo no lo he hecho; no todavía. Pero, ¿quién sabe lo que podría ocurrir en el futuro? Quizás algún día pueda oír una voz que dice: “¿Me oyes ahora?”. "El que a mí viene, no lo echaré fuera"(Jn 6, 37)