sábado, 1 de junio de 2013

Sólo desde el amor y sólo para el amor

Por Santiago Arrellano Hernández

La llamada ideología de género constituye una de las amenazas más demoledoras que están socavando los cimientos de la sociedad humana. Incita a una rebelión entre el hombre y la mujer que dificulta, si no imposibilita, la configuración estable y firme de un amor que se alce por encima de las veleidades del deseo, de la atracción efímera, o sea, de un amor que venza la fragilidad del tiempo y de la vida misma y lo convierta en “para siempre”.

Lleva a consecuencias insospechadas un individualismo desvinculado de cualquier lazo natural, incluso del que constituye nuestra realidad corporal, de ser hombre o ser mujer según el código genético originario. Ser hombre o ser mujer, no es sólo una consecuencia de la cultura o de una libertad ajena a la naturaleza y a la historia. ¿No enseñan nada las dos guerras mundiales ni sus horrores? En medio de un capitalismo radical, en el que cada cual va a lo suyo, la ideología de género empieza a dejar en evidencia los horrores que esperan a nuestra aldea global.

Yo levanto en esta página la bandera del amor como razón de ser y de vivir. Hemos venido a este mundo para amar. Perder la oportunidad es dejarnos tirados en la cuneta de la vida, estériles, infecundos y corroídos por la tristeza. Pido para los seres humanos un amor que transcienda el tiempo y tenga el marchamo de eternidad. Ser o no ser, esta es la cuestión.

Así lo entendió Guy Rose, un pintor norteamericano impresionista de finales del siglo XIX y principios del XX. El juego de la luz consigue, en sus paisajes y retratos, que los colores se manifiesten con una intensidad inusitada.

El cuadro que he seleccionado es de 1890. Se titula La Mère Pichaud. La luz atraviesa el espacio e ilumina la silla, el rostro y el regazo de la Señora Pichaud, y relumbra en el espacio abierto del ventanal. Pero no es el esplendor de los colores lo que llama nuestra atención. El interior es oscuro, concorde con la pobreza material que parece reinar en la cocina de esta casa humilde. ¿Es una obra realista? Lo que a mí me conmueve es el valor simbólico que adquieren, por ejemplo, la mesa y la silla y la figura de La Mère Pichaud. Es lo que no vemos lo que me llega al alma. Esas manos abatidas sobre el halda; girado el rostro con un rictus de melancólica tristeza, esos ojos entornados que miran la silla vacía, en torno a la mesa del hogar, nos están narrando una historia de vida, una razón de amor, presente en todo, a pesar de la ausencia. Y ahora ¿Para qué seguir viviendo? Parece preguntarse en sus adentros ¿Para qué estas manos que tanto han trabajado por que él estuviera contento entre los detalles del servicio de cada día y mis gozosos afanes?

Si nos detenemos en los utensilios o en el paño de cocina de la pared del fondo, comprenderemos que nos están diciendo a gritos que no es el orden por el orden lo que la ponía en pie cada mañana, sino la creación de un espacio digno, en su pobreza, por la persona amada, otra manera de decir amor.

¿Os imagináis que un insensato le hablase a la Señora Pichaud, madre y esposa, de la ideología de género?


José García Nieto en este soneto en versos alejandrinos, titulado “Tú y yo sobre la tierra. Entrega incondicional” dice, de otro modo, lo mismo. En este caso, el amor como la realización más íntima del ser. Leed atentamente los dos tercetos.

A tu orilla he venido. Tengo un otoño, un pájaro
y una voz desusada. Tú me esperas: un río,
una pasión y un fruto. Y tiene nuestro encuentro
el vuelo, la corriente, seguros, proclamados.

He venido a tu orilla con los brazos tendidos
y ahora ya soy la hierba que no termina nunca,
el barro donde el agua sujeta sus mensajes
y la cuna del cauce para mecer tu sueño.

Dime si estoy pendiente de mi diario trabajo,
si basta a tus oídos mi tristísimo verso
o si a mi sombra vive mejor mayo tu carne.

De tu orilla me iría si ahora me dijeras
que te amo solamente como los hombres aman
o que mi voz te suena como todas las voces.